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El faro. De Robert Eggers



Una película que es muchas cosas al mismo tiempo.


Da igual que veas El faro en el salón de tu casa, en el cine o que cometas la estupidez de verlo a través del móvil porque hagas lo que hagas cuando acabes de ver esta portentosa obra de arte estarás empapado de agua salada, olerás a salitre y tus ojos apenas podrán distinguir tu mundo alrededor. Uno tarda en recuperarse después de haber sido deslumbrado por una luz cegadora.

Robert Eggers ya dirigió la perturbadora mejor película de terror del año 2015, La bruja, una historia llena de símbolos y mitología ambientada en Nueva Inglaterra en el siglo XVIII que no dejó indiferente por su capacidad para turbar a los espectadores con una mezcla de terror psicológico y folclore que aún no se había inventado. Y hace un año llevó El faro por distintos festivales de cine convirtiéndola en película de culto, posicionándose como genio del mal y superando con creces su ópera prima. Está claro que Robert es un director que busca madurar sus proyectos, que los piensa, que juguetea con todos los recursos posibles para pellizcar al espectador en el sitio adecuado y llevarle a los lugares más inesperados y más oscuros de su psique.

Hay dos decisiones técnicas que resultan brillantes a la hora de elaborar esta película. Las dos implican a su maravilloso director de foto Jarin Blaschke (también responsable de La Bruja). Robert y Jarin siempre supieron que la película sería en blanco y negro, pero durante los primeros años iba a ser en formato I.33:I, o sea el tamaño académico estándar en el que vemos la gran mayoría de las películas. Un día, con un comentario inocente que en absoluto iba en serio Jarin le dijo a Robert que quizá, ya puestos a confinar a dos personas en un faro y a limitar la experiencia del espectador con una atmósfera oscura y claustrofóbica qué mejor que disparar en un I:I:9.

A Robert le encantó la idea, claro. Este formato cuadrado que no se utiliza desde el cine mudo era el adecuado para construir la relación perfecta de los dos protagonistas entre ellos y con el entorno. Iba a suponer un reto complicado ya que el faro es un objeto vertical y apretarlo en el marco no iba a ser nada fácil…

La otra decisión técnica era utilizar lentes viejas, una de 1905 y otra de los años 30… Lentes vintage para adaptar la imagen al momento en el que se contextualiza la película, finales del siglo XIX.

Dos decisiones técnicas que no están ahí en favor de una decisión estética, sino como elemento narrativo.

Un veterano farero que se llama Thomas Wake y su joven ayudante Ephraim Winslow deben convivir durante cuatro semanas, lo único que deben hacer es mantener el faro en buenas condiciones hasta que llegue el relevo.

Este sencillo argumento le sirve a Robert para armar un descenso a los infiernos de la locura de los más extraordinarios y perturbadores que haya tenido el arte cinematográfico. Su película es pegajosa, sucia, estimulante, extraña y además no para de arriesgar todo el tiempo. Un director valiente y dos actores que están titánicos porque no hay otra manera de definir el trabajo que hace Willem Dafoe como Thomas y Robert Pattinson como Ephraim.

Como espectador de El faro puedes elegir la forma de enfrentarte a esta película, puedes verla como una parábola marxista enfocándose en la jerarquía que ambos trabajadores mantienen durante el metraje como líder y explotado… Aunque más bien estaríamos hablando de tiranía estalinista ya que ambos son igual de humildes. Este ángulo es el más aburrido de todos. Otra forma muy divertida de ver El faro sería asumir que ambos personajes son dos mitades de la misma psique imposibles de unirse lo que desemboca en un modo de actuar errático y salvaje.

La posibilidad que más me gusta es, sin embargo, la menos compleja, la de dos tipos encerrados durante mucho tiempo en un lugar hostil condenados a mantenerse cuerdos y vivos a pesar de ser antagonistas.

Thomas es Proteo un viejo dios del océano que servía a Poseidón que Homero definió como viejo hombre de mar. Ese es Thomas, el arquetipo perfecto de un viejo marinero con pata de palo que mete el miedo en los huesos a su ayudante con sus oscuras leyendas sobre el mar y sus seres.

Ephraim es Prometeo, el campeón de la humanidad, el héroe griego que creó al hombre del barro y que desafió a Zeus robando el fuego del Olimpo para dárselo a la humanidad. Esta alegoría es mucho más evidente si pensamos en el fuego como el conocimiento y que en la película está representado por la luz del faro, una luz que a Ephraim le es negada constantemente por Thomas, el viejo dios que sí que es capaz de controlar su poder.

Entre violentas gaviotas, nieblas inhóspitas y lluvias huracanadas en la película también tienen su aparición las criaturas de Lovecraft, seres con tentáculos acuosos y bellas sirenas capaces de mantener relaciones sexuales con humanos para engendrar a esos seres que el escritor definió como los profundos dioses marinos que se aparean con humanos.

Todos los elementos empujan a los dos protagonistas hacia la locura más absoluta y violenta en un duelo interpretativo devastador y extenuante que Dafoe y Pattinson llevan al límite de sus capacidades en un bello acto de amor y entrega sin condiciones. El único hechizo que da tregua al pulso maniaco entre ambos personajes es el alcohol.

Con el alcohol ambos descansan de su malsana locura y bailan y ríen y se abrazan y contemplan más cerca que nunca los rincones homoeroticos de una película que no disimula esa lucha de dos hombres por evitar un deseo que el mismísimo Robert plasmó desde el principio del guión describiendo el faro como un inmenso pene erecto.

Masturbarse con una figura de sirena no salvará a Ephraim.

El faro es una película que tanto argumental como formalmente es apasionante. Su foto es preciosa, su planteamiento es inquietante y el sonido de la madera que cruje con cada paso que dan estos dos actores se queda en la cabeza durante mucho tiempo, igual que la luz cegadora de ese faro, inaccesible para el ser humano.


Pedro Moral

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