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“¿Qué es la Historia?” y otras preguntas controvertidas

Actualizado: 15 de dic de 2019


Arrancamos La Cápsula del Tiempo con una reflexión sobre la Historia y las cuestiones que surgen en torno a ella. De la mano de Álvar Muratel, colaborador de Trinchera Cultural.

“¿Qué es la Historia?” y otras preguntas controvertidas



¿Qué es la Historia? ¿Y la Historiografía? ¿En qué se diferencian? ¿Es la segunda una ciencia como tal? ¿Cómo trabajan los historiadores? ¿Escriben ellos la Historia o lo hacen los vencedores? ¿Cómo podemos saber si una obra historiográfica es fiable? ¿Por qué es tan importante saber lo que ocurrió en el pasado?


Aunque resulte extraño, un estudiante de Historia puede finalizar la carrera sin tener del todo clara la respuesta a estas preguntas, quizá porque incluso los propios historiadores no terminan de ponerse de acuerdo al respecto.


Aunque resulte extraño, un estudiante de Historia puede finalizar la carrera sin tener del todo clara la respuesta a estas preguntas, quizá porque incluso los propios historiadores no terminan de ponerse de acuerdo al respecto.

Así pues, en este primer artículo vamos a tratar de esclarecer estas cuestiones o, al menos, arrojar un poco de luz sobre las mismas.


Generalmente el término Historia se utiliza como sinónimo de Historiografía para referirse a aquella disciplina dedicada al estudio del pasado, si bien lo correcto sería reservar esta definición para la Historiografía y delimitar la Historia como el objeto de estudio de dicha disciplina. Es decir, mientras que la Historia es el conjunto de acontecimientos que componen el pasado la Historiografía es la disciplina encargada de recopilar, analizar y describir dichos acontecimientos. Más concretamente lo que la Historiografía estudia es el comportamiento y desarrollo de las sociedades humanas, ya que el pasado de otras especies, nuestro planeta o el universo es estudiado por la Biología, la Geología, la Astronomía y otras ramas de las ciencias naturales.


Generalmente el término Historia se utiliza como sinónimo de Historiografía para referirse a aquella disciplina dedicada al estudio del pasado, si bien lo correcto sería reservar esta definición para la Historiografía y delimitar la Historia como el objeto de estudio de dicha disciplina.

La Historiografía puede ser considerada una ciencia más en tanto en cuanto posee un objeto de estudio bien delimitado, la Historia, y una metodología concreta, de la cual hablaremos más adelante.


La cuestión es si, al igual que las ciencias empíricas como la Física o la Química, la Historiografía es capaz de extraer una serie de principios o leyes generales que puedan ser comprobadas empíricamente y que permitan realizar predicciones a los historiadores.

Si partimos de los postulados de determinadas escuelas como el materialismo histórico la Historiografía se atiene sin problemas a esta definición, pues no sólo plantea la existencia de ciertos mecanismos que intervienen en el comportamiento de las sociedades humanas, sino que además propone distintos modelos de desarrollo para las mismas.


No obstante, ésta es una postura bastante controvertida, ya que muchos autores opinan que la Historiografía ni puede ni debe preocuparse de realizar predicciones.

De hecho, en numerosas ocasiones esta disciplina ni siquiera es considerada una rama de las Ciencias Sociales y se la incluye dentro del campo de las Humanidades.


Escritura sumeria cuneiforme en un fragmento de la famosa Estela de los Buitres del rey En-metena de Lagash (siglo XXV a.C.). Museo del Louvre, París.

Pero, si como sosteníamos antes, la Historiografía sí puede considerarse una ciencia, ¿qué método emplea el historiador?

La definición que hemos dado más arriba resulta un tanto incompleta, ya que no hemos aclarado que esta disciplina estudia los acontecimientos del pasado a través de las fuentes escritas.


Precisamente es la aparición de la escritura (desarrollada por primera vez en torno al IV milenio a.C. en Sumeria) lo que delimita la separación entre la Prehistoria y la Historia propiamente dicha, y lo que diferencia también el método empleado por la Arqueología (que reconstruye el pasado a través de los vestigios de la cultura material) y el de la Historiografía.


Lo que hacen los historiadores es recopilar el mayor número de fuentes escritas disponibles tratando de comprobar, en primer lugar, su grado de fiabilidad para, a continuación, proceder a la reconstrucción de los hechos contrastando las distintas versiones que les ofrecen los testimonios recabados, de manera similar a como lo haría un detective en una investigación policial.


Por este motivo se dice que el historiador ha de interrogar a las fuentes, para lo cual suele considerarse conveniente tomar cierta distancia temporal entre el presente y el período o episodio que vamos a estudiar.


No obstante, existe una rama dentro de la Historiografía cuyo campo de estudio es la denominada "historia del tiempo presente", la cual abarca procesos que, aunque se hayan iniciado en el siglo XX, aún no han concluido.


Esto abre las puertas al uso de las denominadas fuentes orales por parte de los historiadores, las cuales ya eran empleadas por Heródoto de Halicarnaso (484 – 425 a.C.), considerado habitualmente “el padre de la historia” y constituyen un recurso sumamente valioso para los historiadores de la Edad Contemporánea y el tiempo presente.


Sin embargo, y especialmente en el caso de los testimonios orales, el historiador ha de ser especialmente cuidadoso a la hora de establecer el grado de fiabilidad de los datos que maneja.

Toda fuente documental, al margen de las equivocaciones que pueda cometer de manera inconsciente su emisor, es producida con una intencionalidad concreta por parte del mismo. Debido a esto los registros más fiables para los historiadores son aquellos de carácter económico, ya que quien los elabora lo hace siempre con el objetivo de que sean lo más detallados y precisos posibles, a diferencia del relato de un acontecimiento bélico o político en el que su autor puede querer alterar los hechos para conformar la versión que más favorable le sea.


Relieve de Heródoto de Halicarnaso en la fachada oeste de La Cour Carrée del Palacio del Louvre, París (1806), obra de Jean-Guillaume Moitte.

De ahí procede la famosa expresión “la historia la escriben los vencedores”. Pero, ¿es eso cierto?


La historia, como ya hemos explicado antes, es el conjunto de acontecimientos que componen el pasado; es decir, se trata de una realidad objetiva e inalterable. Por consiguiente, la historia como tal no se escribe, sino que, en todo caso, se construyen relatos sobre ella.


Y si bien el oficio del historiador es escribir tales relatos, a menudo este se ve condicionado, aunque sea de manera inconsciente, por las estructuras de poder de su tiempo. Así pues, en sentido metafórico, podemos afirmar que en muchos casos la historia la escriben los vencedores. En muchos, sí, pero no en todos.


Por ejemplo, entre los años 70 y 80 tomó forma el denominado Grupo de Estudios Subalternos, un conjunto de historiadores procedentes de diversos países post-coloniales del sur de Asia que, bajo la influencia de las aportaciones del filósofo y teórico marxista Antonio Gramsci (1891 - 1937), desarrollaron una nueva Historiografía que ponía el foco de atención en aquellos grupos y movimientos tradicionalmente marginales u opuestos a las estructuras de poder, reivindicando así su lugar en la historia frente al discurso hegemónico occidental.


Esto guarda una estrecha relación con el proceso de formación de la memoria histórica, que es la reconstrucción que un pueblo o sociedad hace en su imaginario colectivo de su pasado histórico, y que no tiene por qué corresponderse con la realidad histórica.

Antonio Gramsci hacia principios de los años 20.

El desarrollo de los Estudios subalternos fue sumamente enriquecedor, ya que permitió confrontar el relato de los vencedores con el de los vencidos.


Como hemos visto más arriba, el historiador puede estar movido por presiones políticas o intereses ideológicos, sin contar con los errores que, como cualquier profesional, puede cometer. Por ello es tan importante cuestionar el argumento de autoridad y negarnos a creer ciegamente un determinado relato solo porque lo sostenga un autor de renombre.


El historiador puede estar movido por presiones políticas o intereses ideológicos, sin contar con los errores que, como cualquier profesional, puede cometer. Por ello es tan importante cuestionar el argumento de autoridad y negarnos a creer ciegamente un determinado relato solo porque lo sostenga un autor de renombre.

Aunque bien es cierto que una obra historiográfica tiene más visos de credibilidad si está escrita por un historiador profesional, hay otras pistas que nos pueden ayudar a saber si estamos ante un relato fiable o no:


  • En primer lugar, hemos de tener en cuenta la fecha de publicación, ya que cuanto más antiguo sea un estudio más posibilidades habrá de que se haya quedado obsoleto.


  • Por otra parte, e independientemente de su antigüedad, lo que debemos exigirle a toda obra historiográfica son las fuentes de las cuales su autor ha extraído la información. Cuantas más fuentes haya mayor habrá sido el volumen de datos manejados, y cuanto mayor sea la diversidad de las mismas, más contrastados estarán. Generalmente las fuentes se incluyen al final del libro o artículo en cuestión, si bien a lo largo de éste también es posible localizar las llamadas “citas a pie de página”. La presencia de éstas es muy importante, ya que con ellas los historiadores nos indican la procedencia concreta de cada dato (por ejemplo, la página exacta de un libro que han consultado) para que el lector pueda acudir a la fuente original y verificar la información.


  • Finalmente, el lenguaje empleado por el autor también nos sirve para determinar el grado de fiabilidad de la obra; aquellos textos en los que el lenguaje resulta sobrecargado o retórico tienden a ser más subjetivos, mientras que aquellos que emplean un lenguaje sobrio y conciso suelen ser más objetivos. En cualquier caso, a la hora de aproximarse a cualquier tema histórico siempre conviene consultar la producción de distintos autores con el fin de poder tener un enfoque lo más amplio y equilibrado posible.


Busto antiguo con cabeza moderna de Marco Tulio Cicerón. Museo del Prado, Madrid.

Pero, ¿por qué habría de interesarnos la Historia?
El cambio climático o los viajes espaciales nos llaman la atención porque son cosas que podemos llegar a ver en un futuro cercano ¿pero por qué habría de preocuparnos algo que ya ha pasado?

Bien, una posible respuesta a esta pregunta es que aquello que ya ha pasado puede volver a suceder. Y es que, como se suele decir, “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”.


Aunque muchos historiadores actuales no están de acuerdo con esta premisa, el político, filósofo e historiador romano Marco Tulio Cicerón (106 – 43 a.C.) afirmaba en su obra De Oratore “historia magistra vitae” (“la historia es la maestra de la vida”) dando a entender que de su análisis podían extraerse una serie de enseñanzas aplicables al presente y al futuro.


Siguiendo con esta interpretación, el estudio del pasado nos puede servir no sólo para comprender mejor nuestro presente, sino también para cambiar nuestro futuro.


Álvar Muratel Mendoza

PARA SABER MÁS:


ARÓSTEGUI, Julio: La investigación histórica: teoría y método, Barcelona, Crítica, 2001.


BLOCH, Marc: Introducción a la Historia, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1967.


BURKE, Peter et al.: Formas de hacer historia, Madrid, Alianza Editorial, 2003.


CARR, Edward H.: ¿Qué es la Historia?, Barcelona, Seix Barral, 1967.


EVANS, Richard J.: In defense of History, Nueva York, W.W. Norton & Company, 1999.


FEBVRE, Lucien: Combates por la historia, Esplugas de Llobregat (Barcelona), Ariel, 1970.


FONTANA, Josep: La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, 1996.


HOBSBAWM, Eric: Sobre la historia, Barcelona, Crítica, 1998.

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