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"Las alas aladas de la fragilidad". Reseña de JM.Ariño



Tengo entre mis manos Los ojos fríos del vals, el quinto poemario de la escritora, profesora y periodista Marina Casado. La joven poeta madrileña nos regala un manojo de poemas que pregonan la fragilidad, exaltan la nostalgia y los recuerdos y rinden un homenaje al poeta nicaragüense Rubén Darío, que removió los cimientos poéticos de la literatura española a principios del siglo XX. Andrés París, en un excelente prólogo, rememora el “orgullo modernista”, rescatando un fragmento de Rubén Darío, publicado en 1901 en la España Contemporánea. Es precisamente esa exaltación de la creatividad y de la belleza la que mueve a Marina a crear unos versos alejados de cualquier tendencia o corriente, a promover un neomodernismo urbano y a proclamar su deseo de resucitar al cisne en lugar de torcerle el cuello.


Las tres partes del poemario –“La memoria”,” Estampas para Odile” e “Historia de la noche” conforman un friso poético, transformado en un espejo nítido, que nos devuelve a nuestros orígenes y nos mueve a la reflexión sobre temas universales como el amor, el paso del tiempo, las ausencias y la muerte. El poema que sirve de pórtico a la primera parte –“Nostalgia primera o amanecer”– comienza con una excelente metáfora musical –“Esa tristeza de violín”– y culmina con esta estrofa inquietante: “Por dentro de la muerte / solo se escucha / nuestro propio silencio”. La presencia acechante de la muerte reaparece de nuevo en los siguientes poemas: “…La muerte / es una casa dócil con paredes azules” –en el poema “No es posible que no quede nadie”– y “Alguien cruza el espejo cuando lloro…/ Después alza la voz, / se ríe gravemente de la muerte”– en el poema “He heredado el color de su mirada”. Porque las ausencias reaparecen a través el espejo retrovisor de los recuerdos y llevan a la autora a evocar aquellos veranos en el sur, tan presentes en el poema en prosa poética, “El sur”, en el que recuerda los veranos en compañía de su padre. Los últimos poemas de esta parte son estremecedores. En “1936” la poeta alza la voz reclamando el regreso de las víctimas de una guerra injusta: “Devolvedles la voz / para que no se mueran”. Las mismas voces que resuenan en las bóvedas del Museo del Prado durante el embalaje nocturno de los cuadros para salvarlos de los bombardeos: “El presente es también una ciudad de humo”.


Inspirada en el ballet “El lago de los cisnes”, la segunda parte nos ofrece una dualidad –Odile / Odette– en la que, mientras caminamos por el lago, “El viento se llenaba de cisnes y un amor, un amor pequeño que crecía igual que los muros de una celda, envolvía a la princesa hechizada: Odette”. Es el símbolo de la oposición entre la noche y el día, entre la oscuridad y la luz, siempre en busca de una “Primavera provisional”, poema que termina con estos sugerentes versos: “Se han dormido los pájaros. / A la palabra soledad / le están brotando ramas”. Es el fantasma de la soledad el que amenaza las pulsiones del amor –“Amor / de ojos lisos, / de sangre tibia, / de vuelo de paloma”– y nos invita a bailar el vals de la supervivencia, iniciando una huida de la lluvia y el frío del invierno: “Ningún mapa desemboca en diciembre”. Los espejos, los pájaros y la música cobran protagonismo en esta poesía delicada y selecta.


Los espejos, los pájaros y la música cobran protagonismo en esta poesía delicada y selecta.

De todos modos, la parte más original del poemario es “La historia de la noche”, un poema representable en cuatro actos que entremezclan la lírica con el drama. Desde el Acto I, “Amanecer”, hasta el IV, “Anochecer”, hay una profunda reflexión sobre el paso del tiempo –“El tiempo es un payaso desinflado / con las cuencas vacías y una brocha en la mano / con la que pinta el cielo”. Un tiempo que se ve oscurecido con la muerte del cisne y con la aparición del dragón al Mediodía. Todo ello se mantiene en vilo hasta que llega el Ocaso –“El tiempo baila sin descanso / mientras todo agoniza” y culmina con un Anochecer que irrumpe silencioso como boca de lobo: “El techo de la noche / es un grito de lobo / condenado al silencio”.


Después de la muerte del cisne, y con la noche como compañera de camino, solo queda un soplo de esperanza. En el último poema –“Medianoche”–, antes de bajar el telón, la poeta vuelve al azul inicial rubendariano y deja abierta la puesta espejeante a una nueva vida: “Hay una vida azul / más allá de los labios desinflados del tiempo”.


José María Ariño Colás

Doctor en Filología Hispánica



Marina Casado Hernández (Madrid, 13 de octubre de 1989) sintió una

temprana predilección por la lectura y la escritura. Su voraz imaginación

encontró como aliados la literatura infantil de Roald Dahl, entre otros autores, y los clásicos de Disney, de los que cabría destacar, por la influencia que supuso en su primer poemario, La Bella Durmiente. A los ocho años inventó el Marinismo, una auténtica filosofía de vida que incluía numerosos neologismos, de los cuales el principal es “wineho”.


Su sueño desde niña era ser escritora. Empezó a escribir relatos a los siete años. A los diez, en 2000, obtuvo su primer reconocimiento literario al recibir un premio del Ayuntamiento de Madrid por un cuento titulado “La princesa de las nubes”. En poesía, hizo sus primeras incursiones a los nueve años, pero no fue hasta su adolescencia cuando comenzó a profundizar en los primeros autores que marcarían su formación: Rubén Darío, Luis Cernuda y

Ángel González.


Se matriculó en Periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid

porque, a los 17, no había encontrado aún su vocación. Durante sus años

universitarios, recibió los primeros premios de poesía y de prosa. Terminó la

carrera con el convencimiento de que su futuro no se encontraba en la

profesión periodística, aunque, desde entonces, disfruta escribiendo reseñas,

críticas y columnas culturales en sus blogs y en diversos medios de

comunicación.


Recién licenciada, se embarcó en un Máster de Literatura Española por

la Universidad Complutense de Madrid, al que siguió otro Máster en Formación

del Profesorado de Lengua Castellana y Literatura. Por entonces comenzó a

escribir su tesis doctoral sobre la poesía de Rafael Alberti, bajo la dirección del

catedrático de la UCM José Ignacio Díez Fernández. La defendió en diciembre

de 2015 y de ella nacería su segundo ensayo, publicado en 2017 con Ediciones

de la Torre: La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio

interior en su obra. Como investigadora, ha participado en algunos congresos y

encuentros nacionales e internacionales y ha publicado artículos académicos

en diversas revistas y obras colectivas.


Mientras tanto, continuó cultivando su faceta creativa. En 2014 publicó

su primer poemario, Los despertares, bajo el sello de Ediciones de la Torre, y

continuó con Mi nombre de agua en 2016. Su tercer poemario, De las horas sin

sol, ha visto la luz en 2019 con la editorial Huerga y Fierro. En 2015, fundó Los

Bardos, y en 2018 editó en Ediciones de la Torre la primera antología de dicho

grupo poético: De viva voz. Su obra, además, se encuentra parcialmente

recogida en diversas antologías y revistas literarias.


Ha obtenido diversos galardones en los géneros de poesía y narrativa.

En 2018, 2019 y 2020, fue finalista del 72º y del 73º Premio Adonáis. En 2020

obtuvo el Premio Carmen Conde por su poemario Este mar al final de los

espejos. Como ensayista posee, además del mencionado libro sobre Alberti

basado en su tesis doctoral, la obra El barco de cristal. Referencias literarias en

el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014), donde analiza las relaciones entre la

literatura y otra de sus grandes pasiones: el rock.


En 2021 publica su primera novela, de género juvenil, con Ediciones de la

Torre: Los doce reinos del Tiempo.


Siente un gran interés por el movimiento surrealista en todas sus facetas, así

como por el arte pop y el cine clásico. Se considera la creadora de la noble

ciencia de la Heladología. Defiende a los gatos frente a los perros y la sandía

frente al melón y está convencida de que abandonar la infancia fue una de las

peores cosas que pudo pasarle.


Desde septiembre de 2018, trabaja como funcionaria de carrera en el Cuerpo

de Profesorado de Secundaria y Bachillerato de la Comunidad de Madrid, en la

especialidad de Lengua Castellana y Literatura.





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