• Trinchera Cultural

¿Licencia narrativa o tergiversación histórica? Una breve reflexión.



Hace no mucho, mientras revisaba los principales titulares del día a través de la pantalla del móvil, me topé por casualidad con un artículo de elDiario.es titulado “Entre la documentación necesaria y el agradecimiento optativo: ¿Debe una novela de ficción histórica justificar sus fuentes?” [1]


En él se mencionaba un reportaje del mismo medio sobre las similitudes existentes entre la novela de Fernando Aramburu Patria (2016) –recientemente llevada a la pantalla por HBO– y la biografía del exetarra Iñaki Rekarte escrita por Mikel Urretabizkaia, Lo difícil es perdonarse a uno mismo (2015). [2]

Portada de "Patria"

“No hay en mi novela Patria una sola frase que no sea mía”, aseguraba Aramburu en una publicación de El País en la que defendía que cualquier parecido entre su libro y el de Urretabizkaia era fruto de un intenso trabajo de documentación.

Sin embargo, de los “50, 60 o más títulos” que Aramburu asegura haber consultado para escribir Patria ninguno de ellos aparece citado a pie de página o incluido en forma de bibliografía, [3] lo cual ha vuelto a poner sobre la mesa el debate en torno a la necesidad o no de incluir las fuentes utilizadas para escribir una novela histórica.

Portada de "Lo difícil es perdonarse a uno mismo".

Aquello me recordó a una conversación que había mantenido yo pocos días atrás con un amigo mío sobre una cuestión similar, aunque en este caso referida al cine de temática histórica y la peligrosa facilidad con que el espectador tiende a asumir como veraz todo hecho narrado en este tipo de filmes.


En el transcurso de aquella conversación me vino a la cabeza –aunque creo que no llegué a mencionarlo–, el caso de una película también estrenada recientemente y, al igual que Patria en HBO, rodeada de no poca polémica: Mientras dure la guerra (2019), de Alejandro Amenábar, en la cual se retrata la vida del célebre escritor Miguel de Unamuno durante los primeros meses de la Guerra Civil Española en Salamanca.





Cartel promocional de "Mientras dure la guerra".


A nivel histórico la película no contiene errores destacables, pero sí algunas “licencias” que, aunque factibles, se apoyan en el vacío de las fuentes que tenemos sobre los hechos narrados; es decir, aprovecha una serie de “dudas razonables” existentes sobre determinados episodios para dar una versión de los mismos que, si bien verosímil, no está demostrada.


Es lo que ocurre, por ejemplo, en la escena en la que Miguel de Unamuno abandona la Universidad de Salamanca montado en el coche de Carmen Polo –cuando es muy posible que en realidad se marchase de allí a pie–, o durante el viaje en avión en el que Francisco Franco habla con su hermano Nicolás sobre su decisión de desviar sus tropas al alcázar de Toledo en vez de atacar directamente Madrid –movimiento que en verdad se produjo aunque sus motivaciones estratégicas siguen siendo discutibles.


Más polémico que estas licencias, sin embargo, puede ser el tratamiento que reciben en la película sus protagonistas, demasiado amable en mi opinión teniendo en cuenta el papel que jugaron. Así, no resulta difícil empatizar con un Miguel de Unamuno que, a pesar de haber apoyado públicamente el golpe de Estado del 18 de julio, es interpretado por Karra Elejalde como un intelectual incomprendido que se siente traicionado por la República, e incluso con el propio personaje de Franco que, encarnado por Santiago Prego, se nos presenta la mayor parte del tiempo como un hombre sencillo y bonachón.

Santiago Prego como Franco en "Mientras dure la guerra".

Sin negar que Unamuno llegara a sentirse así o que en el ámbito privado Franco mostrase este carácter “afable”, la decisión de preponderar en pantalla estas y no otras facetas predispone de manera subliminal al espectador a aceptar un determinado relato que, en este caso, puede resultar en exceso dulcificado. Pero no es mi intención hacer aquí una reseña sobre el film de Amenábar.


Baste lo dicho hasta ahora como uno de tantos ejemplos que se podría señalar en el mundo del cine para ilustrar la facilidad con la que el séptimo arte puede influir en la conformación del imaginario colectivo sobre determinados episodios o personajes históricos.

Otro tanto, por supuesto, puede decirse en el caso de la literatura y, más concretamente, el género de la novela histórica. En una obra de carácter académico la inclusión de citas a pie de página o como mínimo de una bibliografía en la que se indiquen las fuentes consultadas es un requisito indispensable de cara a su fiabilidad. Incluyendo el origen de las informaciones recogidas en el trabajo en cuestión el lector puede contrastar la veracidad de las mismas y comprobar que el autor no está inventando o tergiversando nada de lo que dice –al menos, en teoría.


En una publicación de carácter literario, sin embargo, el rigor histórico queda subordinado a la ficción literaria, de manera que el autor tiende a prescindir de cualquier tipo de referencia bibliográfica en favor de las licencias literarias ya que su objetivo no es tanto divulgar un conocimiento objetivo como cautivar la imaginación del lector a través de su capacidad inventiva y narrativa.


El problema surge en el momento en que se produce la recepción de estas licencias por parte del público general. “Basado en hechos reales”, este rótulo que acostumbramos a ver al inicio de numerosas películas ambientadas en el pasado, no significa que las imágenes que estamos a punto de visionar en la pantalla se correspondan fielmente con la realidad, sino tan sólo que están inspiradas en ella y, por consiguiente, pueden ocultar o deformar parte de la misma.

Esto resulta evidente en el caso de producciones como 300 (2006), que en un tono desmesuradamente épico y con una estética que raya en el tenebrismo muestra de manera idealizada cómo los 300 espartanos a las órdenes de Leónidas I –junto con otros 3000 griegos que apenas tienen protagonismo en la película– contuvieron al numeroso ejército del rey persa Jerjes I en la Batalla de las Termópilas (480 a.C.).


Ahora bien, esta distancia entre ficción y realidad resulta mucho menos apreciable en títulos abordados con mayores dosis de realismo y sobriedad –Braveheart (1995), Gladiator (2000), El último samurái (2003) o El Reino de los Cielos (2005), por citar sólo algunos ejemplos–, lo cual contribuye a que sean recibidos por el público de manera acrítica y sin cuestionar su grado de rigor histórico –bastante escaso de hecho en su mayoría.

Cartel promocional de "300".

Pero, ¿quién es el responsable de esta confusión? ¿El lector/espectador que asume como fidedigna una obra que en principio no tiene ninguna obligación de serlo o el escritor/cineasta que da por sentado que su trabajo va a ser interpretado como lo que es y no advierte explícitamente de su carácter predominantemente ficticio?


En este sentido, ¿puede considerarse el empleo de licencias narrativas como una tergiversación histórica?


Afirmar esto último tal vez sea ir demasiado lejos. En principio no debería ser necesario que un autor de ficción, aunque ésta se ambiente en el pasado o incluya personajes reales, tenga que aclarar que el contenido de su obra no ha de ser considerado como un trabajo académico, sino ante todo como un ejercicio de imaginación. En principio.


En la práctica, como venimos diciendo, son muchas las veces en que es necesario hacer este tipo de explicaciones por innecesarias que puedan parecer en algunos casos, motivo por el cual nunca está de más advertir al inicio de cualquier película o novela de este tipo que los hechos narrados no tienen que corresponderse completamente con la realidad.

Algo no muy distinto al ya conocido “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, pero aplicado de forma más sistemática. Así, y aunque es habitual que los escritores de novela histórica se documenten concienzudamente o que la producción de películas ambientadas en el pasado cuente con el asesoramiento de historiadores profesionales, no tendría por qué ser necesario incluir referencias bibliográficas en las páginas finales de libros como Patria o en los créditos de películas como Mientras dure la guerra, ni se podría considerar un ejercicio de tergiversación histórica aquello que ya nos es avisado de antemano que puede contener –y que de hecho contiene– diversas licencias narrativas.

Álvar Muratel Mendoza

REFERENCIAS:

1. Miró, Francesc: “Entre la documentación necesaria y el agradecimiento optativo: ¿Debe una novela de ficción histórica justificar sus fuentes?”, elDiario.es (25 de septiembre de 2020 [consultado el 05 de octubre de 2020]): disponible en https://bit.ly/3lwpX8L

2. Miró, Francesc: “Los grandes parecidos entre 'Patria' de Aramburu y la biografía del exetarra Iñaki Rekarte”, elDiario.es (15 de septiembre de 2020 [consultado el 05 de octubre de 2020]): disponible en https://bit.ly/3lmwq66

3. Aramburu, Fernando: “'Patria', una novela documentada”, El País, (18 de septiembre de 2020 [consultado el 05 de octubre de 2020]): disponible en https://bit.ly/30BXXsg

LOGO_TRINCHERACULTURAL

¡Síguenos en nuestras redes sociales!

  • Twitter Social Icon
  • Icono social Instagram
  • Facebook icono social
  • Icono social de YouTube
  • ivoox
  • issuu

2018. Creative Commons Trinchera Cultural.