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Un hueco para la nostalgia (reseña literaria de J.M. Ariño)



Con Este mar al final de los espejos, cuarto poemario de Marina Casado (Madrid, 1989), la joven poeta –profesora de Lengua castellana y Literatura, licenciada en periodismo y doctora en Filología Hispánica– nos regala unos poemas tamizados por el espejo del paso del tiempo y surcados por la huella de la ausencia, la herida de lo cotidiano y la presencia siempre cálida del amor. No en vano acaba de recibir merecidamente el premio Carmen Conde de Poesía 2020.

En estos tiempos de zozobra e incertidumbre que estamos viviendo, la poesía de Marina Casado es un soplo de aire fresco y una rendija abierta a la esperanza.

Todo ello, a pesar de la nostalgia, de las ausencias y del inevitable paso del tiempo. Ya en su primer poema –"Tres espejos sonámbulos"– anticipa los principales motivos de sus versos –“Mi vida: tres espejos / y al final este mar que a todos nos aguarda”– y declara su entusiasmo por la poesía como bote salvavidas en medio de un naufragio: “la poesía que vino a salvarme de la vida”.


A partir de aquí, ese espejo tan simbólico y elocuente se transforma en un hueco de nostalgia, en una herida que está cicatrizando y en el aliento sublime de la poesía.

No podía faltar en su poemario un sentido homenaje a Luis Cernuda, uno de los poetas preferidos de Marina. Su poema Cernuda y las flores es una evocación nostálgica de los días de luz y primavera. En esta misma línea cernudiana se enmarca la cita que introduce la tercera parte: “La poesía es para mí estar junto a quien amo”.


Porque la nostalgia es luz, son los días azules machadianos, es la inocencia ajena al sufrimiento: “No había conocido aún las espinas del mundo”. Un sufrimiento que se atenúa con los recuerdos del amor –“Se me llenaron los labios de noviembres”– y que se convierte en homenaje a Nat King Cole o al llorado John Lennon. Sin embargo, el recuerdo se desvanece y se transforma en pesadilla –“que somos en el fondo y desde las entrañas / adolescentes muertos”– o se mimetiza con la ilusión infantil en el poema Las bicicletas son para el verano, clara evocación de la obra de Fernando Fernán Gómez.


Con una cita del poeta José Manuel Caballero Bonald –“La ausencia se aproxima en sentido contrario al de la espera”– al inicio de "La herida", la poesía de Marina se transforma en un espejo oscuro y casi fúnebre donde la herida es como un viento frío que traspasa los huesos. Al igual que en su anterior poemario –De las horas sin sol, la poeta madrileña evoca la ausencia de su padre –“Desde que te marchaste, dos ánades salvajes / me acordonan el pecho”– y emite un aullido de dolor para derrotar a la muerte. Unas veces es lobo, otras, cancerbero el que se hace presente en las tardes grises y opacas de los domingos: “Hay un perro que ladra y me recuerda / que la tristeza de domingo suena igual / que las alas plegadas / de un infierno pequeño”. El paso del tiempo, los ocasos otoñales –“Tu pelo iridiscente conoce los secretos de la lluvia, / de los charcos desnudos de noviembre”– el simbolismo austero y descarnado de una casa vacía y fantasmal, estremecen el ánimo y buscan un camino sin retorno, "Para escapar a no importa dónde": “Cuando todas las horas nos disuelven / en latigazos de melancolía”.


Ante todo, hay que huir de ese mar manriqueño, de esa noche oscura que precede a la muerte y emprender un vuelo hacia el cielo de la mano del amor y del espejo seductor de la poesía. Hay que superar los acantilados de septiembre, vivir a contratiempo del calendario y comprobar al filo del otoño “que todas las mañanas deseo despertarme / en otro cielo / allá donde la muerte no desenfunde su mandíbula”. Este tercer espejo –la poesía– es el más abierto a la realidad circundante, el más esperanzador, el de mayor vuelo personal. Se reflejan en él las veredas mágicas del Madrid literario –“He escuchado la risa de Madrid / espontánea y desnuda / como una greguería / de Gómez de la Serna”–, ese Madrid tórrido del mes de agosto que invita a una huida cerca del mar de Cádiz de la mano del amor, sin dejar de lado la contemplación de la Alhambra en un ocaso, como evocación de momentos más felices y como asidero a la vida gracias al amor: “La vida se termina / al borde de tu boca”.

El recuerdo y la nostalgia van acompañados en ocasiones por una declaración de amor, como en el breve poema "Confesión": “Te he dicho que te quiero y, sin embargo, / me olvido de apagar las luces / al salir del crepúsculo”. O por la afirmación casi aforística que cierra el poema "Legado": “somos todos los muertos / que nos amaron”. Un recuerdo en el que reaparece la figura de Rafael Alberti con un poema homenaje a su libro Roma, peligro para caminantes. La ausencia de gatos en la ciudad del Tíber se convierte en un eco nostálgico de un pasado que ya no volverá. Al final, regresa el mar y los espejos vuelven a reflejar el peso de las ausencias, los susurros cercanos de la muerte y una recreación del teatro de la vida más allá de los sueños: “Fuera del sueño, / la vida se parece a un siniestro tiovivo de espejos”.

JOSÉ MARÍA ARIÑO COLÁS

Doctor en Filología Hispánica


Marina Casado Hernández (Madrid, 13 de octubre de 1989) sintió una temprana predilección por la lectura y la escritura. Su voraz imaginación encontró como aliados la literatura infantil de Roald Dahl, entre otros autores, y los clásicos de Disney, de los que cabría destacar, por la influencia que supuso en su primer poemario, La Bella Durmiente. A los ocho años inventó el Marinismo, una auténtica filosofía de vida que incluía numerosos neologismos, de los cuales el principal es “wineho”.


Su sueño desde niña era ser escritora. Empezó a escribir relatos a los siete años. A los diez, en 2000, obtuvo su primer reconocimiento literario al recibir un premio del Ayuntamiento de Madrid por un cuento titulado “La princesa de las nubes”. En poesía, hizo sus primeras incursiones a los nueve años, pero no fue hasta su adolescencia cuando comenzó a profundizar en los primeros autores que marcarían su formación: Rubén Darío, Luis Cernuda y Ángel González.


Se matriculó en Periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid porque, a los 17, no había encontrado aún su vocación. Durante sus años universitarios, recibió los primeros premios de poesía y de prosa. Terminó la carrera con el convencimiento de que su futuro no se encontraba en la profesión periodística, aunque, desde entonces, disfruta escribiendo reseñas, críticas y columnas culturales en sus blogs y en diversos medios de comunicación.


Recién licenciada, se embarcó en un Máster de Literatura Española por la Universidad Complutense de Madrid, al que siguió otro Máster en Formación del Profesorado de Lengua Castellana y Literatura. Por entonces comenzó a escribir su tesis doctoral sobre la poesía de Rafael Alberti, bajo la dirección del catedrático de la UCM José Ignacio Díez Fernández. La defendió en diciembre de 2015 y de ella nacería su segundo ensayo, publicado en 2017 con Ediciones de la Torre: La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio interior en su obra. Como investigadora, ha participado en algunos congresos y encuentros nacionales e internacionales y ha publicado artículos académicos en diversas revistas y obras colectivas.


Mientras tanto, continuó cultivando su faceta creativa. En 2014 publicó su primer poemario, Los despertares, bajo el sello de Ediciones de la Torre, y continuó con Mi nombre de agua en 2016. Su tercer poemario, De las horas sin sol, ha visto la luz en 2019 con la editorial Huerga y Fierro. En 2015, fundó Los Bardos, y en 2018 editó en Ediciones de la Torre la primera antología de dicho grupo poético: De viva voz. Su obra, además, se encuentra parcialmente recogida en diversas antologías y revistas literarias.


Ha obtenido diversos galardones en los géneros de poesía y narrativa. En 2018 y 2019, fue finalista del 72º y del 73º Premio Adonáis. En 2020 obtuvo el Premio Carmen Conde por su poemario Este mar al final de los espejos. Como ensayista posee, además del mencionado libro sobre Alberti basado en su tesis doctoral, la obra El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014), donde analiza las relaciones entre la literatura y otra de sus grandes pasiones: el rock.


Siente un gran interés por el movimiento surrealista en todas sus facetas, así como por el arte pop y el cine clásico. Se considera la creadora de la noble ciencia de la Heladología. Defiende a los gatos frente a los perros y la sandía frente al melón y está convencida de que abandonar la infancia fue una de las peores cosas que pudo pasarle.


Desde septiembre de 2018, trabaja como funcionaria de carrera en el Cuerpo de Profesorado de Secundaria y Bachillerato de la Comunidad de Madrid, en la especialidad de Lengua Castellana y Literatura.

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