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Y a ti ¿quién te cuida? Belén Vieyra Calderoni


Cuando me decidí a escribir este artículo, recién habíamos pasado el pico de la pandemia en Madrid. Quise transmitir lo sucedido durante el punto más álgido desde la mirada de los que nos cuidaron. Y lo hice así porque sentía que lo que se reproducía, a través de la TV y otros medios, no reflejaba la realidad de este sector. Era una especie de deuda, de deber social como escritora.

Porque miles y miles de trabajadores sanitarios, entre ellos, muchos jóvenes —algunas amigas—, estaban haciendo su trabajo como cualquier otro día pero, esta vez, frente a una situación excepcional, y nosotros, como gremio, teníamos que responder con el nuestro: hablar, recoger, contar, narrar... 

Además, ahora que parece que nos encontramos ante la segunda ola conviene recordar, lamentablemente, las terribles consecuencias del virus al que nos enfrentamos y que, aún, no hemos vencido.

Por ello, recuerdo y memoria: por prudencia, por prevención, por responsabilidad y agradecimiento. Para evitar repetir errores y desgracias. Pero sobre todo, por nosotros y nosotras que amamos la vida y queremos seguir disfrutándola. 

Y A TI, ¿QUIÉN TE CUIDA?

¿Quién no conoce ya el famoso virus COVID-19? Pero, ¿conocemos todas las perspectivas de esta pandemia? ¿Acaso no son los ojos capaces de alcanzar cualquier horizonte?

Mientras que más de medio mundo se está debatiendo entre catástrofes y conflictos bélicos y solo ha sumado una dificultad más a su lista: otra enfermedad que derrocar. Los demás países del planeta han decretado alarmas generales e interrumpido la dinámica productiva repetida hasta el momento, a excepción de los servicios esenciales.


Pero como en todo, existen múltiples posiciones desde las que vivir cada situación y esta última realidad que presenciamos no iba a ser diferente. Más allá de la dramática cifra de fallecidos, está la de personas contagiadas y, luego, le sigue el compendio de sus respectivas historias personales.

Conviene recordar que detrás de cada rostro hay una vida, sea paciente o sea trabajador.

Entre la multiplicidad de reversos existentes al teletrabajo y al confinamiento feliz de pan casero y maratón de series, se sitúa ese otro lado de la moneda, la cara b menos retransmitida. La llamada cara sanitaria o, mejor dicho, la resistencia sanitaria frente a la barbarie de la emergencia.

Tras horas y horas recobrando los testimonios de los distintos trabajadores sanitarios: médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, cuidadoras, servicio de limpieza, asistencia telefónica, ambulancias… en uno de los focos principales, la Comunidad de Madrid, la sensación es muy clara: tragedia, coraje y trabajo, mucho trabajo.

Si en la ciudadanía corriente ya el miedo y la incertidumbre erizaba la piel, no cuesta imaginar el temor habitando en estos trabajadores: la exposición directa a un adversario extraño y la alta posibilidad de contagio a sí mismos y a sus convivientes. Teniendo la responsabilidad profesional -y civil- de cortar la cadena de transmisión asumiendo el riesgo de la propia vida.

Pero lo dramático no es la voracidad del virus, sino la falta de medios para hacerle frente.

Inés, enfermera madrileña en el Hospital Clínico San Carlos expone: «Apenas teníamos información, la situación era un caos, las pautas cambiaban cada cinco días, y nuestro material de seguridad llegó tarde. Tuvimos que hacer piña con los compañeros para que nos entregaran mascarillas homologadas y presionar para que se dieran prisa con los equipamientos de protección individual (EPI)».


Entrevistando a Miriam, trabajadora con una inmensa vocación por la enfermería, de 29 años y ocho de experiencia, me explica la inseguridad que siente: «¿Y si estoy contagiada? ¿Qué hago con mi familia?». Con ella, descubro el cariz humanitario de la profesión. Esa dedicación y empatía, que rebosa mientras me detalla su impresión, se ahogan en la impotencia: «No podemos salvar vidas»; a pesar de los quirófanos y las salas ordinarias convertidas en UVI temporales, pues la saturación sobrepasa todos los medios al alcance. Me cuenta que, llegó el punto en el que, sólo podían resignarse a los cuidados paliativos y a acompañar a los pacientes para que no murieran en soledad. «Es terrible verlos morir agonizando». Ya no se trataba de una batalla contra el virus, sino contra la indignidad de que alguien muera solo.


Sergio, celador del Ramón y Cajal, sociólogo incorporado únicamente para cubrir puestos pandémicos -y luego, al paro otra vez-, relata una triste imagen del hall del hospital: «Estaba lleno de bolsas de basura de color rojo, más de setecientas. Cada una de ellas tenía un número que correspondía a las pertenencias de un enfermo por Covid. Cada vez que pasabas por allí, escuchabas sonar los móviles, las tablets… parecían las maletas tiradas ante los trenes con destino a Auschwitz. Pasaban los días y ahí seguían, si el paciente fallecía, los familiares no querían recogerlas por si había riesgo de contagio».

Una estampa desoladora desvistiendo una guerra moderna frente a un enemigo invisible, que continúa con en el transporte de cadáveres a un mortuorio desbordado y a una planta de parking sin ningún tipo de EPI ni mascarilla, al considerar que son trabajadores de bajo riesgo. Sentencia: «Había ocasiones, en las que los familiares no podían llevarse al difunto hasta una semana después, retrasando y haciendo más duro el duelo».


Y ahora bien, ¿es posible estar preparado para la muerte? ¿Acaso se enseña o se aprende el asistir tanta muerte? ¿Quién acude al momento del deceso? ¿Son los trabajadores sanitarios los competentes para ello? ¿Acaso alguien lo es?


Por otro lado, es estos momentos extremos donde vemos que la solidaridad no entiende de territorios, Marina, enfermera vallisoletana de 25 años, no titubea a la hora de viajar a Madrid el 15 de marzo, una vez decretado el estado de alarma. «Llegué a la capital y parecía una ciudad fantasma. Hice una fila larguísima y me asignaron un puesto en la UVI de un hospital público de la Comunidad. Viajé sin una pizca de certeza de mis condiciones laborales, costeándome el billete y la vivienda, pero convencida de que podría ayudar y colaborar. La sorpresa fue que cuando llegué, en mi contrato laboral, había una cláusula específica de que me podían despedir en cualquier momento. Aun así, me quedé». Es sorprendente cómo me cuenta que no tenía ninguna experiencia en la especialidad de cuidados intensivos: «Me ha tocado aprender a las duras, aunque, es cierto que, siempre había alguien, una mano de la que agarrarse». Pero no es el único caso migratorio, cientos de profesionales provenientes de Andalucía, Comunidad Valenciana y Castilla y León también hicieron lo mismo, y fueron acogidos por compañeros de la capital en sus propias viviendas, expandiéndose la hospitalidad ante la tardía alternativa habitacional por parte de las instituciones.


Por su parte, Cristina, técnica auxiliar de 41 años especialista en Urgencias del Hospital Universitario de La Moraleja, con la voz quebrada, me dice: «Era como una película de terror, ver a la gente asfixiándose y tener que escoger qué enfermo va a la UCI o a quién se le asigna un respirador». Me habla de una dimensión desorbitada, nunca antes vista, reflejada en la aglomeración de los pasillos y en el incremento de la ratio de pacientes por profesional, pasando de dos a cinco, produciendo así, agobio, sobrecarga y cuidados muy restringidos. «¿Por qué hay que decidir quién vive y quién muere?», se lamenta, porque no es una falacia que, durante esta situación caótica de excepción, se haya discriminado a los pacientes por edad y, posteriormente, por patologías. «Los mayores de 70 años, directamente, no entraban en la UVI, la orden era sedarlos y dejarlos en planta» (Inés).

Al final, resulta que la sanidad no es universal, ni mágica si no se la dota de los materiales e infraestructuras indispensables.

Y en referencia a las residencias de mayores, conversando con Laura, terapeuta ocupacional, trabajadora en la residencia privada Don Bosco, me afirma que, efectivamente, se ha vivido una situación límite en estos centros, al menos, en el que ella desempeña su labor. «Apenas declaran el estado de alarma, mis funciones habituales se ven relegadas por el cuidado urgente que requieren los residentes, ampliamos horarios de trabajo a fin de semana, se eliminan las actividades individuales y se determina un distanciamiento con las personas mayores que allí viven, para evitar el contagio». Prosigue contándome cómo las mascarillas no llegan hasta dos semanas después y que, en vez de EPI, lo que tuvo fueron bolsas de basura a modo de uniforme. «Vino la UME y nos sacó fotos». En cuanto a los positivos: «pasamos de tres a 43, habiendo un total de 48 mayores en la residencia, les aislábamos en los pasillos. Llamabas a la Comunidad para que vinieran a por los pacientes, y no venían».

Es importante destacar que, absolutamente todos, todos los trabajadores sanitarios entrevistados han declarado haber recibido, considerablemente tarde, los trajes de protección y el resto de medidas pertinentes para garantizar su seguridad.


Y dependiendo del centro y el equipo del que formaban parte, han existido diferencias en cuanto a algunos servicios de apoyo, contención y respaldo al trabajador, pues en algunos centros sí se ofreció asistencia psicológica, la opción de transporte o vivienda alternativa, servicio de cuidado infantil, mientras que en otros, no… Declaran haber hecho frente a la pandemia en un entorno de precariedad y desinformación que los ha expuesto, todavía más al virus; y que si no fuera por la red entre compañeros y la fuerza que se daban mutuamente en sus equipos, no saben si hubiesen superado la desesperación.


Las consecuencias por sus labores profesionales son claras secuelas psicólogicas y sociales: cansancio, agotamiento físico y mental, ansiedad, insomnio, estrés, tristeza, enfado, ira, resaca emocional, desconfianza a los tumultos y a los brotes… «De camino al trabajo te preguntas: ¿qué me voy a encontrar hoy? ¿Cuántos fallecidos?» (Miriam).


Cuando terminan su jornada laboral, la desconexión no es posible y la angustia del ambiente no desaparece, surge la incapacidad de expresar la ruina que están contemplando mientras trabajan, lo último que quieren es preocupar y alertar a sus familias: «Al salir de trabajar, lloraba, por tantos momentos desesperantes. No se veía el fin. Además, lejos de casa, me sentía desamparada» (Marina). «Con todo lo que estaba viendo, no quería arriesgar la vida de mis padres, me fui de casa» (Inés). «Mi ánimo era una montaña rusa constante» (Laura).


Respecto al desconfinamiento y a la nueva normalidad, coinciden en la urgente necesidad de prevención para evitar futuros colapsos, así como no bajar la guardia. «No se dice, no se habla, pero el virus existe todavía. El sistema sanitario no es elástico, no aguanta otra pandemia» (Marina). Reclaman inversión en investigación para obtener la cura y sentencian las irregularidades en las partidas de mascarillas y test: «Son errores inconcebibles. Demuestran incompetencia de agentes institucionales que no saben hacer su trabajo poniendo en riesgo al conjunto de la sociedad» (Inés).

«No somos héroes. Siempre hemos hecho lo mismo: nuestro trabajo»

¿Cuál es nuestro deber como sociedad para devolver la tarea desempeñada por este sector? ¿No es la gratitud lo que engrandece a la humanidad? Todos y cada uno de los entrevistados, puntualizan la emoción y el agradecimiento por los aplausos de la población, en la esperanza generada en esos cinco minutos de encuentro social, pero recalcan que para poder desempeñar correctamente su trabajo, lo que necesitan es medios. «No somos héroes. Siempre hemos hecho lo mismo: nuestro trabajo» (Marina).

Pero, siempre, entre tanta oscuridad existen pequeños destellos de luz, que son los que dan fuerza y esperanza, y los que a su vez, recuerdan por qué uno está haciendo lo que está haciendo:


«El calendario de videollamadas para los residentes era inamovible, era su vitalidad» (Laura).


«Para alegrarles sus últimos días: cantaba saetas con algunos pacientes o, a algunos, los sacabas para que vieran el atardecer» (Inés).

«Mientras los trasladaba de planta o de habitación, les escuchaba atentamente sin guardar la distancia de seguridad, susurraban y me parecía una falta de respeto no acercarme a oír lo que me estaban contando. Puede que fuese la última conversación que tuvieran con alguien. Después de eso, me daban un apretón fuerte de manos desde la camilla» (Sergio).


«Resultaba imposible no sentir afecto por los pacientes, muchos de ellos te recordaban a tus propios familiares» (Cristina).

A modo de reflexión, ¿cómo es posible descuidarnos tanto? ¿Cómo de endeble es nuestra fortaleza común? Quizás, puede que la humanidad no sea más que la excepción que confirme la ley de supervivencia que rige la naturaleza. No obstante, no debemos olvidar que para que una sociedad prospere, es imprescindible tratar sus problemáticas, cicatrizar sus heridas y enseñar desde los inicios… Es preciso hablar, conversar, discutir, proponer y, sobre todo, comprender que cada individuo forma parte de un único colectivo. Que si uno está herido lo estamos todos.

Para finalizar, no hay selva que no se componga de distintas especies, no hay árboles más necesarios que otros, no hay animales más prioritarios que otros, y lo más importante: todos respiran el mismo aire y beben la misma agua.

Especial agradecimiento a Cristina Navarro García, Miriam López Orda, Sergio Fernández, Marina Remesal Oliva, Inés Belchí Alonso, Laura Martínez Pérez, Borja Sancho García y Marta López, por prestarse a colaborar y expresar sus respectivas vivencias para este artículo.


Belén Vieyra Calderoni

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