• Trinchera Cultural

La Fontana della Vergogna. Paula Díaz Altozano

‘Tras la belleza de la estatua se encuentra

la terrible oscuridad de lo hueco’

G. W. F. Hegel

Palermo. Dibujo de Paula D.Altozano
El arte está en la mirada.

Lo comprobé en un viaje a Palermo, ciudad de fuegos fatuos, edificios derruidos y charcos sucios en las aceras.

El motivo de mi estancia allí fue un intercambio cultural con estudiantes de Arte de muchas nacionalidades.

Nos alojamos junto a una compañía de actores sicilianos en el Convento del Carmine Maggiore, que empezó a construirse en el siglo XII.

Si tuviera que definir Palermo con un color diría que es dorada.

Resplandece, especialmente al atardecer, como las brasas de un infierno aceptado por sus habitantes.

Huele a carne asada, a basura desperdigada por las calles. Sus edificios estratificados se desmoronan, las estatuas emergen de la hierba en la Villa Giulia y las motos tienen tomada la ciudad.


Nadie podría imaginar que ese bello caos esté tan cerca, apenas a unos minutos en autobús, del Mediterráneo, con playas de arena y rocas que caen al mar azul, pues desde el centro de la ciudad no se ve. Allí no es necesario ir a museos: la ciudad es la obra.

Edificio de Palermo. Paula D.Altozano

Edificios milenarios, la mirada del Pantocrátor, patios de hoteles en los que crecen palmeras, el Conservatorio, donde un hombre parecido a Scarlatti nos acompañó en una visita improvisada a unas estudiantes búlgaras y a mí.


Pequeñas puertas que dan paso a iglesias monumentales, y el fuego abrasador que derrite las fachadas al sol.



Supe que el arte está en la mirada una noche que volvía con mis compañeros después de haber estado tomando algo en un bar de la playa. Era de madrugada y solo se escuchaban nuestras risas.

Fuente de la vergüenza. Paula D.Altozano

Caminábamos por una de las calles principales cuando llegamos a la Fontana della Vergogna (Fuente de la Vergüenza), construida en 1554-55 por Francisco Camilliani, alzada imponente ante nosotros.


No había nada distinto, en realidad: era la misma plaza por la que pasábamos todos los días, sin embargo, nos paramos.


La sensación fue para mí similar a la que ocurre cuando quedas deslumbrado al ver algo que va más allá de la comprensión.


Eran las mismas estatuas mirándonos desde la fuente circular, rodeadas de la noche y de edificios llameantes a la luz de unas pocas farolas.

Ráfagas anaranjadas reflejaban el mármol blanco, roto, de humanos, un Baco, Diana, Apolo, Mercurio y animales legendarios; y más arriba, la Luna como espectadora distante.


Recuerdo que las chicas llevábamos vestidos y caminamos distraídas contemplando a quienes nos devolvían una mirada de siglos. Fueron solo unos minutos, pero aquello fue un momento artístico verdadero.

Las estatuas que en su día avergonzaron a los ciudadanos por mostrar su desnudez, y que más tarde fueron irónicamente llamadas así debido a la corrupción de los gobiernos de Palermo durante los siglos XVIII y XIX, se convirtieron en el reflejo de todos nosotros.

En esos minutos que contemplamos la fuente, no existió nada más.

El mundo era eso: unos estudiantes en busca de algo indefinible y la mirada comprensiva de las estatuas en una noche cualquiera, bajo la Luna en la ciudad desconocida.


Paula Díaz Altozano

Octubre 2020

50 vistas
LOGO_TRINCHERACULTURAL

¡Síguenos en nuestras redes sociales!

  • Twitter Social Icon
  • Icono social Instagram
  • Facebook icono social
  • Icono social de YouTube
  • ivoox
  • issuu

2018. Creative Commons Trinchera Cultural.