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Memorias de Moyobamba II. Toma de contacto con la realidad

Diez meses pasan volando o dan para mucho; pueden no servir para nada y ser tiempo muerto... O pueden marcar nuestras vidas.


Firás vuelve con sus crónicas peruanas. Si en las anteriores memorias nos relataba sus impresiones sobre algunos aspectos de la vida en esos lugares (que ya empiezan a ser cotidianos para nuestro viajero) dándonos una visión histórica, política y social, ahora en esta segunda parte, la vocación de servicio público por la Medicina es la que llevará la voz cantante.


Estas memorias están llenas de rabia e indignación. Después de leerlas lo entendemos y compartimos.


Aunque esta crónica empieza y termina mal, aunque son muchos los obstáculos que ellos (Adriana y Firás) encontraron, consigue transmitirnos mucha ilusión, mucho compromiso y la posibilidad de transformación hacia un mundo mejor.



Entre anonadados e indignados, vimos cómo la atención sanitaria en Perú comenzaba con la prescripción abusiva e inadecuada de antibióticos por parte de los doctores.

A pocos días de terminar nuestro viaje por Sudamérica, parece que va a terminar de la misma manera en Bolivia.


Ciertamente, suena demasiado aburrido empezar una crónica de esta manera, pero nuestro camino entre Perú y Bolivia ha estado marcado por una atención médica deficiente y una educación sanitaria nula en el paciente.


Sin embargo, siempre fue la salud, confirmando nuestros deseos y vocación, el motivo que nos impulsó a estudiar esta carrera; la salud es la que nos ha permitido conocer casi todos los recovecos de la sociedad, de la política y de la economía de ambos países. Por lo tanto será el tronco vertebrador de todas las situaciones que vivimos y queremos compartir.

23 de julio del año pasado llegamos a Moyobamba, capital del departamento de San Martín al noreste de Perú, tras recorrer la costa y sierra andina durante tres semanas en el camino hacia nuestro destino final (en crónicas anteriores lo contamos)



Nuestras esperanzas iniciales estaban puestas en la Fundación Yantaló, creada por un cardiólogo peruano que había trabajado en EEUU toda su vida con el objetivo de facilitar una atención sanitaria de calidad a gente con bajos recursos.

A pesar de que habíamos tenido una comunicación irregular por su parte, la promesa de un trabajo útil y activo en la clínica nos condujo allá como primer contacto con la realidad peruana.


Quizás no parezca interesante alargar nuestra experiencia allí con tantos detalles, pero es bastante ilustrativo de la idiosincrasia, del carácter individual y las relaciones sociales y económicas en Perú.

En las dos semanas que aguantamos en ese lugar pudimos comprobar el amargo sabor del nepotismo y el interés personal que se mezclaban con las actividades diarias del hospital y las vidas de muchos peruanos, tanto a nivel de la sociedad civil como de la política.

La Fundación es dirigida por un triunvirato formado por el cardiólogo, una familiar directa y el marido de esta última, lo cual es perfectamente legítimo dado su carácter privado. A partir de aquí, familiares y más familiares distribuidos en la limpieza, chóferes, etc.

El médico especialista en Medicina de Familia, con el que tanto habíamos hablado antes de llegar, había sido despedido para contratar a dos doctoras como médicos generales, siendo una de ellas la propia sobrina de la dirigente.


Con todo y con esto, podríamos decir que es “normal” hasta aquí.

Pronto constatamos que la influencia y los "alargados" brazos de la Fundación llegaban muy lejos en la región gracias a la publicidad y las campañas con doctores internacionales que realizaban periódicamente. Sin embargo, la realidad diaria era bien distinta.

El centro hospitalario totalmente equipado que había sido construido tenía prestaciones incluso superiores en algunas cosas a los mayores hospitales públicos regionales, pero por deseo sentimental del cardiólogo había sido edificado en Yantaló, un pueblito alejado y de difícil acceso, al ser el lugar de nacimiento de su madre.

Y es algo que se respeta, pero a nivel logístico las consecuencias eran terribles para la potencialidad que tenía; la mayor parte de los días la afluencia de pacientes oscilaba entre 5 y 10 personas, aunque algunas de ellas recorrían muchos kilómetros dada la fama de la clínica.


Pero al llegar se encontraban con el hecho de que ni siquiera la atención especializada a la que se daba publicidad y por la que muchos acudían, tenía lugar. Lo que sí vimos, en muchos casos, fue la sobreprescripción de pruebas y tratamiento por parte de la sobrina de la dirigente. Entre remedios herbales y una imaginación increíble para recetar inadecuadamente, ya fueran antibióticos o antiinflamatorios, el perjuicio para los pacientes era interminable. Más allá de esto, simplemente mostraba un profundo desconocimiento de las causas y consecuencias de las patologías.


Nosotros habíamos leído mucho sobre los perjuicios de la iatrogenia médica, del sobrediagnóstico y sobretratamiento, del encarnizamiento terapéutico y de todas aquellas cosas que, rebajando el ego médico en muchas ocasiones, buscaban aumentar la promoción y prevención en salud, el trato integral y holístico del paciente y, en definitiva, una calidad en la atención que no se redujera a meras pruebas y tratamientos. Sin embargo, teníamos al enemigo en casa.


Hablar de ello con la dirigente era terreno vedado, como nos advirtió un honrado trabajador de la Fundación. El nepotismo (enchufismo) era tan abrumador que daba vergüenza.

Puede que sea excesivo entrar en estos detalles para alguien ajeno al mundo sanitario. Pero cuando ves personas muy humildes que han atravesado una gran distancia tras pasar por varios médicos solo por la fama y las promesas publicitarias que hace la Fundación, tener que gastar auténticas burradas en antibióticos y pruebas de laboratorio innecesarias, provoca que la indignación empiece a recorrerte de arriba abajo.

Porque, ¡sorpresa! La Fundación cobraba menos que otras clínicas privadas, sí pero, cobraba al fin y al cabo, lo cual tampoco debería ser algo para escandalizarse cuando necesitan financiación, pero sí lo es cuando la transparencia sobre lo que hacen con ese dinero es nula, las prescripciones son inadecuadas y se cobra entre 5-10€ por electrocardiograma, una prueba no invasiva y para la que lo único que necesitas es un gel que facilite la transducción de la señal eléctrica de los electrodos.


Otras “lindas” experiencias que tuvimos allí reflejan asimismo el sinsentido que se vivía a diario. Al igual que nosotros habíamos sido mal informados respecto a la atención médica que podríamos desarrollar allí, cuál fue nuestra sorpresa cuando vemos aparecer a tres estudiantes de Odontología ingleses para hacer “prácticas”.

¡Tres ni más ni menos!

Al margen de un día en la consulta del centro de salud público, creo que principalmente estuvieron "desgastando los sillones" de una fundación que se veía vacía.

Y se habían desviado de su turismo en Cuzco al otro extremo del país, ¿para eso?


Un despropósito detrás de otro: negligencia tras negligencia

El colmo ya fue la reacción adversa que sufrió uno de ellos por tomar un medicamento contra el mal de altura el día antes de irse.

Sintomatología parecida a un derrame cerebral… No creo que vuelvan.


Otro día (la cara que se me debió quedar), al pasar por un consultorio veo que la dirigente (auxiliar de enfermería) está terminando, de mala manera, de suturar una herida por machete para lo cual había enviado fotos a un cirujano amigo suyo con el objetivo de saber cuántos puntos le pondría… ¡Con 3 médicos en el centro no había avisado a ninguno!


Por último… Donde más podíamos colaborar era sacando muestras de sangre en el laboratorio, ya que el tecnólogo se encontraba ocupado a veces procesándolas.

De nuevo, sorpresón al ver que contratan a una auxiliar para realizar el trabajo que nosotros estábamos realizando gratis y con una afluencia mínima de pacientes.

Una paciente de la Fundación se cruza ahora por mi mente. Creo que fue la primera colisión con la realidad socio-sanitaria de la mayor parte de la población ajena a Lima y otras urbes grandes. Una de la larga lista de personas que se quedan en tu mente para siempre. Una muestra de lo que significa la palabra vulnerabilidad .

Fue una muestra directa de lo que significa la palabra vulnerabilidad cuando lo último que busca un gobierno es la equidad social, eso mismo que querríamos garantizar en un futuro ejerciendo la especialidad de Medicina de Familia y Comunitaria.


Aquella aturdida mujer de unos 50 años había acudido por dolor abdominal. La actitud que presentaban ella y su marido ya indicaba que quizás era la primera vez que consultaban a algún médico.


Venían de una zona rural. Hasta ese momento, en escasos días, ya habíamos visto enfermedades con manifestaciones mucho más evolucionadas y graves que lo que es habitual en España, donde difícil es permanecer sin recibir un chequeo o la recomendación de algún familiar de visitar el centro de salud.


A la exploración se hizo evidente una tumoración que ocupaba todo el bajo vientre, por lo que inmediatamente la llevamos a hacerle un examen ginecológico. Un torrente de sangre aparece. Taponamos e intentamos detener la hemorragia. El hemograma le da una hemoglobina de 5.


Al preguntarles, parece ser que lleva meses así; era un “sangrado habitual”.

La doctora les recomienda ir al hospital público de inmediato, ese en el que acabaríamos trabajando, a 40 minutos de distancia en moto-taxi. El marido contempla el infinito con mirada perdida mientras les informamos.

Decido que uno de nosotros tiene que ir con ellos y partimos rápidamente. Por el camino trato de evitar que el conductor tome todos los baches y agujeros del camino y voy controlando su frecuencia cardiaca, atento a signos de shock hipovolémico.


Apenas intercambio unas palabras con ellos. Siguen pareciéndome desubicados.


Al llegar me fijo en el aspecto destartalado del hospital que daba servicio a las casi 100.000 personas de Moyobamba además de sus alrededores, aunque parecía construido a toda prisa.

Entramos rápidamente en Urgencias y, tras insistir e intentar aparentar autoridad, consigo llamar la atención del servicio de Ginecología.

- ¿Cuánto tiempo lleva así?- me preguntan.

- Varios meses- respondo.

- “No se atienden patologías crónicas; tiene que pedir cita”.


Exclamo indignado que es la primera vez que consultan y les refiero su hemoglobina. Insisto en que “soy médico” y la he examinado.


Resignados ante mi insistencia, acceden a echarle un vistazo, pero no la tratarán.


Las transfusiones de sangre allí requieren que un familiar compatible done a su vez para compensar el gasto y ellos venían solos.

Mientras tanto, me encamino entre maldiciones junto con el marido a la oficina de admisión para abrirle historia clínica, pues le veía incapaz de hacerlo por sí mismo.

Confuso ante la enorme cola para gestiones administrativas que hay, se detiene en medio del pasillo mirando a su alrededor. Tiro de él entre la multitud y me abro paso hasta una ventanilla libre específica para las historias clínicas.


Llamo a gritos al funcionario y le informo de todo. Mi trabajo había terminado y tenía que volver a Yantaló de nuevo.


Me despido del marido, tratando de tranquilizarle y darle ánimos para lo que se le podía venir encima.

No sé si agradecido, se echa la mano al bolsillo y me pregunta cuánto me debe. Anonadado y medio avergonzado, le digo apresuradamente que no es necesario y que se cuiden.

Me marcho desconcertado pensando en qué sería de ellos. Esa sería la primera de muchas ocasiones en las que aprendería que prácticamente nadie en Perú espera que hagas algo por pura solidaridad y voluntad de ayudar.


A partir de aquí, la decisión estaba tomada (nuestra labor era mínima ante la presencia de dos doctoras), había que salir de allí. No queríamos ser parte de aquello.

Aprendí una cosa: parece que nadie en Perú espera que hagas algo por pura solidaridad y voluntad de ayudar.

Los contactos que nos facilitaron en los hospitales públicos fueron el primer paso. Lo que pensamos que sería complementario a nuestra labor en la Fundación se acabaría convirtiendo en nuestro único trabajo, prácticamente día y noche...


Y en la mejor experiencia práctica que habíamos tenido jamás.


Firás Fansa Fernández



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