• Trinchera Cultural

El inacabable legado de Goya

EXPOSICIÓN:

El sueño de la razón. La sombra de Goya en el arte contemporáneo.

UBICACIÓN:

Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa. Plaza de Colón 4. Madrid.

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 24 de noviembre de 2019.


A pesar de que conservamos la relación epistolar de Goya con su amigo aragonés Martín Zapater, a pesar de conocer algunas de sus ideas estéticas y pedagógicas gracias a la Memoria redactada para la Academia de San Fernando en 1792 y de las cartas que en 1794 dirige desde Andalucía a esta Institución, son muchas las incógnitas que rodean la intención de sus creaciones desde 1792.


Podemos afirmar que su sordera (y el retraimiento que esta le pudo provocar) y los achaques que no cesaron de acosarle hasta el final de sus días, configuran una personalidad volcada hacia el interior que se manifiesta en sus cuadros y grabados de forma compleja, con abundancia de alegorías y símbolos.

Son muchas las incógnitas que rodean la intención de sus creaciones desde 1792.

El esfuerzo de la comisaria Oliva María Rubio ha sido notable para presentar una variedad sugerente de técnicas artísticas (óleos, grabados, impresiones fotográficas, vídeo, escultura, instalaciones, etc.) en la que pudiera rastrearse la influencia de nuestro pintor en una selección de obras que van de 1960 a 2019.


Para poder valorar el influjo de sus grabados (Caprichos, Disparates, Desastres, Tauromaquia) conviene recordar, en palabras del propio Goya, la libertad creativa con la que abordó buena parte de su producción en punta seca, aguafuerte o aguatinta:

“para ocupar la imaginación mortificada en la consideración de mis males…..me dediqué a pintar un juego de cuadros……en los que el capricho y la invención no tienen ensanches…”

En relación directa a los Caprichos afirma:

“….No me he propuesto ridiculizar los defectos particulares de uno u otro individuo, que sería en verdad estrechar demasiado los límites del talento; reúno en un solo personaje fantástico, circunstancias y caracteres que la naturaleza presenta repartidos en muchos”.

Desde estas intenciones podemos observar obras como Amarrados a un pedazo de cielo, de Víctor Mira (1987), la impresión fotográfica en ocho colores de Luis Gordillo, Alucinados I (2008) o el dibujo sobre papel de Jaime Lorente Sáiz, Aquelarre moderno (2015)

Mira parece empatizar con el sentimiento trágico de la vida de Goya. Su color expresionista se pone al servicio de la angustia que transmiten sus personajes. Gordillo nos deja dos rostros gemelos un tanto disparatados que nos interrogan igual que Goya desde sus autorretratos; Jaime Lorente nos ofrece otra visión del macho cabrío representado por Goya, relacionado aquí con el espíritu Dadá de las obras de Duchamp.


La violencia es un tema recurrente en la obra del pintor aragonés. Entendida tanto como acciones que violentan el carácter de sus personajes (grabados sobre las bodas por interés, la prostitución, etc), como la que de forma directa nos hace provocar la muerte del prójimo. La serie Los Desastres es única en su época por la forma descarnada de presentar el conflicto bélico de la Guerra de Independencia y sus consecuencias.

La muestra del Fernán Gómez es prolija en rastrear influencias en obras de distinto signo. Muy destacables son las películas y vídeos que sobre la guerra aparecen en la exposición.

Si Goya presentó con inusitada crudeza escenas que pudo ver o le contaron, Mounir Fatmi, en su collage fílmico Nada-Dance with the Dead (2015-16), nos ofrece 18 minutos de imágenes desgarradoras en las que nos obliga a mirar de cara a la muerte y la miseria como Goya hizo. También Harold Charre, en su vídeo Requiem (2017), nos ofrece un repaso de la historia de nuestro país, inspirándose en los grabados goyescos.


Desde otros formatos apreciamos la influencia de Goya en obras como la sublimación sobre pluma de Avelino Sala, Mirror stage (2017), en la que relaciona el grabado de la serie Los Desastres “Con razón o sin ella” con una brutal escena de violencia; el 3 de mayo de José Manuel Ballester (2008), nos deja exclusivamente la lámpara de los fusilamientos como símbolo de la única luz que se vislumbra en la guerra.

También la obra de Dora Longo, Farsa Goya. Fusilamiento 27 de agosto de 1979 (2014), mezcla una fotografía de la masacre de nacionalistas kurdos en 1979 con fragmentos del 3 de mayo y fotografías de otros conflictos.


Pero la violencia también puede ser alegórica o premonitoria, permitiendo al espectador inferir distintas situaciones.


Goya fue un maestro de la alegoría y muchos artistas posteriores han querido reinterpretar obras significativas al respecto.


Es el caso de la escultura en bronce Perro semihundido (1974) de Pablo Serrano.


Pocas obras de Goya han generado tantas interpretaciones como su famoso perro de las Pinturas Negras. En este ejemplo, el artista aragonés apuesta por considerar que el perro está efectivamente hundiéndose, algo que es interpretable en la obra de Goya.


En cualquier caso, es fácil derivar la alegoría referida a la España de Fernando VII o a la del tardofranquismo.



También resulta significativa la conjunción de maderas de pino y castaño policromadas que componen el grupo escultórico de Francisco Leiro, Cronos vomitando a su hijo (2014), una expresiva imagen en la que el dios armado de la hoz con la que castró a su padre Urano, es obligado a vomitar a sus hijos, a los que se había tragado para evitar su destronamiento. En este caso, contrasta la limpieza del trabajo en la talla del hijo con la tosquedad del padre y aparece como continuación de la espeluznante imagen del Saturno devorando a sus hijos de Goya.


No podía faltar el espíritu satírico y burlón. La mofa y la crítica. La ironía con la que la verdad cruenta podía enmascararse en épocas de persecución inquisitorial y política.

Goya pudo sobrevivir en Madrid gracias a ella en tiempos difíciles antes de marchar al exilio. Gracias a la sátira, pudo criticar la falta de preparación de los presuntuosos maestros de su época, de profesionales autocomplacidos que no reconocen su ignorancia.

Hasta el más leído puede disfrutar de la mismas luces que un asno, temática suficientemente actual como para que Pilar Albarracín monte esta instalación denominada Asnaria (2010) o recordemos la sutil e irónica forma que tuvo Goya de presentar la decadencia borbónica en España en el remedo que realiza Fernando Bellver en el aguafuerte y collage sobre papel titulado Familia de Carlos IV con el mono (tríptico) de 1986.


Francisco de Goya. Un artista aragonés que tuvo el sueño de triunfar en la Corte como pintor y lo consiguió; que albergó la esperanza de contribuir con su arte a mejorar el estado de postración en el que se encontraba nuestro analfabeto país y se frustró ese sueño como el de tantos ilustrados amigos suyos, convirtiéndose en pesadilla.


A pesar de haber cumplido ya los 80 años aprendió la práctica de la litografía porque su curiosidad por todo lo que le rodeaba y la energía y pasión con la que abordó su trabajo tienen difícil parangón.


Terminamos con dos últimos homenajes relacionados con esto.


Manuel Viola en 1960 nos deja este Sueño goyesco.

Zaragozano como nuestro pintor y desde el más puro expresionismo abstracto, nos transmite más una pesadilla que un sueño. Quizás sea porque “el sueño de la razón produce monstruos”.


Dejó constancia Goya de esa energía inagotable en un dibujo a carboncillo en cuya parte superior ponía “Aún aprendo”, presidiendo el retrato de un barbudo anciano que necesita bastones para caminar.


Joan Barbará, en su aguafuerte y aguatinta Aún aprendo. Yo también de 2011, rinde tributo a esa forma de entender el arte del pintor aragonés que tanta huella ha dejado en las generaciones posteriores.


Heraclio Gautier

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