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De la viruela a la Covid-19

Actualizado: sep 5


A mediados de agosto la noticia saltaba a los titulares de todo el mundo: Rusia se convertía en el primer país en registrar una vacuna contra la COVID-19. Así lo comunicaba públicamente su presidente, Vladímir Putin, ante el escepticismo de la opinión pública y la comunidad científica internacional. Tan sólo unos días después China anunciaba la patente de su propia vacuna, y actualmente son varios los laboratorios que trabajan con el mismo objetivo, principalmente en Estados Unidos y Reino Unido. También en España, donde el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) confía en que el país pueda disponer de una vacuna propia a finales de 2021.


Un científico sostiene dos viales de la vacuna Sputnik V, desarrollada por el Instituto de Investigación Gamaleya de Moscú, 2020, Russian Direct Investment Fund / AFP.

No es la primera vez que la humanidad se enfrenta a un reto de tales dimensiones. La lucha contra la enfermedad ha sido una constante de nuestra especie desde sus orígenes, y sólo desde hace relativamente poco –unos 200 años– hemos contado con la ayuda de las vacunas. Hoy en La Cápsula del Tiempo nos adentramos en la Historia de este adelanto que tantas vidas ha salvado y que, a pesar de ello, se encuentra cada vez más en entredicho por el llamado movimiento antivacunas.

Pero, ¿qué es una vacuna? Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), una vacuna es “cualquier preparación destinada a generar inmunidad contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos”. [1] La primera vez que se llevó a cabo esta práctica fue en la Inglaterra del siglo XVIII, si bien ya en el siglo XI encontramos tratados procedentes de China en los que se describe cómo extraer el exudado de las pústulas de los enfermos de viruela y aplicarlo sobre incisiones hechas en la piel de los individuos sanos para de esta forma inmunizarlos, técnica conocida como variolización. Luego la incisión se cerraba y el sujeto era aislado temporalmente para evitar contagios, [2] tal y como se nos describe en El tratamiento correcto de la viruela, obra atribuida a una monja budista que vivió durante el reinado del emperador Jen Tsung (1022-1063) o El espejo dorado de la medicina, también del siglo XI. [3]


Con el paso del tiempo la práctica de la variolización fue extendiéndose por diversas regiones de Asia hasta llegar al Imperio Otomano y, más concretamente, a Turquía, donde tuvo ocasión de conocerla la esposa del embajador británico en Estambul, Mary Wortley Montagu. En 1718 esta aristócrata hizo que inocularan de viruela a su hijo pequeño para inmunizarlo contra la enfermedad, endémica en Turquía por aquel entonces, [4] tras lo que introdujo dicha práctica en Occidente a su regreso a Gran Bretaña en 1721. Pronto la variolización se extendió desde la corte británica a todo el país, y desde mediados del siglo XVIII también al resto de Europa y a Norteamérica. [5] Sin embargo, aún habría que esperar hasta 1796 para que el médico británico Edward Jenner crease la primera vacuna de la Historia contra la viruela.

Jervas, Charles: retrato de Mary Wortley Montagu vestida con un tocado de estilo otomano, ca. 1716.

Fue en su pueblo natal de Inglaterra donde el joven Jenner pudo observar de primera mano que las campesinas que ordeñaban a las vacas infectadas de viruela desarrollaban pústulas en sus manos pero no llegaban a contraer la enfermedad, algo que ya era sabido desde hacía años tanto en Gran Bretaña como en otros países [6] pero sobre cuyas implicaciones nadie parecía haber reflexionado hasta entonces. Jenner comprobó que estas campesinas se “vacunaban” de forma accidental al entrar en contacto con el líquido que emanaba de las pústulas de las vacas infectadas, lo cual hacía que quedasen inmunizadas no sólo contra la viruela bovina sino también contra la variedad que afectaba a los humanos, mucho más agresiva. [7]


Fue una de estas campesinas, Sarah Nelmes, quien donó a Jenner una muestra de pus que el médico utilizó para inocular a James Phipps, un niño de 8 años de edad que resistió sin enfermar a esta inoculación y a otra más realizada dos meses después. [8] Dicho proceso sería repetido con éxito en otros 22 niños y jóvenes campesinos del lugar, [9] e incluso el propio Jenner llegó a inocularse a sí mismo, tal y como dejó por escrito más adelante en su obra Investigación sobre las causas y efectos de la viruela vacuna, [10] palabra con la que de hecho se acabó designando al compuesto que había creado.


Cruikshank, Isaac: viñeta mostrando a Edward Jenner venciendo a los opuestos a la vacunación, 1808, grabado coloreado.

Los experimentos de Jenner demostraron las ventajas de la vacunación frente a la variolización, ya que con la primera no se producían pústulas, no había riesgo de muerte y las personas vacunadas no se convertían en focos de contagio. [11] El empleo de la vacuna no tardó en difundirse por todo el mundo, y su éxito fue tal que incluso el presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson, escribió a Jenner felicitándolo por su contribución. “Las generaciones futuras –le dijo– sabrán únicamente por la historia que existió la asquerosa viruela.” [12] Dos siglos después la predicción de Jefferson se hacía realidad: en 1980 la OMS declaraba oficialmente erradicada la viruela.


Evitar el desarrollo de una enfermedad a través de elementos que a su vez eran los causantes de la misma supuso toda una revolución médica en el siglo XVIII, ya que rompía radicalmente con la antigua concepción hipocrática de que sólo el contrario de una cosa puede ser su cura. [13] No obstante, y a pesar de que ya en los primeros momentos se vio con temor entre la población cómo se pretendía inocular a la gente con compuestos que se sabían peligrosos, el decidido apoyo a las campañas de vacunación dado por los gobiernos y casas reales de Europa ayudó a su rápida difusión, especialmente en el ejército. [14] Durante la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) 20 mil soldados franceses murieron a causa de la epidemia de viruela que se había declarado en Francia frente a tan sólo 300 soldados alemanes, entre cuyas tropas estaba extendida la vacunación contra esta enfermedad. [15] Poco después, en 1874, Alemania establecía por ley la obligatoriedad de la vacuna entre los niños. [16]


España fue uno de los primeros países en adoptar la vacuna de Jenner gracias al médico catalán Francesc Piguillem i Verdacer, quien la introdujo en Puigcerdá en 1800. Sin embargo la implantación de la vacuna no fue uniforme dada la falta de confianza de la población y las dificultades para mantener el abastecimiento de fluido vacunal con el que fabricar el compuesto. [17] A esto se sumaron los recelos surgidos entre las propias autoridades e instituciones sanitarias del país, en ocasiones con el telón de fondo del enfrentamiento entre liberales y absolutistas. [18]


Imagen del libro de Francesc Piguillem i Verdacer, La vacuna en España o cartas familiares sobre esta inoculación escritas a la señora, publicado en Barcelona en 1801, Galeria de Metges Catalans.

En 1802, bajo el reinado de Carlos IV, estalló en Nueva Granada una gran epidemia de viruela que llevó al Consejo de Indias a solicitar a la corona la expansión de la vacuna por los territorios de ultramar. Comenzaron así los preparativos de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, financiada en principio por la Hacienda Real, los Tributos de Indios, los Censos de Indios y los Diezmos Eclesiásticos. [19] Se trató sin duda de una propuesta sumamente avanzada para la época, ya que su objetivo no sólo era extender la vacuna por América sino también instruir a médicos y demás personal para poder seguir distribuyendo dosis una vez hubiese finalizado la expedición e implantar varias Juntas de Vacuna para poder garantizar dicho cometido. [20] Al mando de este proyecto fue puesto Francisco Xavier Balmis, el cual partió de La Coruña en 1803 con unos 20 niños a bordo que habían de ser vacunados en varios turnos durante la travesía para poder transportar la vacuna de forma activa. [21] Tras numerosos éxitos y no menos dificultades Balmis regresó a España en 1806, siendo felicitado a su vuelta por el propio Carlos IV y los miembros de la corte. [22]


Recorrido por América de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, Wikipedia https://bit.ly/2GpeGaU

El siguiente gran paso en la Historia de la vacuna tras los trabajos de Jenner vino dado por Louis Pasteur, químico francés y artífice del desarrollo de la bacteriología como nueva rama de la medicina. [23] A pesar de la vacuna de Jenner y de que ya en el siglo XVII Anton van Leeuwenhoek había señalado la existencia de las bacterias aún no se tenía del todo clara la relación entre los microorganismos y las enfermedades. Durante siglos se había pensado que éstas eran causadas por algo en la atmósfera procedente de plantas o animales putrefactos, los denominados influjos. Posteriormente se creyó que los responsables eran pequeños animales que aparecían por “generación espontánea” en la materia en descomposición, no siendo hasta el siglo XVI cuando el médico Francesco Redi demostró que las larvas de las moscas que aparecían en la carne podrida no surgían de la nada sino que procedían de los huevos depositados por las propias moscas. Así todo, aún habría de pasar mucho tiempo para que la teoría de la generación espontánea fuese completamente descartada. [24]


Nadar, Paul: fotografía de Louis Pasteur (detalle), 1878.

Pasteur comprendió que el efecto inmunizador de la inoculación de un germen no virulento era una ley general de la biología y no una casualidad con la que Jenner se había topado, por lo que era posible fabricar vacunas en el laboratorio con cultivos de distintos microorganismos. [25] Igualmente, concluyó que al administrar una forma atenuada o debilitada del mismo organismo que produce la infección se conseguían unas defensas más puras que si se empleaba un germen similar al que se intentaba combatir. [26] A partir de 1882 Pasteur desarrolló una vacuna contra la rabia que probó por primera vez en humanos con un joven llamado Joseph Meister. [27] Aquel fue sólo uno de sus varios éxitos, ya que en un período de 4 años obtuvo también la vacuna contra el cólera de las gallinas, el ántrax y la erisipela del cerdo, utilizando en cada caso un método diferente para atenuar el virus. [28]


Desde entonces la lista de vacunas disponibles mediante distintas técnicas no hizo sino aumentar. A partir de varios estudios previos Emil Adolf von Behring, con la ayuda de Shibasaburo Kitasato, inició los experimentos para dar con la vacuna contra la difteria. Su novedad radicaba en que no se empleaba ninguna forma atenuada del virus para su elaboración sino que se desarrollaba a partir de las toxinas producidas por éste. Entre 1892 y 1894 se logró curar la enfermedad en 20.000 niños y a partir de entonces se emprendió la producción masiva de su vacuna a nivel mundial. [29] A este nuevo avance siguió el desarrollo de la vacuna contra la tuberculosis en 1921 gracias a Albert Calmette y Jean-Marie Camille Guérin, [30] a la cual acompañaron la de la tos ferina en 1926, el toxoide tetánico en 1927 y la fiebre amarilla en 1935. [31] Un año después, en 1936, llegaba la vacuna contra la influenza A. [32]


Sin embargo, la verdadera edad de oro de la vacunación comenzó en 1949 a partir del impulso del cultivo celular. Gracias a ello en 1954 Jonas Salk consiguió desarrollar una vacuna contra la poliomielitis que pronto probó su gran eficacia; si el año antes de su comercialización hubo 55 mil casos de parálisis por poliomielitis en EEUU la cifra se redujo a 200 transcurridos tan sólo 3 años. [33] Tras ésta llegarían las vacunas contra el sarampión en 1964, las paperas en 1967, la varicela en 1970 y la hepatitis B en 1981. [34] En los años 70 y 80 se introdujeron las vacunas desarrolladas con proteínas purificadas o polisacáridos capsulares, es decir, aquellas que ya no contienen microorganismos completos sino una parte de los mismos. De esta época son la vacuna contra el meningococo, la neumonía y la influenza B. [35]


Jonas Salk en la Universidad de Pittsburgh durante el desarrollo de la vacuna contra la poliomielitis, 1955, University of Pittsburgh Digital Archives.

Así mismo, en 1974 la OMS inició el Programa Ampliado de Inmunización, incluyendo en él la vacuna contra la tuberculosis, la difteria, el tétanos, la tos ferina, la poliomielitis, el sarampión y, a partir de 1993, la hepatitis B y la fiebre amarilla en los países en que la enfermedad resultaba endémica además de la influenza B en 1998. [36] En los últimos años el principal progreso ha sido la llamada vacunología inversa, [37] que gracias al uso de herramientas de bioinformática permite identificar los antígenos –esto es, aquellos elementos que generan en el organismo la producción de anticuerpos contra un determinado virus– que son más probables a ser candidatos en el desarrollo de una vacuna, acelerando notablemente el proceso de elaboración. [38]


La Historia de la vacuna, a pesar de los dilemas éticos que plantea en cuestiones como, por ejemplo, la experimentación animal, es una historia de éxito contra la muerte. A lo largo del siglo XX, con la salvedad del acceso al agua potable, no ha habido ninguna otra medida preventiva o terapéutica que haya contribuido más a la reducción de la mortalidad en todo el mundo, [39] y se estima que su introducción ha evitado anualmente 5 millones de muertes por viruela, 2’7 millones por sarampión, 2 millones por tétanos neonatal, 1 millón por tos ferina, 600 mil por poliomielitis paralítica y 300 mil por difteria. [40] Esto hace que la vacuna sea, a buen seguro, el invento que más vidas humanas ha salvado directamente a lo largo de la Historia.

Álvar Muratel Mendoza


REFERENCIAS:

1. Morán, Alberto “Vacunas. ¿Qué son? Su origen (Parte I)”, DCiencia (19 de febrero de 2014 [consultado el 29 de agosto de 2020]): disponible en https://bit.ly/3lBPhLp

2. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, “Historia de las vacunas y sueroterapia”, Gaceta Médica de Bilbao, vol. 111, nº 3 (2013), p. 75.

3. Morán, Alberto, op. cit.

4. Jaramillo Antillón, Juan, Historia y filosofía de la medicina, San José, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2005, p. 72.

5. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 75.

6. Jaramillo Antillón, Juan, op. cit., p. 72.

7. Peset, José Luis: reseña de Perdiguero Gil, Enrique y Vidal Hernández, Josep María (coords,): Las vacunas: historia y actualidad, Menorca, Institut Menorquí d'Estudis, 2008, en Revista Eidon, nº 32 (2010), p. 82.

8. Jácome Roca, Alfredo, Historia de los medicamentos, Bogotá, Academia Nacional de Medicina, 2003, p. 114.

9. Jaramillo Antillón, Juan, op. cit., p. 72.

10. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 75.

11. Id.

12. Jácome Roca, Alfredo, op. cit., p. 114.

13. Peset, José Luis, op. cit., p. 82.

14. Id.

15. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 76.

16. Id.

17. “Historia de las vacunas”, Asociación de Enfermería Comunitaria [consultado el 29 de agosto de 2020]: disponible en https://bit.ly/3jDbMgO

18. Peset, José Luis, op. cit., pp. 82, 83.

19. Veiga de Cabo, Jorge; de la Fuente Díez, Elena y Martín Rodero, Helena, “La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1810)”, Medicina y Seguridad del Trabajo, vol. 53, nº 209 (2007), pp. 74, 75.

20. Campos, Ricardo; Montiel, Luis y Huertas, Rafael (coords.), Medicina, ideología e historia en España (siglos XVI-XXI), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2007, pp. 411, 412.

21. Veiga de Cabo, Jorge et al., op. cit., p. 75.

22. Ibid., p. 79.

23. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 76.

24. Jaramillo Antillón, Juan, op. cit., p. 89.

25. Jácome Roca, Alfredo, op. cit., p. 115.

26. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 76.

27. Jaramillo Antillón, Juan, op. cit., p. 92.

28. Jácome Roca, Alfredo, op. cit., p. 115.

29. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 77.

30. Morán, Alberto, op. cit.

31. Jácome Roca, Alfredo, op. cit., p. 116.

32. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 78.

33. Id.

34. Jácome Roca, Alfredo, op. cit., p. 117.

35. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 78.

36. “Historia de las vacunas”.

37. San Miguel-Hernández, Ángel y Ramos Sánchez, María del Carmen, op. cit., p. 79.

38. Schwarzbach, Verónica, “Vacunología inversa: una nueva estrategia en vacunas”, Stamboulian (octubre de 2017 [consultado el 02 de septiembre de 2020]): disponible en https://bit.ly/354Zzxo

39. “Historia de las vacunas”.

40. Id.

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