• Trinchera Cultural

El profesor y su momentito de gloria


“El niño no es una botella que hay que llenar sino un fuego que es preciso encender” - Michel de Montaigne.


"No trabajan, no se enteran de nada, cualquier cosa les distrae, cada vez vienen peor, antes respetaban más al profesor..."

Es frecuente escuchar esto en los corrillos de los profesores, en las sesiones de evaluación. En fin, cada vez que el docente necesita desahogarse en relación a su (nunca bien reconocida) tarea.

Infografía (autoría: Trinchera Cultural)

¿Qué es lo que necesita un buen electricista para completar adecuadamente una instalación eléctrica? Por lo menos, conocer los componentes para que la conexión sea posible e instalarlos para que las bombillas se enciendan cuando pulsemos el interruptor.


En la profesión de la Enseñanza, todo lo que sea instrucción en los saberes organizados, sin prejuicios, utilizando todas las técnicas a nuestro alcance sin desdeñar aprendizajes memorísticos, se remite a la instalación de un correcto sistema intelectual que incluye el enroscado de las bombillas.


Otra cuestión es que aparezca algo que encienda el sistema pulsando el interruptor.


La experiencia nos dice que la bombilla no se enciende si no tenemos confianza en los beneficios del esfuerzo; si no perseveramos en conseguir las metas trazadas; si no asumimos los errores del proceso y si no nos emocionamos con alguno de los componentes de la tarea.


Bastante esforzada y compleja es la labor del profesorado. Lo es desde el momento que se plantea la instalación del tendido eléctrico, la elección de las bombillas y su correcta ubicación para que, cuando se enciendan, iluminen todas las zonas oscuras.


Cuando lo hacemos, estamos instruyendo; estamos potenciando los ámbitos cognitivo y psicomotor, o lo que es lo mismo, los conceptos y los procedimientos.


Pongamos un ejemplo.


Estamos en clase indicando los hechos y acontecimientos que envolvieron la irrupción del Romanticismo en la cultura del siglo XIX (conceptos) y señalando las estrategias para obtener información al respecto, cribarla y exponerla (procedimientos).

Pero para que nuestro alumnado sea capaz de salir de la anécdota, de la mera mecánica del uso de herramientas, para que sea capaz de identificar actitudes románticas en el mundo que le rodea valorando sus causas y posibles consecuencias... en definitiva, para empatizar con ese fenómeno cultural, necesita que un interruptor se active para encender la bombilla correspondiente. Y no sirve solo que les contemos que los románticos intentaron romper con todo, ir contra el sistema y contra todo lo establecido; ni que antes, el pistoletazo con que Werther dio fin a su vida daba paso al Sturm und Drang y que eso suponía reivindicar las pasiones, el individualismo…


Es decir, si no nos ponemos “estupendos” y hacemos porque nos entiendan, a lo mejor conseguimos que fijen su atención en función de la pasión con que les trasmitimos un sentimiento.


Lo normal es que unos cuantos desconecten… No queremos dar recetas mágicas ni pecar de presuntuosos; tampoco vamos a hablar de alguna metodología ultranueva (tipo Radical Fiction Learning a pesar de lo convincente que resulten sus argumentos) que venga a iluminarnos sobre cómo gestionar nuestras clases.





No queremos dar recetas mágicas



Otro día hablaremos de conflictos y de los QNQ, en palabras de Juan Vaello "Los que No Quieren", a pesar de nuestros esfuerzos y desvelos.

Hoy solo queremos hablar del “minuto de gloria” que a veces conseguimos los profesores.


Siguiendo con la metáfora del tendido eléctrico, los que hemos disfrutado alguna vez esa experiencia, la del encendido, pudimos comprobar la sensación del deber cumplido. Valió la pena la confianza que depositamos en el esfuerzo y la perseverancia a pesar de los errores. Es un bálsamo intenso y profundo que fertiliza nuestra autoestima.


Digámoslo: es una experiencia placentera que todo ser humano debería buscar.

Y por favor, nadie ya se cree el tópico de que hay materias más propicias a esta conexión (las de Humanidades).



Pudimos constatar recientemente la misma pasión en un profesor (compañero y amigo) de Biología con una experiencia que nos relataba con contagioso arrebato; se trataba de una actividad que realizaron con aluminio coordinada entre varios departamentos. La “bola de aluminio” resultó ser una experiencia eco-social relacionada con la recogida y reutilización del envoltorio de los bocadillos y chucherías que acaba en las papeleras y en el suelo del patio en los recreos… y que acabó convertida en obra de arte.


Así que no es cuestión de asignaturas propicias: todo aquel que sienta el suficiente entusiasmo por su materia puede vivir una experiencia similar como para utilizarla y convertirla en una aventura apasionante donde también los jóvenes sean capaces de sorprendernos.

Hay tantos caminos en el aprendizaje como personas. Por mucho que nos empeñemos en seguir las pautas que la Psicología recomienda, nos vamos a encontrar con que dichas metodologías solo nos facilitan el proceso de la instalación eléctrica y la ubicación de las bombillas, pero no cómo provocar la actuación del interruptor. Se trata de un hermoso y estimulante misterio que solo el docente puede desentrañar.


¿Dónde está la importancia del ámbito socioafectivo?

¿No será que la búsqueda del interruptor, su activado, depende mucho del flujo de emociones que se crea entre profesorado y alumnado proporcionando unos, los componentes de la instalación y otros su confianza, perseverancia y esfuerzo?


Si abordamos los saberes organizados (Lengua, Literatura, Matemáticas, Física, Historia, Música, Filosofía, etc) desde el desarrollo de las facultades socioafectivas, puede que cambie la percepción de nuestra tarea: no se trata de “dar una clase” sino de “estar en ella y con ellos”.

Si nunca hemos reflexionado sobre cómo y por qué nos emocionamos y qué emociones (rabia, enojo, impaciencia…) conviene evitar en determinados contextos; sobre cómo abordamos nuestros fracasos y cómo superamos nuestras adversidades; si no buscamos en nuestra vida cotidiana el respeto a nuestros derechos porque respetamos los de los demás; si no propiciamos el intercambio de opiniones, el acuerdo y la negociación; incluso el cambio de conducta cuando una situación lo requiere… Si esto lo desconocemos de nosotros mismos, entonces nuestra capacidad de influir en nuestros alumnos y alumnas se verá mermada.


Nos empeñaremos en seguir el manual de uso de la instalación (boletines oficiales, programaciones, temarios, criterios de evaluación…) pero el fluido eléctrico no llegará a la bombilla porque nunca daremos con el interruptor.


Nuestros chicos y chicas han de identificarse emocionalmente con la tarea si pretendemos que, en algún momento de su vida, las bombillas instaladas se vayan encendiendo.

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Tenemos que ponerles “en disposición de” y muchas veces, nuestra rigidez en el cumplimiento de los programas, nuestro afán por demostrar lo que sabemos, nuestra búsqueda de un patrón de comportamiento del grupo-clase en el que nos encontremos cómodos, consigue inhibir el flujo de emociones entre ellos, nosotros y la tarea.


Si realmente queremos que las bombillas se enciendan, mostremos el camino y dejemos que el destino recompense nuestro proyecto docente con el reconocimiento implícito en esta frase:


“Aquella profesora, aquel profesor, despertó en mí el placer de aprender”.



Marisol Salazar y Heraclio Gautier (profesores atrincherados)

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