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Memorias de Moyobamba IV. Salud y precariedad

La dignidad y la solidaridad son intemporales pero también lo son la desdicha y el desconsuelo que tienden a poner a prueba casi siempre a los mismos. Y en cuestiones de salud los convierte en los más vulnerables.

Con esta nueva entrega de Memorias se completa la idea que Firás quiere transmitir sobre su vocación de servicio público y las grandes desigualdades sociales que se siguen dando en los países sudamericanos. No os perdáis esta.

Mural de la pintora Cindy Sandoval


Ya antes de empezar a trabajar en el hospital nos habían puesto al tanto de que se trataba de un Hospital de Contingencia; por lo tanto, temporal, estructuralmente de baja calidad y con los recursos mínimos hasta la transición hacia un hospital más consolidado.


El viejo hospital de la ciudad estaba en tan malas condiciones (por no decir a punto de caerse) que decidieron sacar a todo el personal y los pacientes a la periferia mientras construían el nuevo. El tiempo estimado era de seis meses a un año.


Aquello había sido en 2012. Las continuas gestiones corruptas de la municipalidad evaporaban el presupuesto reservado para el hospital y condenaban a la población a un hospital con condiciones tan precarias como insalubres.

Alguna que otra protesta no había hecho mella en el descaro y la poca vergüenza política. A nuestra llegada, el nuevo hospital estaba construido, pero ningún material médico ni administrativo había poblado su interior.

Así fue como, incrédulos, contemplábamos en nuestros primeros días los techos de calamina, las paredes de Pladur, las goteras, las humedades, los suelos de cemento con sus grietas y el mobiliario desgastado del Hospital de Contingencia, lo que no impediría que le cogiésemos un gran cariño, como si de nuestra casa se tratase.


Entrada del hospital

La recepción por parte del personal sanitario fue agradable y progresiva.


Algunos auxiliares, personal de enfermería y personal médico nos acogieron rápidamente, mientras que a partir de la segunda semana no había día en que una o varias personas no te preguntaran de dónde venías, por cuánto tiempo, si te gustaba la comida peruana o qué tiempo hacía en España.


Especialmente la gastronomía y el clima eran dos temas inacabables, por mucho que lo repitiésemos cada día. El “aquí llueve harto”, frase estrella con gesto serio, ya nos iba poniendo sobre aviso sobre cómo sería la temporada de lluvias.


Filtraciones e inundaciones en época de lluvias
En el hospital también existía la figura del interno, inexistente en España pero característica de todos los países sudamericanos.

Todo estudiante de Medicina debe cursar un séptimo año en el que dedica los 365 días, con pocas excepciones, a trabajar en el Hospital, donde ostenta la menor jerarquía y es blanco de todas las bromas, sobre todo entre internos.

Similar a la figura de un becario, el interno sirve para todo. Desde su función principal, historiar y explorar a todos los pacientes, pasando por sacar una muestra de sangre o gasometría arterial, poner una vía, curar heridas, apuntar la medicación, revisarla, volverla a apuntar… Hasta ir a por una gaseosa o un snack para el médico adjunto, ser castigado a hacer guardias nocturnas, salir a las diez de la noche, etc.

La lista de posibles torturas al interno era interminable

La lista de posibles torturas al interno era interminable, y una vez superado este periodo se hacen competiciones de anécdotas para comprobar quién ha sido más insultado y castigado o quién ha tenido peor suerte con sus pacientes.


El más comentado durante nuestra estancia, al margen de los de nuestros compañeros de piso, fue el de un joven médico de servicio rural que hacía cientos de kilómetros en avioneta, gastándose gran parte de su sueldo, desde una ciudad para poder llegar a un remoto pueblo selvático donde le había tocado atender, en el que sus habitantes, al parecer poco agradecidos, exigían la atención médica para catarros incluso cuando el pobre médico se encontraba con 39 de fiebre, encogido por la malaria que contrajo, en un cuartucho de su centro de salud.

El último regalo había sido el vuelco de su canoa en su camino para llegar al centro y haber visto alejarse su mochila con toda su ropa y material personal.

Atónitos, mirábamos a nuestros compañeros de piso, que realizaban en condiciones más tranquilizadoras su servicio rural, quienes con una sonrisa despachaban el tema con un “...es un héroe”.

Parece que les va en los genes el masoquismo, pues uno de los médicos peruanos más reconocidos, Daniel Alcides Carrión, se hizo famoso como mártir de la medicina al inocularse en el siglo XIX la bacteria Bartonella bacilliformis para estudiar la evolución de la enfermedad, muriendo cuarenta días más tarde.

Las tragedias a ese nivel continúan hoy en día, pues no falta el año en el que uno o varios médicos realizando su servicio rural fallecen como consecuencia de un derrumbe, un accidente en un traslado en ambulancia o una emergencia en el transcurso de su trabajo.

Este compendio de maldad creativa por parte de los médicos de mayor rango es acorde a la idea patriarcal

Este compendio de maldad creativa por parte de los médicos de mayor rango es acorde a la idea patriarcal de querer hacer frente a todo por encima de las propias posibilidades, sumado a una especie de teoría del shock del aprendizaje (lo cual es ciertamente deplorable y ofrece muchas alternativas mejores de docencia).


Sin embargo, tiene una consecuencia significativa probablemente ausente en la gran mayoría de médicos recién graduados españoles: espabila y te hace aprender de una manera brutal, especialmente si lo compaginas con un estudio constante o una formación adecuada en la universidad.


De lo contrario acabas zarandeado de un lado para otro sin saber muy bien cómo estás haciendo las cosas. Acompañado de un octavo año (obligatorio en caso de querer trabajar en el sistema público) de servicio rural en una posta alejada como único médico, confería destrezas suficientes para ser capaces de atender todo tipo de patología común, emergencias menores, controles infantiles y prenatales, partos y actividades similares, además de ciertas nociones de salud pública y prevención en salud esenciales que los jóvenes médicos con mayor vocación de servicio a la comunidad ponían en práctica.


Por supuesto, ciertas características intrínsecas del país hacen posible y necesario esto, irrealizable en España: es imprescindible tener médicos generales ejerciendo, además de aquellos que realizan el servicio rural, para poder cubrir todas las postas y centros de salud alejados que atienden el gran componente de población rural del país.


De esta manera, nuestra función iba a ser similar a la de los internos (con la ventaja de no ser esclavizados al ser “médicos” ya reconocidos en España), habíamos ido a “curtirnos” no solo en realizar anamnesis, exploraciones, coger vías o realizar procedimientos invasivos y suturas, sino también en el trato diario con el paciente y familiares, la comunicación de malas noticias, el acompañamiento y apoyo, la educación y prevención y otras muchas actividades tan necesarias como poco acentuadas en la carrera.

Tratando de aplicar a su vez, con nuestra tierna ilusión, los cuatro principios de la ética médica: beneficiencia, no maleficiencia, autonomía y justicia.

Gran parte de todo ello estuvo guiado y dirigido por buenos profesionales que nos facilitaron poder hacer cosas que nunca habíamos siquiera imaginado en la carrera, siempre evitando poner en riesgo al paciente.


Otra gran cantidad fue autoaprendizaje, voluntad propia y muchas horas de lectura ante la inoperancia de muchos médicos para garantizar una atención humana y de calidad. Es ahí cuando te das cuenta que, con un buen tutelaje y confianza en ti, tu propio estudio y una adecuada práctica clínica, muchas intervenciones fuera de nuestro alcance en España se convirtieron en rutina en Moyobamba.

Tu propio estudio y una adecuada práctica clínica, muchas intervenciones fuera de nuestro alcance en España se convirtieron en rutina en Moyobamba.

Pero hay que reconocer que para ello confluyeron diversos motivos; la falta de excelencia clínica dados los limitados recursos humanos, la ausencia de interés en proporcionar una buena atención en provincias, la elevada presión asistencial, una sociedad mucho más ignorante en materia de salud, aunque no por ello menos exigente a la hora de pedir resultados, etc.


Luxación grave de rodilla por accidente de tráfico

Así pues, no parece razonable la sobreprotección del paciente que se da en España (privacidad, derecho a que no ser atendido por estudiantes, repercusión legal de errores propios de la práctica médica) cuando el mayor aprendizaje resulta directamente de la práctica clínica y se podrían realizar muchas actividades con un adecuado control, como muchas unidades docentes muestran.


Quizás así no veríamos lo que vemos hoy en día; compañeros recién graduados que jamás han hecho un control prenatal, atendido un parto, realizado una sutura o comunicado una mala noticia.


Esa responsabilidad que, una vez te la otorgan como lo hicieron en Moyobamba con nosotros poco a poco, luchas porque se traduzca en resultados excelentes, aunque tengas que quedarte hasta las diez de la noche en el hospital o dormir a las tres de la madrugada porque estás repasando los casos de tus pacientes.


No existe, o no debería existir, un solo estudiante de medicina o recién graduado que no se preocupe obsesivamente por sus primeros pacientes, principalmente los más delicados.

De haberlos, son solo el resultado de un proceso de selección español erróneo en el que se prima una nota desorbitada (creo que ya va 13 sobre 14 en la prueba de acceso) sobre la verdadera vocación, empatía y voluntad de servir a la comunidad, con equidad y excelencia clínica.


A pesar de todo, existen demasiados factores sociales y económicos al margen del esfuerzo que requiere estudiar Medicina (excluyendo a personas perfectamente válidas).


Además, ser el país europeo con más facultades de Medicina por habitante, gracias a la apertura descontrolada de facultades privadas, ayuda a potenciar esta desigualdad.

Pocas veces la razón supera al poder del dinero.

Firás Fansa

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