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Primeras impresiones: Lima

Lima queda atrás mientras nuestro autobús se aleja de la megaurbe peruana. El contraste entre el origen y el destino que tenemos por delante, Huaraz, no podía ser mayor. De 11 millones de habitantes a unas decenas de miles; de una metropolí a nivel del mar a una ciudad a 3000 metros de altura en los Andes; del aire contaminado por miles de coches, combis, buses, coasters, motos, mototaxis a la pureza de la cordillera.



Pero antes de adelantarme tanto me gustaría volcar un poco todo lo que se nos ha cruzado estos días en la capital del Perú.


He de reconocer que las 12 horas de vuelo pasaron increíblemente rápidas, tales eran las ganas de finalmente llegar y poder comenzar la aventura. Sin embargo, no nos habían avisado de que la primera maravilla llegaría en el propio avión. Creo que no daba un grito de sorpresa e incredulidad semejantes desde que era niño; sobrevolar el Amazonas y ver la abrumadora inmensidad del serpenteante caudal del Río Negro es algo que recordaré con emoción toda la vida.


Caudal del Río Negro desde el avión

Lima nos dio la bienvenida con su manto gris característico o cielo en panza de burra como le llamaba mi madre. La capa de nubes que la cubre, de la que no debes esperar lluvia, queda atrapada por la cordillera en el invierno limeño. A su vez, la corriente de agua fría de Humboldt que baña sus costas, atípica en estas latitudes, convierte la costa del Perú en una franja sumamente seca. Dicen que aquí llueve incluso menos que en El Cairo.


Costa de Lima

Acogidos en el barrio de El Callao por nuestra querida familia peruana, pronto empezamos a descubrir la vida de sus calles y sus gentes. Como tantos otros países del sur global, Lima concentra grandes contrastes visibles desde el primer momento. El 40% de la población peruana se agolpa en esta urbe en busca de trabajo y oportunidades, la mayoría provenientes del mundo rural. Un país con un tamaño que dobla a Francia y con tres zonas completamente distintas a todos los niveles; la selva, la sierra y la costa, siendo esta última donde se agrupa la mayoría de la población.


Estatua de Francisco Pizarro, Lima.

Esta ciudad, aunque dicen fundada por Pizarro, presenta datos de asentamientos de civilizaciones preincaicas (como recuerdan sus huacas o pirámides escalonadas), y posteriormente incaicos, desde tiempos inmemoriales. La Corona española le dio un impulso al convertirla en capital del virreinato. Imagino que desde esa época se cimentaron las diferentes clases sociales que hoy se reflejan en las casuchas de los cerros y en las elegantes mansiones frente a las olas del Pacífico.


Como en toda ciudad caótica y desordenada, donde el regateo impera y la conducción temeraria es la norma, mi mente se traslada a Palestina o Siria con cariño y resignación. Creo que los oficios de subsistencia dicen mucho de la situación económica de un país. Lima los tiene de todos los tipos que puedas imaginar. Los abundantes venezolanos que huyen de su país no han hecho más que ampliar las filas de los desamparados que luchan por sobrevivir vendiendo cualquier cosa; chicles, chocolatinas, café o chocolate caliente, chifles (plátano frito), arepas, dulces…


Disfrutando de la rica gastronomía peruana

No tardan en recordarnos que de los últimos presidentes del gobierno solo uno no ha sido juzgado por corrupción, el actual jefe del ejecutivo, que lleva en el cargo unos meses tras el escándalo Odebrecht de su antecesor. “Por el momento”, comentan con una sonrisa irónica.


Es fácil para nosotros recorrer sus barrios, llenos de ambiente y puestecillos de comida callejera, con la dosis de humor necesaria para sonreír ante las dificultades de su caos. No debe de serlo tanto para las personas que con un sueldo mínimo de 200 euros tienen que hacer frente a largas jornadas de trabajo y horas de agotador tráfico. Los alimentos básicos parecen baratos. En cambio, la educación y sanidad de calidad están más restringidas, con unos precios al alcance de pocos. La gasolina cuesta el triple que en España.


Arte callejero en Lima.

Quizás el conjunto de estas cosas marca el carácter inicial distante y sombrío de muchos limeños. “En provincias todo cambia, la gente no tiene esta cara”, bromea un trabajador del Museo Arqueológico haciendo una mueca. ¿Qué más se le puede pedir a gente que sonríe ante su desafortunada maldición?


El ejemplo perfecto nos lo proporciona un jubilado que trabajó 57 años en el petróleo. El Perú ha exportado a compañías extranjeras innumerables barriles de crudo durante décadas, y en cambio tenía que comprar gasolina y queroseno a un precio mucho mayor, por la falta de refinerías en suelo peruano. Cuando finalmente el suelo dijo “basta”, se construyeron las dos primeras refinerías, bendita ironía.

Ciertamente, parece que el aire catastrofista que quedó en el aire tras el esquilme colonial sigue en el espíritu de la ciudad.


Plaza mayor de Lima.

Sus arboladas plazas, la cultura latina y sobre todo, el convivir con una familia peruana, alegre y cariñosa, han provocado que al final vayamos a echar de menos la capital del Perú.

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