• Trinchera Cultural

Rodin y Giacometti. Ahondando en el alma humana.

EXPOSICIÓN:

Rodin-Giacometti

UBICACIÓN:

Sala de exposiciones Recoletos. Fundación MAPFRE.

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 10 de mayo de 2020.

Por todos es sabido que cualquier artista se nutre de las obras precedentes. Con sus imágenes se alimenta la inspiración creativa.


Cada creador tiene sus preferencias al respecto y la Fundación Mapfre, en su sede del Paseo de Recoletos, ha decidido indagar en el impacto que la obra de Auguste Rodin tuvo en la de Alberto Giacometti.


Aunque pertenecen a los siglos XIX y XX respectivamente y a momentos históricos y estéticos claramente diferenciados, podemos observar similitudes de intención, gusto y procedimientos técnicos.


Rodin es la bisagra que permite relacionar la escultura figurativa y narrativa con las nuevas propuestas más atentas al espacio que ocupa la obra, a los valores plásticos del material y a la independencia de este de las tiranías formales.

Giacometti (igual que el escultor francés), recibirá la influencia de las grandes obras clásicas; se adentrará en la escultura egipcia y mesopotámica y tras pasar por la influencia reduccionista de la Abstracción y el Cubismo, militará en el Surrealismo hasta desarrollar un estilo muy personal tras 1945.

Independientemente de la temática, hay algo que salta a la vista al contemplar obras de los dos autores. Se trata de una semejante manera de tratar la superficie.

Nos aparece rugosa y caótica sea mármol, bronce o yeso el material. Su concepto de “acabado” se aproxima a la idea de non finito de Miguel Ángel, en este caso, dejándonos la impresión de que las huellas de las manos aparecen en el modelado.


Veamos dos ejemplos. En primer lugar dos obras en bronce, el Busto de Eugène Guillaume de Rodin (1903) y el Busto de Annette (llamado Venecia) de Giacometti (1962). A continuación dos en yeso, el Busto de Gustav Mahler de Rodin (s,f,) y de Giacometti, el Pequeño busto de hombre con jersey, de 1954.

Aunque hayan pasado más de cincuenta años entre las obras de uno y otro autor, el procedimiento a la hora de tratar el material es muy parecido. Parecen buscar la independencia de este a base de entresacar sus cualidades plásticas, obligando al espectador a observar las obras desde distintos ángulos para captar los cambios de imagen que la luz provoca en las formas.

Sin duda, también hay algo relacionado con el interés de que sea el observador quien complete una imagen que no se ofrece acabada, sino como suma de fragmentos.

Si hay algo que los pintores, escultores, grabadores, etc, han ido buscando, ha sido la expresión de las emociones. En un intento de colaborar al paroxismo expresivo con el procedimiento de ejecución, tanto Rodin como Giacometti usaron la deformación.

Estas dos obras (vistas desde dos ángulos), yesos patinados ambas, el Grito de Rodin (1898) y la Gran cabeza delgada de Giacometti (1954), muestran hasta dónde se puede llegar con la distorsión.

Lo que en Rodin es un resumen de la iconografía del dolor (Laocoonte, Milón de Crotona, El grito de Munch) reforzada por la propia inclinación hacia delante del busto, en Giacometti es aplastamiento del material creando un sinfín de sugerencias sobre la crisis existencialista en el mundo que le tocó vivir.

A los escultores les preocupa el encaje de composiciones grupales. Tradicionalmente, se acudía a formas geométricas para sugerir estabilidad (pirámide) o movimiento (helicoide).


Rodin creó una obra rompedora cuando fundió los Burgueses de Calais en 1889 (la muestra presenta una moderna copia en yeso), sin que un vértice superior permitiera organizar la vista. Propuso una composición de remate horizontal que le permitió trabajar individualmente las emociones de cada personaje y es esa tensión psicológica lo que confiere unidad al conjunto.


Sabemos que a Giacometti le causó gran impacto esta obra y la replicó cuando fundió El Claro en 1950, nueve personajes en vez de seis, configuración diametralmente opuesta pero el espectador es invitado a recorrer con la vista el espacio entre las figuras, igual que puede hacerse (y el escultor suizo lo hizo) físicamente en la obra de Rodin.

Ahora no hay homenaje alguno a los grandes valores del ciudadano que entrega su vida para salvar la de sus compañeros. Giacometti crea un bosque silente de figuras aisladas unidas por un mismo destino existencial.

Los grupos ternarios también preocuparon a ambos artistas.

Así se aprecia en Las Sombras obra de Rodin anterior a 1886 y fundida en 1928, y en Tres hombres que caminan, bronce de Giacometti de 1948.

La búsqueda del remate horizontal es tan obsesiva en el escultor francés que distorsiona la relación entre el hombro y el cuello para ajustar la composición rectangular en la que no falta el contrapposto de las figuras, mientras que el artista suizo parece fotografiar azarosamente un momento de tránsito de tres figuras que caminan hacia lugares diferentes.

Y es la primitiva idea de movimiento algo que nos aparece en ambos autores.

Ya desde la pintura rupestre, se representan escenas en las que se busca la imagen que mejor transmita la idea de movimiento (escenas de caza de la pintura neolítica, el Apolo de Veyes, hasta llegar a Formas únicas de continuidad en el espacio de Boccioni).

Cuando ha de elegirse una única imagen para trasladar de forma sintética la idea de desplazamiento, acudimos al mismo procedimiento que nuestros dos artistas utilizaron en El Hombre que camina, modelo grande, un yeso de Rodin de 1907 y en Hombre que camina II, yeso de Giacometti de 1960. Se aprecia la misma intención, aunque lo que es fuerza clásica en el desnudo del escultor francés, poco parece preocupar a la ensimismada, estirada y liviana figura del artista suizo.

Otra relación formal que no podemos pasar por alto, es la contribución del pedestal a la obra.

En la vida cotidiana se utiliza el pedestal para enfatizar, para aumentar la presencia de algo. Pero no es una simple tarima o un macetero lo que nuestros dos artistas utilizan. Pretenden crear un diálogo de la obra con el soporte y un punto de vista particular para el observador. A veces los pedestales aíslan la figura del espacio circundante y a veces la ponen en valor.

Veamos ejemplos de nuestros dos autores. Pequeño busto de hombre sobre pedestal, bronce de Giacometti de 1950 y Conjunto mujer-pez y torso de Iris sobre estipite con follaje, un yeso, posterior a 1890 de Rodin.


Si imaginamos ambas obras sin pedestal variará nuestra percepción general.


La estrecha cabeza de bronce gana solemnidad y parece recibir el homenaje del espectador, el estípite acentúa la inestabilidad del conjunto en yeso, cuyas torsiones parecen continuación de las curvas del follaje.

A Rodin, el pedestal le llevó a reflexiones complejas sobre la relación entre escultura y soporte y su ubicación en el espacio.

Es lo que se desprende de su obra El Pensamiento, yeso moldeado del mármol de 1893-1895, en el que su discípula y amante Camille Claudel emerge de un bloque que apenas aparece desbastado, recordándonos la obra tardía miguelangelesca.


La cabeza se inclina hacia delante con gesto concentrado y correcto acabado como si la razón humana surgiera de la materia para controlarla pero sin poder desprenderse de ella. Soporte y pedestal en simbiosis simbólica con la obra.


De alguna forma, los estilos de nuestros dos artistas coincidieron en los fundamentos de su formación pero el impacto de la obra de Miguel Ángel y de Bernini, así como de la escultura helenística son patentes en Rodin, mientras que la influencia mesopotámica y egipcia aparecen más nítidamente en Giacometti, que vivió además la irrupción de la depuración formal de la Abstracción.


Terminemos con algunos ejemplos de estos impactos.

Rodin, en Torso masculino inclinado hacia delante, una terracota ejecutada alrededor de 1890 y en El Hombre de la nariz rota, otra terracota sin fechar, nos muestra el detenido estudio del escultor del Torso Belvedere y de bustos clásicos como alguno de los atribuidos a Homero. Las huellas de los dedos son casi visibles en el modelado de la primera obra.


Las otras dos obras pertenecen a Giacometti. Se trata de Mujer desnuda y jinete en un paisaje, bajorrelieve, un bronce de 1931-2 y Mujer desnuda de pie de perfil, un trabajo a lápiz sobre papel sin fechar.


El artista suizo nos dejó innumerables dibujos sobre escultura sumeria y egipcia. En ambas obras descubrimos la influencia de los bajorrelieves egipcios y la convencional forma de representar el cuerpo humano en esta cultura, con sus formas rígidas y hieráticas que recuerdan sin duda la posición de las esbeltas mujeres erguidas en la obra de Giacometti.

En suma, una interesante muestra de relaciones entre artistas consagrados y una prueba de que el Arte se alimenta del Arte constantemente.

Heraclio Gautier

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