• Trinchera Cultural

El mundo flamenco a través de una saga de artistas


Exposición:

Brueghel. Maravillas del arte flamenco

Ubicación:

Palacio de Gaviria. Calle del Arenal 9, Madrid.

Disponibilidad:

Hasta el 12 de abril de 2020.

Es frecuente que muchos hijos continúen la profesión de sus padres. El arte no es ajeno a ello y si queremos encontrar un ejemplo claro sobre familia de pintores, sin duda la saga Brueghel es de las más representativas.

Dado que el Palacio de Gaviria (con la organización de Arthemisia España y comisariada por Sergio Gaddi) nos ofrece una selección de obras de los artistas de esta familia acompañada del entorno de pintores flamencos de la época, creo necesario comenzar aclarando la relación de parentesco entre los Brueghel que aquí se exponen: el mayor de ellos y creador de la Escuela es Pieter Brueghel el Viejo (1525-69), que tuvo dos hijos: Pieter Brueghel el Joven, nacido en 1564 y su hermano menor Jan Brueghel el Viejo, nacido en 1568. Este último tuvo a su vez dos hijos también pintores: Jan Brueghel el Joven nacido en 1601 y Ambrosio Brueghel que lo hizo en 1617; el primero de ellos tendrá un hijo, Abraham Brueghel que nació en 1631 y murió en 1690.

Quiere esto decir que la muestra recorre 150 años de pintura realizada por miembros de una misma familia.

A pesar de que la selección de obras recorre un periodo en el que una buena parte de Europa transita por el Clasicismo renacentista, el Manierismo posterior para acabar en el Naturalismo y Clasicismo barrocos, las obras expuestas muestran una innegable unidad que trasciende las diferencias formales de los estilos mencionados.

En el área flamenca sigue muy arraigada la tradición asentada desde los llamados primitivos flamencos, con sus novedosos recursos para sugerir la profundidad, su carácter hiperrealista (fueron capaces de pintar lo que el ojo no aprecia), su pasión por el exuberante tratamiento de los paños, su reivindicación del óleo como técnica que asegura un color brillante y un detalle minucioso y su concepción del paisaje como algo más que el telón de fondo de una escena.

Aunque hay en la muestra trípticos al óleo sobre tabla que justifican lo dicho, nos quedamos con el ejemplo de Gerard David en su Descanso en la huida a Egipto, (1500-23), un óleo y témpera sobre tabla en el que se resume el impacto técnico del Renacimiento del siglo XV en el área de Borgoña-Países Bajos.


El primero de los Brueghel, Pieter Brueghel el Viejo (del que no hay mucha pintura en esta exposición pero que abrió el camino por el que discurrirán sus hijos) nos deja un grabado y un óleo sobre tabla (inaugurando este la costumbre de la colaboración con otros artistas) en los que se aprecia una clara intención por presentar una crónica detallada de la vida campesina al tiempo que se consolida el paisaje como marco natural imprescindible para captar la atmósfera del relato.


Se trata de Primavera, 1570, aguafuerte y grabado, tinta sobre papel y en colaboración con Jacob Grimmer, Paisaje con la parábola del sembrador, 1557, óleo sobre tabla.

La diagonal del grabado muestra la asimilación de modelos compositivos asentados en Europa, mientras que el precedente paisaje recuerda los efectos de luz y claridad en los fondos realizados anteriormente por su paisano Joachim Patinir.


El impacto del patriarca de la familia en sus hijos fue muy claro a pesar de que eran muy niños cuando murió. En obras como, la Trampa para pájaros, 1601, óleo sobre tabla, Pieter Brueghel el Joven adopta el punto de vista alto tan propio de las obras de su padre al tiempo que miniaturiza los elementos para destacar la belleza del paisaje.

Siguiendo el ejemplo de El Bosco, quizás exista una cierta alegoría moral relacionada con el disfrute y el peligro (patinadores gozando sobre un frágil hielo y pájaros que se creen a resguardo sin apreciar la trampa que les acecha).

De este mismo autor podemos destacar dos obras que siguen mostrando el interés del primogénito de los hijos por popularizar la obra de su padre ya fallecido.

Los óleos sobre tabla, el Baile de boda campesina al aire libre (c.1610) y Las siete obras de Misericordia (1616), nos acercan a la vida aldeana bien mediante la descripción de sus costumbres (sin desdeñar lo carnal , lo grotesco y lo brutal), en una congelación singular del movimiento de danza, bien mediante el afán moralizador en la representación con imágenes precisas de las acciones caritativas de ayuda al prójimo de todo buen cristiano.


Algo más alejado de la pintura de su padre, aunque sin evitar su impronta, nos aparece Jan Brueghel el Viejo, un auténtico experto en colaboraciones, como muestra en estas dos obras: la primera, junto a Lucas van Valckenborch, Vista de una ciudad costera con un puente, 1590-95, óleo sobre tabla, ejecuta todo menos el paisaje marino, apreciándose la diferente manera de concebir color y luz en los dos pintores; la segunda junto a Pedro Pablo Rubens, La Virgen y el Niño rodeados por una guirnalda de flores, 1616-18, óleo sobre tabla, en la que Jan se dedica a uno de sus temas preferidos, las flores, con su alegoría de caducidad de la belleza y vanitas mientras que Rubens se centra en la representación de la Virgen y el Niño introduciendo valores de intimidad emocional muy propios del barroco.

Jan Brueghel el Joven, nieto del fundador de la saga, está muy bien representado en la muestra. Se trata de un pintor de estilo independiente que viajó por Italia y asimiló los nuevos procedimientos del Barroco ajustándolo a una gran variedad temática (naturalezas muertas, paisajes, alegorías, etc).


Con Joos de Momper, realizó este Paisaje de colinas con viajeros (1625-30), óleo sobre tabla, que presentamos junto a su Aldea flamenca en invierno con patinadores (1630-35) con la misma técnica.

Ambas obras continúan la tradición del paisaje en la pintura flamenca, pero teniendo en cuenta que ya se encuentran activos los grandes paisajistas holandeses del siglo XVII como Hobbema, Ruysdael o Vermeer.

Quizás por ello podemos apreciar que para conseguir la profundidad no solo se adecuan las líneas de composición con un punto de fuga, sino que interviene el color, creando una perspectiva tonal.

El primer plano (y observado todo desde un punto de vista alto y panorámico muy al estilo de la familia Brueghel) se reserva a los viajeros ascendiendo por la colina con predominio de tonos marrones mientras que aparece una gradación de tonos claros desde el ocre claro hasta los verdes y azules del fondo, muy sugeridores de distancia.

La siguiente obra es de una construcción espléndida: los árboles pelados del centro acompañados por las líneas diagonales de las monturas a la izquierda y los diminutos patinadores sobre el río helado a la derecha, crean una imagen de enorme profundidad en la que que sigue siendo protagonista la atmósfera natural determinada por el blanco y frío invierno.

Jan Brueghel el Joven se hizo cargo de las obras inacabadas del taller de su padre en Amberes y desarrolló el tema de la alegoría con profusión. Aquí se trataba de explicar conceptos abstractos mediante imágenes sugerentes, pudiendo con ello mostrar erudición clásica pero sin olvidar los grandes valores del mundo cristiano o del ser humano (el placer, la ambición, el deseo, la emoción, etc).

Podemos apreciarlo en estos dos óleos sobre lienzo pintados entre 1640 y 1650, Alegoría de la guerra y Alegoría del oído.

De nuevo, magníficos paisajes para ilustrar la tragedia y destrucción de una guerra mezclando imágenes reales (cuerpos sin vida, llanto de una mujer, armas y armaduras desparramadas) junto a la cabra atacada por el lobo, el león destrozando a una oveja o el águila sustrayendo una paloma como alegoría del padecimiento de los débiles ante los fuertes en un conflicto bélico.


En la siguiente obra, pájaros cantores, grupo de cámara y un sinfín de instrumentos musicales acompañan a la joven que toca y canta acompañada de un querubín.

Música celestial, urbana y rural, imagen del deleite de uno de los sentidos que se completa con el de la vista del que disfruta el espectador.

Hermano menor de Jan Brueghel el Joven, Ambrosio Brueghel, nos dejó una serie referida a los cuatro elementos básicos (fuego, tierra, aire y agua) según la filosofía de Empedocles y que alegorizan el deseo, la estabilidad, la luz y las emociones respectivamente.

En una de ellas Alegoría de los elementos: Fuego, c.1645, óleo sobre lienzo, la herencia flamenca se aprecia en el detallismo exagerado de esta fragua cuajada de objetos de metal, en la que hay operarios que se afanan en el trabajo mientras que posiblemente Vulcano y su esposa Venus (con desnudo asociado al deseo) presiden la escena.

Cierra el recorrido familiar de pintores, el hijo de Jan el Joven, Abraham Brueghel.

Pintor de formación italiana que en su óleo sobre lienzo, Naturaleza muerta con fruta y ave exótica, 1670, nos deja un bodegón en el que uvas, melocotones, ciruelas, manzanas se amalgaman en una apretada composición en la que interesa más destacar la verosimilitud y curiosidad de lo representado, que las posibles intenciones alegóricas.


Termina así esta peculiar visión del mundo por parte de una saga de pintores que se mantuvo fiel a una cierta unidad de estilo sin renunciar ni a sus peculiaridades particulares ni a una herencia que ha hecho de la Escuela Flamenca una de las más afamadas en la historia de la pintura.

Heraclio Gautier

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