• Trinchera Cultural

Tetsuya Ishida y el “Japan Sociedad Anónima ”(exposición)


EXPOSICIÓN:

Tetsuya Ishida. Autorretrato de otro.

UBICACIÓN:

Palacio de Velázquez, Parque del Retiro.

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 8 de septiembre de 2019


A pesar de ser un país importador neto de petróleo, Japón superó la crisis de la energía de 1973 en tiempo récord.

En Occidente se veía con asombro la capacidad de la entonces segunda economía mundial para introducir soluciones imaginativas en momentos difíciles.

Para ellos, crisis fue sinónimo de oportunidad y la aprovecharon tiñendo de sector terciario su industria y liderando la inversión mundial en I+D+i.

Desarrollaron la robótica y la automatización para producir sin competencia y conquistar el mercado mundial.


Por estas fechas nace Tetsuya Ishida (1973-2005), artista al que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía presenta en el Palacio de Velázquez del Retiro madrileño, en la primera muestra retrospectiva del pintor fuera de Japón titulada Tetsuya Ishida. Autorretrato de otro.


Su niñez y adolescencia coinciden por tanto con esa etapa de euforia, de crecimiento de las ciudades, de conversión de suelo rústico en urbano, de bajos tipos de interés y desaforada construcción inmobiliaria. Los grandes bancos crearon entidades financieras (yusen) para movilizar capital en forma de préstamos sin control para la compra de vivienda.

El yen subía y en la bolsa se hacían grandes negocios especulativos en corto periodo de tiempo.

Todo se vino abajo cuando el Nippon Bank decidió subir los tipos de interés para pinchar la burbuja inmobiliaria. Emergieron multitud de préstamos impagados y se sucedieron las bancarrotas en la mayor crisis financiera desde la segunda guerra mundial.

Ishida se licencia en Bellas Artes en 1996. Ese año se hunde el Nippon Credit Bank continuando el hundimiento del Cosmo, el Kizu y el Hyogo y precediendo la caída en 1997 de Yamaichi securities, Sanyo securities y los bancos Hokkaido y Tokuyu.


La etapa de producción de nuestro artista va de 1994 a 2005, momento en que el país vive los efectos de esta situación, que no afecta tanto a la economía como a la pérdida de confianza en un modelo en el que Japón es único, principio y centro del mundo.

La Naturaleza, el Pueblo, el Estado y la Casa del Emperador están ligados de modo inseparable por la Creación. Cada uno de los integrantes de estos grupos ha de subordinar sus intereses al consenso nacional. El fin último es el engrandecimiento del país. Es la “etno-economía” del “Japan SA.

Por eso hay que integrarse en el sistema, mimetizarse con él y son los efectos indeseados de ese proceso los que preocupan a nuestro pintor. Provocan despersonalización, homogeneización y asfixia existencial pero fuera de este complejo engranaje solo parece habitar el vacío, la nada. No hay escapatoria.


Es imposible entender la obra de un creador si no partimos de, al menos, tres condicionantes:

  1. - Su propia manera de ser.

  2. - La forma en la que se posiciona en relación a la Naturaleza tanto física como humana.

  3. - La influencia de sus circunstancias espacio-temporales.

Del carácter, del modo de ser de Ishida, nos dice suficientemente la paranoia de sus últimos días al sentirse permanentemente observado y que pudo conducirle al trágico final del suicidio con 32 años.

Un año antes de morir nos dejó estas dos obras Sin título.

En la primera, muestra una habitación con unos libros apilados sobre el colchón de una cama situada al borde de una ventana en una de cuyas hojas, pegada en menor dimensión, aparece otra ventana cegada por cortinajes. Dos patas de la cama se sitúan sobre un suelo de tarima y las otras dos se anclan en la pared, porque bajo el lecho se adivina el paso de un riachuelo con márgenes pedregosos. En una de sus orillas una barca volteada. En la otra, una vivienda de cartón de cuya ocupación son muestra unos calcetines tendidos, un cubo, recipientes con agua y dos bolsas de plástico llenas. Todos los libros tienen la misma imagen en portada: una ventana con una reja sobresaliente de balcón, que presenta cortinas a veces corridas y otras abiertas.

Nadie es visible en estos espacios salvo una sombra humana que aparece en el río.

Realidad y sueño se intercambian en este cuadro creando un escenario imposible. Quizás el pintor se sienta observado por esa sombra mientras habita un hogar no tecnificado, de cartón, pero asomado a la Naturaleza.

En la segunda y enigmática obra, un sillón, una balsa de goma, una mesa, una rueda y otros objetos sin aparente relación y en pequeño tamaño, aparecen sobre el cuerpo de un joven recostado encima de lo que parece la misma tarima de madera del cuadro precedente. Muestra parte del cuerpo desnudo y sus venas parecen convertirse en raíces o ramas mientras que las piedras que poblaban las orillas del riachuelo anterior salpican su torso y piernas sin impedir ver cuatro máscaras de su propio rostro emergiendo del cuerpo.

De nuevo el misterio hace su aparición en el brazo de otro ser al que no vemos pero cuya mano aferra nuestro personaje. Parece que Ishida se ve a sí mismo vivo pero acosado por sus propias máscaras mortuorias en un momento de transformación hacia otra dimensión física.


Su posición ante la Naturaleza deja pocas dudas. Está bastante cerca de esos momentos posteriores a la primera guerra mundial en los que algunos artistas volvieron a recuperar los valores de la pintura figurativa, fuese desde el realismo de la Nueva Objetividad (George Grosz, Christian Schad, etc) buscando superar tanto el Expresionismo como la Abstracción, como desde la línea objetiva del Surrealismo (Magritte, Dalí, etc).

En esta obra titulada Búsqueda, de 1998-2001, un circuito ferroviario con dos locomotoras atraviesa el cuerpo semigeológico de un joven recostado que parece esperar que la máquina encuentre en su interior lo que él no alcanza.

De nuevo una ventana conecta el mundo del sueño en el que las imágenes se asocian de forma delirante, con el real representado por la persona a la que no vemos pero nos ve.


Sin embargo, lo que destaca en la muestra es la singular crónica de su espacio y su tiempo convertida en imágenes.Relato de una sociedad que ha dejado de confiar en el otrora sagrado trípode de tecnócratas, políticos y banqueros, acusado ahora de corrupción.

Se trata de una sociedad adormecida por los vapores del consumismo y de las nuevas tecnologías; es el nuevo opio que consume el ciudadano japonés a cambio de sufrir interminables jornadas laborales, con salarios medios, inserto en un sistema muy jerarquizado propio de un entramado social de instrucciones.

El mensaje es muy claro. Hemos creado un modelo de crecimiento único, con alta esperanza de vida, gran nivel de consumo medio y enorme desarrollo de servicios para la población; pero lo hemos conseguido porque nadie discute su posición en el sistema, de manera que juntos somos capaces de reconstruir lo que la hostil naturaleza destruye continuamente (terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas, ciclones, heladas devastadoras, inundaciones, etc).

Lo que parece preguntarnos Tetsuya Ishida es si somos más felices. La respuesta es devastadora.

Hay un personaje que se repite en su obra.

Un joven trabajador con traje, inmerso en una cadena de producción de forma simbiótica. Se metamorfosea en máquina tanto en su vida laboral como en la personal porque la mecanización llega hasta lo más privado de la existencia. Los seres humanos se encuentran aislados, oprimidos por el mundo que les rodea, ahogados en las selvas de cemento tal y como presenta en este dibujo a carboncillo, Sin título, de 1994-5.


El mismo orden educativo está pensado para garantizar la reproducción del sistema. En la obra Prisionero, de 1999, niños clonificados ocupan ordenadamente el patio de un colegio en el que un compañero gigante parece atrapado sin remedio. Es la pequeña fábrica de futuros trabajadores adictos al consumo e igualados a través del uniforme.

Se les educa para que en el futuro asuman la función de soportar el peso de la producción, tal y como aparece en esta visión Sin título de 1997 en la que los cuerpos adoptan la forma de escuadras metálicas.

Parece ser que nuestro artista no encajaba en la corriente del neo-pop de pintores de su generación como Takashi Murakami a pesar de que con este coincidía en la pasión por el manga y la animación. Aunque más cerca de su carácter, tampoco las flores, los espejos y las infinitas formas esféricas de Yayoi Kusama ejercieron en él impacto alguno.

Su obsesión es transmitir el desconsuelo, la desesperanza, la alienación, que aparece en su particular visión distópica.

Sus hombres encorbatados parecen sonámbulos apresados por una hipnosis que les lleva a confundir el lavado de ropa con su propia higiene (Sin título, 2001), algo normal si tenemos en cuenta que en su jornada diaria el grado de mecanización de su tarea les hace confundir sus brazos con la cinta transportadora que les acerca los productos a la caja en la que trabajan (Supermercado, 1996).


La robotización nos ha convertido en meros productos de una cadena de montaje atendida por dobles de nosotros mismos (Cinta transportadora de personas, 1996).

Igual que las máquinas necesitan lubricante para garantizar su eficaz funcionamiento, el trabajador mecanizado recibe la dosis justa de combustible (Repostar comida, 1996) para evitar que la enfermedad provoque la pérdida de horas de trabajo y si el ánimo desfallece, el sistema sanitario nos devolverá rápidamente a nuestro lugar en la cadena como si fuéramos neumáticos a los que se les mete oxígeno a presión cuando pierden fuelle (Sin título, 1997).

Todo esto, en una muestra gratuita en el corazón del Retiro madrileño.


Aconsejo fervientemente preparar el espíritu con un paseo matutino por el parque antes del momento de apertura a las 10 de la mañana. Las blancas salas del Palacio de Velázquez nos están esperando con su colección de óleos y acrílicos sobre lienzo y tabla.

Heraclio Gautier

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