• Trinchera Cultural

La herida humana de consuelo universal. Belén Vieyra Calderoni

Desde hace algunos años que vengo preguntándome cómo sería si cada una de nosotras tuviera la elección de escoger el lugar en el que nacer, o si, existiera la posibilidad de seleccionar nuestra biografía, ¿acaso habría alguna diferencia en este mundo? ¿seguiría siendo la diferencia una delimitación? Lo desconozco, no me compete tal asunto ni es posible abarcarlo con el corto viaje de mis manos.

Por eso, quizás, es que vengo a relatar una historia, una como tantas otras, para compartirla y que quede constancia en el papiro planetario. Un testimonio heredado de los que solamente tenían algo que ganar y una herencia transatlántica de aquellos grandes navíos que atravesaban lo inimaginable.

«Su mirada errante se detuvo en mi rostro culpable»

Hermann Hesse


«¿Qué quedó? Tras tanto andar errante, el regreso»

Milan Kundera


La herida abierta a causa de un árbol genealógico migratorio, las secuelas de cada mirada discriminada, de cada muerto arrebatado y, sobre todo, de cada silencio obligado. La segunda generación de migrantes que no forma parte de ningún país, que no siente ninguna cultura y que tampoco arraiga en ninguna tierra. La herida que aborrece las fronteras porque sólo separan eslabones de la misma cadena, que distancia los pasos de un mismo camino.

Una identidad caracterizada por, precisamente, no tenerla, y porque incluso, llegado el momento, no es necesaria. La descreída de la patria y la díscola irreverente de la ley. Es la causa de una herencia de viajes sin equipaje, de huida, cargados de miedo, de ansias de prosperidad, de esos donde la miseria acecha por doquier. La herencia nómada y el tesoro errante de mano en mano. Esas vidas de múltiples idiomas, de códigos humanos, de mesa infinita y fiesta los domingos. Ese cubierto para el comensal cristiano, el judío y el musulmán a la misma hora, en la misma casa. La receta atea y la oración de agradecimiento antes del deleite. La reverencia de estar vivo, la sabiduría de compartir la vida.

Al final sucede que, uno no es de ninguna parte, siendo todas las partes de uno. Y eso, es memorable, incuantificable para el alma.

Un frente de lucha tan amplio como hasta el límite de donde lleguen los dedos de la mano, una solidaridad habitando cada rincón de oscuridad y cada música censurada. Un cielo sin dueño y una gaviota siendo mensajera de la paz.

La herida migratoria resultando ser victoria, dignidad y grandeza. Todavía se siente al tacto, el relieve de la cicatriz, el pasado siendo pilar del futuro, y los recuerdos los cimientos de cada sueño venidero que espera en el destino. Cada ser querido desconocido, cada palabra susurrada y cada palo de desventura, la migración del eje terrestre, la evolución de este pequeño ser.


La herida humana de consuelo universal y pensamiento transversal al intelecto, la que parte en dos a la razón, la que justifica cada cruce, cada impureza y desdén. La herida sin boleto en aduanas, sin documento identitario, sin destino de viaje ni credencial de pasantía. La herida gris marcada por la carencia, la marcha incitada, el escape forzoso y el abandono insidioso. La herida migrante a la que le duele mirar atrás, pero es lo único que le queda: su historia. El recorrido de unos pies descalzos expoliados, no sólo de sus zapatos, sino también, de su recorrido. La estafa insulsa de la expropiación, el displicente trato humano hacia el otro, la eterna competencia por disputar, el mísero afán en empeñar la vida del otro por la ambición.

Un itinerario repleto de ofensas, agravios, ultraje, abatimientos y aflicciones sí, pero al igual, desbordado por la voluntad humana que no abandona a nadie, inundado por la hermandad forastera, por la complicidad extranjera, por la ayuda anónima y la hospitalidad solidaria. Un periplo de amparo y cobijo, de consuelo ajeno y, sobre todo, garantía de continuidad.

La herida migratoria es mundial, nos pertenece a todos y, todos venimos de ella. Como el agua, es necesaria para nuestra existencia e irrevocable para la subsistencia de nuestra sencilla raza. Por eso la cuido, la mimo cada noche, le canto una nana y le agradezco su hazaña no tan lejana de tiempos no tan remotos.

Mi abuelo Manuel Calderoni, Valentin Russi y mi bisabuelo Vincenzo Caldarone

Vincenzo fue quien emigró a finales del XIX a la corta edad de 3 años, huérfano, de Italia a Buenos Aires; la diferencia de apellidos Calderoni-Caldarone se debe al analfabetismo y a la confusión en aduanas tan característica de Argentina en aquella época que nadie se entendía con nadie...


Belén Vieyra Calderoni

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