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Max Beckmann: Color para el dolor

Actualizado: 23 de feb de 2019

Heraclio Gautier, nuestro coordinador de Trinchera con Arte, visita la exposición "Beckmann: Figuras del exilio", que estará hasta el 27 de enero de 2019 en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. ¡No os la perdáis!

EXPOSICIÓN:

Beckmann: Figuras del exilio

UBICACIÓN

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

ENLACE:

www.museothyssen.org/exposiciones/beckmann-figuras-exilio

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 27 de enero de 2019.




Max Beckmann: Color para el dolor


Max Beckmann

“He pretendido tantas veces desbaratar la realidad que ¿por qué debería tener miedo?”. (Max Beckmann).

Madrid vive un comienzo de invierno luminoso, de cielos azul brillante que hacen placentero cualquier paseo con ropa de abrigo. Si además el objetivo es acudir a la exposición "Beckmann: Figuras del exilio", que presenta el Museo Thyssen, la elección de un buen itinerario permitirá llenar el ánimo del optimismo necesario para dejar que luego vaya diluyéndose según avancemos por la muestra pictórica.


Dejé el tren de cercanías en Atocha y me dirigí por el Paseo del Prado hasta el Palacio de Villahermosa. Hay bellos contrastes sucesivos a ambos lados del Paseo: el edificio de CaixaForum y el jardín vertical frente a la sobria serliana de la Puerta Real de Sabatini para acceso al Jardín Botánico; el funcionalismo racionalista del actual Ministerio de Sanidad de Aburto y Cabrero frente a la neoclásica Puerta de Velázquez del Museo del Prado; incluso la visión del hotel Palace con el Congreso de los Diputados al fondo, frente al Ritz y el cercano obelisco de la Plaza de la Lealtad.


Resueltos los trámites de acceso al lugar de la muestra, me presenté ante los primeros cuadros preparado para sufrir después de haber absorbido tanta belleza; lo digo porque yo ya sabía quién era Max Beckmann. Durante muchos años había utilizado su litografía La noche (convertida en óleo sobre lienzo) como ejemplo de la recuperación de las distorsiones de Grünewald aplicadas a la expresión de la violencia moderna.

Durante muchos años había utilizado yo su litografía La noche (convertida en óleo sobre lienzo) como ejemplo de la recuperación de las distorsiones de Grünewald aplicadas a la expresión de la violencia moderna.

Se nos presenta un recorrido que, más allá de la agrupación de las obras en cuatro metáforas básicas del exilio (Máscaras, Babilonia eléctrica, El largo adiós, El mar), podemos separar en dos etapas: de 1908 a 1932 y de 1932 a 1950.


Nacido en 1884 en una familia acomodada, estudió pintura en Weimar, París y Florencia, instalándose en Berlín. Como pintor de su tiempo ha bebido en las fuentes del Impresionismo, le han cautivado Cézanne y la monumentalidad en las formas de los pintores del Quattrocento florentino; triunfa pronto en el ambiente berlinés y se muestra seguro de sí mismo en el Autorretrato con la mano levantada de 1908, inacabado, pero de pincelada larga con predominio del color sobre la línea en la creación de la forma.


En su etapa de formación ha recogido el alargamiento de las figuras del expresionismo apreciándose influencias de Grünewald, El Bosco y El Greco, junto a las propias de los primeros autores del Expresionismo alemán.


Pero algo va a desestabilizar Europa.

Llega la primera guerra mundial y los artistas de vanguardia acuden a la llamada de la trompeta nacionalista alistándose en los ejércitos contendientes. Beckmann lo hace como enfermero y tiene la experiencia directa de los efectos destructivos de las nuevas armas atendiendo todo tipo de mutilaciones. Enferma gravemente y causa baja trasladándose a Frankfurt. El impacto emocional será tan duro que buscará, como tantos otros, el bálsamo del olvido en fiestas y celebraciones en la Alemania de la gran inflación al acabar la guerra.


Así nos aparece en el Autorretrato con copa de champán de 1919. El estilo ha cambiado radicalmente.


La línea cobra protagonismo para enmarcar las áreas de color (muy del gusto de la Nueva Objetividad); en los rostros hay caricatura, tendencia a la máscara, como si toda esa celebración escondiera una tragedia colectiva. Las figuras se aprietan y el espacio se hace agobiante. En esos años el paro, la miseria y la desolación, los veteranos de guerra mutilados pidiendo por las calles y entrando a los cafés, la violencia y los robos, menudeaban.


Nuestro pintor quiso volcar esa realidad buscando un exorcismo para sus propios recuerdos de la guerra cuando pinta La noche en 1919.

Un grupo de criminales interrumpe violentamente la apacible vida de una familia de clase media. Toda la brutalidad se vuelca hacia el primer plano. Las figuras entran en contradicción con el espacio que ocupan: la mujer con las piernas abiertas tiene las manos atadas al marco de la ventana trasera;es el odio a la propia condición de ser humano, a través de la lujuria, el sarcasmo, la indiferencia y el sadismo.

A pesar de la leve recuperación económica de la República de Weimar a final de los locos años veinte, la gran depresión del 29 llegará a Europa para dar impulso definitivo a los fascismos que se iban gestando.

Las clases dominantes de las democracias europeas preferían mirar para otro lado y seguir disfrutando del jolgorio de la vida moderna y Beckmann parece ser consciente de ello cuando nos deja un retrato de la alta burguesía en Sociedad, París de 1931.



De nuevo máscara y caricatura. Personajes como en un friso de bajorrelieve, amontonados, cuyas formas disputan un espacio agobiante. Esmoquin para ellos y escotes para ellas sin mucha relación interpersonal y con el misterio de la carcajada de la figura del fondo, el hitleriano perfil de uno de los hombres y el ensimismamiento del que aparece abajo en primer plano.


La llegada de Hitler al poder le obligará a marcharse de Alemania

En 1932 es forzado a renunciar a su cátedra en Frankfurt y se traslada a Berlín buscando el anonimato de la gran ciudad; pero la llegada de Hitler al poder le obligará a marcharse de Alemania, residiendo en París y definitivamente en Amsterdam tras aparecer como uno de los artistas con mayor representación en la exposición de Arte degenerado que los nazis exhibirán como ataque a las obras adquiridas a precio elevado por los gobernantes alemanes antes de 1933 en pleno periodo de crisis y de pago de indemnizaciones de guerra. Por lo tanto, exilio espacial puesto que el exilio interior se había producido desde el impacto emocional de la primera gran guerra.


El largo periodo de 1937 a 1950 está lleno de metáforas y alegorías. Nuestro pintor es un alemán exiliado en un territorio que los nazis invadirán en 1940. En plena guerra, pinta uno de sus trípticos, Carnaval, 1943 en el que rinde homenaje a los trípticos medievales alemanes y a la estética de la vidriera antigua.


Sus queridos arlequines y payasos reaparecen en una obra que inicialmente iba a llamarse Adán y Eva. Por lo tanto, hay una idea de expulsión y tránsito hacia una vida nueva. El color es de gran variedad y se usa de forma expresiva para centrar ese mundo de disfraz, máscara y apariencia que implica la confusión de identidad tan típica del exilio.

En el fondo, se trataba de ocultar la realidad mostrando una realidad diferente o de encontrar el puente que conduce de lo visible a lo invisible.

Recién acabada la guerra llegan las primeras imágenes de los campos de concentración. Para los nazis, cualquier manifestación artística que no se moviera en los estereotipos convencionales de belleza, no exaltara la raza y predicara la obediencia era catalogada como degenerada y antialemana.


Beckmann es ya un pintor maduro lleno de recuerdos y vivencias desoladoras pero dispuesto a volver a empezar. Utiliza precisamente ese título Begin the Beguine en 1946 para aludir a ello con la excusa del ritmo de swing cuyos practicantes fueron perseguidos en la Alemania hitleriana y que anuncia su marcha hacia Estados Unidos.

Para los nazis, cualquier manifestación artística que no se moviera en los estereotipos convencionales de belleza, no exaltara la raza y predicara la obediencia era catalogada como degenerada y antialemana.

Una pareja en distorsión formal parece intentar bailar en el centro de un asfixiante espacio ante la mirada de cuatro pájaros de agudos picos, una mujer sentada y un hombre de pie. Deberíamos entenderlo como una liberación, como un homenaje a la derrota de la intolerancia.


Nada de ello se nos muestra. El baile y la música quedan suprimidos ante la visión de la pata de palo del bailarín, el antebrazo mutilado del portador de la llave y los brazos atados con las manos cortadas de la mujer sentada. El exilio continúa.

Similar brutalidad aparece en Globo con molino de 1947.



Las aspas de los molinos de viento, muy representativos de la Holanda del exilio, acogen figuras torturadas y determinadas por el deseo.

La vida como noria, como carrusel imparable que nos atrapa para conducirnos del nacimiento a la muerte aprisionados por el destino.

Todo ello con el marcado contorno de línea negra definiendo formas alargadas, simplificadas, generadoras de un volumen de dos dimensiones, como si estuviéramos ante escenas de martirio de una vidriera medieval, de las que solo el globo del último plano nos pudiera liberar.


En las obras que realizó en Estados Unidos dominan un poderoso diseño y una gran brillantez y calidad de color. Pero este hijo de granjeros de Leipzig estuvo siempre fascinado por la gran ciudad, la nueva Babilonia en la que el espíritu de pertenencia a una pequeña comunidad que te protege es sustituido por la soledad del individuo ante la invasión de lo artificial, del ruido y del enjambre humano.

Así puede verse en Plaza (vestíbulo de hotel) de 1950.


En un formato muy alargado una serie de personas se agolpan en la cafetería del hotel.

Volvemos a la representación del grupo sin comunicación, esta vez como reflejo de la aglomeración en espacios reducidos de la gran ciudad en la que solo la escalera del primer plano parece invitarnos a la huida.

Es la prisa de la vida urbana de la que escapó el pintor ofreciéndonos el gran formato de su último tríptico, Los argonautas de 1950.



Un auténtico resumen alegórico de su propia vida o la de cualquiera, en la que nos comportamos como héroes que sufren el acoso de seres monstruosos. Según terminó esta obra, falleció de un infarto de miocardio.


Hasta la próxima,


Heraclio Gautier.

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