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Matthias y Maxime. De Xavier Dolan. Volver al cine para volver a enamorarte.


Al cine uno va a enamorarse. ¿Para qué, si no, es tan importante la sala a oscuras y la pantalla enorme?

El espectador necesita fantasear con los personajes, con sus historias con las otras vidas que nunca tendrá, o sí qué las tendrá, quién sabe.

Había que volver al cine y elegir la película perfecta. Muy complicado… La Majors está retrasando todos los grandes estrenos para finales de verano; andan temerosas de perder el dinero invertido y necesitan que el público esté preparado para ir, en masa, al cine.

La estrategia podría ser otra, por ejemplo estrenar las películas y ver qué pasa. Pero al final todo da igual porque en esta nueva normalidad nadie sabe absolutamente nada.

Como tampoco Avalon (la distribuidora) sabía que cuando compró Matthias y Maxime, la última película de Xavier Dolan, tendría que esperar más de lo debido para estrenarla ya que iba a haber una pandemia mundial que paralizaría nuestras vidas un par de meses. Pero fueron valientes y junto al buen hacer de Filmin estrenaron primero la película online, solo disponible varios días en la plataforma como una especie de preestreno en casa, para después, ya con la gente en la calle, estrenarla en salas.

Y la verdad, no creo que los espectadores que hayan acudido a verla después de no sé cuántos días encerrados en casa puedan estar más agradecidos. Inaugurar la nueva normalidad con esta película es un regalo.

Tierna, romántica y divertida serían tres palabras que, resumiendo muchísimo, definirían qué clase de película es Matthias y Maxime.

La cosa está así: dos amigos de la infancia, inseparables y a punto de abordar la parte adulta de sus vidas, se besan un día, y por exigencias del guión, en el rodaje de un corto universitario.

Este beso es demoledor para Matthias cuya incapacidad para asumir lo que siente por su amigo le envenena por dentro.

Para Maxime, sin embargo, es un sentimiento mucho más natural que no le impide seguir con su vida y sus planes, a punto de ir a Australia y escapar de una madre problemática (interpretada, claro, por Anne Dorval) que hasta ahora ha frustrado sus perspectivas profesionales.

La película se alimenta constantemente de la relación, las conversaciones y las fiestas del círculo de amigos de Matthias y de Maxime. De hecho ese beso y sus consecuencias también alteran al grupo de manera casi inconsciente, como si todos formaran parte de una colmena.

A partir de aquí la película camina entre los síntomas de esta nueva emoción, de este nuevo amor. El planteamiento es, en el fondo, sencillísimo: ¿Qué ocurre cuando aparece alguien que altera el orden sobre el que has construido tu vida?

Xavier Dolan debutó en 2018 con su primera película en inglés titulada The Death & Life of John F. Donovan y fue un espectacular fracaso. Espectacular porque el hecho de que el director anunciara a través de su cuenta de IG que iba a quitar todas las escenas del personaje interpretado por Jessica Chastain causó un revuelo importante.

Después, por otra serie de razones, la crítica destrozó la película. Habría que analizar la de buenas películas que autores consagrados firman después de absolutos fracasos comerciales, pero esto sería para otro texto.

Así que Dolan regresó al terreno conocido, Montreal, y escribió la historia de amor de Matthias y Maxime, reservándose gran parte de su ambición técnica y estética a la que acostumbra a su público para desahogarse en una bonita película que transcurre al final del verano.

El director no se puede contener del todo y hace sus cosas de siempre: coloca la cámara extremadamente cerca de las caras de sus actores, hay panorámicas pegadas a encuadres reflexivos, falsos zooms, una memorable colección de hits de los que podríamos destacar el Always On My Mind de los Pet Shop Boys o el Signs of Life de Arcade Fire, referencias pop a Harry Potter, a Pedro Almodóvar o a Terminator 2 y también al propio Xavier Dolan.

Es muy difícil no estar a favor de obra. La química entre los actores que interpretan al grupo de amigos es mágica. Y también lo es la gracia con la que el director se ríe de generaciones posteriores, el personaje femenino que dirige el susodicho cortometraje es fascinante, grotesco y terriblemente realista para quien se haya asomado a los comportamientos de las generaciones venideras, que por supuesto están compuestas de tipos y tipas con mucha más belleza e inteligencia que sus antecesores.

Los espectadores observarán la historia de Matthias y Maxime y sin querer se involucrarán en un confusa turbación sentimental que nace de donde nacen los sentimientos más reales y profundos. De beso al final del verano, por supuesto.


Pedro Moral


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