• solegoaguirre

El hombre que se enamoró de la noche, LAPA

Nuestro colaborador LAPA regresa a la Trinchera; esta vez no nos obsequia con poesía, sino con un relato al más puro estilo romántico.


EL HOMBRE QUE SE ENAMORÓ DE LA NOCHE


Querido amigo, no volverás a verme.


Hace muchos años que nos conocemos; toda una vida, a decir verdad. La infancia nos unió con sus juegos y ni tan siquiera la Universidad pudo separarnos. Cuando yo me marché a Edimburgo a aprender los más íntimos secretos del cuerpo humano y tú, en cambio, estudiabas literatura en París, aún nos carteábamos cada semana sin excepción, ¿lo recuerdas? Me estremezco de emoción al rememorar aquellos días tan felices, cuando leía junto a la cálida hoguera de mi tía Anne las apasionantes aventuras de tu vida bohemia y mi pluma, sin perder un solo instante, se afanaba por transmitirte toda la dicha de mis primeros encuentros con la dulce Elizabeth, que Dios la tenga en su gloria, a quien siempre recordaré, no me cabe duda, incluso allí donde me dirijo.

Esta será la última carta que recibas de mí

No contemplarás de nuevo mi rubicundo rostro, como tampoco yo veré tus ojos del color del mar una última vez. Siento ser tan crudo; te conozco ben, John, y sé que nada desearás más en el mundo que haber podido despedirte, pero créeme cuando te digo que no tengo tiempo que perder y que tú, en mi lugar, quieras o no reconocerlo, habrías actuado del mismo modo. Tan solo espero que algún día seas capaz de perdonarme y llegar a comprender — o más bien, intuir, pues se trata de algo que, si no se experimenta, no puede llegar a comprenderse plenamente — por qué hago todo cuanto hago.


Como bien sabes, Oldhill es un pueblo pequeño y muy tranquilo, y es por ello que visitar a todos mis pacientes rara vez me lleva más de una mañana, incluso a pesar de que disfruto enormemente escuchando a Mrs. Chesterfield o conversando sobre temas profundos con Mr. Bree, a quien todos aquí llaman “el abuelo Arthur”. Como resultado, no es inusual encontrarme por las tardes dando un paseo por alguno de los caminos que atraviesan los densos bosques en torno a la villa.


Cuando éramos niños a menudo te arrastraba conmigo hasta los bosques y, durante interminables horas, jugábamos juntos entre el follaje, ¿lo recuerdas? Pues bien, aún conservo esa fascinación irracional por los árboles y las flores que tan famoso me hizo en mi infancia. Disfruto extraordinariamente descubriendo los rincones más recónditos ocultos bajo los olmos y los fresnos que tapan las antiquísimas, casi desmoronadas lomas que circundan la leve hondonada donde descansan los hogares del pueblo. Normalmente, solía estar de vuelta antes del ocaso, pues a pesar de todos mis paseos aún no conozco todos los senderos forestales de la región y temía que, tan solo con la tenue luz de la Luna como guía, podría perderme con facilidad en la espesura. No obstante, la magia unida de los árboles y las estrellas es demasiado intensa y, en ocasiones, me hace ceder a la llamada de la Naturaleza.


El abuelo Arthur, en todas y cada una de nuestras larguísimas conversaciones, me advierte de que no he de abandonar la prudencia. No deja de repetirme que ande con los ojos bien abiertos y tenga cuidado por ver bien hacia donde me guían mis pasos y, en particular, insiste con vehemencia en que no me demore más de lo debido y regrese a la tranquilidad del pueblo antes de la hora del crepúsculo. Nunca me dijo, sin embargo, a qué se debía semejante preocupación; nunca hasta hará cosa de un mes cuando me atreví a confesarle que había estado dando un paseo nocturno por las lindes del bosque unas noches antes. En cuanto las palabras salieron de mi boca, el arrugado pero afable rostro del anciano se contrajo en una mueca de aguda preocupación.

Entonces me dijo que había algo que debía contarme, una turbia leyenda que, según decía, era tan antigua como cierta.



Se dice que en los bosques sombríos de Oldhill acecha algo más que búhos y gatos monteses. Desde hace siglos, corre el rumor de que alguna criatura poderosa (una bruja, o alguna clase de hada malvada) tiene aquellos árboles oscuros por morada y, lo que es mucho peor, siempre tiene hambre. Tiene hambre de almas humanas.

Todos en el pueblo lo saben, y por ello nadie se atreve a pisar el bosque en la oscuridad. Pero, en ocasiones, algún viajero despistado, o algún atrevido joven de poco seso cometen ese terrible error. Entonces, a la mañana siguiente, regresan al pueblo, pero están cambiados: un imparable deseo arde en sus corazones. El deseo de volver al bosque. Y por mucho que uno intente impedírselo, es inútil, puesto que siempre, antes o después, logran la forma de escaparse y regresar bajo la espesura. Y ya nunca se sabe nada más de ellos.


El Abuelo Arthur me aseguró que él mismo había sido testigo de los horrores del bosque. Su mejor amigo salió una tarde a buscar setas y no regresó hasta la mañana siguiente. Dijo que volvía a despedirse, que se iba a vivir al bosque para siempre. Estaba distinto. Sus padres trataron de encerrarle en casa, mas él escapó por la ventana y se dirigió a las colinas. Ni el Abuelo Arthur ni nadie más en el pueblo ha sabido nada más de él, en los 60 años transcurridos desde aquel momento.


Siempre he sido un hombre de ciencia, como bien sabes, y en consecuencia no podía aceptar sin más el testimonio de aquel entrañable anciano.

Era imposible, nada sobrenatural había entre esos árboles, estaba seguro de ello. Y así, el pobre Mr. Bree encendió en mí con su relato la misma curiosidad hambrienta que había pretendido apagar. Necesitaba regresar al bosque desesperadamente al crepúsculo para poder desentrañar sus misterios a la luz de la ciencia. Así pues, antes ya de abandonar el domicilio de mi paciente, estaba decidido a tomar una linterna a la caída del Sol e internarme en la densa oscuridad de la floresta.


Aquella noche cogí el sendero que sube hasta la colina de la vieja iglesia. Allí me demoré, sentado sobre un antiquísimo banco de piedra enteramente devorado por el musgo. Entre los muros medievales de la iglesia contemplé el hermoso fulgor de mil luciérnagas, como el ardiente brillo de las estrellas en el cielo. Desde lo más alto del derrumbado campanario me llegó el ulular grave de una lechuza que me espiaba con sus ojos enormes como platos. Incluso me pareció divisar un grácil ciervo entre la negra frondosidad frente a mí. Todo, sin lugar a dudas, era de una belleza excepcional, pero no hallé rastro alguno de actividades con el más mínimo aspecto sobrenatural. No obstante, no me desanimé, y en las siguientes semanas recorrí distintos caminos alrededor de Oldhill en busca de algo fuera de lo común. No hallé nada, sino la propia belleza del bosque nocturno. Habría dudado ya de la palabra del viejo Arthur Bree; habría abandonado ya toda búsqueda, pero, en cierto modo, ¡le creía! Sí, John, le creía, porque soy médico y me enseñaron a distinguir señales de debilidad mental en los hombres, y aquel anciano afable, a pesar de sus años incontables, estaba tan lúcido como yo, así que las desapariciones debían de ser ciertas.


Entonces, ayer mismo tuve una idea. Todas aquellas noches en que había salido al bosque y no había hallado nada, lo había hecho lámpara en mano y había seguido bien las sendas bien las carreteras que mejor marcadas estaban, las más utilizadas, que eran las que yo conocía, con el objetivo de saber regresar al pueblo sin perderme.


Pero, ¿y si para encontrar aquello que buscaba debía, precisamente, estar perdido? Podía parecer, a primera vista, una idea descabellada, pero, al fin y al cabo, no hay osos ni lobos en estas tierras y, cuando pasase la noche, a la luz del Sol, sería mucho más sencillo orientarme de nuevo.

Así pues, anoche mismo salí de mi casa cuando el Sol se había ocultado ya tras las colinas. Tomé de nuevo el sendero que sube hasta la vieja iglesia, pero cuando llegué hasta ella, continué andando. El camino acababa allí, en aquel edificio, por lo que giré hacia la derecha y me adentré en la espesura. Enseguida, la luz tenue de la Luna, apenas una raja plateada en el firmamento de azabache, se hizo insuficiente para guiar mis pasos bajo el enmarañado ramaje. No sé cuánto tiempo pasé caminando a ciegas, desplazándome a tientas entre árboles y zarzas, rasgándome las ropas y la piel, cayéndome al tropezar con piedras musgosas y raíces aéreas, hasta que mis propias pupilas alcanzaron tal nivel de dilatación que me permitieron ver, como a un gato montés, en la más honda negrura.


Me perdí en aquel laberinto perenne, y realmente perdí toda noción del tiempo y del espacio. Me reprendía ya a mí mismo por mi propia ingenuidad, convencido de que aquella leyenda pueblerina había demostrado ser un cuento chino, cuando, de pronto, me topé con aquel claro.

Se trataba de un círculo perfecto formado por cientos de árboles, en cuyo espacio interior, de no menos de cincuenta yardas de diámetro, no crecía nada más que la hierba. Intrigado y fascinado al mismo tiempo, me interné en aquel espacio y algo mágico sucedió. Primero, se levantó un viento helado que me llegó de la piel a los huesos, a la sangre, al pensamiento. Después, una gota cayó sobre mi cabeza. Luego, otra sobre mi brazo. Un instante más tarde, otra cayó por mi espalda. Inmóvil a causa de la sorpresa, tardé unos momentos en reaccionar. Era imposible, me di cuenta, de que estuviese lloviendo, pues cuando salí de casa ni una sola nube asomaba por el cielo. Así que alcé la vista, y lo que vi… ¡era el espectáculo más espléndido que había presenciado jamás! No sabía, claro está, que algo más sublime aún me estaba esperando.


No había ni una sola nube en el cielo, y aun así llovía. Llovía, sí, pero no era agua lo que caía hacia la Tierra sino luz. ¡El cielo estaba llorando estrellas! Extendí los brazos, y abrí las palmas de mis manos, y las manos se me llenaron de estrellas, mientras la noche se volvía cada vez más y más oscura. Extasiado como estaba frente a semejante milagro, no me di cuenta de que todo a mi alrededor se ennegrecía demasiado, de modo que cuando quise darme cuenta una sábana de absoluta oscuridad me había cubierto. Y te aseguro, amigo mío, que aquella oscuridad no se asemejaba a nada que hayas podido haber visto a lo largo de tu vida. Era una oscuridad que se percibía no por los ojos, incapacitados para captar cualquier silueta, sino también por todos los demás sentidos. Estaba en el silencio imposible que me rodeaba, en el olor a tierra empapada tras una tormenta que se apoderaba de mis pulmones y en el tacto estremecedor de unas manos de dedos largos y helados que me rodeaban el vientre.

Horrorizado, sentí cómo la noche de pronto cobraba consistencia frente a mi rostro, como si el aire o incluso la misma sombra abandonase su esencia gaseosa para adquirir un estado fluido y denso

Comenzó a apretarse suavemente contra mis labios y se introdujo en el interior de mi boca como un río, desvelándome un sabor que creía imposible, un sabor desconocido como a lejanas nebulosas y a abismos insondables, un sabor tan increíble que, en ese mismo instante, supe que me sería imposible volver a comer cualquier alimento mundano, pues todo ha de saber pútrido y repugnante en comparación a una delicia semejante. En ese exacto momento, todo pavor me abandonó, dejando paso a una desbordante marea de deseo, y a una paz tan honda como el tiempo. Me sentí, de súbito, sereno, y comencé a abrir las puertas de mi alma en todo su esplendor, como los dondiegos liberan su dulce aroma al crepúsculo. Los dedos de terciopelo comenzaron a moverse por mi vientre, alzándose después hasta mi pecho y descendiendo, la otra mano, hasta mi sexo. Me incliné hacia delante, empujando con fuerza mis labios contra los otros labios invisibles. La noche, mágica y ancestral, me inundó la boca y la nariz, el esófago, la tráquea, los pulmones…, ahogándome dulcemente en su aliento de helecho y mariposas. Los brazos, que hasta entonces me colgaban flácidos a ambos lados del tronco, cobraron vida propia y se lanzaron desesperadamente a acariciar un cuerpo invisible. Acertaron, pues el cuerpo podía no verse, pero, desde luego, no era intangible, y tenía una forma perfecta, una forma que reconocería en cualquier parte, la forma de mi amada Elizabeth. Pero no era ella, lo sabía algo dentro de mí, aunque no podría explicar exactamente qué ni cómo. De todos modos, no me importó. Me dejé llevar, y nada más tengo que decir, sino que la noche de ayer alcancé el éxtasis más puro que nadie haya podido, ni tan siquiera, soñar.


“Vuelve y será tuyo el placer secreto de los Palacios Intemporales. Vuelve y podrás contemplar a la Diosa de la Noche.”

Una voz tejida con mil silencios y un rayo de Luna vive en mi cabeza desde que esta mañana, al despuntar el alba, me desperté en el enorme claro del bosque. No cesa de repetir esas palabras, en bucle, una y otra y otra vez. Y, al mismo tiempo, mis sentidos no paran de rememorar lo que sucedió anoche en el bosque. La palabra belleza, querido amigo, se queda cortísima para expresar lo ocurrido. Sublime, quizás, sea más apropiada, pero tampoco expresa con fidelidad no solo el placer, sino el intenso y profundo deseo que ha brotado en mi corazón. Desde que desperté, su ausencia me devora por dentro; sabes que soy un hombre paciente, ¿recuerdas lo tranquilo que esperaba siempre a que llegase mi cumpleaños? Tú, sin embargo, te ponías muy nervioso cada vez que las fechas se aproximaban, ¿lo recuerdas, John? Sí, claro que lo recuerdas.


Este día se me ha hecho eterno. Ya está aquí el crepúsculo.


He de irme, amigo. Aquí ya no me queda nada. Elizabeth murió, y desde que se fue, bien lo sabes, mi espíritu ha estado vacío, desierto, yermo. Ahora tengo la oportunidad de llenarlo de nuevo. Quizás no sea más que una bruja en busca de mi alma, como dice el abuelo Arthur, ¿qué se yo? Pero no puedo resistirme a lo que siento, como una moneda de hierro no puede resistirse a la fuerza de un imán.

Adiós, John. Siempre te he apreciado como a un hermano. Debo irme.

Te deseo una vida larga y próspera.


Tuyo sinceramente,


Ethan Murray.

Oldhill, Yorkshire. A 24 de Mayo de 1900.

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