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La bola de aluminio ¿Estamos tirando un tesoro?

Pedro Méndez es catedrático de Biología y hoy nos presenta el proyecto eco-social La bola de aluminio ¿Estamos tirando un tesoro?


Esta iniciativa sirve como exponente de lo que es la buena práctica docente y de lo que la sección de Profesores en Trinchera pretende incorporar: experiencias del profesorado (alejadas del ruidoso relumbrón de las llamadas “nuevas pedagogías” y de las metodologías enlatadas) atentas a potenciar, tanto los principios de la Ciencia a la que nos debemos como docentes, como los valores que han de practicar los futuros ciudadanos.


“Si lo que degrada nuestro entorno tiene

valor, vamos a recogerlo entre todos y a

transformarlo en algo visiblemente valioso.”


Infografía del proceso eco-social sobre las bolas de aluminio. Recuperación del valor.

La huella ecológica


Este proyecto nos permite reflexionar sobre la huella ecológica y sobre el comportamiento individual para la protección medioambiental en los ámbitos doméstico y laboral; pero también nos pone en contacto con la importancia de los procesos de recogida, reducción, reutilización, reciclaje y reevaluación de los residuos.


A través de esta experiencia, puede despertarse la conciencia ambiental de los jóvenes estimulando su creatividad, su rigor, su empatía, con el objetivo de empezar a cambiar el mundo desde la biomímesis.

Este proyecto se llevó a cabo durante el curso 2016/17 en el IES Lorenzo Hervás y Panduro de Cuenca, donde ha desarrollado casi la totalidad de su vida profesional como profesor de Biología y Geología.


Ojalá se extienda este ejemplo o que sirva de inspiración para otros proyectos similares. Os dejamos con el relato de Pedro.


La bola de aluminio ¿Estamos tirando un tesoro?

por Pedro Méndez


De izquierda a derecha: Bauxita (mineral de aluminio). Rollo de papel de aluminio puro. Bocata envuelto en papel de aluminio. Bola de aluminio recién caída al suelo.

Siempre he pensado que los problemas que afectan a nuestro entorno inmediato, en este caso el espacio en el que nuestro alumnado pasa muchas horas, ofrece excelentes oportunidades para hacer educación ambiental o educación sin más.

Hace algunos años realicé con alumnos de 1º de ESO una investigación sobre los desperdicios que había en el suelo del patio. Organizados en pequeños grupos y provistos de guantes recogieron todos los materiales que encontraron en el espacio de recreo, los clasificaron por categorías y contaron el número de unidades que había de cada una.


Recuerdo que me sorprendió una de las conclusiones de la investigación: la bola de papel de aluminio en sus diferentes fases de transformación era con diferencia el desperdicio más abundante en el área de recreo del centro.


La bola de papel de aluminio era con diferencia el desperdicio más abundante

Las bolas de aluminio, aplastadas, son el residuo más abundante en nuestro espacio de recreo.

Sin darnos cuenta, el papel de aluminio había pasado a ser la forma más extendida de envolver el bocadillo del almuerzo en las familias de nuestros alumnos. El envoltorio de aluminio acababa con frecuencia en el suelo en forma de bola y después se iba transformando según muestra la siguiente figura:


Fases de descomposición de los desechos de aluminio. La poca abundancia de la fase 6 nos llevó a pensar que el reiterado pisoteo acabaría produciendo su fragmentación y su incorporación al terreno en forma de pequeñas partículas que podrían irse acumulando y también ser arrastradas a otros lugares por el agua o por el viento. Esta parte no visible de la evolución de la bola de aluminio debería ser investigada ya que las diminutas partículas de aluminio una vez movilizadas podrían entrar en nuestro cuerpo a través de la bebida, la respiración o los alimentos.

La poca abundancia de la fase 6 nos llevó a pensar que el reiterado pisoteo acabaría produciendo su fragmentación y su incorporación al terreno en forma de pequeñas partículas que podrían irse acumulando y también ser arrastradas a otros lugares por el agua o por el viento. Esta parte no visible de la evolución de la bola de aluminio debería ser investigada ya que las diminutas partículas de aluminio una vez movilizadas podrían entrar en nuestro cuerpo a través de la bebida, la respiración o los alimentos.



Era la primera vez que el aluminio se ponía en mi foco de atención. Indagando sobre él aprendí que su obtención a partir de la bauxita es muy costosa en términos medioambientales y que sus aplicaciones se han extendido prácticamente a todos los sectores de la economía. El crecimiento de su demanda ha sido tan espectacular que no sería exagerado decir que, tras la edad del hierro, hemos entrado en la del aluminio. También aprendí que existe la sospecha de su relación con la enfermedad de Alzheimer.


El crecimiento de la demanda del aluminio ha sido tan espectacular que no sería exagerado decir que, tras la edad del hierro, hemos entrado en la del aluminio.

Me pareció que las conclusiones de aquella investigación daban pie a un proyecto ambicioso centrado en el aluminio que implicara a todo el instituto y que tuviera como objetivo la recogida y puesta en valor de este metal, con la consiguiente mejora de nuestro entorno escolar. Teníamos un buen pretexto para hacer educación ambiental y, de paso, aprender cosas sobre el aluminio.


¿Cómo transformar en algo valioso este montón de bolas de papel de aluminio?

Después de darle vueltas al asunto de cómo transformar en algo de valor este montón de bolas de aluminio, decidí hablar con Antonio Pérez, profesor del departamento de Educación Plástica y Visual y escultor, que tiene una amplia experiencia trabajando con metales.


Me informó que el aluminio tiene una temperatura de fusión bastante baja, 660 ºC y que su fundición era posible en un horno de fabricación casera.


Vertido en moldes se podían fabricar objetos de la forma que se quisiera. Su disposición a realizar la fundición y hacer los moldes fue decisiva para que se llevara a cabo el proyecto.

Sin darnos cuenta, Antonio, Luisa Muñoz (su compañera de departamento) y yo nos pusimos manos a la obra, impulsados por la ilusión de hacer realidad un proyecto que nos parecía formativo y original. Se llamaría ¿Estamos tirando un tesoro?, basándonos en la idea de que en nuestro espacio de recreo había un yacimiento de aluminio.


A mediados del primer trimestre del curso 2016/2017 se explicó el proyecto invitando a participar en él a toda la comunidad educativa. La respuesta del alumnado y de algunos compañeros fue muy buena.


Los alumnos hicieron carteles y fabricaron con grandes cartones de embalaje unos contenedores lúdicos, que se instalaron en puntos estratégicos del centro. Alumnos voluntarios, se organizaron en brigadas de agentes medioambientales, que informaban a sus compañeros durante los recreos sobre los puntos de recogida y los beneficios de no tirar el aluminio al suelo.


Casi todo el aluminio consumido acababa en los contenedores fabricados al efecto.


Las cantidades recogidas superaron nuestras expectativas y los departamentos de Ciencias Naturales y de EPV se convirtieron en almacenes provisionales de bolas y latas de aluminio, que los alumnos iban prensando para su fundición.






La culminación del esfuerzo de todos llegó a principios de junio, cuando se realizó la fundición del material recogido y su vertido en distintos moldes, proceso que todos los alumnos pudieron observar y disfrutar.



Los participantes en el proyecto estábamos satisfechos.

Los objetivos del proyecto se habían conseguido: se había mejorado el espacio de recreo, se había demostrado el valor de los residuos y, sobre todo, se había puesto en marcha un proceso de enseñanza-aprendizaje en el que los alumnos jugaron un papel activo orientado a un objetivo común y donde la emoción había estado muy presente.

Finalizaba el curso 2016/2017 con la sensación de que había sido un año especial, pero, ¿y el curso siguiente?


Durante el desarrollo del proyecto ya nos habíamos preguntado si el papel de aluminio era la mejor forma de envolver el bocata del almuerzo o si había mejores alternativas.


Por otro lado, ese no era el único residuo que dejábamos cada día en el centro. Por ejemplo, los tetrabriks y botellas de plástico que acababan en las papeleras o en el suelo del patio.


El proyecto del aluminio no había sido más que una pequeña contribución a la solución de un problema complejo y mucho más amplio: el de los residuos que producimos, que degradan nuestro entorno y nuestra salud, y sobre qué podemos hacer con ellos.

Oportunidades para nuevos proyectos no nos faltaban.


Quedaba mucho por hacer.

Pedro Méndez.

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