• Trinchera Cultural

Fernando Botero. Al servicio del volumen y el color.

EXPOSICIÓN:

Botero. 60 años de pintura.

UBICACIÓN:

Espacio CentroCentro, Palacio de Cibeles, Plaza de Cibeles, Madrid

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 7 de febrero de 2021.

Salí de mi casa provisto de dos mascarillas: una quirúrgica, para el tiempo destinado al paseo por espacios abiertos de la ciudad y una ffp2 para los trayectos en metro, el desayuno en la cafetería del teatro Albéniz y el recorrido, ¡por fin!, por el espacio CentroCentro del Palacio de Cibeles, que ha tenido a bien regalarnos una estupenda selección de la obra pictórica de Fernando Botero.

Demasiado tiempo sin dedicar parte del mío a esta satisfactoria tarea de ver Arte en directo.

Primero fue el confinamiento y después la prórroga de eventos a los que ya había acudido, por eso, celebré la noticia de esta exposición como si fuera el arranque hacia una normalidad que no termina de cuajar.


A pesar de llevar menos de una semana inaugurada, visitarla pronto por la mañana en un día de diario te sorprende por la escasa afluencia de público, que convierte la experiencia en un paseo relajado, cosa que no parece ocurrir con los aforos completos el fin de semana. De hecho, aunque yo tenía mi entrada para las 11.00, llegué a las 10.15 y no hubo problema para entrar.

Fernando Botero es uno de los artistas vivos más conocidos (y reconocidos) dentro del mundo del Arte.

Seas experto, aficionado o profano, es difícil no asociar su nombre a esas hermosas esculturas y pinturas de afables seres gordos. Nacido en 1932, con 16 años hacía su primera exposición y resulta curioso que a pesar de sumergirse en un ambiente artístico dominado por el Expresionismo Abstracto, el Arte Pop, los Informalismos y demás propuestas derivadas de la convulsión Dadá, definió un estilo completamente alejado de estas tendencias consiguiendo articular un universo estético propio y original. La muestra recorre temáticas variadas (religión, naturaleza muerta, circo, toros, etc).

Hoy quiero centrarme en el cúmulo de referencias al gran Arte que aparece en sus obras, sean estas referencias más que evidentes o simples sugerencias que yo he querido ver.

Comencemos por el tema religioso, en el que se nos presentan obras de corte humorístico pero que Botero utiliza para conformar su lenguaje. Presentamos dos “Ecce Homo, el primero lo ejecutó Juan de Juanes en 1570; el segundo es de Botero, un óleo sobre lienzo de 1967. La inspiración parece clara pero el pintor colombiano se preocupa de exaltar el volumen a través de la forma. No hay verosimilitud porque no pretende representar nada, sino poner el color al servicio de la rotundidad formal: rodillas y pectorales redondeados, pies y manos diminutos, piernas como columnas y cabeza sin lacerar; todo ello en contraste de claro sobre claro salvo en la negrura del suelo.


Veamos ahora su interpretación en las naturalezas muertas. En primer lugar, ofrecemos Naturaleza muerta con cafetera azul, óleo sobre lienzo (2002) de Botero, junto a la obra de Cézanne, Bodegón con bote azul, óleo sobre lienzo pintado en 1900-06.

El tono azul manda en las dos obras y la diagonal compositiva que con frecuencia utilizó el pintor francés aparece también como dominante en el de Medellín. Pero frente a la gradación tonal para crear el volumen en los objetos con enmascaramiento de la línea que presenta Cézanne, Botero acentúa el volumen con fuerza escultórica dando una apariencia sólida a los objetos detallados con un color de pincelada firme y de enorme brillo e intensidad. Esto confiere a sus bodegones un estilo particular por mucho que encontremos siempre referencias a los grandes de la pintura en ese género.

Así podemos volver a observarlo en esta comparativa entre la obra del colombiano

Naturaleza muerta con frutas (2000), Naturaleza muerta con frutas, pintada por Cezánne en 1879-80 y el conocido bodegón de 1633 de Zurbarán. En los tres casos tenemos óleo sobre lienzo, pero la preparación del soporte, las diferentes imprimaciones nos dejan resultados claramente diferentes.

Hay semejanzas en la geometría de agrupación de las frutas, entre el mimbre de Botero y el de Zurbarán y de nuevo en las diagonales compositivas de Cézanne y el colombiano (en este caso con el detalle del cuchillo), pero el pintor de Medellín entiende la verosimilitud de forma bien diferente a como la entiende el pintor extremeño. Acentúa algunos elementos frente a otros, distorsiona los tamaños y crea un universo formal original. Frente a la sensación de “mancha” en el uso del color por parte del francés, Botero busca la riqueza global del color al servicio de una iluminación clara.


Vayamos a un par de referencias directas dentro del grupo de versiones que nos ofrece la muestra.

En Fornarina según Rafael, óleo sobre lienzo, 2008, Botero rinde homenaje a la La Fornarina de Rafael Sanzio, óleo sobre tabla de 1518-19. Frente a la figura estilizada, el afilado rostro, la sensual delicadeza al sujetar la tela transparente y la inquisitiva mirada de la modelo del pintor de Urbino, el colombiano invade de ternura su composición y busca un nuevo concepto de sensualidad en la inocencia de la mirada y el pacífico sentimiento que transmiten el color y el volumen.

Parece una clara concreción de lo que dijo el propio pintor: “mis criaturas nunca han pretendido tener alma”.


Abundando en esta idea, tenemos un óleo sobre lienzo de 1997, Mujer sentada, que como estudio de desnudo femenino compararemos con el Desnudo femenino de Ignacio Pinazo Camarlench, un óleo sobre tabla de 1894, y con Mujer sobre silla, acrílico sobre lienzo de María Jensen, obra de 2016.

La importancia que para Botero tiene la tradición clásica, aparece no solo en sus homenajes directos a los grandes artistas sino en su respeto por los principios clásicos de la composición (simetría, equilibrio, adecuación de forma y contenido, etc). La simetría axial del corpachón de esta mujer solo es rota por la femenina posición del brazo recogiéndose el pelo (recurso muy utilizado como puede observarse en las otras dos obras, cada vez que queremos realzar el pecho desnudo). Pero la exuberante mujer de Botero no se posiciona en el diálogo con el observador, cosa que sí hacen las mujeres de Pinazo y Jensen, simplemente se presenta en toda su rotundidad, adornada por la luz y el color.

Muy célebre y muy representativa del humor y la ironía que adornaron sus obras, es la versión Los Arnolfini según Van eyck, óleo sobre lienzo, 2006, que presentamos junto a El matrimonio Arnolfini, óleo sobre tabla de Van Eyck de 1434. Prácticamente todos los componentes simbólicos del pintor flamenco están en la obra de Botero. Las frutas, los zapatos en el suelo, las velas de la lámpara, el perro. Ha modificado la ventana y la posición de la alfombra, que ahora aparece bajos los pies de la mujer, pero el color y, de nuevo, la exaltación del volumen eliminan la solemnidad de la escena. De hecho, no hay testigos en el espejo del fondo, la única ceremonia que celebramos es la del color y la forma.


En épocas recientes Botero ha estado ensayando la técnica de la acuarela sobre lienzo con resultados sobresalientes.

La Muestra nos ofrece algunos ejemplos y hemos seleccionado aquellos que puedan remitirnos a obras anteriores. Me refiero a Hombre y Mujer bebiendo, acuarela sobre lienzo de 2019 que situamos junto a los Jugadores de cartas (1894-95) de Cézanne y Una Familia, acuarela sobre lienzo de 2019, que aparece junto a Los duques de Osuna y sus hijos, el óleo sobre lienzo que pintó Goya en 1788.

Los ángulos de los brazos, la geometría de las botellas, el punto de vista, la posición, son referencias claras a Cézanne en la pareja bebedora, mientras que el agrupamiento de los personajes en la familia de Botero recuerda la neoclásica composición de la familia de los Osuna de Goya. Las diferencias vuelven a estar en la reivindicación de un lenguaje propio para construir una realidad paralela a la derivada de las reglas de la visualidad.


Igual que a otros grandes pintores (Goya, Picasso, Seurat, Macke, Fortuny, etc), a Botero le sedujeron el mundo taurino y el circense.

Encontró en sus temas un aliciente para el color, el movimiento y la forma. En el caso de las escenas taurinas, no olvidemos que con 12 años asistió a la escuela de toreo de Medellín aunque un percance le obligó a desistir del empeño. En el circo, al que asistió en Medellín y Méjico, encontró tristeza en sus protagonistas pero los temas elegidos fueron despojados de cualquier intención expresionista.

Seguimos, no obstante, viendo referencias constantes a su pasión por la pintura italiana del Renacimiento, como puede verse en esta comparativa entre Acto de circo, óleo sobre lienzo, 2007 y la célebre Batalla de San Romano de Paolo Ucello, 1431-51, temple sobre tabla. La posición en corveta, tan sugeridora de movimiento, permite a los dos pintores trabajar con el volumen derivado del uso de la luz frontal.

No he querido buscar comparaciones con las dos últimas obras que incorporo. Dejamos el tema taurino como modelo de originalidad en su obra y lo hacemos con dos pinturas estupendas (ambas óleo sobre lienzo) que CentroCentro exhibe: El arrastre, de 1987 y La cuadrilla, de 2012.

En la primera, se resume el mundo estético del pintor colombiano: la desproporción, la contención emocional, el gusto por el detalle, el colorido brillante, etc. Es una descripción de la lucha desigual que suele acabar con la muerte del más fuerte, un toro de tamaño desmesurado que es arrastrado ya muerto y pasa delante de su diminuto ejecutor mientras muestra este al público sus trofeos.

En la segunda vemos un magnífico estudio de cuerpos sólidos en el espacio, en composición geométrica equilibrada, mostrando (salvo la posición en tres cuartos) personajes de espaldas, de frente y de perfil, con magnífico equilibrio de tonalidades frías y cálidas, transmitiendo esa sensación de exaltación del volumen que es lo que hemos de entender antes de pensar en Botero como el pintor de seres gordos.


Heraclio Gautier

Septiembre 2020

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