• Trinchera Cultural

La magia de lo cotidiano (reseña de JM Ariño)

La buena poesía eleva el espíritu, enardece las emociones y se convierte en un espejo mágico de la realidad cotidiana. Esto es lo que logra la poeta zaragozana Yolanda Gracia en su último poemario Una puerta en el aire.

Es un libro de poemas lleno de vivencias, de amor a la vida, de desgarros, de ausencias y de afanosa búsqueda de espacios de sosiego.

Después de los dos anteriores –Aunque nunca estuve (2011) y Cuando la luz parece dudar (2018)–, ambos publicados por Ediciones Oblicuas, Yolanda publica un libro de poemas lleno de vivencias, de amor a la vida, de desgarros, de ausencias y de afanosa búsqueda de espacios de sosiego.


Desde el primer poema –No me busques– hasta el que completa este exquisito ramillete de versos –Aquellos años– la poeta nos regala imágenes inolvidables e impresiones inesperadas, como si fuera un cuidado álbum fotográfico.

Mediante el uso del estribillo, de anáforas múltiples y de metáforas sorprendentes, Yolanda atrapa al lector desde el primer momento.

Así, en el poema Explicación nos regala tres versos llenos de sugerencia y plasticidad: “La fatiga del nacer / disimula la rosa / con su belleza”.

Un regalo que se transforma en metapoesía en el poema Creación y que se engalana con greguerías ramonianas en Amanece: “Acordes improvisados sobre el tendido eléctrico. / Inconscientes los gorriones / despiertan al día”.

Precisamente los gorriones y todo tipo de aves se convierten en símbolos de libertad y de aspiración al infinito. En el poema El gorrión, la poeta se convierte en observadora y comprende por qué el ave prefiere perderse en un ámbito de libertad: “Elige marcharse: / le gusta más su vida”. Una vida flanqueada por el paso inexorable del tiempo, simbolizado en las distintas manifestaciones del agua –gotas, lluvia, río, mar– y muy presente en la mayoría de los poemas.


Uno de los poemas más emblemáticos del libro es Venus naciente. Esta breve composición evoca el poso agridulce de lo cotidiano –“Como un animal furtivo / se arrastra la noche / por las calles ya dormidas / de portales retraídos, / bares marchitos, / ventanas de ojos tristes”– y anticipa un renacer del amor y de la belleza a partir del agua estancada: “Un charco solitario / hendido por la luna / como una Venus a punto de nacer, / late tembloroso”.

Es el latido de la vida el que permanece para el recuerdo desafiando el paso del tiempo. Desde el miedo interior en el poema Sombra, hasta el decorado de un pueblo en Una postal se suceden los versos como reliquias de momentos inolvidables. Es lo que expresa la autora en los últimos compases del poema Fotografía: “En la fotografía / tan solo te abrazo con emoción: / solos tú y yo, / a solas con la soledad azul. / Instante mágico. / Tu primera vez”. Son versos cadenciosos y llenos de vitalidad. Es un afán de rescatar el presente efímero cual un carpe diem renacentista.


Es lo que Yolanda plasma con acierto en el poema Segundos: “Tan efímeros / como tenaces…/ Son eso, segundos, peones sobre el tablero del tiempo”.

Los meses del confinamiento en la primavera de 2020 fueron el humus de algunos poemas, nacidos a la luz –o a la sombra– de la inesperada pandemia.

Una primavera que se despereza y se contempla desde las ventanas, tal como retrata el poema De puntillas “La vida estalla / unas calles más abajo, / allá en el río / ajena a nuestro letargo, / a estos días tan extraños / de horizontes censurados”.

La misma inquietud y extrañeza aflora del poema Salvajes y del Le llamaron pandemia. Los versos de este poema son breves, intensos y con un aliento casi fúnebre: “Las campanas de la catedral…/ a todas horas / tocaban a muerto”. Una desolación agravada por la pérdida de un ser querido –el fallecimiento de su madre en 2020– y por el poso de nostalgia de los años de su primera juventud en el pueblo de unos amigos.

Los poemas finales, especialmente Un recuerdo y sobre todo Aquellos años son como un espejo de la memoria o como una película rebobinada por la que desfilan sus experiencias en el mundo rural –“El mapa de mis cicatrices, heridas y chichones / después de un verano de bicicleta.”– sus momentos de amor juvenil, su gozosa maternidad y su admiración por los poetas que alimentaron su vocación por las letras. Toda una vida surcada por el aliento poético de lo cotidiano y por una realidad que se esfuma silenciosa.


José María Ariño

Doctor en Filología Hispánica

SOBRE LA AUTORA

Yolanda Gracia (Zaragoza, 1965) es licenciada en Filología Hispánica y realizó un trabajo de investigación dedicado a la Obra Periodística de Gabriel García Márquez. Se ha dedicado durante años a la docencia de Lengua y Literatura Española y a la orientación académica, al tiempo que formalizaba sus estudios de música y de fotografía. Es autora de los poemarios Aunque nunca estuve (2017) y Cuando la luz parece dudar (2018), ambos publicados por Ediciones Oblicuas.

80 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo