• Trinchera Cultural

La geometría como aglutinante.

Guillermo Pérez Villalta. El arte como laberinto.

UBICACIÓN:

Sala Alcalá 31. C/ Alcalá nº 31, Madrid.

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 25 de abril de 2021.

Descender por la calle Alcalá desde la Puerta del Sol recorriendo la acera de los números pares para poder hacer una pausada aproximación a la galería de Alcalá 31, nos permite ver edificios emblemáticos de la arquitectura madrileña (la antigua Real Casa de la Aduana de Francesco Sabatini, la fachada del Palacio de Goyeneche de Diego de Villanueva, el Casino de Madrid de Sallaberry/Estévez, la Iglesia de las Calatravas de Lorenzo San Nicolás….) que preceden al edificio del Banco Industrial y Mercantil de Antonio Palacios, cuya abovedada sala de acceso sostenida por dos pisos de soportal ha sido reconvertida en espacio para exposiciones.

Este sobrio lugar, lleno de juegos de armonía, inspiró a Guillermo Pérez Villalta para imaginar un recorrido que permitiera la visualización de cincuenta años de su producción artística.

Tanto él como el comisario de la muestra, Óscar Alonso, quisieron huir del tradicional recorrido marcado por la temática o la cronología de las obras. Buscaron evitar el confort del itinerario (que suele pretender dar respuestas a las preguntas que el visitante se va haciendo) y optaron por obligar al espectador a enfrentarse a la complejidad de las encrucijadas mediante un recorrido multidireccional en el que dialogan, y a veces se contradicen, obras de diferentes momentos y temáticas. Hay pequeños cubículos para mirar con la necesaria intimidad, recodos con inesperadas sugerencias y lugares más amplios para la adquisición de la necesaria perspectiva.

Todo para que las preguntas ahoguen las posibles respuestas y entendamos que el Arte, como la vida, es un laberinto en el que hay que saber encontrar la Belleza y su disfrute.

Resultando imposible que un comentario por escrito rescate las emociones que surgen al verse en el interior de ese espacio, he preferido presentar ejemplos organizados por décadas de producción. Desde mi punto de vista, es la pasión por la Geometría lo que inspira buena parte de la obra del artista y eso es lo que explica el título de esta reseña.


Comencemos por los años 70 del pasado siglo. Estas cinco obras que hemos seleccionado nos hablan de sus raíces en Tarifa. Las tres primeras son: Autorretrato por la mañana, 1973, Éxtasis en la siesta, 1979 y El taller, 1979.

Vemos el homenaje a lo que fue la casa de sus abuelos y su habitación y las hermosas vistas al mar y a parte del entramado de la ciudad. Dominan los colores fríos, intensos y un tanto fluorescentes encerrados en un poderoso dibujo que recuerda al mejor Dalí. Se autorretrata en su diminuta habitación, con alguna referencia a la de Van Gogh en Arlés pero con una ambigüedad espacial derivada de la distorsión de los puntos de fuga; su cuerpo se retuerce en manierista posición ante ese camino que se pierde hasta el estrecho torreón que cierra el entramado de plataformas, que se superponen y entrecruzan como los planos en voladizo de F. Ll. Wright.

¿Cuántos creadores se han retratado en su taller utilizado como punto de encuentro de artistas de su generación, amparados por las obras de los pintores admirados que cubren sus paredes?

En este caso, Villalta juega con la tradición y a la manera de Velázquez o Goya no nos muestra lo que hay en el caballete, pero recrea un interior tradicional (al estilo de los modelos flamencos) con sus ventanas abiertas al luminoso paisaje en una perspectiva sin fin en la que la geometría de los suelos vuelve a tener un personal valor por su guiño a la tradición decorativa islámica.


Las dos siguientes obras, Artistas en una terraza o conversaciones sobre un nuevo arte Mediterráneo, 1976 y Conversaciones en voz baja, 1978, con su explosiva luz, con su capacidad de reconstruir la realidad, nos recuerda al cómic de línea clara o al Arte Pop.

Es la etapa posmoderna de la joven generación madrileña que está viviendo la Transición democrática y el despertar de la Movida. El país está saliendo de la oscuridad y el optimismo rebosa en el ambiente de arquitecturas blancas bañadas por la luz y por el mar que acogen las sesudas reflexiones de los artistas presentados por el pintor desde un punto de vista privilegiado; no falta nunca el recurso culto a la tradición del arte que podemos apreciar en la oblicua perspectiva de la tercera obra, al estilo de Tintoretto, Alma Tadema o Edgar Degas.


Entramos en la década de los 80. Villalta definía su obra como “hija del barroco y de la psicodelia” pero parece adentrarse en una primera madurez en la que la tarea intelectual del Arte le lleva a considerar que el espacio en el que se mueven las escenas tiene que equilibrar su pulsión por construir con su pulsión por expresar. Con ello hace una revisión de los grandes problemas de la representación desde la óptica figurativa.

Comenzamos mostrando su afán constructivo en tres obras: Vacuitas plenitas, 1980, Tempietto del Monasterio de San Pietro in Montorio, 1989 y El Ámbito del Pensamiento, 1989.

La habitación imposible de la primera obra con su mezcla de perspectivas y de puntos de vista de tipo picassiano, su distorsión en los cuerpos, sus paradojas al estilo de Escher, parece el caos que hay que ordenar volviendo a los grandes modelos de la construcción armónica: el ejercicio de síntesis compositiva del pequeño templo de Bramante, en el que el color abandona la fluorescencia para ponerse al servicio del dibujo, se completa con el tributo simbólico a la luz que ha de iluminar el pensamiento para la reconstrucción geométrica de una nueva realidad; el cuadro, en el que las facetas triangulares cubistas de similar tonalidad, componen el espacio, sirve como tributo a la defensa de la tarea intelectual del Arte.


Pero el espacio también se expresa, y para ello nada mejor que recurrir a la gran simbología, sea desde los mitos paganos o desde la parábola cristiana. Esa sensación tenemos en Bautismo, 1987 y Narciso o el Molino de Agua, 1989. El artista va completando su simbólico mundo y prefiere volver a la gran corporeidad de las figuras, al estilo del Picasso de los años veinte o siguiendo la gran tradición de Piero della Francesca, abandonando las figuras blandas y de aspecto plano de la anterior década. También el color aparece a veces más “sucio y agrio” como bien observó Fernando Huici o bien menos contrastado poniéndolo al servicio de la expresión simbólica.

Sus personajes desnudos son fuertes y en este caso dependen de una noria que les aporta agua para liberarles del pecado mientras la cruz del fondo se inclina o para permitir que admiremos nuestro cuerpo en su reflejo.


Construcción geométrica de espacios en los que seres hercúleos se muestran sin pudor, es lo que apreciamos en muchas obras de la década siguiente y buena muestra de ello son estas dos: El Navegante Interior, 1990 y Los Baños, 1993-4.

Una habitación inundada en la que la luz se cuela por doquier, con una escalera que conduce a un infinito espacio como presentó en la obra El Taller; un individuo boga en una barca que necesita de un candil para encontrar el camino; el colorido veneciano nos hace preguntarnos hacia qué lugar de sí mismo navega el gondolero. A continuación, un hammam o unas termas presentadas como androceo, con la perspectiva levantada hacia el primer plano, recordándonos la forma de concebir el espacio por los manieristas pero con una pasión decorativa minuciosa y racional y un nuevo guiño a las formas ornamentales islámicas.

Fue esta época también la de algunos divertimentos abstractos en los que nos muestra su conocimiento de las relaciones entre forma, color y espacio y en las que renuncia al dominante figurativo en lo que parece un homenaje a Frank Stella.


Así lo vemos en Patio con alberca, 1990, Lugar con escalera, 1994 e Invenciones, 1993-97.

¿Cómo saber que las bandas alternas blancas y grises forman los peldaños de una escalera, si no es por la sombra que se proyecta sobre la izquierda?

Algo hay de Op Art pero mucho antes Velázquez había utilizado la sombra para crear un espacio concreto a su Pablos de Valladolid.

Con el cambio de siglo y cuarenta años de actividad artística, la memoria de Pérez Villalta ordena, deconstruye y vuelve a construir todas las influencias estéticas que pueblan su imaginario. Mezcla lo clásico y lo moderno, la Figuración con la Abstracción Postpictórica o con el Surrealismo, el Arte Pop con Giotto, Ingres o el Cubismo.

Todo ello sufre una metamorfosis en la mente del pintor que definió expresándolo así: “Mi pensamiento es el sueño del Arte”.

Esta obra, de 2002, Imaginar, de gran formato, nos muestra esa reconstrucción imaginativa de un espacio que se puebla por edificios cuyos referentes podemos encontrar en la Gran Arquitectura, pero que albergan la vida cotidiana de una ciudad en la que se trabaja, se observa, se pasea y se juega.

Todo animado por ese respeto a la Geometría y a las grandes perspectivas que también podemos ver en La Plaza, 2016, Los Geómetras, 2014 y Camino sobre el mar I, 2017.

Hay una clara similitud entre ellas y recuerdos de Giorgio de Chirico, pero el mar se convierte en el cordón umbilical que nos une a la gran construcción geométrica del mundo. Las arquitecturas emergen de él y los caminos en él se pierden, sin que la corta gama de colores haga perder belleza a estos paisajes soñados.


Ya hemos señalado las referencias mitológicas y religiosas en su obra. En nuestro siglo no faltarán interesantes interpretaciones como las que aparecen en San Jerónimo en su estudio, 2005 y Anunciación (materia y vida), 2006.

Antonello de Messina nos había presentado a San. Jerónimo en su estudio, una estancia albergada por una imponente estructura gótica. Aquí, Pérez Villalta convierte al traductor de la Biblia en un biomorfo que se apoya en un reclinatorio, único mueble del vacío taller del pintor, mientras medita sobre un dibujo geométrico en estrella de ocho puntas. Tradición modernizada que nos vuelve a aparecer en esa Anunciación, lejano remedo de la de Fra Angelico, en la que los símbolos de las formas espirales relacionadas con la eclosión de la vida, ambientadas en dos fragmentos de pirámide visual que vuelven a tener al mar como punto de fuga, se nos muestran con fuerza narrativa (al menos a los que sabemos la importancia simbólica de “la Anunciación” cristiana y su profusa iconografía).


El uso de elementos modulares expresivos de una geometría clara es una constante en la obra de nuestro artista desde sus inicios hasta los trabajos más actuales. Estos tres ejemplos son una última muestra expresiva de ello: La Fascinación de la Geometría y Oratorio, dos obras de 2018 y Elementos de Geometría, de 2019.

La primera obra (de la colección Pedro Almodóvar) recuerda la estructura de la Casa Miller de Peter Eisenman y esa fascinación viene explicada por la tercera de ellas, en la que el artista presenta los instrumentos de su forma de componer. El Oratorio, con vistas al mar, recuerda las entradas de luz de la Capilla Ronchamp de Le Corbusier.

El mar, la geometría y la luz. Elementos básicos para nuestro artista. Quizás con un permanente recuerdo a su Tarifa natal, siempre presente y siempre reconstruida en sus sueños.

Como el que nos aparece en la primera de estas tres obras: Los Lugares del Sueño, 2018, Altar, de 2001 y Bautismo de Luz, 2019.

Si en la obra de Ribera, Jacob soñaba con una escalera por la que ascendían y descendían ángeles, aquí el artista sueña con un laberinto, porque si su pensamiento es el sueño del Arte, el Arte es un laberinto por el que discurrimos en busca de la Belleza; es una tarea sagrada, (como el desnudo altar que se abre a un paisaje costero) que exige del creador el bautismo de la luz.

Una luz que borra las tinieblas de la mente y nos ilumina el camino por el que necesariamente pasaremos si queremos entender (en palabras del propio artista) que “la vida surge para tener consciencia de la belleza”.

Como decíamos al principio, resulta imposible trasladar al papel el cúmulo de sensaciones que te abordan en el laberíntico espacio de la exposición. Nada hemos dicho de las facetas de Villalta como diseñador y escultor.

Dejamos constancia de ello con esta mínima muestra: La Noria, 1989 y Follies de Imaginalia de 2011-12.


Si para Duchamp la bigotuda Gioconda tenía el culo caliente, difícilmente podrá refrescarlo con el agua de esta noria, mientras que el arte del diseño sobre metal, permite al artista dejar volar su imaginación buscando el efecto estético de lo ornamental, porque como dice nuestro ya septuagenario creador:


Puede que esta entrega casi religiosa a la belleza/placer a lo largo de mi vida haya hecho crecer en mí sus frutos y el cerebro haya desarrollado aún más su capacidad de experimentar un goce placentero. Ahora puedo quedarme absorto en los detalles más simples de la naturaleza. La luz que entra por una ventana y se refleja en las paredes, o los pájaros picoteando las migas que les he echado en la azotea. La capacidad de disfrutar y sentir placer ahora llega a una intensidad que me deja sin aliento. Sólo queda esperar que la máquina del cuerpo aguante.”


Por el bien de los que amamos el Arte, que aguante mucho tiempo.


Heraclio Gautier

Marzo 2021



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