• solegoaguirre

El soroche y su recompensa


De camino al Norte, era obligatorio detenernos en Huaraz, a los pies de los imponentes Andes. La Cordillera Blanca es la cadena montañosa tropical más alta del mundo. El perfil de las montañas de nieve y granito contrasta con una ciudad que no resulta agradable de ver. Las construcciones, de ladrillo rojizo, inacabadas y austeras, intentan recuperar su aspecto, de adobe y teja, previo a los desastres naturales que han asolado la ciudad. 1941, 1962 y 1970 fueron años aciagos para los huaracinos. El terremoto del 70 que hizo temblar el departamento de Ancash, el más destructivo de la historia del Perú, acabó con el 97% de la ciudad y mató al 50% de su población. Desde entonces, cada 31 de mayo, fecha de la tragedia, se realiza un simulacro de sismo a nivel nacional.



En las últimas décadas el turismo andino ha contribuido a recuperar la economía de la provincia, gracias a la privilegiada posición de acceso a picos de 5000 o 6000 metros.

Dicen que para aclimatarte a la altitud necesitas unos días y que, dependiendo sobre todo de cada organismo, el mal de altura, o soroche como lo llaman aquí, te puede afectar más o menos. El nuestro debía estar atado a los adoquines de Madrid, pues en los dos primeros días de caminatas, el aire faltaba considerablemente para subir y el dolor de cabeza apretaba bajando. Sin embargo, el reflejo de los nevados sobre las cristalinas aguas de las lagunas glaciares solo fue un aperitivo de la belleza que nos mostraría la Cordillera Blanca al cruzarla de oeste a este. Más aún, si esto lo haces siguiendo los pasos del antiguo camino preinca por el que peregrinaban distintos pueblos, del 1400 al 400 a.C., para entregar sus ofrendas, rendir culto y encontrar respuestas en el Sagrado Templo de Chavín de Huántar.




Dos tipos de guías de características radicalmente opuestas, maps.me y los pastores andinos, nos ayudaron a encontrar la senda hacia Chavín (junto con alguna que otra hoja de coca para el soroche), cruzando las quebradas, valles y barrancos que abundan en la geología andina. Los apus, (divinidad espíritus de los cerros de la mitología local, nos vigilaban atentos, especialmente en el paso de Yanashallash a 4700 metros de altitud, donde parecíamos necesitar un desfibrilador en cada pendiente.

En ocasiones entre miradas desconfiadas, otras veces tras una amable charla, los pobladores de este duro entorno demuestran que sus dominios son las montañas. A los que se han establecido en Huaraz se les ve empobrecidos, aislados o sentados en las esquinas vendiendo alimentos con la mirada perdida, como si la urbe los hubiese condenado a ello, a pesar de mantener su orgullo luciendo sus trajes típicos.

En la sierra, en cambio, a pesar de no tener mucha mejor situación económica, cabalgan con destreza a lomos de sus caballos, suben y bajan sin fatigarse las montañas y mantienen sus cultivos y ganado para subsistir, en casas de paja o adobe. Dos hermanos de entre 8 y 10 años que habían recorrido 12 km salvando un desnivel de 800 metros para regresar a su casa desde la escuela, una anciana encorvada sobre su bastón que nos pidió algo que pudiera calmarle la artritis que la atenazaba, un hombre a la carrera tras su burro cargado de maíz camino del mercado de Chavín… son algunas de las escenas que nos retrató la vida rural de la sierra.



Sorprendentemente, la llegada a Chavín tras tres días de caminata fue coronada con la festividad de Santa Carmelita, patrona del pueblo. Parecía que todos los habitantes celebraban vernos llegar sanos y salvos, pues estas fiestas son conocidas por las orquestas y los bailes que duran una semana.



La emoción de contemplar finalmente nuestro objetivo tras un considerable esfuerzo hacía especial cada palabra del guía. La suerte nos siguió sonriendo, pues Martín había crecido y jugado en las mismas ruinas del templo durante toda su infancia bajo la mirada de su padre, guardián del yacimiento.

“Chavín, cultura matriz, madre de las civilizaciones andinas”, dijo Julio C. Tello, padre de la arqueología peruana. Y hasta este momento, esta afirmación no ha podido ser rebatida. A pesar de ello, el 70% del yacimiento no ha sido desescombrado y el Estado peruano lleva desde 1972 sin invertir fondos en su investigación.




Paradójicamente, los incas siguen recibiendo toda la atención y popularidad a nivel internacional, siendo símbolos atribuidos a ellos, como la chacana o cruz andina, originarios de los chavines.

Es inevitable no quedar perplejo ante el conocimiento que demostraban a nivel astronómico, hidráulico y arquitectónico para la época; muros inclinados con función antisísmica, canales de drenaje (algunos en funcionamiento hoy en día), alineación geométrica perfecta este-oeste con los solsticios de invierno y verano, ubicación exacta entre la costa y la selva peruanas… Gracias a todo esto, los sacerdotes del templo fueron ampliamente reconocidos y venerados por ser portadores de sabiduría. Un pilar de sus rituales lo constituía el consumo de mescalina, una sustancia psicoactiva extraída del cactus de San Pedro, lo cual les sumía en un trance espiritual del que obtenían parte del conocimiento que transmitían.

Finalmente, un gran terremoto despojaría a los chavines de su credibilidad y supremacía, quienes se diseminarían por el territorio llevando consigo sus enseñanzas a futuras culturas preincaicas que finalmente llegarían hasta los incas.

La riqueza que la Pachamama ha proporcionado durante tantos siglos en el Parque Nacional Huascarán ,actualmente está siendo explotada por la minería ilegal practicada incluso por algunas comunidades locales (los Vicos), ya que los yacimientos de plata son abundantes. La situación es compleja, puesto que estos habitantes poseen derechos sobre sus tierras gracias a leyes previas a la creación del Parque Nacional, pero se ve agravada por la gestión corrupta de las autoridades responsables que permiten las extracciones a cambio de su tajada y, por otro lado, con el fin de evitar el coste social que supondría una intervención militar.

Refrescados con el aire de las montañas y la singularidad de sus gentes, dejamos el verano andino para encaminarnos hacia el invierno costeño, seguros de que extrañaremos sus nevados y lagunas.

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