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La historia del rodaje de Fitzcarraldo. Werner Herzog, el director con alma de aventurero.


Con la desquiciada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto, y tira del animal caído de tal manera que el cazador abandona todo intento de calmarlo, se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña.

Esta imagen del barco en una montaña que Herzog describe mezclándola con tan desagradable delirio metafórico fue el único motivo, o el único verdadero, para construir la historia de Fitzcarraldo. En un impulso febril y furioso el director escribió el guión en casa de Coppola con la mirada fija en un proyecto que duraría unos cuatro años en llevarse a cabo y que se convertiría en uno de los rodajes más salvajes y demenciales de la historia del cine.

La historia de Fitzcarraldo es la de un excéntrico y megalómano hombre llamado Brian Fitzgerald (Fitzcarraldo para los indígenas) que está obsesionado con la ópera. Fitz ha perdido su prestigio por culpa de absurdas empresas sin futuro y sin embargo aún tiene fuerzas para un último proyecto: el de construir un teatro de ópera en Belén, un poblado peruano a orillas del Amazonas. Para conseguir el capital necesario se dedica al comercio de caucho, pero su plan le exige un extravagante y sobrehumano esfuerzo, el de sacar del río un gran barco fluvial y transportarlo hasta la cima de un monte.

El 21 de junio del 79 Herzog se fue al Amazonas para iniciar la preproducción de la película. Así comenzó su conquista de lo inútil, frase que utilizan los enemigos de Fitzcarraldo para reírse de él y que el propio Herzog también tomó para titular el diario que escribió durante todos los días que estuvo en la selva; según él, ese diario es lo mejor que ha hecho en su vida.

El sueño del propio Herzog se confunde con el de su protagonista, Fitzcarraldo.

Su cine siempre ha sido el reflejo de los sueños individuales y la lucha por llevarlos a cabo cueste lo que cueste, y por eso él es Fitzcarraldo y de hecho estuvo a punto de interpretarlo...

Pero a eso llegaremos más adelante. Antes vamos a recrearnos en algunos pasajes de la odisea de este cineasta alemán que François Truffaut proclamó como “el director más importante del mundo”.

Dos accidentes de avión, uno con víctimas mortales; una guerra fronteriza entre Perú y Ecuador; un ataque al campamento en el que vivían 1100 personas, todas ellas dedicadas a la película y que fue totalmente quemado; la pérdida del actor principal en mitad de la filmación que conllevó comenzar el rodaje desde el principio; las escasas lluvias que dejaron al río con su afluencia más baja en años, imposible navegar con un barco de vapor por esas aguas… Pero la presión no amilanó a Herzog cuyo genio se refugió en las páginas de su diario donde vomitaba reflexiones que siempre tenían de fondo la vileza de la selva.

Las imágenes de la selva que Herzog traduce en su libro son descarnadas y violentas, crudas como la vida de una tribu a la que están a punto de robar su tierra, una tierra que han cultivado, recorrido y vivido durante miles de años, pero de la que no tienen papeles, claro. Las empresas petrolíferas o la industria maderera persiguen la conquista de esos terrenos mientras los indígenas sobreviven sin cambios aparentes en su modo de vida durante los últimos cien años.

Un mono convive con ellos en el campamento y hace la vida imposible a la esposa de su ayudante de producción. La mujer, que tiene un hijo en mitad de toda la producción, teme que el mono viole a su criatura recién nacida.

Dos indios de una tribu enemiga han lanzado dos enormes flechas a un hombre y una mujer, a él le han atravesado el cuello y a ella la cadera. Ocho horas de operación con el sanitario del rodaje para salvarles la vida. Herzog quiere llevar las flechas del ataque a su hijo pequeño en los Ángeles, piensa que la punta de la flecha, aún manchada con sangre de un hombre, entusiasmará a su hijo.

Un guía peruano tiene que cortarse el pie con una sierra después de que una víbora mortal le picara.

Los nativos llevan demasiado tiempo viviendo juntos en un espacio pequeño, no hay mujeres, el sanitario no da abasto, el único balón de fútbol que tienen se ha pinchado, la tensión es insostenible y un misionero franciscano se reúne con el director y los ayudantes de producción para intentar solucionar el problema. Finalmente contratan prostitutas, una solución que Herzog justifica, como cada una de sus locas decisiones, echándole la culpa a la selva.

El rodaje comenzó a finales de 1979 con Jason Robards como Fitzcarraldo y con Mick Jagger como el asistente de este, pero rápidamente los pobladores del lugar se mostraron muy hostiles y antes de que Herzog y su equipo fueran quemados vivos con el resto del campamento tuvieron que huir. Fue meses después cuando Robards enfermó de gravedad y tuvo que ser reemplazado. Mick Jagger también tuvo que auparse del proyecto debido a sus compromisos musicales, “la mayor pérdida que he tenido en todos mis rodajes”, ha contado el director en alguna ocasión.

El personaje de Jagger no fue reemplazado, pero Fitzcarraldo tenía que ser interpretado por alguien. Herzog pensó hacerlo él mismo siendo consciente de los paralelismos que tenía él mismo con el personaje. Pero aunque le costó reconocerlo sabía que era Klaus Kinski el que debía interpretarlo, una relación de amor odio que en este rodaje casi llega a las últimas consecuencias…

Los nativos que formaban parte del equipo de Fitzcarraldo le ofrecieron a Herzog deshacerse del actor; en el documental dedicado a ambos Mi enemigo íntimo Herzog reconoce que se lo pensó y al final declinó la oferta: “Tenía que terminar la película”.

Pero ni la locura de Kinski ni el resto de sucesos que ocurrieron durante la producción se puede comparar con el rodaje de la secuencia en la que el barco ascendía por la ladera de la montaña. El director alemán quería que todo fuera real, quería dos barcos de 320 toneladas cada uno subidos por colinas de más de 500 metros, sin efectos especiales ni ningún truco cinematográfico. Así que un equipo de más de mil indios soportó la inclemencias de la selva mientras empujaban las poleas que a través de un sistema casero que sujetaba al barco por el costado y debajo de la embarcación.

En el documental de Les Blank sobre el rodaje titulado Burden of Dreams hay una discusión entre Herzog y el ingeniero brasileño que diseña el andamiaje del ascenso del barco. El primero quiere que la ladera por la que asciende la máquina de vapor fuera de 40% de inclinación mientras que el segundo aconseja que el sistema está preparado para 20% como mucho. Pero Herzog está dispuesto a correr el riesgo y el ingeniero se marcha aireado del rodaje.

El barco se soltó más de una vez parando la respiración de todo el equipo.

Al final Herzog llevó al cine esa imagen que se había apoderado de él hacía tanto tiempo; consiguió llevar al barco a la cima con el impulso de la fuerza humana. Una imagen que se nos brinda con la voz de Caruso como banda sonora y que es tremendamente bella.

Fitzcarraldo es una película valiente, brillante, cine de aventuras épico y también es la síntesis de todo el cine de su autor. Cine filosófico en el que Herzog cuestiona absolutamente todo lo que le rodea. ¿Cómo de capaces somos los seres humanos para alcanzar nuestros sueños? ¿Estamos siempre a tiempo? Herzog te enseñará que sí.

Sin embargo, el misterio de Fitzcarraldo no es el sueño de un megalómano, la belleza de la ópera, la vileza de la selva o la aventura de un rodaje transformado en epopeya… Fitzcarraldo es la reivindicación de una forma de vida, la de las tribus del Amazonas cuya forma de existencia se tambalea en pos de la cultura americana, que lo inunda todo.

En el documental de Blanck, Herzog quiere alzar y defender la identidad de estos hombres y mujeres. Mientras, un nativo viste una camiseta rosa con una imagen en el centro Micky Mouse.


Pedro Moral


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