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ECLIPSE (poesía)

LAPA, uno de nuestros colaboradores habituales en Trinchera Cultural vuelve para sorprendernos con una impresionante composición poética: ECLIPSE. Nos encanta.




ECLIPSE


I.- DEL SOL


El barquero del Sol nunca duerme. No puede dormir. Debe guiar su nave eternamente por el sereno mar etéreo que se extiende más allá de las fronteras del reino del Viento, y por el turbulento río de la Muerte que discurre por las lúgubres entrañas de la Tierra.


El barquero del Sol nunca duerme. Ha de evitar que su luminoso navío encalle en los bancos de nubes interrumpiendo el latir del Tiempo, como ha de defenderse del abordaje de las sombras de las profundidades, sombras secuaces del dios Morfeo que quieren iluminar con su fuego las estancias intemporales que deben permanecer en la oscuridad. Porque el barquero del Sol no es un simple barquero: es la Llama Viva, el último fruto del Árbol de la Armonía.


El barquero del Sol nunca duerme. Pero que no duerma no significa que no pueda soñar. De hecho, su misma llama es Sueño, puro Sueño que se consume inexorablemente a sí mismo. Y cuando el Sueño se consuma por completo, cuando solo quede en el alma del barquero el humo de la desesperanza, se apagará el Sol sobre la Tierra y el Tiempo se detendrá…


El barquero del Sol vive de un sueño. ¿Qué tan maravilloso sueño es aquel que arde en el corazón del mismo Sol, otorgándole sus dones de luz y calor? Un rastro de escarcha, un recuerdo difuso, una huella de Amor.



El barquero del Sol vive de un sueño, del sueño de ver algún día junto a él el claro rostro de la Luna, bella y pura. Lo cierto es que se ella apenas sabe nada más que su existencia y su legendaria hermosura. Una vez, mientras dirigía su barco de vuelta a las negras cavernas telúricas, habló con un hombre de aquellos que habitan junto al filo del horizonte,donde acaba la Tierra y se abren los cielos. El barquero le preguntó al hombre, que se sentaba bajo la sombra de un árbol viejo y retorcido, cuál era su propósito allí. Y el hombre le respondió: “ Espero, Sol ardiente, a que tu luz al fin se desvanezca y pueda contemplar las tinieblas y alabar la belleza inalcanzable de mi diosa, la Blanca Luna”.



El barquero del Sol ya había visto muchas veces unas preciosas pisadas níveas en las sedosas olas del mar etéreo. Había incluso vislumbrado una leve silueta resplandeciente — que no, como la suya, llameante — en la más distante de las lejanías. Pero nunca, hasta que habló con el hombre que esperaba la noche junto al filo de la Tierra, había sabido nada de lo que ocurría en el firmamento cuando se teñía de oscuridad. Y desde entonces… ¡ oh, desde entonces!, desde entonces su pálido y árido corazón se volvió ardiente de nuevo. Y desde aquel instante en que el barquero del Sol habló con el hombre bajo el árbol, todos bajo el cielo sintieron cómo el Sol brillaba con mayor intensidad y sus días eran más alegres y más felices. Al menos por un tiempo…


Pero el Tiempo, al igual que los sueños del Barquero, se consume a sí mismo en su inexorable e inmisericorde necedad. Y así el Barco-Sol navegaba y navegaba, sin nunca detenerse, y así el tiempo pasaba y pasaba, sin parar jamás. Y por mucho que el barquero remaba, y por mucho que se henchía el velamen de su celestial navío, no lograba alcanzar a la Luna,y la llama de su corazón se hacía más tenue a cada instante, como una olvidada candela que ha quedado encendida y poco a poco se consume hasta no dejar más que una titilante lágrima de fuego.


Sin embargo, cuando ya todo parecía imposible, cuando la más remota de las esperanzas había ya sido relegada por el barquero a la más inaccesible sima del pensamiento y el Sol amenazaba ya y de una vez por todas con sucumbir ante las horribles sombras de la intemporalidad, tuvo lugar al fin el suceso más asombroso de cuantos sucesos han tenido lugar alguna vez en el cielo azul sobre la Tierra.



II.- EL ENCUENTRO


Al igual que todas las mañanas, cuando la nave abandonó el regazo de la Tierra, su único tripulante se apresuró a desplegar las velas. Caminó veloz hacia la proa y alzó las manos. Entonces las movió en un extraño gesto, y un antiguo símbolo se dibujó con llamas en el vacío, y enseguida las llamas se hicieron cenizas y llegó una ráfaga de viento que esparció las cenizas por el rosado lienzo del alba…


Al igual que todas las mañanas, el Sol se elevó por entre las nubes algodonosas. Pronto comprendió el barquero, sin embargo, que aquél no sería un día como los demás. La tela liviana y sedosa sobre la que se deslizaba el navío estaba demasiado serena y en paz: el Viento no azotaba las velas en salvajes bramidos sino que, al contrario de su costumbre en aquellas regiones turbulentas del Día, susurraba una alegre melodía. Los ecos de la noche aún reverberaban en la dorada quilla del velero volador.


Sin duda algo alteraba los cielos. Algo frío y umbroso. Algo nocturno.

Algo nocturno alteraba los cielos. La llama del Sol se avivó de pronto. La combustión del sueño se aceleró en el alma del barquero, que sintió cómo regresaba a él la excitación de la vida. Esta era su última ilusión, y la perseguiría hasta su último estertor.


Imbuido en un fuego nunca antes visto, el Sol viró su rumbo siguiendo el delicado olor a noche, y recorrió millas y millas sobre las ondas cerúleas del Mar de Arriba, ayudado por el Viento, porque el Viento aquel día no agitó las hojas de árbol alguno ni acarició las verdes hierbas de los prados; aquel día el Viento solo henchía las velas del Barco-Sol para emoción de su capitán y así, y solo así,pudo ocurrir lo que ocurrió.



Y lo que ocurrió es que, imbuido en un fuego nunca antes visto, el Sol se encontró por vez primera con la Luna. La nave de la Luna era más pequeña que la embarcación del Sol, pero más esbelta y ligera. Su casco era todo de plata y sus velas, de hilo de estrellas. Y en su proa, ¡oh, en su proa!, en su proa se sentaba una doncella de luz, de pura Luz blanca y fría como el mismo espíritu de la nieve.

La doncella de luz se sentaba en la proa de su navío de plata,con las piernas tendidas al viento y su etérea sombra, tejida de nubes, danzaba como una elegante golondrina a sus pies…


La doncella de luz se sentaba en la proa de su navío de plata, y en torno a su silueta estelar resplandecía un halo de dulces melodías, melodías que surgían de sus dedos, que se movían, livianos y fugaces como el aire, entre las llaves de una flauta hecha de deseos; melodías que surgían de sus labios como delicados suspiros espectrales…

La doncella de luz se sentaba en la proa de su navío de plata mientras el barquero del Sol la contemplaba embelesado desde la cubierta envuelta en llamas de su propio barco hecho pira. No podían sus ojos apartarse de aquella luz magnética, como no podían sus oídos escuchar nada más que la dulzura de aquella flauta y su canción empapada de esperanza. Y así transcurrió una eterna fila de instantes hasta que, al fin, la música huyó, huyó hacia el crepúsculo con gráciles zancadas, y la flauta se deshizo entre los etéreos dedos de la doncella. Acto seguido, en un movimiento fluido, como el del agua de un arroyo, la luminosa silueta que estaba sentada sobre la proa del velero argentino alzó su rostro hasta que pudo verlo el barquero, y le pareció a este tan bello rostro que sintió que ni tan solo los oscuros secretos de las profundidades de la Tierra se acercaban a la hermosura de su nívea faz.



Entonces, la Dama de la Luna miró al Barquero del Sol, lo miró directo a sus ojos de fuego con sus ojos de hielo,y aún mirándolo alzó una mano como un lirio agitado por el viento, y el barquero escuchó:


“Ven...”


Apenas un susurro en el interior de su mente.


“Ven”


Y el Viento sopló en las velas ardientes, y aquella hoguera suspendida sobre el cielo añil se acercó lentamente al navío de plata y estrellas.


El Viento sopló en las velas ardientes, y llevó al Barquero del Sol frente a la Dama de la Luna. Allí se encontraron los dos; allí, frente a frente, cada cual en su barco, se miraban a los ojos…


(Ojos de fuego. Ojos de hielo. Frente a frente.)


Y en la mente del barquero de nuevo se oyó:


“ Ven…”


El fuego dio un paso. El hielo otro paso.


“¡Ven!”


Ahora la voz tenía el dulce ímpetu de la primavera.


“¡Ven!”


Y el barquero fue…


El Sol y la Luna se fundieron en un abrazo. La noche rodeó al día con sus largos tentáculos, y la Oscuridad llovió sobre la Tierra.


El Sol y la Luna se fundieron en un beso.


(Hielo ardiente. Fuego helado. Las llamas dibujaban flores sobre el mar…

Dorada plata. Oro argentino. Un águila majestuosa se alzaba sobre las montañas…

Se fundían los sueños con las noches de verano. Las flores brotaban como mariposas de sus crisálidas-estrella en las profundidades del frondoso bosque celestial…

Un mar de claridad y sombra. Una tormenta serena que abatía la tierra sin cuerpo…

Enraizó la luz en la luz.)


El Sol y la Luna se fundieron en un beso.

Un beso… que pasó.



III.- LA DESPEDIDA


El beso pasó.


El Viento sopló, y los veleros se alejaron.


Nada pudo hacer el barquero del Sol contra el poder furibundo del Viento. Por mucho que quiso seguir a la Luna, la Luna se alejó navegando por el Mar de Arriba…

La Luna se fue, pero cuando se iba, en la mente — y en el alma — del barquero nada resonó jamás con más fuerza que ese dulce “ de nuevo, de nuevo, de nuevo…


… me verás…

… de nuevo… ”



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