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“Orión” ¡Nueva colaboradora! (Rincón Mágico)




Como pseuónimo responde a Orión.

Su nombre es Inés, y aunque su estilo está algo alejado de la poesía, por lo menos en la forma, hoy se estrena como colaboradora en nuestro Rincón Mágico. Es lorquiana confesa y siente pasión por el arte. Como siempre, una breve autobiografía para que la vayáis conociendo.

"Nací en Madrid en el momento del año en el que la Gran Vía arde bajo los rayos del sol: será por eso que llevo esta ciudad en las arterias. Sin embargo, tengo en las plantas de los pies el lugar donde descubrí lo que era amar el viento: la árida Fuerteventura. Por mucho que busque entre mis raíces de dónde viene mi pasión por el arte, no soy capaz de encontrarlo; aunque sospecho que la Luna verde, el Hudson y la Alhambra tienen algo que ver, así que agradeceré a Federico cada verso y cada escena. Como todavía no me dejan vivir ni en museo, ni en un teatro ni en una biblioteca, estudio Historia del Arte para ver si lo consigo. Hasta entonces, y hasta que se me sequen las palabras, no dejaré de escribirlas" (Orión)

Hoy se estrena con Tormenta. Alegoría de las tempestades... Dice que no es poesía lo que ella escribe. Pero no podemos negar que este relato sea poético. Otra vez ocurre la magia: alguien escribe y logra que otra persona se identifique.

"Hay dos sitios a los que, como seres humanos, nunca miramos: hacia arriba, y hacia adentro. Por eso, cuando llegan las tormentas del alma, peores que cualquier precipitación, siempre nos pillan desprevenidos: las emociones tendidas en el patio de los recuerdos y todas las ventanas de la conciencia abiertas de par en par. Con este escrito me gustaría recordar(me) que deberíamos consultar más a menudo nuestras propias previsiones" (Orión).

¿Es o no es poesía? Y con esa duda infinita os dejamos...


Magritte "Le chant de l'orage"
Tormenta. Alegoría de las tempestades

Sentado en medio de mi mar picado, comprendo por fin que la meteorología se equivocó conmigo.


Que hoy en el telediario, la señora guapa y elegante que señalaba sonriente las zonas lluviosas del país, no me dijo en ningún momento “llega una fortísima tormenta a tu conciencia, querido”, a pesar de que se lo hubiera agradecido profundamente.


Sentado en medio de la gestación de mi tsunami, entiendo de una vez que no nos preocupamos por las precipitaciones realmente peligrosas.


Que miramos hacia el cielo cuando se aproxima sobre nuestras cabezas la escala de grises Pantone más realista, pero que nos olvidamos de volver la vista hacia otras zonas igualmente llamativas cromáticamente, esas que se ponen a veces en alerta roja.


Sentado en medio de mi propia tempestad, entiendo por fin que, tormentas hay muchas, pero que nadie piensa en todas.


Descubro que, quizás, todos tenemos el ojo del huracán dentro, pero que a veces estamos tan en su centro, tan aislados del viento en calma, que ni siquiera nos damos cuenta de ello.


Ahora estoy seguro de que hay dos tipos de tormentas.


Unas, la que se sienten desde fuera: de las que se observa la lluvia arreciando contra los ventanales, de las que se escuchan los alaridos del viento arañando las esquinas, de las que ciegan los fogonazos de los relámpagos.


De esas se puede sentir el frío penetrando bajo la ropa, la piel erizada como un campo de hierba fresca y a las hijas de las nubes haciendo carreras por las mejillas; pero siempre llega un fuego que huele a hogar, un abrigo que se siente como una caricia o un techo que protege como una yegua a sus potrillos.


Y otras, las que se sienten desde dentro.


Estas son las que arrasan las geografías humanas, ya sean ventiscas de agua y granizo, o torbellinos de arenisca y viento rabioso.


En las que no hay paraguas que detengan la furia de las lágrimas golpeando rítmicamente los campos de la esperanza, como tambores de guerra lejanos.


De las que no permiten pararrayos que eviten el impacto de la rabia lanzada contra los escudos de uno mismo.


Las que empañan el firmamento con tonos impasibles que no dejan ver a las estrellas llorar su helada pena.


Sentado en medio de mi propia locura, palpo la respuesta: para encontrar el refugio de estas precipitaciones, hay que llegar hasta el origen (que también es la muerte) de la perturbación meteorológica, que se sitúa siempre bajo las llanuras de la piel.


Sentado en medio de mi tormenta ansiosa, de mi tempestad nerviosa, de este huracán que lleva mi propio nombre, comprendo, que el tiempo que dan en el telediario es información sesgada.


¿Quién predecirá mis cambios de estación rabiosos?


Solo me responde el eco de mis propios truenos


Orión

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