• Trinchera Cultural

Tamara de Lempicka. Reivindicarse como mujer

Actualizado: 26 de feb de 2019


AMPLIADA HASTA EL 26 DE MAYO DE 2019


El arte y en concreto la pintura están dominadas por un mundo masculino. En contadas ocasiones una mujer destaca por sus obras. Hoy es una de ellas. El Palacio de Gaviria acoge hasta el 26 de mayo una exposición dedicada a Tamara de Lempicka (Varsovia, 1898), considerada "la reina del art déco".


"Tamara de Lempicka fue pionera en desarrollar el movimiento más característico de la época, marcada por la estética de los años 20 con sus motivos geométricos, colores brillantes y formas rotundas: el art déco. Un estilo clásico, simétrico y rectilíneo que alcanzó su mayor apogeo entre 1925 y 1935, pero que hunde sus raíces en movimientos anteriores como el cubismo y el futurismo, así como en la influencia de la Bauhaus. Lempicka fue una de sus representantes más destacadas en el ámbito de las artes plásticas, para las que planteó toda una revolución. "

- Web Palacio de Gaviria



Tamara de Lempicka, la reina del art déco

Palacio de Gaviria (C/ del Arenal 9, 28013 Madrid)

Hasta el 24 de febrero.

AMPLIADA HASTA EL 26 DE MAYO DE 2019


Tamara de Lempicka

Heraclio Gautier coordina nuestro espacio Trinchera con Arte; en esta ocasión nos ofrece una genial crónica de la exposición. Os dejamos bien acompañados.

Tamara de Lempicka. Reivindicarse como mujer



Siempre he pensado que asistir a una exhibición de ARTE (música, danza, teatro, pintura, poesía, etc) implica una liturgia.


En mi caso, comenzó con la elección del vestuario sabiendo que me dirigía a ver una muestra de art déco: pañuelo al cuello, sombrero de ala corta (no me sienta bien el cloche) y accesorios para sobrevivir a un paseo madrileño que desde que me levanté aseguraba ser típicamente otoñal, con el ocre de las hojas adornando el suelo y la doble alternativa del paraguas o las gafas de sol. Abandoné el autobús en Príncipe Pío, que me pareció de pronto la antítesis de la “Princesa Blasfema”, apodo que bien pudo tener la pintora con cuya obra me había citado. La experiencia ritual continuó ascendiendo la cuesta de San Vicente disfrutando las diferentes perspectivas del Palacio Real. Me detuve frente al Convento de la Encarnación para empaparme de sobriedad antes de llevarme el disgusto de ver la fachada del Palacio de Gaviria oculta por los andamios de lo que parecía una tarea de limpieza o restauración.


Abrían las puertas en ese momento y me dispuse a iniciar el recorrido. Tamara de Lempicka. Reina del art déco, rezaba el cartel anunciador. El itinerario que el Palacio ofrece en sus exposiciones tiene el encanto del propio marco. Voy atravesando salas con accesos en recodo, de forma que la experiencia de descubrimiento se realiza de sorpresa, permitiéndote un diálogo íntimo con las obras expuestas.

Lo primero que me viene a la cabeza es la impronta de la técnica cubista como soporte de una monumentalización del volumen. Las formas aparecen imponentes haciendo prevalecer la intención figurativa. Equilibrio estricto entre la línea y el color, brillante y expresivo este último.

Me detengo en el Retrato de la Sra. P. (su tristeza) y llego a la conclusión de que los bellos ojos azules de la pintora debieron abocarla a la búsqueda del mundo interior de sus personajes (sobre todo los femeninos) a través de la mirada. Mientras escucho el resumen de su vida en la audioguía, me imagino su estancia en París a través de las fotografías y objetos de su apartamento; una vida de glamour, fiestas, frivolidad de élites burguesas e intelectuales avant-garde, todos ellos admirando la importancia que adquiere el ornamento cuando se somete a las líneas geométricas de unas estancias que parecen calcadas de la Villa Savoye de Le Corbusier.


Sigo recorriendo salas y la mujer sigue ganando protagonismo.

En Las confidencias (las dos amigas), el tema parece intrascendente, pero está entonado en la gama de los rojos que marcan la pasión con la que aborda una composición atrevida, en juego de contrarios, cuyo contraste de luces y sombras recuerda a un Caravaggio frivolizado en las poses.


Y llegan los desnudos. Estamos tan acostumbrados a ver mujeres desnudas desde la visión masculina que me atrae dejarme invadir por lo que puede sentir una mujer que desnuda a otra mujer a la que ama para plasmarla en un lienzo y compartir esa intimidad con el gran público. Propongo dos ejemplos distantes en el tiempo.



Estamos tan acostumbrados a ver mujeres desnudas desde la visión masculina que me atrae dejarme invadir por lo que puede sentir una mujer que desnuda a otra mujer a la que ama para plasmarla en un lienzo y compartir esa intimidad con el gran público.

Para empezar, La bella Rafaela de 1927, implica sensualidad, deseo, amor por la forma bella, pero no hay procacidad.

La exhibición del cuerpo es respetuosa, incluso pudorosa en la manera de ocultar el sexo; nos aparece como una Venus dormida heredera de la monumentalidad clásica, de Giorgione, de las luces tenebristas, de Ingres y de Goya.


A continuación, destaco Susana en el baño de 1940. Una majestuosa interpretación del tema de la salvación del alma a través de la pureza.

De nuevo el respeto lleva a la pintora a romper la identificación del cuerpo femenino con un objeto sexual al presentarlo con libertad, como depositario de recursos que magnifican su belleza.


Lo comprobamos en la disposición clásica del contrapposto, el equilibrio de los focos de luz y la línea regularizando la forma y destacando el volumen.


Cada nuevo cuadro que veo, añade alguna influencia a las ya aparecidas: el Renacimiento traducido por los ojos de su maestro Maurice Denis, los siglos XVI y XVII, el rigor neoclásico, las bañistas de los pintores del entorno impresionista, Cézanne y los planos volumétricos del posterior cubismo y Modigliani como creador de un nuevo manierismo. Hasta los bodegones sorprenden.



En Frutero I se ha disfrazado de Zurbarán utilizando el color para simular una luz que resalta el volumen geométrico de las frutas, mostrándose apetitosas, y todo ello sin renunciar al detalle naturalista en la espléndida representación de la variedad en el racimo de uvas y en los límites recortados de las hojas.

Estoy a mitad de camino y es cierto. Nuestra pintora es exponente de primera fila de esa conciliación entre tradición y modernidad que se desarrolla en Occidente tras el fracaso emocional de la primera guerra mundial; fracaso que lo fue de la burguesía y de las vanguardias artísticas que no fueron capaces de interponerse entre las naciones para evitar el conflicto.

Esta experiencia traumática alumbró una “vuelta al orden” (caso de Picasso y su etapa neoclásica tras 1920) pero a un orden que se fundamenta en avances tecnológicos insoslayables, que predica la modernidad y que tuvo a los futuristas como paladines. El art déco será el exponente de esa simbiosis y Tamara de Lempicka, más que su reina, su emperatriz.


No todo fue fiesta y jolgorio en la vida de nuestra pintora.

Convertida en baronesa y tras vivir en California años de excesos entre artistas y gente de cine, sufre la depresión del vacío creativo y acude a la meditación reflexiva vinculada a la religión tradicional. Se aprecia en obras como Madre e hijo (1931), trasunto de Virgen con el Niño, llena de candor pero manteniendo el picassiano contraste en la desmesura de la mano.


A partir de aquí, el uso expresionista del color aparece para transmitir abandono, angustia y dolor. Los ojos dejarán de ser celebrativos.





El sufrimiento preside la intención de las formas en Madre Superiora, Los Refugiados y La Fuga. Tres obras de nuevo con el tema de la mujer (ahora madre, porque ella también lo era) en una dimensión alejada del glamour.



Porque en Tamara de Lempicka se asienta una defensa a ultranza del mundo femenino que busca empoderarse en una época en la que ser mujer era lo mismo que estar en los límites de la marginalidad.


Sus mujeres son libres y bellas porque son humanas.

Disfrutan del placer y asumen el dolor.


Quizás por ello eligió el rostro de Santa Teresa de Ávila, calcando la obra de Bernini, para resumir lo que la vida era para ella.

Y cuando pensaba que me quedaban al menos veinte años más de creación para disfrutar, me encontré con el indicador de salida y Tamara y yo acabamos la fiesta.


Heraclio Gautier.

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