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¿De qué hablamos cuando hablamos de imperios? Una breve explicación



Hablar de Historia es –aunque no sólo, por supuesto–, hablar de imperios.

Desde que fueron capaces de dominar la agricultura y la ganadería y, gracias a ello, dar paso al sedentarismo en lo que tradicionalmente se ha denominado Revolución Neolítica, las sociedades humanas de todo el globo han ido creando diferentes estructuras jerárquicas y estatales hasta conformar en ocasiones grandes imperios.


Algunos de ellos lograron extenderse a lo largo y ancho del mundo conocido y otros, incluso, perdurar durante siglos. Pero, ¿qué es un imperio? ¿Tiene algo que ver el Imperio Romano con el Imperio Español? ¿Y el Imperio Español con el Imperio Británico? ¿Fueron Estados Unidos y la Unión Soviética imperios durante la Guerra Fría? Y en la actualidad, ¿queda algún imperio sobre la faz de la Tierra?


Hoy en la Cápsula del Tiempo trataremos de responder a estas y otras cuestiones relacionadas con los imperios, examinando para ello los diferentes significados que puede albergar esta palabra así como las distintos tipos que han existido a lo largo de nuestra Historia. Un tema complejo sobre el que, una vez más, los historiadores no terminamos de ponernos del todo de acuerdo.


Mapa diacrónico con los principales imperios de 1492 a 1945. Se muestran, de mayor a menor extensión, los territorios que en algún momento han pertenecido al Imperio Británico (amarillo), Imperio Ruso (azul claro), Imperio Español (negro), Imperio Chino (azul más oscuro), Imperio Portugués (azul oscuro), Imperio Francés (rosa), etc. https://bit.ly/2VU033Q

Pero, ¿qué es un imperio? ¿Tiene algo que ver el Imperio Romano con el Imperio Español? ¿Y el Imperio Español con el Imperio Británico? ¿Fueron Estados Unidos y la Unión Soviética imperios durante la Guerra Fría? Y en la actualidad, ¿queda algún imperio sobre la faz de la Tierra?

En un sentido estricto podríamos definir imperio como todo Estado en cuya jefatura se sitúe un emperador o una emperatriz. No obstante, son muchas las veces que, incluso dentro del ámbito académico, hablamos de imperios en los que sin embargo no ha existido nunca figura alguna que recibiese dicho título. El Imperio Otomano, por ejemplo, no estuvo dirigido por ningún emperador en el sentido estricto del vocablo, sino por los sultanes pertenecientes a la dinastía Osmanlí; y cuando el Imperio Francés alcanzó su máxima expansión, en la primera mitad del siglo XX, Francia ni siquiera era una monarquía sino una república parlamentaria con un presidente como jefe del Estado.


De igual manera ha habido otras veces en las que los historiadores occidentales han atribuido el título de emperador a monarcas extranjeros que, en sus idiomas natales, emplearon su propia denominación. Así, los “emperadores” de Japón son en realidad designados con el término japonés tennō –que, traducido al castellano, vendría a significar algo así como “soberano celestial”–, mientras que los “emperadores” de China recibieron desde los tiempos de la dinastía Qin el nombre de huángdì combinación de dos caracteres chinos que hacen referencia tanto a la condición de soberano de quien ostenta dicho título como a su origen de carácter divino. Tampoco existió ningún emperador en el Imperio Inca, cuya máxima autoridad fue el sapainca –que, en idioma quechua, equivaldría a “el inca único”.


Pintura con los linajes incas mencionados por las crónicas de los conquistadores castellanos, siglo XVII, Museo Nacional de Historia, Antropología y Arqueología del Perú, Lima

El problema a la hora de hablar de imperios, por tanto, surge ya desde el mismo momento en que empleamos esta palabra, circunscrita a un ámbito histórico y cultural muy concreto que no siempre puede usarse como referencia para hablar de otras realidades políticas fuera del mundo occidental. Esto es así porque la palabra imperio procede de la voz latina de origen etrusco imperium, la cual originariamente no se refería a ningún tipo de gobierno o Estado en particular sino al “mando” o “autoridad” ejercido por algunos magistrados romanos durante el período republicano. [1]


No fue hasta el asesinato de Julio César y la llegada al poder de su sobrino nieto Augusto, en el siglo I a.C., cuando se produjo el paso de la República a lo que actualmente conocemos como Imperio Romano, aunque lo cierto es que sus soberanos no siempre emplearon de manera oficial el título de imperator –emperador–, al menos, tal y como lo entendemos hoy en día. Lo que sí podemos afirmar, en cambio, es que fue en este período cuando el concepto de imperio se consolidó como nueva estructura política y territorial del Estado romano en sustitución del modelo republicano, a la par que empezaba a adquirir la connotación de poder supremo e incluso de carácter divino que mantendría en Europa Occidental durante la Edad Media. [2]

Augusto de Prima Porta, ca. 20 d.C., copia en mármol del original en bronce, Museo Chiaramonti, Ciudad del Vaticano

No obstante, más allá de su dimensión etimológica, la historiografía sigue teniendo problemas a la hora de definir qué es un imperio y qué no lo es, así como para establecer un sistema de clasificación apropiado que permita estudiar convenientemente los distintos tipos que se han dado a lo largo de la Historia. En un sentido más amplio que el comentado antes, y prescindiendo de los orígenes lingüísticos y culturales del término, podemos definir un imperio como “el control político ejercido por una formación política (la metrópoli) sobre la política interna de otra formación política (la periferia)”. [3] Siguiendo esta definición, dicho control puede ejercerse de manera formal, mediante la anexión y dominación de los territorios periféricos por parte de la metrópoli, o de manera informal, mediante la colaboración de los gobernantes locales que, aunque en teoría independientes, en la práctica son dependientes de la metrópoli. [4]


El Imperio Romano sería un buen modelo de este primer tipo de control, en el cual los territorios conquistados eran anexionados como provincias administradas formalmente por Roma, que como metrópoli ejercía un dominio directo y total sobre ellas. También, con anterioridad a éste, podemos señalar el Imperio de Alejandro Magno y el Imperio Persa, entre otros muchos, o, ya en el Medievo, el Califato Omeya de Damasco o el Imperio Mongol, por poner sólo algunos ejemplos. Pese a sus múltiples diferencias y el distinto grado de tolerancia o represión mostrado por parte de las metrópolis hacia los distintos pueblos y territorios dominados todos estos imperios comparten la característica de haber integrado de manera formal dichos territorios en la estructura administrativa del Estado, de manera que aunque éstos no tuviesen el mismo estatus jurídico que la metrópoli, o bien pudiesen gozar de cierto grado de autonomía, su pertenencia al imperio era algo reconocido oficial y explícitamente.

Máxima expansión del Imperio Romano a la muerte del emperador Trajano en el año 117d.C. https://bit.ly/36ZJF8k

No es el caso, en cambio, de otras entidades políticas de la Antigüedad como el denominado Imperio Ateniense, nombre con el que se suele aludir a la Liga de Delos para enfatizar el dominio de Atenas sobre el resto de ciudades-Estado helenas que en el siglo V a.C. integraron dicha alianza militar. Así, a pesar de que legalmente Atenas no llegó a anexionar en ningún momento los territorios pertenecientes a sus aliados, el control político que ejerció sobre ellos hace que se la pueda considerar, de manera informal o indirecta, como una metrópoli.


Algo similar –salvando las distancias–, ocurrió durante la Guerra Fría con los Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos superpotencias del Bloque Capitalista y el Bloque Socialista respectivamente. Aunque en ambos casos hablamos de dos sistemas políticos republicanos es común seguir encontrando referencias al imperio estadounidense o al imperio soviético para, desde diferentes perspectivas ideológicas e historiográficas, aludir al rol hegemónico y al intervencionismo que, según el momento, ejercieron sus mandatarios sobre otros países. En el caso de Estados Unidos su definición como potencia imperialista nace del propio sistema teórico de la historiografía marxista, que define el imperialismo como “fase superior del capitalismo”, mientras que el apelativo de imperio para referirse a la Unión Soviética, más allá de la clara intención peyorativa con que lo utilizan algunos autores, alude como en el caso estadounidense a su dominio informal sobre otros países. De esta forma, siguiendo la definición que dábamos más arriba, ambas superpotencias podrían ser consideradas como las metrópolis de sendos imperios o áreas de influencia.

Mapamundi de la Guerra Fría hacia 1980 https://bit.ly/3m3UdYn

Ahora bien, lo cierto es que cuando hablamos de metrópoli tendemos a pensar más en los imperios coloniales que comenzaron a expandirse desde Europa a partir del siglo XV. Nuevamente nos encontramos ante un problema de definición de cara a establecer qué debemos entender por imperio colonial, ya que el propio concepto de colonia, como el de metrópoli, puede llegar a ser bastante ambiguo. Sin ir más lejos el Imperio Español –al que sería más correcto referirse como Monarquía Hispánica– ni siquiera estuvo compuesto por colonias, ya que la principal unidad administrativa que se estableció en los territorios conquistados en América fue el virreinato. Esto suponía una diferencia notable respecto a las colonias de otras potencias como el Imperio Británico, ya que los indígenas bajo dominio castellano y posteriormente español fueron reconocidos ya desde el reinado de Isabel la Católica como súbditos de la Corona, lo cual les proporcionaba cierto grado de protección jurídica con el que no contaron los nativos americanos bajo dominio británico.


Es por ello que se hace tan importante “determinar objetivamente el tipo de nexos que se establecen entre metrópoli y colonias”, ya que, según explicaba el historiador Josep Fontana, es lo que “permite comprender mejor la verdadera naturaleza del imperio.” [5] Incluso dentro del mismo imperio podemos encontrarnos con la existencia de diferentes fórmulas legales de control establecidas sobre los territorios periféricos gobernados por la metrópoli. Así, por ejemplo, durante la primera mitad del siglo XX, Terranova, Canadá, Australia o Nueva Zelanda fueron consideradas dominios del Imperio Británico, mientras que las regiones de Palestina y Mesopotamia fueron administradas por Reino Unido bajo la denominación de mandatos. Otros territorios, como Bechuanalandia –actual Botsuana– formaron parte del imperio en calidad de protectorados, mientras que la India recibió el estatus de Raj Británico –denominación procedente del hindi rāj, “gobierno”.

Máxima expansión del Imperio Británico hacia 1921, siendo el mayor imperio de la Historia con una superficie de unos 35.500.000 km2 https://bit.ly/2JTrpEJ

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y el surgimiento de un mundo bipolar dominado por Estados Unidos y la Unión Soviética la mayor parte de los territorios coloniales que aún eran gobernados por las metrópolis europeas fueron adquiriendo su independencia a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, poniendo así fin a la era de los imperios coloniales.


Actualmente el único país de cuantos hemos mencionado hasta ahora que sigue siendo reconocido oficialmente como un imperio –aunque con las matizaciones que hemos explicado antes– es Japón, cuyo jefe del Estado es desde 2019 el emperador Naruhito. Se trata, en realidad, de una monarquía parlamentaria, en la que el emperador desempeña un papel simbólico y representativo similar al que ejercen otros monarcas europeos a día de hoy.

El emperador Naruhito ataviado a la manera tradicional en su ceremonia de proclamación el 22 de octubre de 2019, Oficina del Gabinete de Japón.

Por su parte, podemos seguir considerando a Estados Unidos como un país imperialista en tanto en cuanto su política exterior –atenuada, eso sí, tras el fin de la Guerra Fría y la amenaza soviética–, no ha variado sustancialmente su hoja de ruta.


También la Rusia de Vladímir Putin, en vías de recuperación de su antigua influencia internacional, es calificada en ocasiones por Occidente como una potencia imperial, si bien en la actualidad el país que verdaderamente disputa la preponderancia de Estados Unidos en la esfera internacional es la República Popular China, la cual, aunque nominalmente socialista, hace décadas que adoptó un sistema de libre mercado con cada vez mayor peso e influencia sobre la economía y la política geoestratégica mundial.


Álvar Muratel Mendoza



REFERENCIAS:


1. Moreno Almendral, Raúl, “Los Imperios en la Historia Global: concepto y reflexiones sobre su aplicabilidad en el discurso historiográfico”, Ab Initio, nº 8 (2013), p. 142.

2. Id.

3. Doyle, Michael W., “Impérios Revisitados”, Penélope, nº 21 (1999), p. 166.

4. Id.

5. Fontana, Josep, “Sobre el concepto y función de los Imperios. Algunas reflexiones”, Manuscrits, nº 8 (1990), p. 11.


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