• Trinchera Cultural

La maestría de Sorolla

EXPOSICIÓN:

Sorolla en negro

UBICACIÓN:

Museo Sorolla, Paseo del General Martínez Campos 37, Madrid.

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 27 de noviembre de 2022.

Es tan enormemente rica y variada la producción de Joaquín Sorolla, que resulta difícil encontrar un hilo conductor para exponer parte de su obra intentando guiar al visitante por algún camino nuevo, inexplorado o sorprendente. Casi todo está ya dicho. Lo dice la placentera visión de su obra y lo que la crítica lleva años diciendo de él. Además, en Madrid está su casa museo, cuya visita te habla constantemente de sus gustos, sus aficiones y su afán coleccionista.

A partir de ahí, queda espacio y tiempo para pensar en cómo organizar ese enorme material de cara a su exhibición en forma de recorrido, llámese Sorolla y la infancia, Sorolla y el mar, Sorolla costumbrista, Sorolla y la luz o, como en nuestro caso, Sorolla en negro.


Es por eso por lo que voy a prescindir de las cuatro secciones en las que se organiza la muestra (armonías en negro y gris, negro simbólico, superficies negras y oscuras y monocromías) para trazar un recorrido cronológico de lo expuesto. Lo hago porque suelen señalarse cuatro grandes etapas del pintor, de las que tres de ellas tienen representación en la muestra. Siempre es discutible ajustar etapas, pero es una manera sencilla de organizar las obras.


Prescindiendo de la etapa de formación, en la que un niño huérfano criado por sus tíos mostró pronto habilidades para la pintura (patentes en algunas marinas pintadas con diecisiete años) y convencido poco después de que los gustos de la época (costumbrismo y pintura de Historia) le obligarían a, en sus propias palabras, “hacer muertos para darse a conocer y ganar medallas”, comenzó a ajustar sus temáticas al gusto oficial. Gracias a ello consigue viajar pensionado a Roma, visitar París y empaparse de la pintura que en esos grandes centros se practicaba: el Impresionismo, Simbolismo, Realismo social, etc.


Con el traslado a Madrid tras su matrimonio con Clotilde García del Castillo, podemos decir que se consolida su carrera de forma fulgurante, en no más de cinco años. Veamos lo que Sorolla en negro nos presenta de este momento.


Comenzamos con tres óleos sobre lienzo de 1887, 1892 y 1900: los retratos de Juan Antonio García del Castillo y Agustín Otermín, acabando con el de su mujer, Clotilde con traje gris.

El cuñado y amigo de Sorolla, fotógrafo y miniaturista nos aparece destacado sobre un fondo muy luminoso, lo que no impide mostrar con precisión diferencias evidentes en las tonalidades claras del rostro, la camisa y las manos. La exquisita elegancia del traje de etiqueta se compensa con la posición relajada, con las piernas cruzadas sentado en una silla de tijera.

El discípulo de Sorolla, el pintor Otermín aparece serio y concentrado en su estudio mientras prepara los colores de la paleta. Lo hace sentado ante su caballete, que muestra el esbozo de una pintura y en una estancia cuyo suelo de madera nos crea un espacio profundo hasta el biombo de decoración japonesa. En esta pintura de un pintor que pinta (o la de un pintor como actuante que diría V. Bozal) la luz del puño y cuello de la camisa junto al blanco pastoso de la paleta, contrastan en una entonación de ocres y oscuros. En ambos retratos, es verdad, destaca el negro. Pero Sorolla no lo entendió nunca como la ausencia de color. Siempre aparecen matices coloreados para los tenues brillos en los que se cuela la luz; también colabora el negro en la elegancia del conjunto y la seriedad de los gestos.


Terminamos con el maravilloso retrato de la mujer del pintor. Un prodigio de matices en las diferentes tonalidades del gris que aparece en zócalo y pared, parte del suelo y en una gran variedad de propuestas del traje. El negro acentúa zonas de sombra y el blanco se reserva al cinturón. El gesto de la mujer, es de complicidad con el marido que la pinta y éste ha sabido recrear la elegancia de su esposa sin la afectación de la pose.


En el París que nuestro pintor había visitado pudo comprobar que el color negro adquiría nuevos valores simbólicos más allá de su tradicional asociación con la oscuridad y el mal. Pero fue muy útil para vincularlo al drama humano que, dentro de la temática costumbrista, tanto predicamento tenía en las exposiciones de pintura.


Sorolla lo utiliza de forma dispar en estas dos obras: Estudio para “Otra Margarita”, óleo sobre lienzo de 1892 y Trata de blancas, óleo sobre lienzo de 1894.

En la primera (aunque muy diferente de la obra final), se aprecia la función del negro para acentuar el drama de la mujer flanqueada por dos guardias civiles acusada de haber abortado para salvar su honor mancillado, y que nos remite a la Margarita del Fausto de Goethe.


La segunda, utilizando de forma brillante las diagonales compositivas de Degas o Toulouse-Lautrec, recrea un espacio angosto y agobiante en el que se involucra el espectador siendo partícipe del desgraciado destino de esas cuatro campesinas ataviadas con variedad cromática de indumentaria, unidas por el recato del velo que cubre sus cabezas y vigiladas por la anciana de negro que, aquí sí, es garante del oscuro futuro que las espera.


Terminamos esta etapa de consolidación con tres obras: un paisaje al óleo sobre lienzo de 1899, Mar de tormenta, Valencia y dos óleos sobre cartón de 1900 relacionados con el encargo para la ilustración de Las Leyendas de José Zorrilla y destinados a la impresión fotomecánica que obligó a la casi monocromía: La sorpresa de Zahara, 3º, interior de una fonda y La sorpresa de Zahara, 4º, desnudos en patio.

El paisaje es palpable demostración de que aunque al pintor valenciano no le gustaban los días grises y desapacibles en la playa, era capaz de transmitir la melancolía del mar sin necesidad de acudir a sus luminosos temas playeros; y aquí lo hace transitando por una gama cromática única o de tonalidades muy afines: azules oscuros, grises, blancos, verdes apagados, plata, al servicio de la captación de una atmósfera que todos hemos percibido algún día en el mar.

"Casi desnudos los llevan /A todos por más deshonra/Hasta el centro de la plaza/Donde a la intemperie opongan/La desnudez de las carnes/Su temblor y sus congojas" (José Zorrilla)

Esos son los versos que ilustra Sorolla en el segundo de los cartones. En el primero, destacan los tipos grotescos que nos recuerdan la obra de Goya. La monocromía viene dada aquí por el destino del encargo, pero los matices de la luz son los encargados de recrear las formas y el negro, cobra función parecida a la oscuridad desde la que emergen las figuras en la pintura de Caravaggio.


Con el comienzo de siglo culmina la carrera del pintor: adjudicación de calle en Valencia, viajes por Europa, exposiciones exitosas en París, Nueva York, etc. Es una etapa con abundancia de retratos y de luminosos paisajes de la costa valenciana; Sorolla en negro, bajo el filtro de las tonalidades oscuras, da buena fe de ello.


Comencemos por tres paisajes pintados entre 1900 y 1903, el primero y el último, óleos sobre lienzo y sobre tabla el central, titulados Día gris en la playa de Valencia, Barcas a la luz de la luna y La sombra de la barca.

El título lo dice todo en el primer paisaje. La sombra oscura del primer plano, trazada de manera opuesta a la línea blanca de espuma en cuyo vértice nos aparece el animal, tiene su réplica en ese cielo de tormenta cuya luz filtrada cae sobre un mar que revuelve la arena. Azules, grises, ocres, pardos, a disposición de una visión romántica del medio natural.


La luna también crea luz; tenue y plateada, estimula el valor de los tonos. El reflejo amarillo sobre el agua en retirada de la orilla crea un leve contraste con el cuerpo de las oscuras embarcaciones pero, en el cielo, la luz lunar consigue aclarar el azul en contraste con los oscurecidos valores cromáticos de alta mar. Desde Piero della Francesca utilizan los pintores las alternancias de zonas claras y oscuras para sugerir la profundidad, más allá de los tradicionales recursos perspectivos.


Los valores de la sombra son protagonistas de la última obra. En los días grises y lluviosos se problematiza pintar al aire libre, pero en días soleados y con un ojo para el color como el de Sorolla, podemos recrearnos con él en la riqueza de matices. No vemos la barca que crea sombra sobre la arena, pero la sombra de su vela inflada por el viento crea una media luna que junto a la línea oblicua del mástil organiza los elementos compositivos. A partir de ellos, van apareciendo la barca varada en la arena, el rojo y los blancos de quienes pasean por la orilla y la lejanía del mar y de un cielo con algunas nubes horizontales interpuestas.

Basta detenerse en la riqueza de matices cromáticos que surcan las sombras del primer plano, para entender lo que los impresionistas decían al respecto y lo que con inigualable maestría conseguía nuestro pintor: pintar las cosas que vemos, no las que ya sabemos cómo son.

Continuamos con tres óleos sobre lienzo de 1903-5, 1906 y 1908 respectivamente: Su Majestad la reina María Cristina, estudio para “la Regencia”, El doctor Francisco Rodríguez de Sandoval y el Retrato de Manuel Bartolomé Cossío.

Evidentemente, Sorolla bebió en las fuentes de los grandes retratistas anteriores y de su propia época. Todos ellos, tendieron a entonar en pocos colores porque pretendían que el observador no distrajese su atención del detalle físico y psicológico. Para transmitir el carácter hay muchos recursos, pero serán tanto más exquisitos cuanto más intensa sea la relación entre pintor y modelo.


Por eso nuestro primer ejemplo tiene algo de convencional; pero, salvando la importancia del personaje y la oportuna distancia que había que guardar y el guiño a la Duquesa de Alba de Goya, nos encontramos con un tratamiento cromático insuperable en las telas del traje y un juego de contraste de color entre las telas y los rojizos y dorados de las butacas y la pared que parecen beber directamente en la fuente de Inocencio X de Velázquez.


El gesto de Rodríguez de Sandoval, huidizo, tímido y afectuoso, dice mucho de la amistad que le unía con el pintor. Los toques de color rojizo junto a la cabeza y en el reposabrazos y la postura desenfadada (muy parecida a la elegida para el hermano de su mujer) ponen contrapunto a los dominantes en gris, espléndidos en sus diferentes matices, de traje, chaleco, guantes y fondo.


Otro prodigio de elegancia, atmósfera y luminosidad atemperada, todo ello bajo influencia directa de El Greco, encontramos en el último de los retratos. El historiador y pedagogo está dominado por el gris, que aquí interviene en su función simbólica de equilibrio, inteligencia y reflexión.


Terminamos este brillante periodo con tres nuevos retratos en los que el negro tiene un protagonismo que nos permite compararlos con los anteriores. Se trata de tres óleos sobre lienzo siendo el primero de 1905 y los dos siguientes de 1910: José Echegaray, Elena con sombrero negro y Bebedor vasco (Juan Ángel)

El bastón, el anillo en el dedo, el cigarrillo, el gemelo del puño de la camisa, los binoculares, incluso el bigote y la perilla, se muestran como señas de identidad de este personaje de intensa mirada y cabeza escultórica recreada a través de la luz. La gran mancha negra del traje realza el gris claro de sofá y fondo, mientras que la misma luz que modela la cabeza, modela las piernas cruzadas.


Sorolla retrató mucho a su amada hija Elena, educada en la ILE y escultora y pintora también. Aquí nos aparece muy joven, con sombrero Belle Époque, cintura ceñida y pose elegante, destacando sobre la blusa el traje oscuro y aportando, en los fondos, sutiles toques de color acordes a la juventud de la muchacha.


El bebedor vasco, sobrio, adusto, austero, viene reforzado por el simbólico valor del negro que aparece recortando ese fondo abstracto. La jarra y el vaso del primer plano no dejan de recordarnos al Aguador de Velázquez por su capacidad de rescatar texturas mediante el trabajo de la luz incidiendo sobre objetos de variado material.


A partir de 1910 y, sobre todo, tras el encargo de la Hispanic Society of America de los catorce murales sobre las Regiones de España que le mantendrá viajando por el país, haciendo bocetos y tomando apuntes y agotándose durante siete años con esta ingente tarea, Sorolla se centra en algunos paisajes soleados de Valencia y en el retrato. La muestra de la casa museo, nos ofrece algunos ejemplos de los últimos en esta etapa final.

El título elegido para esta reseña “La maestría de Sorolla”, intenta hacer justicia a un pintor al que aunque se le puede apartar de lo que parece haberle proporcionado fama internacional (la luz, el color, la descripción de tipos) sometiéndole al escrutinio de una selección en la que lo que predomina es el “no color”, sin embargo, emerge con todo su genio y su habilidad y es en el retrato, donde mejor puede demostrarse lo dicho.

Veamos antes del remate final, tres óleos excepcionales, el primero de 1912 y los dos siguientes de 1914: Tres madrileñas, Joaquina la gitana y Mocita andaluza.

En la teoría del contraste de los colores, el negro realza el blanco, el amarillo y el rojo, fundamentalmente.

En las tres madrileñas, con sus mantillas y pañuelos, los tonos marfil, hueso y nácar en la gama de los blancos, se combinan con amarillos anaranjados y bermellones. Junto a ellos aparece el negro con iridiscencias violetas y sutiles toques cromáticos en una armonía muy conseguida.

Pero todo ello al servicio de las tres chulas destacadas sobre fondo blanco, orgullosas de sí mismas, empoderadas y dispuestas a sentar sus reales ante cualquier intento no consentido de invadir su espacio.

A continuación tenemos a la gitana Joaquina, en la que el amarillo y el negro se combinan y contrastan con el blanco del niño y con los fondos. Pero también aquí aparece la maestría del pintor iluminando el rostro de la joven y rescatando un gesto de orgullo maternal y de protección.


Finalmente, ese prodigio de concepción espacial de la mocita andaluza con una puerta semiabierta para poder articular el lugar en el que la luz se convierte en protagonista hasta transformar el blanco y el negro en dos opciones complementarias y contrapuestas al mismo tiempo y dejar un toque de color anaranjado para el fondo en el que se recorta la expresiva cabeza de la joven.


Si en esta última obra, el negro aparece como una masa casi plana, recordándonos la utilización de ese color en la estampa japonesa, terminamos el recorrido con la última obra pintada poco antes de sufrir la hemiplejia que complicaría su capacidad para pintar. Se trata de un maravilloso óleo dedicado a su mujer en 1919-20: Clotilde con mantilla negra.


Llevan 32 años juntos. Ella tiene 54 años y mantiene una espléndida figura pero tiene poco que demostrar a esas alturas de la vida. Le basta con mirar reflexiva a su marido mientras cruza las piernas y apoya melancólicamente el rostro sobre su puño.

Plásticamente lo tenemos todo: al mejor Velázquez, al mejor Goya, al mejor Boldini, al mejor Hals, a todos aquellos que concibieron las formas por medio de las gradaciones cromáticas y no tanto mediante la línea y que supieron entender los secretos de la luz desde el uso preciso del color.

Heraclio Gautier González

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