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Memorias de Moyobamba III. El dispar derecho a la salud.

En crónicas anteriores, Firás nos contaba sus andanzas peruanas y las esperanzas depositadas en la Fundación Yantaló; después llegó el choque con la dura realidad.


Pasadas unas elecciones en nuestro país, cuyos resultados van a tener un fuerte impacto en la Sanidad Pública, estas crónicas adquieren especial relevancia.



Mural de la pintora Cindy Sandoval



La decepción que nos llevamos tras conocer la verdadera cara de la Fundación con la que habíamos contactado antes de llegar a Perú, entraba dentro de lo esperable.


La transición hacia nuestro siguiente trabajo, desde agosto 2018 a enero 2019, fue relativamente sencilla. Lo mejor, como habíamos vivido anteriormente en Palestina, por ejemplo, era llegar al lugar y preguntar por lo que buscábamos.


Antes de describir la organización de la asistencia sanitaria en Perú, hay algo de lo que estamos absolutamente seguros; jamás habíamos sido plenamente conscientes del valor que tiene nuestro sistema de salud. Ni de la importancia que tiene defender nuestra sanidad pública ante las continuas agresiones e intentos de mercantilización.

Jamás habíamos sido plenamente conscientes del valor que tiene nuestro sistema de salud. Ni de la importancia que tiene defender nuestra sanidad pública ante las continuas agresiones e intentos de mercantilización.

Con sus defectos y posibles mejoras, especialmente tras los últimos años de recortes a raíz de la crisis financiera mundial, nuestro sistema sanitario es mucho más completo y abrumadoramente solidario en relación al peruano (y boliviano).

Esto es algo que, sin salir de España/Europa, y observar otros sistemas, es imposible apreciar.


Es entonces cuando se da uno cuenta del privilegio que tenemos al tener relativamente garantizada una buena atención en salud. Hemos crecido con la tranquilidad que nos proporciona (ante cualquier problema de salud) simplemente ir al médico.

Es un privilegio tener relativamente garantizada una buena atención sanitaria.

Para un peruano medio (es decir, humilde) ir al médico es un acto en el que debe ponderar muchas cosas antes:

  • ¿Estoy lo suficientemente grave para que me atiendan?

  • ¿Podré pagar la atención y el tratamiento?

  • ¿Quién cuidará a mi familia mientras tanto?

  • ¿Y si me tienen que mandar a Lima?

Y un sinfín de preguntas más que ejemplificaremos más adelante.


El sistema de salud peruano es una miríada de seguros que cubren a grupos específicos de población.

A nivel privado, el número de consultorios y clínicas es verdaderamente infinito, así como algunos establecimientos específicos de empresas petroleras o mineras. Dado el estado del sistema público y teniendo en cuenta su costo, calidad de la atención y recursos, no es de extrañar.


Aun así, sorprende el número de profesionales sanitarios que han hecho del lucro su forma de vida… ¿No se suponía que uno de los objetivos de ser médico es garantizar la equidad en la atención sanitaria?

¿No se suponía que uno de los objetivos de ser médico es garantizar la equidad en la atención sanitaria?

Lo más interesante de la atención privada fue conocer profesiones tradicionales: hueseros, curanderos, sobadores, chamanes… todos pugnaban, con dudosa eficacia y frecuente perjuicio, por acceder a la clientela más pobre que, o bien no podía pagarse un profesional sanitario, o bien confiaba más en ellos.


A nivel público, encontramos fundamentalmente tres seguros:


El primero cubría a militares y policías, con establecimientos propios y ciertos privilegios, a cargo del Ministerio de Defensa y el de Interior.


El segundo, Es-salud, aseguraba a aquellos trabajadores asalariados con un trabajo estable, financiándose con un porcentaje de sus sueldos. Se supone que presentaba recursos adecuados, protocolos estrictos y una atención de cierta calidad.


Por último, tenemos el Sistema Integral de Salud o SIS, dirigido por el Ministerio de Salud y financiado a través de los presupuestos generales, lo más parecido (a nivel público) y opuesto a la vez (por ser con el que menos recursos contaba) a nuestro sistema en España. Sin embargo, la cobertura variaba enormemente de Lima a provincias, siendo frecuente que las grandes operaciones o tratamientos superespecializados estuviesen centralizados en la capital.


Básicamente, era donde se atendía a la gente más humilde, lo que equivalía a la mayor parte de la población, y, obviamente, donde el alcance de nuestra ayuda sería mayor. Inmediatamente pedimos el contacto del director del Hospital de Moyobamba, de nivel II-1.


Cuando nos reunimos con el director, su gesto no pudo ser más explícito. Las puertas estaban abiertas para colaborar en todos los servicios que quisiéramos apoyar.

Ilusionados, pronto empezaríamos a conocer todos los recovecos del hospital. Teóricamente haríamos una rotación de mes y medio supervisados por los médicos adjuntos en cada uno de los cuatro servicios del hospital; Medicina, Cirugía, Pediatría, Ginecología y Obstetricia.


Aún con nuestras preferencias individuales hacia algunas de ellas en concreto, parecía lo más sensato dada nuestra orientación hacia la Medicina de Familia y Comunitaria en una futura especialización.


Un horario de 7:30 a 14:00, almuerzo cortesía del hospital y tarde en Emergencias hasta las 18:00, de lunes a sábado, parecía más que suficiente para saciar el ansia de práctica y aprendizaje que habíamos venido a buscar a este continente.



De esta forma nos asentamos a nivel “laboral”, pero toda esta experiencia, todo el estrés, todas las alegrías, las presiones y las innumerables emociones que vivimos, fueron más fácilmente encajados gracias a otro golpe de suerte. Necesitábamos un hogar.

Un lugar al que volver, cansados, pero con la tranquilidad de estar en paz, cómodos y felices. Tras semanas de desesperación ante el precio de los apartamentos (nuestros ahorros no iban a ser interminables) y la probable necesidad de tener que amueblarlos nosotros mismos, encontramos nuestro pequeño paraíso en el Hospedaje La China, como nos gustaba llamarlo.



Una vieja casona familiar, de las más antiguas de Moyobamba, cuidada por una señora y sus trabajadores domésticos cuyo antepasado más lejano decían que había sido un cura que había dejado descendientes suficientes para poblar toda la ciudad.


Por una renta económica, pudimos sentirnos en casa desde el primer momento, además de convivir con un grupo de médicos peruanos haciendo su servicio rural.


Su arquitectura, sus jardines y los animales exóticos, sumado al cariño y bondad de todos los que la poblaban, la convertían en un pequeño Edén. Para nosotros fue esencial y un lugar al que siempre volveremos con una sonrisa.


Firás Fansa



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