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El latido de lo cotidiano (crítica literaria de JM. Ariño)

Después de la publicación del excelente poemario Los lirios y los hombres (2018), el poeta madrileño Ezequiel Martínez, licenciado en periodismo con un máster en Educación Ambiental y muy presente en diversos medios de comunicación, sobre todo en Canal Sur, acaba de editar su poemario Efusión de las almas, en Karima Editora.


El latido de lo cotidiano


En esta sociedad de las prisas y el estrés, Ezequiel se sitúa, tal como plasmó en Diario de un paseante slow (2019), en las antípodas de una civilización tecnificada, discriminatoria y protagonista de un preocupante cambio climático.

El autor es un militante ecologista convencido y así lo refleja en muchos de sus versos. Todo ello aderezado de un profundo aliento solidario, de una percepción agridulce del paso inexorable del tiempo y de una captación de la belleza en sus manifestaciones más cotidianas.

Ya en Los lirios y los hombres manifestaba Ezequiel su amor por la naturaleza y el medio ambiente. Pero en Efusión de las almas profundiza más en el aliento de lo cotidiano y nos regala unos poemas cercanos y llenos de sensibilidad.

La cita del poeta iraní Omar Khayyám, que encabeza el poemario, es claramente ilustrativa:

“Sea la poesía tu sola pasión / y las pasiones te dicten tu poesía”. Unas pasiones presentes en su poema introductorio y que evocan el título – “Y nuestras manos unidas / y nuestros cuerpos desnudos /agradecen a la luna / la noche de amor y calma / y la efusión de las almas”–.

Unos versos suaves, cadenciosos, que enlazan con nuestra mejor tradición poética y que se abren como flores aromáticas en cada una de las nueve partes de que consta el poemario.

La experiencia vital de Ezequiel, el día a día de su andadura por los lugares más insospechados, su admiración por la belleza del paisaje y su comunión con la naturaleza están presentes desde el principio en los Haikus de la poscomunicación y de la naturaleza, como los que dedica al ocaso –“Se va la tarde / los pájaros se callan / la noche llega”– o al humilde gorrión –“Pardos, menudos / trinan tímidamente / bellos gorriones”–.

Esta primera parte se complementa perfectamente con la última: Mística pastoril y de naturaleza. El poeta nos regala de nuevo unos sugerentes haikus y cierra la antología con un homenaje explícito a dos grandes poetas místicos renacentistas. Con un Cántico pastoril recuerda a San Juan de la Cruz con su Cántico Espiritual y con Vida arriesgada evoca el locus amoenus de Fray Luis de León en su Oda a la vida retirada. En este poema lamenta la situación desesperada de tantos migrantes en busca de una vida digna: “¡Qué descansada muerte! / la del que huye del hambre y del horror”.

Para el poeta madrileño, nada de lo humano le es ajeno.

Ezequiel disfruta cada uno de los momentos de su vida y alimenta su espíritu de la belleza que le comunican los calores estivales o de la gris melancolía de los otoños. Así, en la segunda parte –Verano en plenitud– disfruta de “Estos días de luz y armonía / de amor y de belleza, bajo el sol”, sin olvidarse, cuando agosto languidece, de los sucesos nacionales e internacionales o de los eventos deportivos. Con Los otoños y los inviernos, el poeta manifiesta una tristeza de espíritu, al hilo de una actualidad cada vez más convulsa y esboza un hilo de esperanza en “Estos días tristísimos / estos días de lloradas ausencias”. La voz del poeta sigue en pie, libre, desembarazada. Así lo expresa en Un poeta anda suelto. Son poemas de denuncia, de crítica contra la crispación social y política, de lamento ante los estragos del cambio climático, del avance imparable de la brecha digital. Eso sí, siempre en busca de un pequeño asidero de esperanza al que agarrarse: “A pesar de todo, tratamos de ser felices”.


En Tránsitos, Ezequiel Martínez se embebe de la filosofía del viajero y se sorprende de esta sociedad cada vez más nómada, más automatizada y más hechizada por el reclamo de las llamadas Autopistas digitales: “Y aquí los nuevos esclavos / de las autopistas digitales / transitamos como zombis / mientras pedimos en la calle: ¡Libertad!”.

Una libertad y un mundo mejor por los que brinda el poeta Desde la orilla portuguesa, donde el eco de la voz de Fernando Pessoa se funde con el rumor del mar como bálsamo para curar las heridas de su querida España: “Frente al mar verdeazulado / frente al lejano y vacío horizonte / las algas verdes varadas en la playa / medito sobre la arena blanca de la vida”. Una vida surcada por el amor y rociada por la belleza.

Son emociones a flor de piel las que comparte con los lectores en Efusión de las almas –parte que coincide con el título el poemario– y en Belleza. Para expresar el latido más profundo del amor, crea Tristán e Iseo, siglo XXI, un poema profundo, intenso, surcado de interrogaciones retóricas acerca del amor, de la vida y del más allá: “¿Por qué no oyes mis lamentos, mujer? / ¿Por qué no te apiadas de mis sentimientos hacia ti? / ¿No ves que me desangro en vida por quererte?”. Como contrapunto, el poema Melancólica belleza anticipa esos versos que expresan admiración por todas las manifestaciones de lo bello –“Admiro la belleza / donde quiera que esté”– y asocian la belleza a la libertad que simboliza el mar y a los efluvios mágicos de la noche: “¿Por qué me interrogas / con tu verde mirada? / ¿No ves que estoy rendido / a tus encantos nocturnos?”.


La poesía de Ezequiel Martínez, sin vana retórica ni metáforas sorprendentes, tiene sus raíces en ese día a día enriquecido por las emociones y experiencias. Con unos poemas enraizados en lo tradicional, nos adentra en los caminos del amor y de la esperanza sin alejarse de sucesos y situaciones que oscurecen el latido cotidiano.


José María Ariño Colás

Doctor en Filología Hispánica





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