• Trinchera Cultural

El Barroco, unidad en la diversidad.

EXPOSICIÓN:

- Velázquez, Rembrandt, Vermeer, MIRADAS AFINES.

UBICACIÓN:

- Museo Nacional del Prado de Madrid. Calle Ruiz de Alarcón nº 23.

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 29 de septiembre de 2019.

Alguien dijo que para tener una Nación solo se precisa de un vecino al que convertir en tu enemigo y de una determinada capacidad de manipular tu propia Historia.

El siglo XIX alumbró los nacionalismos que acabaron disputando tierras y derechos durante ese mismo siglo y el siguiente, buscando justificaciones en particulares interpretaciones de su pasado.


Holanda (Países Bajos) se vio envuelta en esta corriente con orígenes en el espíritu romántico y quiso encontrar en las representaciones pictóricas del siglo XVII documentos inequívocos de sus señas de identidad diferencial: un pueblo culto gobernado por una burguesía que renegó de Trento y sus defensores (Monarquía de los Habsburgo), construyendo una economía modélica en el primer asentamiento del capitalismo mercantil.

Hasta aquí, de acuerdo. Pero Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines, acierta al insistir en las coincidencias técnicas, formales y materiales de pintores que vivieron en culturas diferentes.

Otra cuestión es la variedad en el tratamiento iconográfico. Dichas correspondencias son observables en múltiples obras.

El Menipo de Velázquez (1639-40) y las representaciones que a Demócrito dedican tanto Ribera (1630) como Ter Brugghen (1628) resultan comparables en los recursos técnicos utilizados para resaltar la inmediatez, en el uso del color para rescatar luces y sombras y en la ausencia de idealización eligiendo modelos de la vida cotidiana para representar filósofos de la antigüedad.


Cualquier temática puede servirnos para establecer similitudes. Si bien Holanda destacó por la incorporación durante el siglo XVII del paisaje como género independiente, cuando pintores españoles como Velázquez abordaron este motivo, lo hicieron con intenciones muy próximas.

Veamos Vista del jardín de la Villa Medici (1630) de Velázquez y Las vistas de casas en Delft (la callejuela) (1658) de Vermeer. Aunque todavía se discute la datación de la obra de Velázquez (podría haber sido pintada entre 1649 y 1651 durante su segundo viaje a Italia, con lo que la proximidad de valores atmosféricos sería mayor), las asimetrías en la composición, la selección de un encuadre de extremos recortados, la vibración de la luz, la búsqueda de motivos nada ideales rescatando lo cotidiano y lo anecdótico, parecen responder a pretensiones estéticas parecidas.

Si nos fijamos en la pincelada, en la búsqueda de ese principio por el cual lo que se interpone entre el motivo y el pintor es aire y hay que pintarlo porque implica desdibujamiento de los contornos, tenemos de nuevo resultados coincidentes.

Desde Tiziano hay una apuesta entre muchos pintores por concebir las formas a través del color más que a través del dibujo y ello es lo que nos aparece en la Mujer bañándose en un arroyo (1654) de Rembrandt y en el Marte de Velázquez (c. 1640).

Mientras el camisón de la mujer es puro color, los dedos de la mano en la que Marte apoya su cabeza son brochazos aparentemente descuidados que solo permiten identificar la forma cuando nos alejamos del lienzo.

J. Rupert Martin dice que el Barroco existió mientras se mantuvo en equilibrio una doble y antagónica concepción de la vida durante el siglo XVII: la providencialista heredada de la Edad Media y la científica que se abre camino en el siglo XVII.

El equilibrio se romperá con el triunfo de la razón en el Siglo de las Luces.

Esta doble circunstancia podemos apreciarla al comparar el Arquímedes (o Demócrito según otros autores) de Ribera (1630) con el Geógrafo de Vermeer (1668-1669).

El tratamiento del filósofo por parte de Ribera, con su sonrisa franca y su aspecto desaliñado, parece no querer insistir en los beneficios de su ocupación para la Humanidad; no es el “amor por la sabiduría” lo que encarna el personaje.

Sin embargo, los beneficios que la precisión en los estudios geográficos han traído a los navegantes holandeses, están presentes en cada uno de los detalles de la obra de Vermeer.

Obviamente los pintores españoles y holandeses trabajaron para clientelas distintas y ello se aprecia en la originalidad del retrato en grupo en Holanda, como puede apreciarse en Los oficiales del gremio de pañeros de Amsterdam (1662) de Rembrandt, comparado con la forma de abordar grupos por parte de Velázquez tal y como presenta en Los Borrachos (1628-1629).

Ambos pintores pretenden compartir el espacio del cuadro con el que ocupa el espectador (idea novedosa del espacio continuo defendida por Kepler), bajo procedimientos diferentes. Mientras que los síndicos nos miran como si les estuviésemos puntualmente interrumpiendo en su tarea y aparecen ataviados para dar fe de su profesión, orgullosos de haber pagado al pintor para pasar a la posteridad, Velázquez nos invita a participar en las fases de la borrachera de estos vendimiadores de los campos de Chinchón o Colmenar convertidos en acompañantes burlescos de un Baco coronado y semidesnudo.


Dentro de la ambivalencia del Barroco, el concepto de "Tiempo" fue abordado en su doble dimensión de instantaneidad y eternidad, sin que ello impidiera coincidencias en la búsqueda de la psicología de los personajes más allá de la mera verosimilitud.

Mientras que Hals, en su Joven sosteniendo una copa de vino (1628-1630), sorprende al personaje en un gesto efímero con una mano extendida y la otra en pleno alzado de la copa (como si de un paparazzi moderno se tratara, intentando rescatar la instantaneidad de la acción) Velázquez, nos deja un espléndido retrato, similar al anterior en la ejecución técnica cuando pinta a Don Sebastián de Morra (el bufón el Primo) en 1644. Aquí no hay instantaneidad. El personaje posa sosegado; las piernas en escorzo junto a las manos ocultando los dedos obligan a centrar la mirada en la del bufón que nos observa desde la hondura de su psicología, mostrándose firme y orgulloso de su condición como asistente del príncipe Baltasar Carlos.

En cualquier caso, sí que hubo algo que en el siglo XVII diferenció a los pintores holandeses y españoles y que permite ver planteamientos iconográficos diversos: Reforma y Contrarreforma iluminando las temáticas religiosas.

Mientras que los holandeses transmiten un espíritu religioso íntimo y sobrio, los españoles adornan sus escenas con escenografías aparatosas y retórica atrayente para que el espectador piense que pudiera ser partícipe de lo que allí se exhibe.

Así resulta cuando contemplamos la obra de Nicolaes Maes, Bendiciendo la mesa (1656) y la comparamos con La Virgen con el Niño y ángeles (1618) de Eugenio Cajés.

En ambos casos, el claroscuro colabora en el delicado tratamiento de las formas, pero el pintor holandés prefiere el recogimiento y la intimidad en el sagrado acto de bendecir la mesa, mientras que la ruptura de gloria, las poses y actitudes de los ángeles, la introducción del mismo San José en la carpintería al fondo, muestran una religiosidad en la que la riqueza del escenario señala una liturgia efectista.

El siglo XVII fue un siglo de crisis política, religiosa, demográfica y económica en España, al tiempo que Holanda conseguía su independencia y se convertía en potencia comercial.

Solía decirse que no había más que comparar un bodegón de Flandes y otro español para ver la diferente situación material de ambos territorios de los Austrias.

En esta muestra podemos reflexionar al respecto comparando las naturalezas muertas de Zurbarán (Bodegón con cacharros de 1650) y Claesz (Naturaleza muerta con un pastel de pavo, de 1627). Cacharros de loza, opaca o vidriada y metal se contraponen a la exuberancia de las viandas repartidas sobre la mesa.

En ambos casos la atención a las texturas es exquisita, pero parecen querer reflejar situaciones económicas bien diferenciadas.

Algo parecido podríamos ver en la cultura de la picaresca, tan de nuestro Siglo de Oro, (Pícaro riendo de Murillo, 1660) con las dificultades de subsistencia en campos y ciudades de la Península, si la comparamos con la que puede inferirse de obras o temáticas de género en Holanda (Cuidado con el lujo, de Steen, 1663); aquí se proclama la abundancia y la alegría del disfrute en desmesura del que participan jóvenes, adultos y niños.


En resumen, interesantes las aportaciones ajenas a los fondos del Museo del Prado (el mero hecho de poder ver expuestas obras como Los Síndicos de Rembrandt, justificaría la visita).

El Barroco es un complejo y fascinante periodo de la cultura europea que, en sus manifestaciones pictóricas, nos legó unidad en la diversidad; y sirva ello como exponente y recordatorio de que es posible y enriquecedor seguir trabajando en la construcción de un espacio común con una identidad cultural fundamentada en la diferencia.

Precisamente, es el respeto a ella el estímulo mayor para seguir unidos.


Heraclio Gautier.

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