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En tiempos de pandemia

EN TIEMPOS DE PANDEMIA

QUÉ PODEMOS ESPERAR APRENDER (Y QUÉ NO) DE LA HISTORIA


Fürst, Paul, representación caricaturesca de un médico de la peste (detalle), ca. 1656, grabado con cobre.


Ahora que hemos iniciado la denominada desescalada y parece que el fin del confinamiento está más cerca es un buen momento para pararse a reflexionar sobre qué clase de mundo vamos a encontrarnos ahí afuera cuando todo esto haya pasado. En realidad, llevamos haciéndonos esta pregunta desde hace más de dos meses, cuando se decretó el estado de alarma en nuestro país. Por aquellos días se viralizó (valga la expresión en estos tiempos de pandemia) un poema escrito en 1800 con motivo del gran brote de peste que se produjo aquel año. Al menos, eso fue lo que se difundió a través de los encabezados y comentarios que acompañaban al poema en cuestión cada vez que era retuiteado o reenviado por whatsapp. Como si se tratara de una crónica actual su autora, la hasta entonces desconocida Kitty O’Meara, nos habla de los efectos positivos que supuso la experiencia del confinamiento en la población; de todo aquello que las personas redescubrieron en la intimidad de sus hogares cuando les sobró tiempo para meditar y cultivar su interior, y de todas las esperanzas que depositaron en el futuro cuando por fin pudieron volver a tomar las calles y reconstruir sus vidas.


Traducido al castellano el poema dice así:


Y la gente se quedó en casa.

Y leyó libros, y escuchó, y descansó,

y se ejercitó, e hizo arte, y jugó,

y aprendió nuevas formas de ser, y se detuvo.

Y escuchó más profundamente.

Algunos meditaban, algunos rezaban, algunos

bailaban, algunos se encontraron con sus propias sombras.


Y la gente empezó a pensar de forma diferente.

Y la gente sanó. Y, en ausencia de

personas que viven de manera ignorante, peligrosa, sin sentido

y sin corazón, la Tierra comenzó a sanar.


Y cuando el peligro pasó, y la gente

se encontró de nuevo, lloraron a sus muertos,

y tomaron nuevas decisiones, y soñaron nuevas

visiones, y crearon nuevas formas de vivir y sanar

la Tierra completamente, tal y como ellos habían sido sanados.


Sin embargo, lo cierto es que si este poema nos resulta tan cercano a nuestra propia experiencia es porque, sencillamente, fue escrito a comienzos de este mismo año. Su autora, que sí se llama Kitty O’Meara, es una antigua maestra y asistente espiritual de Estados Unidos que un buen día decidió compartir a través de su blog de internet un poema que había compuesto con motivo del confinamiento. [1] Fueron las redes sociales, y no ella, quienes se encargaron de propagar el rumor de que había sido escrito hace más de 200 años. Un bulo, una fake new que diríamos en la era de la (des)información y los anglicismos.


Kitty O’Meara en una fotografía publicada en su blog, The Daily Round, https://the-daily-round.com/about-kitty-omeara/

De hecho, no hubo ninguna pandemia de peste en 1800. Los registros históricos de entonces tan sólo nos hablan (que no es poco) de un brote de fiebre amarilla en Cádiz, otro de escarlatina en Alemania y uno más de ictericia hemorrágica en Egipto. En ningún caso se cita (o al menos no se ha podido encontrar ninguna mención al respecto a la hora de elaborar este artículo) un brote de peste ocurrido en el año 1800. Tampoco puede decirse que de estas pandemias, ni de otras más graves que ha sufrido la humanidad, hayan surgido por principio de causa-efecto sociedades más concienciadas, solidarias o responsables. Si nuestros antepasados sacaron alguna lección moral de aquellos episodios no tardaron mucho en olvidarla, algo demasiado habitual en nuestra Historia como especie. Ya se sabe, el ser humano esel único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.


El famoso brote de peste negra de 1347-1353, con entre 25 y 30 millones de muertos tan sólo en Europa –aproximadamente un tercio de su población total en aquel momento–, supuso una catástrofe demográfica y una debacle económica, con el consecuente cambio en la estructura político-social del continente. En este sentido se ha planteado que la peste negra pudo constituir una de las causas del colapso del sistema feudal en Europa, e incluso se ha dicho que podría estar relacionada con el origen del Renacimiento, al margen de los evidentes avances que obligó a introducir en las ciudades en materia de higiene. Ahora bien, más allá de estos cambios (nada desdeñables en cualquier caso), no se puede decir que de las ruinas que dejó la peste negra a su paso por Europa surgiese una sociedad más avanzada o respetuosa en materia de lo que hoy denominaríamos derechos humanos y medio ambiente (estamos en el siglo XIV, tampoco le pidamos peras al olmo). La experiencia de esta pandemia no sirvió para reforzar los lazos de fraternidad entre los distintos pueblos y Estados del viejo continente, ni tampoco valió para detener los conflictos que se daban entre ellos. Sin ir más lejos, justo por aquella época se enfrentaban en la Península Ibérica el sultán nazarí Yusuf I y el rey Alfonso XI de Castilla –quien de hecho murió de peste en 1350 durante el sitio a Gibraltar–, mientras que en Francia la Guerra de los Cien Años, que había comenzado justo una década antes de la llegada de la peste, no sólo no se detuvo sino que se prolongó hasta 1453. Tampoco mejoraron las relaciones entre las distintas comunidades étnicas y religiosas de Europa. El fanatismo religioso, asociado en ocasiones al temor de una posible llegada del Apocalipsis, llevó a acusar a los judíos de haber estado detrás de la propagación de la enfermedad, dando así lugar a los conocidos pogromos (persecuciones y masacres de judío en masa), una tradición que lamentablemente iba a tener un largo recorrido en la Historia de Europa.


Brueghel “el Viejo”, Pieter, El triunfo de la Muerte, 1562, óleo sobre tabla, Museo del Prado, Madrid.

La peste negra, como cualquier otra gran pandemia, trajo notables cambios en la sociedad de su época, sí, pero éstos no fueron necesariamente positivos, al menos en el ámbito de las relaciones humanas.


Tampoco en épocas más recientes esta realidad se ha visto sustancialmente alterada. Otro tanto ocurrió en 1918-1920 con la denominada gripe española (que, por cierto, no se originó en España sino en Estados Unidos, y recibe este nombre porque fue en la prensa española, ajena a la censura propia de los gobiernos involucrados en la Primera Guerra Mundial, donde más asiduamente fue tratada la noticia).


Coincidiendo con el mayor conflicto bélico que había conocido la humanidad hasta entonces, la nueva pandemia dejó un saldo de entre 50 y 100 millones de víctimas mortales en todo el mundo, lo que suponía entre el 3% y el 6% de la población mundial por aquel entonces. ¿Surgió entonces una sociedad mejor a nivel global? Teniendo en cuenta que fue en 1919 cuando nació el fascismo o que tan sólo 20 años después el mundo volvería a avocarse a una guerra mundial parece un poco difícil (por no decir imposible) dar un sí como respuesta. El nuevo orden mundial estuvo marcado por las disposiciones del Tratado de Versalles firmado en 1919 y las consecuencias, materiales y psicológicas, de la Primera Guerra Mundial, no por los efectos de la gripe española ni de ninguna otra pandemia.


Portada del periódico madrileño El Sol, 28 de mayo de 1918.

Así pues, ¿podemos esperar, tal y como plantea el poema de Kitty O’Meara, que tras este confinamiento surja una sociedad mejor, más volcada en los cuidados hacia nosotros mismos y hacia nuestro planeta? Ningún precedente histórico nos hace pensar en una respuesta afirmativa. Ahora bien, también es verdad que nos encontramos ante una situación sin precedentes, al menos en nuestra Historia más inmediata. “Ni siquiera durante la guerra estuvimos tanto tiempo metidos en casa”, se ha oído decir a gente mayor estos días. Y tienen razón. Lo cierto es que ni la Guerra Civil Española ni la Segunda Guerra Mundial, incluso a pesar de los bombardeos y otras muchas amenazas, lograron confinar a la población como lo ha conseguido en la actualidad la COVID-19. Sin embargo, más allá de alguna licencia poética ocasional, no parece muy prudente equiparar dos conflictos bélicos de estas dimensiones con una emergencia que, no lo olvidemos, es sanitaria y no militar. Convendría manejar con más cuidado la retórica militarista que tan a menudo ha sido empleada en las declaraciones institucionales y ruedas de prensa a las que nos hemos acostumbrado estas últimas semanas. Si no, corremos el riesgo de antropomorfizar y elevar a la categoría de enemigo a un ser microscópico que ni siquiera tiene conciencia de sí mismo, y acabar como el rey persa Jerjes I ordenando a sus tropas flagelar las aguas del Helesponto por haber destruido sus embarcaciones (al menos, según nos cuenta el historiador Heródoto).


Las tropas de Jerjes I flagelando el Helesponto, 1909, ilustración.

Pero no hace falta retrotraernos tanto en la Historia para poder extraer alguna lección válida de cara a esta pandemia. En nuestro caso, basta con echar la vista atrás tan sólo unos años, a aquellas multitudinarias manifestaciones de la Marea Blanca que se iniciaron en 2012 en defensa de la sanidad pública, y en cuyas pancartas ya podían leerse mensajes como “los recortes en sanidad matan”. Por ejemplo, en el caso de Madrid, una de las comunidades autónomas más afectadas por el coronavirus, los recortes en sanidad de los gobiernos autonómicos anteriores han supuesto la reducción durante los años de la crisis económica de casi 3000 camas de hospitales y más de 3000 profesionales sanitarios [2], una situación que ha sido duramente denunciada por los sindicatos del sector como una de las principales dificultades a la hora de enfrentarse al pico de contagios generados por el coronavirus. Es verdad que hace 10 años nadie hubiera podido anticipar la emergencia sanitaria que estamos viviendo hora, como también lo es el hecho de que ya entonces se advirtió de que los recortes en nuestro sistema de sanidad púbica sólo podían traer consecuencias negativas para la población.


Manifestación de la Marea Blanca en Madrid, 27 de noviembre de 2012.

Tal vez crear una utopía de paz y fraternidad tras el fin del confinamiento sea esperar demasiado de esta pandemia y de nosotros mismos como sociedad (ojalá esté equivocado en esto último). Sin embargo, más allá de grandes cambios que, por lejanos que parezcan, debemos seguir persiguiendo en las urnas y, cuando éstas sean transitables de nuevo, en las calles, está en nuestra mano aportar nuestro granito de arena para superar esta crisis y colaborar con pequeños gestos como mantener la distancia de seguridad (que no social, como muy bien explicó Florentino Moreno en su reciente artículo), evitar las aglomeraciones en espacios públicos o restringir nuestras salidas al mínimo indispensable, siguiendo siempre las indicaciones de las autoridades sanitarias. Gestos que no constituyen ninguna heroicidad de por sí, pero que pueden contribuir a salvar vidas. Estamos viviendo un momento histórico, y lo que hagamos en los próximos meses como país y como sociedad pasará a los libros de Historia. De nuestros gobernantes, pero ante todo de nosotros mismos, dependerá si nos convertimos en un ejemplo a seguir o en un ejemplo a evitar.


Álvar Muratel Mendoza

REFERENCIAS:

  1. Bono, Ferran, “‘Y la gente se quedó en casa...’, el poema de la pandemia que triunfa en las redes”, El País (21 de marzo de 2020 [consultado el 15 de mayo de 2020]): disponible en https://bit.ly/3byDiYK

  2. Asuar, Beatriz, “Los Gobiernos del PP han cerrado una de cada cinco camas de los hospitales madrileños”, Púbico (24 de febrero de 2020 [consultado el 15 de mayo de 2020]): disponible en https://bit.ly/2T8Jkss

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