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El ascenso del nazismo en Alemania

Actualizado: 15 de dic de 2019



Detonantes Causas y responsables


Pocos fenómenos históricos han atraído tanto la atención del público como es el

caso del nazismo. Un interés alimentado por la sobreproducción de documentales más sensacionalistas que didácticos y que, en última instancia, han contribuido a fetichizar todo lo relacionado con los nazis y sus crímenes. Se nos ha presentado el Tercer Reich como una distopía tan terrible y excepcional que sólo pudo producirse en un momento de locura colectiva. Pero la Alemania nazi no distó mucho del Japón militarista o de la Italia fascista de principios del siglo XX, y como ellos respondió a las circunstancias de su tiempo. En este artículo veremos cuáles fueron dichas circunstancias, y qué fue lo que hizo posible entonces lo que hoy nos parece impensable.


La Paz de París, tras la Primera Guerra Mundial, fue un claro ejemplo de

revanchismo por parte de los vencedores. El Tratado de Versalles de 1919 supuso la

disolución del Segundo Reich Alemán y la instauración en su lugar de la República de Weimar, en un país de tradición imperial en el que el republicanismo era una postura minoritaria. El nuevo Estado nació con una pérdida de 1/7 de su territorio anterior y con ella de 1/10 de su población (80 mil kilómetros cuadrados y 8 millones de habitantes), con el agravante añadido de que ahora el país quedaba dividido por el Corredor de Danzig, en manos de Polonia. Por si esto fuera poco, Alemania perdía también sus posesiones de ultramar, se restringía el número de efectivos de su ejército a la irrisoria cifra de 100 mil, se abolía el servicio militar obligatorio y se le imponía una indemnización de 20 mil millones de marcos a pagar antes de 1920. [1] Como consecuencia, Alemania fue herida en su orgullo nacional, lo cual creó un clima de rencor popular que los nazis supieron aprovechar para movilizar a la sociedad alemana. No obstante hay que decir que éste tampoco fue un factor determinante, ya que la mayoría de partidos políticos alemanes compartían la oposición al Tratado de Versalles y los nazis centraron sus campañas más en la situación interna de Alemania. [2]


Pérdidas territoriales de Alemania tras el Tratado de Versalles. En amarillo los territorios anexionados por otros Estados. En verde y al norte la Ciudad Libre de Danzig, bajo administración polaca, y en verde y al oeste la región del Sarre, temporalmente bajo administración francesa.

Tras el fin de la guerra la economía alemana quedó gravemente afectada, a lo

que vino a sumarse la elevadísima indemnización que Alemania debía pagar a los

vencedores. La situación se agravó de forma notable a partir de 1922, cuando la inflación se disparó hasta en un 70%. [3] La devaluación de la moneda llegó a cotas

insostenibles: si a comienzos de 1923 1 dólar estadounidense equivalía a 18 mil marcos alemanes, en septiembre del mismo año el dólar se cambiaba a razón de 160 millones de marcos. [4] A partir de 1924 la situación mejoró gracias al Plan Dawes, un paquete de ayudas económicas impulsadas por Estados Unidos, si bien el Crack de 1929 interrumpió el flujo de capitales y devolvió a Alemania a una situación igual o peor. En 1933 la cifra de parados llegó a 6 millones, un 42% de la población activa. [5]


Niños alemanes jugando con billetes que, debido a la devaluación, ya no valían prácticamente nada, ca. 1923, fotografía, Bundesarchiv.

Evidentemente este escenario tuvo sus consecuencias en el terreno político-

social. El descontento de la población se tradujo en la radicalización de los distintos

grupos políticos. Frente a los partidos de centro que constituían el núcleo político de la República de Weimar, unificados bajo la llamada Coalición de Weimar, los partidos de izquierda y derecha aumentaron su influencia. Se produjeron numerosos intentos de golpes de Estado, como el denominado Putsch de Kapp de 1920 [6] protagonizado por militares y fuerzas conservadoras. Aunque todos estos intentos fracasaron evidenciaron el rechazo al nuevo sistema así como la inestabilidad del mismo. Entre 1930 y 1933 se produjeron 4 elecciones generales y 1 presidencial, ya que los sucesivos gobiernos eran incapaces de mantenerse en el poder más de unos pocos meses. [7]


Este clima de crisis económica, descontento social e inestabilidad política

constituyó el caldo de cultivo idóneo para que partidos de ultraderecha, con el discurso adecuado, pudiesen ganarse el apoyo de amplios sectores de la sociedad. Así lo hizo el Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán (NSDAP por sus siglas en alemán), desde sus humildes orígenes en 1919 en Múnich, cuando el por entonces llamado Partido Obrero Alemán contaba con tan sólo 7 afiliados, [8] hasta llegar al millón 400 mil afiliados en 1932. [9] Pero, ¿cómo consiguieron los nazis un éxito tan rápido?

Bandera del NSDAP, diseñada por el propio Adolf Hitler según cuenta en su libro Mein Kampf. No confundir con la bandera oficial del Tercer Reich, con la esvástica y el círculo blanco situados ligeramente a la izquierda.

El nacional-socialismo, junto con el resto de fascismos que surgieron en el siglo

XX, plantea ciertas dificultades a la hora de asignarle un lugar en el espectro político del siglo XIX. El ideario del Partido Obrero Alemán respondía a la sensibilidad völkisch, una corriente popular romántica que otorgaba un componente místico al pueblo y percibía lo foráneo como una amenaza a la pureza de su identidad. [10] Pero a pesar de sus raíces conservadoras lo cierto es que el mensaje nazi presentaba una serie de particularidades que lo distinguían de otros grupos ultraderechistas, como su supuesta defensa de los intereses de las clases populares o su rivalidad con la Iglesia. Desde luego es evidente que el nazismo poseía un carácter renovador, y de hecho en numerosas ocasiones es considerado como una ideología revolucionaria. [11] No obstante, también es posible encontrar en su discurso elementos que lo acercaban a la derecha tradicionalista, como su ultranacionalismo y su rechazo al republicanismo. [12]


De hecho es en estos elementos conservadores en los que en numerosas ocasiones se ha visto el triunfo del nazismo en Alemania. Gran parte del éxito de su mensaje hay que buscarlo en su habilidad para entender y manipular el imaginario colectivo alemán de entreguerras. Los nazis no fueron los primeros en utilizar a los judíos como chivo expiatorio de los problemas de Alemania, hablar del Lebensraum (espacio vital), o defender la supuesta superioridad de la “raza aria”. Todas estas

nociones ya estaban presentes en la sociedad alemana antes de 1930. [13] El NSDAP

sólo tuvo que recoger estos elementos en su discurso y “nazificarlos”, lo cual puede

explicar en buena medida su aceptación en Alemania. No ha de olvidarse que en las

elecciones parlamentarias del 5 de marzo de 1934 el partido nazi se convirtió en la

primera fuerza del Reichstag (el parlamento alemán) con el 43,9% de los votos. [14]

Esto no quiere decir, sin embargo, que la responsabilidad del auge del nazismo pueda atribuirse exclusivamente a la sociedad alemana. Los nazis fueron auténticos maestros de la demagogia y la propaganda, actividades que combinaron con un ejercicio bien organizado de la violencia política. Dos claves más para explicar su éxito.

Cartel electoral del NSDAP para las elecciones legislativas de 1932 en el que se puede leer “Nosotros, los trabajadores, hemos despertado. Estamos votando al nacionalsocialismo”, 1932, fotografía, US Holocaust Memorial Museum.

Si hablamos de propaganda nazi tenemos que hablar de Adolf Hitler, cuya figura

constituyó un símbolo en sí misma. De origen austríaco, su infancia y juventud

estuvieron marcadas por cuatro hechos: su enemistad con su padre, la inculcación del nacionalismo y el antisemitismo, su fracaso como artista y la huella que dejó en él la Primera Guerra Mundial. Estas experiencias contribuyeron a forjar una personalidad dura y resentida que se manifestaría cuando alcanzase el poder, [15] aunque esto no le impidió ser una figura carismática además de un gran orador. Al igual que el discurso de Hitler, la propaganda nazi y sus ceremonias se revistieron de un tono apocalíptico a la vez que anunciaban un futuro utópico para Alemania. [16] No se buscaba apelar a la racionalidad de las masas, sino despertar en ella sus pasiones más primarias.


Hoffmann, Heinrich: postal de propaganda con Adolf Hitler en una de sus típicas poses como orador, 1927, fotografía, Bundesarchiv.

Pero los nazis no se limitaron a buscar partidarios. Consciente de que contaban

con numerosos opositores, el NSDAP se dotó de estructuras paramilitares a modo de

brazo armado: las SA y las SS. [17] No se trataba de algo novedoso, ya que los grupos paramilitares ultranacionalistas, los denominados Freikorps, fueron una constante en la Alemania de entreguerras. [18] Sin embargo, la violencia nazi iba a cobrar una dimensión mayor en 1923 con el Putsch de Múnich, un golpe de Estado que, aunque fracasó, hizo que Hitler empezara a ser conocido en Alemania y que creciera el número de afiliados al partido. [19] La temprana fecha del acontecimiento puede llevar a pensar que en un primer momento el nazismo quiso apostar por la vía golpista, y que sólo cuando éste cauce se demostró intransitable decidió recurrir a las urnas.

Hoffmann, Heinrich: Adolf Hitler (cuarto por la derecha) posando junto con los demás acusados por el Putsch de Múnich durante su juicio, 1924, fotografía, Bundesarchiv.

Ahora bien, pese a lo mencionado antes acerca de la responsabilidad colectiva de

la sociedad alemana en el ascenso electoral del nazismo, lo cierto es que no fueron

pocas las oposiciones con las que se encontró el NSDAP. Al contrario que la Iglesia

Evangélica, que mantuvo una actitud favorable, [20] amplios sectores de las Iglesias

Católica y Protestante de Alemania mostraron su rechazo al nazismo, si bien las

reacciones más adversas procedieron de la izquierda. Así mismo, a pesar de que no

ejerciesen una oposición violenta al nazismo, se tiene constancia de numerosos

testimonios de personas opuestas a las políticas de Hitler. [21] La rapidez con la que se llenaron los campos de concentración desde 1933 da fe de ello. El aparato de poder nazi desarrolló unos niveles de intimidación sin precedentes que dificultó las actividades de los grupos opositores, sumidos a su vez en enfrentamientos y divisiones internas. [22]


Sin embargo, el éxito nazi anterior a 1933 no podría ser explicado de no ser por

la complicidad o pasividad de las autoridades, que veían en los nazis un medio eficaz

para reprimir a los comunistas. Prueba de esta permisividad es que Hitler fue puesto en libertad tan sólo un año después de su arresto por el Putsch de Múnich, y que su partido fue legalizado de nuevo sólo dos años después del fallido golpe. [23] No hay que olvidar además que los nazis contaban con importantes simpatías dentro de la derecha ultranacionalista alemana, aunque más determinante sería el importantísimo apoyo financiero que les brindaron algunos de los principales industriales alemanes, que a pesar de sus dudas iniciales acabaron viendo en Hitler un garante del orden público. En 1932 Fritz Thyssen organizó una ponencia de Hitler en el Club de la Industria de Düsseldorf en la que el líder nazi logró recabar el apoyo de los asistentes. [24]


Finalmente, en la esfera internacional, las reacciones de las principales potencias

mundiales ante la política exterior agresiva de los nazis fueron también un factor

determinante a la hora de explicar el auge del Tercer Reich. Obviamente los regímenes autoritarios de corte ultraderechista, pese a las discrepancias surgidas entre unos y otros, mostraron su respaldo al nazismo. En 1936 se estableció el Eje Berlín-Roma, mientras que con Japón se firmó el Pacto Antikomiterm, de carácter antisoviético. Poco después, con el estallido de la Guerra Civil Española en 1939, Hitler apoyó al bando sublevado, sentando así las bases de su futura relación con el gobierno franquista. [25]

Benito Mussolini junto con Adolf Hitler a su llegada Múnich para una conferencia internacional, 1938, fotografía, Bundesarchiv.

Por su parte, los regímenes parlamentarios occidentales, encabezados por

Francia y especialmente por Reino Unido, se mostraron vacilantes a la hora de

enfrentarse al nazismo. Pretendían no tensar la delicada situación internacional, sin ver o querer ver que las pretensiones expansionistas nazis no podían ser satisfechas

mediante meras concesiones. Tras cada nueva anexión territorial del Reich se firmaban los pertinentes acuerdos internacionales, que Hitler incumplía sistemáticamente [26] ante la pasividad del resto de potencias. En este sentido hay que considerar el efecto que produjo la Revolución Bolchevique de 1917, tras la cual las clases dominantes percibían como una prioridad frenar el “peligro rojo” [27] antes que el nazismo.


En cuanto a las relaciones del Tercer Reich con la URSS, no se puede hablar de

sintonía entre ambos Estados. El objetivo de Hitler era expandirse hacia el este a costa del territorio soviético, cuya población eslava era considerada inferior. Así pues, el denominado “Pacto Ribbentrop-Mólotov” firmado en agosto de 1939 [28] ha de ser entendido como una alianza coyuntural fruto de los intereses de Hitler y Stalin sobre Polonia, y no como un acercamiento entre dos posturas ideológicas antagónicas.

Firma del Tratado de No Agresión o “Pacto Ribbentrop-Molotov” en Moscú; sentado y a punto de firmar está el comisario del pueblo de asuntos exteriores soviético Vyacheslav Molotov, de pie tras él el ministro de asuntos exteriores alemán Joachim von Ribbentrop y a la izquierda de éste Iosif Stalin, 1939, fotografía, fondos del TSGAKFD.

Por último queda hablar del respaldo político y moral que supuso para el

nazismo la firma en 1933 de un concordato entre la Alemania nazi y el Vaticano. [29]


Un orgullo nacional herido, crisis económica, descontento social e inestabilidad

política; el uso de un discurso elocuente y chivos expiatorios combinado con el ejercicio de la violencia y la represión; la fragmentación de la oposición, la permisividad de las autoridades, el apoyo de las grandes fortunas del país y la pasividad de la comunidad internacional. No hizo falta mucho más para que un partido minoritario convirtiese a Alemania en un Estado totalitario de corte fascista, iniciase la Segunda Guerra Mundial y llevara a cabo el Holocausto. A pesar de su derrota en 1945, el auge de la extrema derecha europea en los últimos años, auspiciada por la crisis económica de 2008 y la crisis de los refugiados de 2015, nos advierte de que el fascismo no fue un fenómeno exclusivo del siglo XX, y que, bajo condiciones propicias, puede llegar a repetirse.


Álvar Muratel Mendoza


REFERENCIAS:


1. Pereira, Juan Carlos (ccord.): Historia de las relaciones internacionales contemporáneas, Barcelona,

Ariel, 2009, pp. 337-338.

2. Frietzsche, Peter: De alemanes a nazis 1914-1933, Argentina, Siglo XXI Editores, 2006, pp. 155-156.

3. Klein, Claude: De los espartaquistas al nazismo: la República de Weimar, Barcelona, Ediciones de

Bolsillo, 1970, p. 55.

4. Klein, Claude, p. 56.

5. Cuervo Álvarez, Benedicto: “El ascenso de Hitler y del partido Nazi al poder en Alemania”, Historia

Digital, XV, 26 (2015), p. 73.

6. Klein, Claude, pp. 46-49.

7. Cuervo Álvarez, Benedicto, p. 83.

8. Cuervo Álvarez, Benedicto, p. 74.

9. Cuervo Álvarez, Benedicto, p. 77.

10. Vargas Campos, Ronulfo: “La democracia en Weimar de Hindenburg a Hitler: ¿un dios que falló?”,

Revista Estudios, 20 (2007), 105.

11. Thornton, Michael: El nazismo (1918-1945), Barcelona, Oikos Tau, 1985, pp. 62-65.

12. Frietzsche, Peter, p. 193.

13. Frietzsche, Peter, p. 183.

14. Califa, Juan Sebastián: “Controversias en torno al ascenso del nazismo al poder. Explorando el

multicausalismo de un debate abierto”, Cuadernos de Marte, 14 (2018), p. 30.

15. Jiménez, Pablo: La estrategia de Hitler: las raíces ocultas del nacionalsocialismo, Barcelona,

Nowtilus, 2004, pp. 19-43 passim.

16. Frietzsche, Peter, p. 193.

17. Thornton, Michael, pp. 182-184.

18. Frietzsche, Peter, p. 135.

19. Cuervo Álvarez, Benedicto, p. 70.

20. Cuervo Álvarez, Benedicto, p. 98.

21. Frietzsche, Peter, pp. 145-147.

22. Cuervo Álvarez, Benedicto, p. 96.

23. Thornton, Michael, pp. 181-182.

24. Thornton, Michael, pp. 64.

25. Pereira, Juan Carlos, p. 393.

26. Pereira, Juan Carlos, 390-399 passim.

27. Califa, Juan Sebastián, pp. 16-17.

28. Pereira, Juan Carlos, p. 400.

29. Thornton, Michael, p. 184.

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