• Trinchera Cultural

El compromiso del artista con su tiempo.

EXPOSICIÓN:

Óscar Vautherin. Tiempo para lo imposible.

UBICACIÓN:

Centro de Artes de Vanguardia La Neomudéjar

C/ Antonio Nebrija, s/n. Madrid

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 28 de marzo de 2021

Óscar Vautherin y Heraclio detrás de "Yo, la Luz, mi Fe"

Acudí al Museo La Neomudéjar para ver la obra de Óscar Vautherin sin tener idea alguna sobre el autor (salvo una breve incursión en páginas de internet) ni sobre el edificio en el que se presentaba la muestra. La entrada al recinto recuperado del antiguo Jardín de la Campanilla, con sus muros restaurados, su cuidada vegetación autóctona, sus desconchones y grafitis, anunciaba un interior que resultó idóneo para apreciar los más de 20 años de trabajo del artista. Porque se respira un aire de taller antiguo que sobrevive gracias a la fortaleza de su visible esqueleto.

Nada iba buscando cuando entré por la puerta pero, durante el recorrido, fue creciendo en mí la sensación de que ahí se estaba documentando la vida de alguien que había decidido mirar el mundo con los ojos de los que no tienen voz y que ello, le situaba en una posición incómoda

Porque no es cómodo para un artista tomar partido por la marginalidad (entendida como lugar habitado por seres invisibles para la sociedad del espectáculo efímero y mercantil, precisamente porque son marginales y no nos gusta abrasarnos con lo que golpea nuestra conciencia).

Me fui encontrando escultura, instalación, montaje, fotografía, collage, videoarte y al poco tiempo estaba noqueado emocionalmente. Cada obra la sentía como un despertador que suena a lo lejos pero que paulatinamente acentúa la intensidad del timbre hasta obligarte a parar. No es fácil salir de nuestro ordenado universo, con sus rutinas salvadoras, con las obligaciones impuestas, con los afectos dosificados y romper las cadenas que nos impiden escuchar a quien nos interpela desde el otro lado del bienestar.


Dicen los entendidos que es propio del artista contemporáneo avanzar hacia ese lugar donde reina la incertidumbre dejando atrás valores estéticos de nuestros predecesores; pero no nos engañemos: en la obra de Óscar Vautherin la estética surge no solo de la comprensión del compromiso artístico como un acto de amor hacia quien pueda mirar su obra y hacia los sujetos que la protagonizan, sino como una apología de la belleza, porque como decía Bretonla belleza será convulsa o no será”.

El artista madrileño nos propone, por tanto, una mirada comprometida hacia el mundo real. No creo que todo su trabajo haya que mirarlo bajo el prisma de la denuncia.

Los impactos directos de sus imágenes (que incorporamos en orden) Didáctica, ak47 Idiot, Piedad y Hoy deciden tu suerte y por último Memoriam apuntan más a estimular la reflexión que a la creación de un vocabulario simbólico propio, de marca, e independiente.

Sus intenciones encajarían en el concepto de Arte Relacional que acuñara Nicolás Bourriaud, en tanto que el soporte teórico se mueve en el campo del contexto en el que se desarrollan las interacciones humanas.



Lo vemos en el explícito desnudo de brutal expresión del hombre que agoniza de hambre porque en la escudilla lo que puede comer (o lo que recibe como limosna) son balas; en el cañón deformado cuyo texto alude a la posición mental de quien dispara; en el bebé que se libra (por piedad del azar) de ser atrapado por el cepo o en la imposibilidad de apoyarse en una muleta cuando la mano que ha de agarrarla se convierte en el pie que la soporta. Un buen resumen de interacción es Memoriam.

De los disparos sobre la niña que sujeta un manojo de plumas no somos totalmente inocentes y para que no lo olvidemos, en el vídeo montaje que acompaña la obra, esas plumas se esparcen por el aire en bucle infinito.


El artista nos pide que desaprendamos si lo consideramos necesario. Lo hace con imágenes que obligan a implicarte en las historias que narran porque puedes ser tú el protagonista.

Así ocurre en Mi Mamá me Mima y en Más difícil todavía. Si en nuestra infancia nos iniciamos en la caligrafía con una frase como la que titula la obra , ¿qué hará papá mientras mamá me mima? ¿Qué salida le queda a la mujer más allá de ser el sostén doméstico, la garante del confort del hogar? ¿Quién no se ha visto sometido a la atracción del vacío en alguna ocasión, en disposición de dar el salto definitivo porque hemos vivido en el filo? ¿Qué raíces nos mantienen unidos al mundo?

Lo hace también con imágenes en las que reconocemos el gesto estético porque pertenecen a nuestro propio acervo cultural y nos interpelan desde su potencia icónica manifestando un sinfín de sugerencias que nos remiten a la gran Historia del Arte. Son los crucificados antiguos, las manos parlantes de los autores renacentistas, los ademanes de súplica en los Fusilamientos de Goya o en El Naufragio del mismo autor. Eso me sugieren Auto?Imposición y Auto?Marginación.

Esos carritos que portan un enjambre de brazos alzados, polícromos o rodeados de alambre de espino. En estos tiempos de pandemia, hermosa anticipación al peligro de tocarse.

Creo, por tanto, que el recorrido que el autor nos propone por 26 años de creación, es suficientemente expresivo del compromiso con su tiempo. Pero interesa ver también la posición que adopta frente a la tradición del Arte. Conocedor de los fundamentos de la Abstracción, buen dibujante y amante de la Instalación como recurso para la implicación del observador en la obra, habiendo querido iniciarse en el videoarte y escultor por decisión propia, disfruta de un bagaje cultural que es fácil apreciar en la exposición.

Destaquemos la tendencia al non finito de alguna de sus tallas como Yo, la Luz, mi Fe, o No es País para Viejos en las que también podemos entrar en las historias que narra aunque dejaremos en este caso que el lector interprete libremente a esa niña a la que la soga de un barco maniata hasta deformar sus brazos o a esa mujer cuyo rastro de serrín es reordenado por unos niños que juegan.


En cualquier caso está recogiendo una tradición que va de Miguel Ángel a Barlach pasando por Rodin y Gauguin, pero nos aparece aquí no con la intención de obligarnos a reconstruir mentalmente formas sin un “correcto” acabado, sino buscando que sintamos cada incisión en el material como una muesca en la sensibilidad dormida de nuestra memoria.

Apreciemos también el espíritu dadá de ese collage sinfónico Concierto rayado para 11 tocadiscos que suena sin cesar (en la única Instalación sonora de la muestra).

El sonido procede de un tocadiscos con el disco rayado cuyo ruido te acompaña durante todo el recorrido, como queriendo glosar aquello que decía Regina José Galindo:


"Al comienzo quizás el sonido parezca frío, pero con la repetición, la angustia crecerá”. Ya lo dice el propio autor: “Mi ego en forma de sonata. Concierto que se ejecuta sobre 11 platos, no conviene ni con 9 ni con 10.”



Disfrutemos en fin, del gesto surrealista que subyace en estas tres obras imposibles que podían haber firmado Magritte, Escher y Dalí: Andamio para pintar nubes, Guardo una soga entre mis corbatas y Tiempo para lo imposible.

Hermosa poética la de ascender hasta el cielo para pintar las nubes, impracticable patíbulo por mucho que la fiabilidad de una soga pueda sustituir a la corbata y efectivamente, el Arte nos regala tiempo para pensar en lo imposible, en subir escaleras que no conducen a ningún lado salvo que queramos disfrutar de lo inverosímil de un burro colgando de un globo ante la presencia de maletas que no remiten a viaje alguno posible.


Y nos queda asomarnos al complejo mundo personal que traslucen las que para mí son las Instalaciones más llamativas de la muestra, aquellas en las que las cartelas informativas nos aportan alguna pista. Si tuviera que hacer una aproximación a lo que el artista valora, rechaza o simplemente muestra, para que los visitantes confeccionemos nuestra propia historia, me quedaría con la imperiosa necesidad de asumir en nuestra vida la responsabilidad de nuestros actos; se manifiesta en el muro que Europa levanta ante los pueblos africanos cuando dicho muro no existe para los capitales ni las mercancías y que podemos ver en Balones fuera.

La identificación con los mal llamados “pueblos subdesarrollados de África” corresponde a un artista que se siente emocionalmente cerca de ese mundo y que pretende romper la persistente idea de que el pueblo africano es un pueblo al que hay que tutelar como si de “menores” estuviésemos hablando.

Presentamos ante ellos nuestro universo de consumo, sobreabundancia, despilfarro y alta tecnología, y con esa información que les vendemos como promesa forran ellos sus pateras como si con ello pudieran impermeabilizar la desgracia.

Así veo yo Ojos que no ven, como un homenaje no sólo a los que se lo jugaron todo por llegar sino a los que cuando llegaron vieron enterradas sus esperanzas con palas de oro. Porque hay ricos y pobres en el mundo y es un tema que parece haberse enterrado en la conciencia adormecida de nuestra narcotizada sociedad y además, los ricos siempre ganan porque sus jugadores son más fuertes, el terreno de juego se inclina a su favor, hay tullidos en el equipo de los pobres y sus porterías son más grandes. Lo vemos en Futbolín, ricos contra pobres.

Por si fuera poco, a este lado del muro nos creemos libres, autónomos e independientes a pesar de un sistema educativo pensado para producir fuerza de trabajo y orientado a encajar las piezas en un engranaje en el que nos sentimos dueños de nosotros mismos pero del que no podemos salir porque cuando lo intentamos muere el pájaro de la libertad que nos empujó desde dentro a salir del redil (Ni perro ni pastor).

Una educación en la que comenzamos conjugando el verbo ser para acabar identificándolo con el verbo tener, convirtiéndose el lápiz de nuestras primeras letras en la bala que acabará destruyendo los deseos no convencionales y minando cualquier esperanza de ser fieles a nosotros mismos porque orientaremos nuestra vida a competir para alcanzar el éxito profesional, social y económico y a exigir el reconocimiento por ello.



Esa es una de las muchas lecturas que podemos hacer de la Instalación Ojo por ojo. Cuando elegimos, lo hacemos entre distintas alternativas y más conciencia crítica tendremos cuantas más alternativas veamos. Hemos reducido el mundo al maniqueísmo de lo bueno y lo malo. Pues entonces, como dice John Banville, reivindiquemos nuestro derecho a elegir el mal.


Así que salí con la cabeza en ebullicion y el corazón entre encogido y expansivo y he de reconocer que, buena parte de ello, se debió al privilegio de conocer allí al artista, que tuvo la generosidad de explicarme la muestra contestando a cuantas preguntas se me ocurrieron. Si me referí anteriormente al complejo mundo personal del artista ha sido porque de él oí la interpretación de ese montaje de fuerte impacto visual que es En lo bueno y en lo malo, en el que los dos chamuscados árboles que reposan sobre una antigua cama de hospital, son el abrazo de los que luchan por vivir.

Quiero terminar, aunque me haya dejado muchas obras sin comentar, recomendando vivamente la visita a esta exposición porque nada es comparable al mundo de sensaciones que despierta la presencia en este espacio y la inmersión en la propuesta de Óscar Vautherin. Finalizo con unas palabras del dúo de artistas que se hace llamar Claire Fontaine y que creo que se ajusta muy bien al espectador que inicia el recorrido:

Estimado visitante, este trabajo ha sido hecho para ti, por amor a ti a quien no conocemos, es un trabajo que seguimos haciendo para restaurar la esperanza, refrescar la memoria, resistir el lavado de cerebro, la temporalidad acelerada, la inundación de información y el entumecimiento del corazón”.

Heraclio Gautier (febrero 2021)


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