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Cinco pasiones del alma. Paula Díaz Altozano

Cuando estaba leyendo el tratado Las pasiones del alma, de R. Descartes, las primeras preguntas que me vinieron a la mente fueron: ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay de explicar tan minuciosamente las pasiones, cuando estas ya se comprenden gracias a las acciones que derivan de ellas? Paula Díaz Altozano.
Cinco pasiones del alma

Cuando estaba leyendo el tratado Las pasiones del alma, de R. Descartes, las primeras preguntas que me vinieron a la mente fueron: ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay de explicar tan minuciosamente las pasiones, cuando estas ya se comprenden gracias a las acciones que derivan de ellas?

Además, me dije, los matices que componen cualquier pasión son innumerables, cada una de ellas puede tener muchas formas de manifestarse, por tanto, describirlas es una abstracción.

Después, pensé que el sentido de esa acción podía estar relacionado con ordenar el pensamiento para ofrecer una comprensión del comportamiento humano que de otro modo podría provocar confusión.


No hay duda de que la filosofía, tal como explican G. Deleuze y F. Guattari en el libro Qué es filosofía, es la rama del conocimiento encargada de crear conceptos. De este modo, podría sugerirse que la obra artística construida a partir de las pasiones y afectos del creador provoca un estado concreto en el espectador -una afección-, y que la filosofía se encarga de explicar y conceptualizar este proceso. En realidad, la palabra arte, que engloba todas las pasiones, es en sí misma una abstracción, pues el arte, el sentimiento más puro que el término contiene, no puede ser definido por una palabra; en este caso, el significado, si es que puede comprenderse, sobrepasa al concepto.

Sin más, me dispongo a explicar cinco pasiones, que, si bien algunas de ellas no son “pasiones” sino derivadas de estas, creo que tienen tanta fuerza que pueden considerarse como términos independientes.

He decidido no utilizar, en general, las descritas por Descartes, sino proponer otras.
Me serviré de ejemplos de música y literatura, pues son las dos disciplinas que siempre he tenido más cerca; en el caso de la música a través de la interpretación y la escucha, y en el de la literatura mediante la lectura y la creación.





La transposición: Proceso físico-mental que permite ver más allá, gracias a un estímulo artístico concreto. En música, la transposición consiste en trasladar de una tonalidad a otra un pasaje musical. De igual modo, esta acción puede darse en una persona.


Hoy, mientras escuchaba en YouTube el “Oratorio de Navidad” de Bach, leí un comentario que alguien había escrito bajo el vídeo. Decía lo siguiente: Music is the voice of God .


La música es el arte más directo; se introduce en nosotros inevitablemente y produce dos efectos: uno físico -pues incluso algo tan intangible como una melodía puede provocar una afección, ya sea sutil o no, en el cuerpo- y otro psíquico, el cual, si lo relacionamos con la palabra “transporte”, se divide en otros dos efectos: el primero es la creación de un escenario imaginado a partir de la música que escuchamos, y el segundo consiste en lo que he decidido llamar “transposición”.

Me centraré en este último concepto: la transposición produce un estado de sublimación metafísica en el cual la persona se libera de barreras, como puede ser el lenguaje, y accede a un estado superior.

Así, se adquiere un conocimiento que no puede ser comprendido y tiene lugar una visión, como si de una verdad revelada se tratase. Esta característica es propia de algunas obras musicales. El mejor ejemplo es J.S Bach, cuyas obras son capaces de ofrecer una verdad a quien las escucha. Sería suficiente con pensar en su obra “La pasión según San Mateo”, que ya en el título hace referencia a la palabra pasión. La música de Bach es capaz de provocar en el oyente una elevación, no hacia un escenario concreto, sino hacia una región del alma que tiene que ver con lo absoluto. La música -lo más abstracto- supera la abstracción.

¿Cuándo he sentido esta transposición? Una de las veces fue en un concierto en el que participé. Interpretábamos la 9ª sinfonía de Beethoven en el Auditorio, y yo estaba en los bancos del coro junto al resto de compañeros. En el último movimiento - el Himno de la alegría- sentí que tenía lugar esa “elevación”, justo en el momento en que el coro al completo canta la frase: Seid umschlungen, Millionen! Diesen Kuss der ganzen Welt! (¡Abrazaos millones de criaturas! ¡Que un beso una al mundo entero!), como si toda la orquesta y el público flotaran en un todo. Esos segundos de música superaban a cualquier representación pictórica de las alturas que hubiera producido la historia del arte. La música hablaba directamente al alma, podía comprenderla a la perfección y, a su vez, la emoción se perdía en el misterio que emanaba.


El pasmo: Momento previo a la admiración, al asombro o al espanto, producido por una paralización de los sentidos. Si bien esta pasión se define en ocasiones como sinónimo de admiración y asombro extremos, mi propuesta explica el pasmo como aquel estado que da paso a los otros.

Los espectadores se pasman cuando pasa el tren. Con esta frase, escrita en 1910, comienza el diario de Franz Kafka.

Toda una declaración de intenciones, pues una de las facetas maravillosas que tienen el arte o la creación es que, a pesar de que “arte” remite a otros conceptos como “obra” o “museo”, el sentimiento artístico es susceptible de ser encontrado de cualquier forma y lugar sin necesidad de que exista una materialización. Por ejemplo, el momento en que alguien queda pasmado cuando contempla un paisaje ¿Es el paisaje una obra de arte? No, pero el sentimiento con que se contempla sí puede ser artístico. Alguien que observa por primera vez el mar queda pasmado, y esto da pie a la consecuente admiración o espanto, una vez que se ha recuperado de la sorpresa. El pasmo también tiene que ver con la fascinación por lo sagrado -ante la Medusa antes de quedar petrificado- y con lo sublime.

La manera que tengo de expresar el pasmo en mi propia creación es, en ocasiones, mediante la descripción de la fascinación ante la naturaleza.

Pondré a continuación un ejemplo, parte de un texto propio:


Más tarde, el mar se calmó. Pude entonces escuchar el sonido que hacía la espuma al deshacerse en la estela que dibujaba la nave, así como el crujido de los bancos cada vez que alguien se movía. Apenas podía distinguir el mástil de proa entre la niebla. En un punto del recorrido, empezaron a oírse alaridos que parecían venir de muy lejos. Los pasajeros se pusieron rígidos y la chica rubia cubrió su rostro con las manos. Poco a poco, empezó a dibujarse entre la bruma un peñón: las olas lamían las rocas, sobre las que revoloteaban cientos de gaviotas en medio de la nada. El capitán bordeó el peñón y algunos pájaros empezaron a planear sobre nosotros, con chillidos que parecían humanos, de un timbre demasiado agudo Nos acompañaron un trecho; -eran tan blancos, que resultaba difícil distinguirlos en el cielo-, y al fin, cuando dejamos atrás el conjunto de rocas, el lamento continuó todavía un tiempo.


La conflictividad: Propensión del hombre a producir conflicto o recrearse en él, de un modo intencionado o no. El ser humano ama el conflicto, pese a no ser siempre consciente de ello, y si no lo encuentra, lo busca ¿Por qué ocurre así?: para combatir el aburrimiento.

La historia de la humanidad y del arte en particular, se definen por situaciones difíciles que han propiciado su avance.

No hay más que pensar en las fundaciones de las ciudades, originadas por actos violentos (Caín y Abel) o en la fundación del orden artístico (Apolo y Marsias). Pero no hace falta irse a situaciones tan trascendentales: basta con pensar en términos como “chismorreo”, para comprender que, en las situaciones más cotidianas, las personas disfrutan de la conflictividad, aunque sea de un modo aparentemente inofensivo.

La mayor parte de las obras de arte que se consideran más importantes participan de esta conflictividad en mayor o menor grado. Por ejemplo, la ópera “Don Giovanni”, de Mozart, se considera más relevante que “Las bodas de Fígaro”, del mismo compositor, porque, aunque la calidad musical sea similar, “Don Giovanni” plantea un tema moral, un conflicto más relevante que el presentado en la otra ópera que está más cerca del entretenimiento.


En las últimas semanas, he pensado estas cuestiones en relación con la Divina Comedia de Dante. Si el autor hubiera decidido no escribir el Infierno, la obra tendría menos interés; probablemente ninguno. Las representaciones artísticas siempre han mostrado el Paraíso como un lugar ideal, pero aburrido, mientras que el Averno aparece representado, desde luego, como un lugar más interesante. De cualquier forma, es posible que lo que hoy pensamos como Paraíso sea en realidad el Infierno, o al contrario.


La certeza: Estado en el que uno está cierto de algo, de manera ineludible, en el que tiene lugar una inclinación a la verdad.


Algunos sinónimos de certeza recogidos en el diccionario son “convencimiento” o “hipótesis”, pero me gustaría definir el término en relación a una certidumbre que de ningún modo podría rebatirse.

La comprensión del arte tiene que ver con la certeza.

A pesar del componente abstracto del arte, la forma en que lo recibimos puede ser directa, como si los artistas hubieran establecido un diálogo que pasa de generación en generación; un diálogo comprensible que no deja lugar a dudas sobre la veracidad de su mensaje. Por este motivo, creo que no es acertado cuando se afirma, por ejemplo, que “el arte en la Edad Media no existía”.

Es cierto que el término Arte aún no se había inventado como lo conocemos hoy, pero eso no quiere decir que el sentimiento artístico, la emoción con la que se reciben ciertas cosas o situaciones, no existieran.

Descartes puede definir las pasiones, algo que, sin duda, ayuda al conocimiento y a la teoría, pero eso no implica que las pasiones no existieran antes de su definición. Pondré un ejemplo: la emoción artística – espiritual- que alguien de nuestra época puede sentir al entrar en una catedral, es probablemente la misma de alguien en la Edad Media. La única diferencia es que antes no se había definido con palabras esa emoción, además, no hay que olvidar que lo artístico y lo espiritual -sin entrar en la religión- están ligados.


La última vez que sentí esa certeza de un artista que me hablaba directamente fue en el Museo Rodin de París. Allí me encontré, por casualidad, con una exposición de sus esculturas dedicadas a Dante, y pensé: ¿Cómo podría ser de otro modo? Tuve la certeza de que el escultor me tendía la mano, para mostrarme su visión de la historia; una historia tan universal que era fácil verse reconocido. Vi la puerta del Infierno, a Minos, a Paolo y Franchesca abrazados, y no pude evitar inclinar la cabeza ante las obras que allí se me presentaban, con una mezcla de emoción, gratitud y admiración.


La indeterminación: Dificultad para comprender, procedente de la admiración. Surge a partir de la impresión que produce la contemplación o el pensamiento de algo que sobrepasa la razón.

Lo indeterminado puede relacionarse con la incertidumbre, condición ineludible del ser, y con la melancolía, pues la incomprensión da lugar al sentimiento melancólico.

Quizá, en la antigüedad, este sentimiento estuviera más presente, por ejemplo, con la visión del cielo estrellado en Grecia. Hoy es más difícil conectar con estos aspectos, pero no imposible.

El arte, la ciencia y la filosofía tratan de buscar respuestas, pero se pierden en la materialidad que los engloba. De este problema nace la indeterminación, que, aunque puede ser paralizante, también permite avanzar: a veces es necesario asomarse al abismo para comprender. Cuando pienso en lo indeterminado, imagino el Universo, es decir, lo más grande; y también pienso en mi propia indeterminación interior, esto es, lo más pequeño en el sentido literal de la palabra. Sin embargo, ¿no podría ser a la inversa? Un pensamiento indeterminado puede tener más presencia que el Cosmos. Así lo han demostrado escritores y artistas, que presentan temas o personajes cuyo sentimiento interior abarca toda la obra sin necesidad de acciones externas.


Dos personas frente a lo indeterminado. Aquí un ejemplo en mi propio texto:

La risa me embriagaba, porque no había nada que decir; no al menos en el lugar donde estábamos. Las palabras carecían de sentido: éramos dos figuras frente a lo infinito. La presencia del mar invisible me atemorizaba; pensaba que sus zarpas llegarían hasta nosotros y, sin advertirlo, daba pasos hacia atrás. Sentía algo clavado en el pecho, una especie de remordimiento. Quería gritar a Publio que se apiadase de mí, pero él tenía la vista puesta en lo alto: el cielo era una esfera azul, que a su vez estaba formada por círculos, tan pequeña, que podría haberme estirado para cogerla y lanzarla al mar. Era imposible saber qué puntos eran estrellas y cuáles barcos o faros en el horizonte. Seguiría a Publio. No me echaría atrás.


Texto escrito en 2017 para la asignatura ‘Secuencias’ de la Escuela SUR de Profesiones Artísticas (Círculo de Bellas Artes)

Paula Díaz Altozano


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