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Y después de la URSS, ¿qué? La Rusia postsoviética explicada


Los meses posteriores a la disolución de la URSS estuvieron marcados por la confusión y las tensiones políticas. El desmantelamiento del Estado soviético fue percibido en Rusia como un proceso de pérdida, ya no sólo en términos tangibles, con la reducción de su territorio en una cuarta parte y la consecuente pérdida de aproximadamente el 50% de su población y del 40% de su PIB, sino también en términos de prestigio nacional. [1] Rusia, que en el campo de las relaciones internacionales había asumido los compromisos de la URSS, perdía no obstante su condición de superpotencia a la par que iniciaba un duro proceso de transición política y reconversión económica.


Hoy en La Cápsula del Tiempo os traemos la continuación de un artículo que publicamos hace ya tiempo, “¿Por qué desapareció la Unión Soviética? El fin de la URSS explicado”. Si no lo mirasteis en su momento os recomendamos hacerlo antes de continuar leyendo, ya que en esta ocasión hablaremos de la Rusia postsoviética y sus difíciles inicios, desde la “doctrina del choque” de Yeltsin hasta la llegada de Putin al Kremlin y el establecimiento de la denominada “vertical del poder”.

Un período histórico de múltiples contrastes en el que las rupturas y pervivencias del pasado soviético se confunden e integran por igual en la cultura política rusa.
Mapa de Rusia (en amarillo) junto al resto de antiguas repúblicas soviéticas tras la disolución de la URSS, 1991.

Tras la dimisión de Mijaíl Gorbachov el 25 de diciembre de 1991, y con Borís Yeltsin ya al frente de Rusia, los cambios no se hicieron esperar. Ese mismo día el Soviet Supremo cambiaba el nombre de República Socialista Federativa Soviética de Rusia por el de Federación Rusa, siendo sustituida la bandera roja con la hoz y el martillo por la bandera tricolor rusa blanca, azul y roja. En un primer momento se mantuvo la Constitución soviética de 1977, modificándola según lo requerían las reformas planteadas. Sin embargo, a la altura de 1992 la introducción masiva de enmiendas –hasta 300 desde mayo de 1990– llevó a que, a principios de 1992, el presidente del Soviet Supremo, Ruslán Jasbulátov, propusiese adoptar una nueva Constitución. [2]

No obstante, el país aún tardaría en ver aprobada una nueva Carta Magna y no sin antes vivir una de las mayores crisis de su Historia.

El 21 de septiembre de 1993 Yeltsin había anunciado su decisión de disolver las dos cámaras del parlamento, Soviet Supremo y el Congreso de los Diputados del Pueblo, y gobernar por decreto hasta la renovación del poder legislativo. La medida era ilegal según lo establecido en la Constitución vigente, por lo que el Soviet Supremo destituyó a Yeltsin y nombró presidente interino al vicepresidente Aleksandr Rutskóy. [3] El enfrentamiento se extendió a las calles de Moscú, donde numerosos ciudadanos se manifestaron en apoyo a los diputados que se habían negado a acatar las órdenes de Yeltsin. Las protestas fueron duramente reprimidas por el mandatario, quien finalmente decidió recurrir a las armas para resolver la situación; la madrugada del 4 de octubre el ejército bombardeaba la Casa Blanca rusa, sede del poder parlamentario donde se habían recluido los diputados. Las cifras de fallecidos varían según las fuentes, pudiendo rondar las 200 personas. [4] Yeltsin ponía así fin a la denominada Crisis Constitucional Rusa de 1993, de la cual se ha dicho en no pocas ocasiones que pudo haber sido la antesala de una nueva guerra civil rusa.

La Casa Blanca de Moscú bombardeada durante la Crisis Constitucional Rusa, 4 de octubre de 1993, Getty Images.

Poco después, el 12 de diciembre de 1993, se celebraba el referéndum para aprobar el nuevo texto constitucional. En él participaron poco más de 58 millones de rusos, apenas el 54’8% de los 107 millones con derecho a voto, de los cuales un limitado porcentaje, el 58’4%, votó a favor. [5] Los nuevos dirigentes del país conservaron numerosas tendencias autoritarias heredadas del pasado soviético a la par que consolidaban el desmantelamiento del anterior sistema socialista y lo reemplazaban por una economía de libre mercado, lo cual ha llevado a acuñar el término de “neoliberalismo a la rusa” para describir dicho modelo. [6] Resulta paradójico observar cómo aquellas mismas élites que desde los años 90 se afanaban en profundizar las reformas capitalistas de la economía procedían en su mayoría de las antiguas jerarquías del PCUS y los órganos de dirección soviéticos. En palabras de Poch-de-Feliu, “el de Rusia fue, desde sus inicios, un régimen de ex comunistas anticomunistas”. [7]


El reto era, cuando menos, complejo: convertir a un país que había sido socialista durante 74 años en una potencia capitalista. Para ello no se optó por medidas graduales orientadas al medio o largo plazo, sino que la reconversión se realizó de forma acelerada y sin paliativos, un shock sin terapia” [8] que el vicepresidente Rutskóy llegó a calificar de “genocidio económico”. [9] Los monopolios estatales fueron subastados y vendidos a manos privadas, y en cuestión de unos pocos años surgió una poderosa élite propietaria beneficiada por las reformas de Yeltsin. Por toda Rusia se extendió una amplia red clientelar en la que el presidente redistribuía las concesiones y privilegios económicos según estimaba conveniente. El salario real se redujo, en comparación con los valores de 1991, en un 40%, con la consecuente pérdida de poder adquisitivo de las capas medias de la población [10] mientras que el crecimiento del PIB llegó a alcanzar tasas del -15% a finales de 1991. [11] No obstante, las medidas de reconversión de la economía siguieron su curso, y por si la difícil situación que atravesaba el país fuese poca, la Federación Rusa estaba a punto de embarcarse en su primer conflicto territorial.

Mikhalev, Igor: campamento de refugiados en las inmediaciones de la Plaza Roja de Moscú en los años 90, Sputnik.

Las independencias de las antiguas repúblicas soviéticas habían sido aceptadas sin objeciones por parte de Moscú e incluso vistas con buenos ojos por el movimiento soberanista ruso, que ya antes del Tratado de Belavezha venía reclamando la separación de Rusia del resto de repúblicas soviéticas. No obstante, pronto iban a quedar definidos los límites del gobierno de Yeltsin respecto a los procesos nacionalistas e independentistas que se estaban produciendo por entonces. Y uno de esos límites fue, como bien es recordado a día de hoy, el caso checheno.


Tras la desintegración de la Unión Soviética Chechenia se había negado a firmar el Tratado Federal por el cual quedaba integrada en Rusia, y en julio de 1994 se autoproclamó la República Islámica Chechena, en la que el uso de la lengua chechena pasó a ser obligatorio. [12] Ante esta situación, en diciembre de 1994, Yeltsin ordenó una intervención militar so pretexto de proteger a las minorías rusas, las cuales representaban el 23% de la población. [13] No se trataba únicamente de una cuestión de mantenimiento del prestigio nacional, sino también de un asunto geoestratégico, ya que Chechenia era un importante productor de petróleo y a su vez controlaba la ruta del crudo azerí. [14] El conflicto resultó ser más arduo y duradero de lo que los estadistas rusos había calculado, y lo que comenzó con la intención de ser una operación militar rápida y sencilla se convirtió en la “herida sangrante” de la recién creada Federación Rusa. [15] En 1997 Yeltsin y el líder checheno Aslán Masjádov parecían haber resuelto el conflicto, si bien las guerrillas islamistas siguieron operando en la zona por su cuenta. [16]

Yevstáliev, Mijaíl: helicóptero ruso derribado por fuerzas chechenas cerca de la ciudad de Grozny, diciembre de 1994.

En 1996 tuvieron lugar las primeras elecciones presidenciales de la Federación Rusa. Poco antes, en 1995, se habían producido las elecciones legislativas, en las que participaron hasta 43 formaciones políticas. [17] Guennady Zyugánov, líder del Partido Comunista de la Federación Rusa –heredero del ilegalizado PCUS–, que había obtenido el 22’3% de los votos en las elecciones legislativas, se perfilaba como vencedor de las elecciones presidenciales según las encuestas. [18] No obstante, y contra todo pronóstico, Yeltsin resultó vencedor en los comicios al obtener en la segunda vuelta el 53’83% de los votos frente al 40’3% de Zyugánov, con una participación total del 68’89%. [19]


A pesar de su inesperada victoria el segundo mandato de Yeltsin estuvo marcado por la enfermedad y el notable debilitamiento físico del presidente, que se tradujeron en una considerable reducción de su actividad política. En tales circunstancias, y ante la difícil situación que atravesaba el país, Yeltsin decidió abandonar la presidencia de manera anticipada. Sin embargo, decidió esperar al momento propicio para ello. Éste se presentó en diciembre de 1999, cuando se celebraron las elecciones a la Duma Estatal –la nueva cámara del poder legislativo. El Partido Comunista, si bien resultó ser el más votado, con el 24’29% de los votos, perdió la mayoría de la que hasta entonces había disfrutado, garantizando así a Yeltsin el control de la cámara, que por primera vez era mayoritariamente leal al Gobierno. [20]


Con un panorama político algo más favorable, Yeltsin se sintió listo para iniciar los trámites de traspaso de poderes a un sucesor. El presidente ruso tenía en mente para ocupar su cargo a Vladímir Putin, uno de los hombres fuertes de su Gobierno y cuyos índices de popularidad eran los más altos del momento –un 54’3% de la población lo consideraba el político ruso más fiable, según las encuestas. [21] Poco antes de finalizar el año, Yeltsin convocó a una reunión a Putin en la que le comunicó su intención de dimitir, lo que conllevaba que él, en calidad de primer ministro, asumiría el cargo de presidente interino hasta la celebración de unas nuevas elecciones. El 31 de diciembre, ante las cámaras de televisión, Yeltsin comunicó su dimisión y el traspaso de poderes de forma provisional al primer ministro. [22]

Rodionov, Vladímir: Borís Yeltsin (izq.) junto a Vladímir Putin (dcha.), 1999, Sputnik.

Procedente del KGB, donde llegó a ocupar un puesto de oficial, Vladímir Putin marcó un punto de inflexión a su llegada a la presidencia de la Federación Rusa. Sus líneas de actuación fueron, en gran medida, herederas de las ya planteadas por su predecesor, si bien Putin fue un paso más allá que Yeltsin en su aplicación.


Si los años 90 rusos pueden considerarse como una etapa transición entre el sistema soviético y el nuevo orden capitalista, los primeros años del nuevo siglo supusieron la consolidación y expansión del sistema diseñado en la Constitución de 1993, y que Yeltsin no había podido aplicar en su totalidad. [23] La llegada de Putin al poder, sumada a una situación económica e internacional más estable, constituyeron un nuevo impulso para el desarrollo del “neoliberalismo a la rusa”.


Putin intensificó los lazos comerciales que unían a Rusia con las antiguas repúblicas soviéticas, al tiempo que entraba en contacto con otros países en vías de desarrollo con los que más adelante constituiría la alianza de los llamados BRIC y, posteriormente, BRICSBrasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Tras la difícil situación económica interna que había imperado en la Rusia de Yeltsin, la llegada de Putin al poder se tradujo en una considerable mejora de la economía, si bien la corrupción y las actividades de tipo mafioso se mantuvieron, cuando no aumentaron. De otra parte, Putin asumió las tendencias autoritarias recogidas en la Constitución, bajo cuyo amparo reforzó el centralismo de Moscú y el poder de la figura del presidente, que progresivamente fue invadiendo más atribuciones del poder legislativo y aumentando sus propias prerrogativas. Se creaba así el concepto de “vertical del poder”, que constituiría una “apuesta principal” del propio Putin [24] y que iría consolidando y desarrollando a lo largo de sus posteriores mandatos hasta nuestros días.


Así pues, en materia política y económica, puede decirse que Putin no introdujo cambios significativos con respecto a su predecesor, sino que intensificó las tendencias de la etapa anterior, consolidando un régimen presidencialista cada vez más tendente al autoritarismo con una economía neoliberal controlada por grandes oligarcas. Donde sí se produjeron cambios destacables, por el contrario, fue en los símbolos del Estado y en la interpretación del pasado soviético. Yeltsin se había esforzado por romper todo vínculo con la etapa soviética, procurando desligarla de la identidad nacional rusa y siguiendo así la línea de la mayoría de países del antiguo Bloque Socialista. Putin, por el contrario, mostraría una mayor vinculación hacia los símbolos del pasado soviético al tratar de conjugarlos con el pasado imperial zarista y la breve etapa liberal del Gobierno Provisional de 1917, [25] configurando así un discurso histórico ruso continuo y sin fisuras en el que la Unión Soviética no constituyese un paréntesis sino la máxima expresión de un “glorioso pasado” que con su llegada a la presidencia pretendía recuperar, no desde el plano ideológico, pero sí en cuanto a términos de prestigio nacional se refiere.

Desfile del Día de la Victoria en Moscú con motivo del 60º aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi. En él se integran los símbolos del nuevo Estado ruso con los del pasado soviético, 9 de mayo de 2005, Kremlin.

Álvar Muratel Mendoza



REFERENCIAS:

1. Poch-de-Feliu, Rafael: La Gran Transición. Rusia, 1985-2002. Barcelona, Crítica, 2003, p. 41.

2. Pijoya, R. G. (coord.): Borís Yeltsin, el hombre de los cambios. Estudio de la biografía política del Primer Presidente de Rusia. Madrid, Ediciones Endymion, 2013, p. 424.

3. Milia, Juan Guillermo: Gorbachov – Yeltsin – Putin. De la Perestroika al Neo-estalinismo. 1985-2015. 30 años cruciales en la geopolítica de Eurasia y el mundo. Buenos Aires, Editorial Dunken, 2015, pp. 43-44.

4. Hebrero, Virginia: Hace 20 años, el bombardeo del Parlamento por Yeltsin terminó con una época”, Russia Beyond (03 de octubre de 2013 [consultado el 30 de enero de 2021]): disponible en https://bit.ly/2NODIE6

5. Pijoya, R. G.: op. cit., p. 501.

6. Vázquez Liñán, Miguel: “¿Neoliberalismo a la rusa? Políticas de información y propaganda en la Rusia contemporánea”, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, nº 96 (2011), p. 97.

7. Poch-de-Feliu, Rafael: op. cit., p. 250.

8. Ibid., p. 251.

9. Milia, Juan Guillermo: op. cit., p. 38.

10. Pijoya, R.G.: op. cit., pp. 423-424.

11. “Indicadores sociales y económicos de la Federación Rusa”, Anuario Internacional CIDOB (2010), p. 515.

12. Barrenetxea Marañón, Igor: “Guerras olvidadas: Chechenia”, Entelequia, nº 11 (2010), p. 24.

13. Ibid., p. 25.

14. Sain Gsel, Nora: “Una década de posguerra fría en el Cáucaso: las guerras en Chechenia.”, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, nº 59 (2002), p. 108.

15. Barrenetxea Marañón, Igor: op. cit., p. 24.

16. Ibid., p. 33.

17. Pijoya, R.G.: op. cit., p. 567.

18. Ibid., pp. 569, 570.

19. Ibid., p. 592.

20. Ibid., p. 626.

21. Ibid., p. 625.

22. Ibid., pp. 626-627.

23. De Andrés, Jesús; Ruiz, Rubén: “Y Putin encontró el camino. Instituciones y régimen político en la Rusia del siglo XXI”, UNISCI Discussion Papers, nº 17 (2008), p. 11.

24. Taibo, Carlos: Rusia en la era de Putin. Madrid, Catarata, 2006, p. 33.

25. Sakwa, Richard: Putin. El elegido de Rusia. Madrid, ABC, 2005, p. 240.


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