• Trinchera Cultural

¡¡ Pasen y vean !! Toulouse Lautrec y el espíritu de Montmartre.

Actualizado: 12 de mar de 2019




EXPOSICIÓN:

Toulouse Lautrec y el espíritu de Montmartre.

UBICACIÓN:

CaixaForum, Madrid, Paseo del Prado nº 36

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 19 de mayo de 2019.


Si alguna vez ha tenido usted curiosidad por conocer aspectos propios de la bohemia, si alguna vez ha identificado la ciudad de París con la meca del Arte; si alguna vez creyó en la magia que envuelve la capacidad creativa del ser humano mediante la palabra, la interpretación, el humor, la pluma, el pincel, la danza, la música, entonces……¡¡Pasen y vean!!


CaixaForum de Madrid ofrece hasta el 19 de mayo un recorrido por la pintura, el grabado y la ilustración del fin de siglo parisino, donde se mezclan ingredientes para disfrutar la experiencia, como quien asiste a un espectáculo.


Impelida por el desarrollo del proyecto de Haussmann, París incorporó en 1860 el municipio periférico de Montmartre. Pronto se convertirá en lugar de acogida de pintores, poetas y artistas que respiraban los aires de modernidad derivados de las transformaciones técnicas y sociales de la época.


Alejado el barrio de los espacios de la burguesía más conservadora, dedicará parcelas y locales a la instalación de cafés-concierto (con su jardín para el verano), estudios para artistas, talleres fotomecánicos, cabarets, teatros, salas de baile y carpas circenses. Esa amalgama de usos vendrá presidida por una intención antiburguesa y libertaria en los negocios instalados y en la bohemia encargada de gestar las grandes propuestas culturales de las futuras vanguardias.


Siempre se ha señalado a Toulouse Lautrec como el máximo exponente del submundo cultural de Montmartre a finales del siglo XIX; como el cronista que mejor ejemplificó la disolución entre Arte y vida.

Pero para entender el variopinto espectáculo resultante hemos de reconocer en el conjunto de la producción artística de la época varios aspectos:


- La importancia del desarrollo del gillotage en la técnica de la cromolitografía con la consiguiente conversión del dibujo en arte independiente más allá de su función preparatoria para la aplicación del color.


- El impacto de la línea modernista, ondulante y expresiva.


- La convivencia entre los que consideraban que, desde la aparición de la técnica fotográfica, era inútil la imitación de la realidad desde las tradicionales convenciones de representación y los que pensaban que la misión del artista no era pintar lo que se veía sino lo que se sentía.


- La irrupción de la estética japonesa con sus colores planos, encuadres arriesgados y adornos limitados a los bordes.


Aunque estos componentes aparecerán bajo diferentes propuestas, hemos de considerar al fundador del cabaret Le Chat Noir en 1881, Rodolphe Salis, como el principal impulsor desde su local de las experiencias más vanguardistas.



Georges Tiret-Bognes, caricatura de Rodolphe Salis (1890)

Allí apareció la crítica hacia la afectación burguesa en el humor irónico de los fumistas y en las actividades de los artistas incoherénts, siendo el afiche el vehículo para publicitar las actuaciones.



Jules Chéret (1893)

Un rápido repaso a las intenciones de estos eventos, nos demuestran que Dadá y el Surrealismo tuvieron aquí su origen.


Cuando Le Chat Noir se trasladó de local y fue comprado por Aristide Bruant bautizándolo con el nombre de Mirliton, lo más destacado fue el desarrollo del teatro de sombras de Henri Riviére, un precedente claro del cine del siguiente siglo, con su elaborada y compleja técnica al incorporar movimiento, sonido y voz, exigiendo la colaboración de especialistas de distintas artes.



Sombras (1886 en adelante)

El espíritu de Montmartre iba extendiéndose como un reguero de pólvora desde estos locales pioneros.


Así ocurrió con la apertura en el bulevar de Clichy del cabaret Quat´z´Arts, que popularizó el desfile de la Vache Enragée cuyo objetivo era recaudar fondos para los artistas indigentes.


Toulouse Lautrec diseñó el cartel de la efímera revista que lo acompañó, y pueden destacarse los procedimientos compositivos del artista: trazo ágil y fino para sugerir el movimiento, líneas oblicuas para organizar la composición, al estilo de su admirado Degas, economía máxima de medios expresivos para transmitir un mensaje y uso plano del color al estilo de la estampa japonesa.



La mujer tuvo un papel significativo en este ambiente finisecular. No fue (o lo fue y sigue oculto) creadora o partícipe de este espíritu artístico de vanguardia más allá del baile de cabaret o de la interpretación teatral, pero aparece representada bajo algunos elementos comunes que es necesario destacar.

Parece cierto que artistas como Seurat, Baudelaire, Maupassant, Gauguin, incluso el mismo Toulouse Lautrec, murieron de sífilis.


En el ambiente de la época, libre, vanguardista, desenfrenado, en el que circulaba el láudano, la absenta y el opio, la mujer conquistó posiciones alejadas de los estereotipos burgueses y conservadores. Sobrevive con su trabajo aunque este se vincule frecuentemente a la prostitución a pesar de que dicha actividad quedaba a veces enmascarada en los luminosos salones de baile y espectáculo bajo trajes lujosos y joyas. Sin embargo, permanecerá el estigma de la femme fatale que usa su sexo para obtener ventajas económicas además de causar el contagio de enfermedades letales. Veamos algunos ejemplos.



Charles Maurin pinta en 1891 La Aurora del Sueño.



Es una obra simbolista con influencia del japonesismo. Utiliza línea clara para presentar a un artista observando desnudos femeninos en diferentes poses.


La mujer interesa como ensueño, inspiración o como depositaria de valores estéticos. Eso sí. Interesa desnuda. Una evidente cosificación bajo el amparo de Las Flores del Mal de Baudelaire.

De 1892 es esta litografía de Toulouse Lautrec, La Reine de Joie.



Con naranja, negro y amarillo para el fondo y todo ello con aspecto plano, sitúa tres personajes en una de sus acostumbradas diagonales. Una joven mujer con un coqueto rizo sobre la frente y pañuelo ceñido al cuello, besa a su orondo acompañante mientras lo abraza. No aparece muy entregada; más bien, parece cumplir con lo que el acompañante espera de ella.


De 1894 es la obra La Fuente del Mal de Georges de Feure, preciosa litografía con gran equilibrio entre las tonalidades cálidas y frías y con un título muy sugerente.




La Fuente se entiende como origen y la presencia de la mujer desnuda ocultando el rostro con las manos, acurrucada y llena de culpa en un momento de eclosión primaveral, de exuberancia, la asociamos a la muerte y al mal.


Toulouse Lautrec supo ver más allá del papel que a la mujer se le reservó en este cabaret sin fin.

De todas las mujeres que poblaban ese mundo, que tan bien llegó a conocer, destaca Jane Avril, a la que representa en litografías y óleos. En este caso, destacamos el óleo Jane Avril saliendo del Moulin Rouge, de 1892.



Sobre un soporte de cartón que el pintor nos deja ver (introduciendo ese proceso de disolución entre figura y fondo que ya practicaba Cezánne), aparece Jane Avril saliendo de trabajar con abrigo oscuro y un tocado sencillo en la cabeza. Con gesto meditativo, como una paseante consciente de que su vida comienza más allá de los focos, camina con la mirada baja destacando entre la técnica puntillista con la que el pintor nos pretende trasladar la intermitencia de las luces de gas.


Anticipándose al expresionismo del color de los fauves, aparece ya a final de siglo la espléndida obra de Louis Valtat.




En Chez Maxim´s de 1895, nos muestra dos mujeres como exclusivas depositarias de una técnica pictórica, sin más intención que señalarlas en su aislamiento ante una bebida, con aspecto mundano y elegante.


Cuando planteamos la presencia de la prostitución en el ambiente parisino y su importancia en la configuración del entorno artístico, lo hicimos, porque la mejor crónica pictórica de la época es la de Toulouse Lautrec, pero incluso él, tan empático con ese mundo, nos dejó obras como Mujer Sentada en la Cama de 1893, en la que con su característica técnica de óleo crea un retrato con apariencia inocente en el que el sombrero de copa sobre la mesilla apunta a la profesión de la protagonista que, ahora sí, muestra una mirada que entendemos como resignada.




No se modificará mucho la posición de la mujer con el cambio de siglo. Realmente, hasta el desarrollo de la Primera Guerra Mundial no encontraremos transformaciones sustanciales (voto femenino en Inglaterra en 1918).


Se aprecia similar estatus que en el siglo XIX en obras como Las Bailarinas de Fernand Pelez (1905-9).



Nos recuerda a Las Modelos de Seurat en las poses y en las actitudes distraídas y a Degas en el hecho de aparecer en el acto de vestirse, irrumpiendo el pintor en esa intimidad sin pedir permiso.


La mujer como objeto de regocijo de un espectador voyeur.

Lo que sí tiene es una exquisita técnica en la construcción del espacio y un recuerdo a las tonalidades de Puvis de Chavannes.


Cuando Georges Rouault pinta Eva Caída II (1912), prosigue con la idea de la maldad (en este caso desde la óptica de un artista declaradamente cristiano) asociada a la mujer y, en su caso, jugando con la distorsión del color y la forma del Expresionismo.




Nos queda por valorar otras posiciones relacionadas con la mujer. Se pintaron obras en las que se recogía el abandono de muchas familias abocadas a vivir en la calle, siendo la mujer protagonista de esa miseria como madre maltratada por los efectos del desarrollo económico desigual.

Así, de nuevo Fernand Pelez pinta esta representación de la pobreza urbana, plena de figuración realista en Sans Asile de 1883.




Terminamos con la única aportación femenina a este París fin de siglo que nos muestra la selección de CaixaForum.


Se trata de la pintora Suzanne Valadon, que en Jugadoras de Cartas de 1912, presenta una mujer en poderoso desnudo sobre un diván, atenta al juego de cartas que otra mujer desarrolla a sus pies.




La mujer arrodillada muestra una reina de diamantes, carta de mal augurio que suele asociarse al placer de la carne, al libertinaje y al enriquecimiento rápido.


Curiosamente, la pintora fue modelo de artistas reconocidos como Degas, Renoir, Toulouse Lautrec, y acabó aprendiendo el oficio de forma autodidacta; practicó tanto el desnudo femenino como el masculino, pero en esta obra no parece reivindicar nada más que el hecho de codearse con los grandes pintores de la época, a pesar de su condición de mujer, en un ambiente de hombres en el que Valadon supo ganarse el respeto como artista tras haberse puesto el mundo por montera.

Sus trabajos influyeron en pintores del siglo XX. Creo que es innegable la presencia compositiva de estas Jugadoras de Cartas, en el óleo de Balthus de 1941-43 The Salon.


Aquí termino con esta visión particular de un mundo complejo y excitante al que esta reseña no incorpora suficiente claridad.


Y lo digo porque es necesario recorrer las salas de la Fundación para embriagarse con el ambiente de la bohemia y trasladarse a ese momento y lugar que alumbró tantas novedades estéticas. Es por eso por lo que repetimos:


¡¡Pasen y Vean!!
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