• Trinchera Cultural

Casa Museo de Picasso en A Coruña

Ubicación: Casa Museo de Picasso en A Coruña Calle Payo Gómez nº 14, 2º piso.

Disponibilidad: De martes a sábado de 11:00 a 13:30 h./ 18:00 a 20:00 h. Domingos y festivos de 12:00 a 14:00 h.


Debido a la ausencia de obra original, la Casa Museo de Picasso en A Coruña carece del predicamento internacional de otros espacios de exhibición permanente de obras del pintor. Sin embargo, es indudable que allí adquirió los rudimentos técnicos que provocarán el asombro en Barcelona cuando con 15 y 16 años presente en sendas exposiciones las dos obras que cierran su etapa de formación: La Primera comunión y Ciencia y Caridad.


La familia Picasso llegó a Coruña procedente de Málaga cuando a Pablo le quedaban unos días para cumplir los 10 años y se trasladará a Barcelona en el verano de 1895, cuando todavía no había cumplido los 14. Si para cualquier muchacho de esa edad un cambio tan radical de medio suele ser integrado rápidamente (si encuentra el resguardo y el calor de la familia), gracias a las rápidas amistades que proporcionan el juego, la calle y la escuela, en el caso del joven Pablo, así debió de ser: ”Solamente para mí fue una fiesta el traslado a Galicia” llegó a comentar el pintor.


José Ruiz, su padre, había conseguido una plaza en la Escuela de Bellas Artes de A Coruña, situada a pocos metros del nº 14 de la calle Payo Gómez, en cuyo segundo piso se instalará la familia para vivir durante más de tres años. El edificio de la Escuela (actual Instituto da Guarda), acogía también el Instituto en el que el joven Picasso se matriculará inicialmente, compaginando después los estudios de bachillerato con los de Bellas Artes.

Vemos a continuación el hermoso edificio neorrenacentista que acogió los primeros afanes artísticos de nuestro pintor y la paloma que ante él nos recuerda que allí asistió a clases.

Como decíamos, a pocos metros se situaba la vivienda. Una casa típica del ensanche coruñés decimonónico, bien situada, cerca tanto de la zona comercial como de la playa de Riazor.

La visita a la Casa Museo, nos permite imaginar las correrías del muchacho, subiendo por esas escaleras de madera en caracol hasta llegar a la puerta tras la que un largo pasillo dejaba a un lado el salón y la cocina y hacia el otro el comedor, el gabinete y la balconada a la calle.

En medio se situaban los dormitorios (tres, más una sala de baúles).

Espacio más que suficiente para cinco personas, de las que tres eran niños.


Dejamos una pequeña selección fotográfica: el pasillo, con una poderosa entrada de luz próxima al gabinete en el que José Ruiz trabajaba en sus lienzos. Mientras, Pablo lo acompañaba, si bien no era infrecuente que se situara junto a su madre mientras esta hacía costura.

Una vida familiar entre pinceles, tubos de pintura, cuadernos para el dibujo, incluso pequeños moldes de escayola para hacer prácticas.

Innegable resulta la actitud profesoral del padre, que descubrirá en poco tiempo el talento que atesoraba su hijo.

Con esta breve reseña nos interesa apuntalar la idea de que en territorio español, A Coruña es el tercer vértice que cierra el triángulo del influjo de nuestras ciudades en su producción.

A pesar de no encontrar mucha obra original en la Casa Museo, sí que conocemos todo lo que pintó Pablo allí aunque la obra se encuentre dispersa en diversas colecciones. A Coruña es el tercer vértice que cierra el triángulo del influjo de nuestras ciudades en su producción. Si Barcelona y Málaga tienen sus correspondientes museos, la ciudad gallega debe reivindicar que en sus calles, sus plazas, sus playas y monumentos, se fraguó ese pintor que al final de su vida expresó haber tenido que llegar a viejo para pintar como un niño porque con doce años ya realizaba obras de un pulido academicismo.


Esas obras aprendió a pintarlas en la calle Payo Gómez y alrededores. Justifiquemos esta idea con su producción coruñesa.

Estos tres estudios (dos trabajos académicos de torsos de 1992 y 1993 y una cabeza de fauno, copia de un molde de yeso ejecutado a carboncillo y lápiz, de 1894) muestran de qué forma, con solo doce años, era capaz el joven Picasso de abordar los efectos de la luz y la sombra sobre anatomías heredadas del mundo clásico (Torso Belvedere). Una sorprendente precisión en los detalles acompañada de una notable capacidad de transmitir la textura de los materiales que le sirven como modelo.


Se cuenta de esta etapa la anécdota de que José Ruiz decidió dedicar su energía a potenciar el talento de su hijo el día que vio cómo el chico había rematado una obra sobre palomas que había él dejado inconclusa. Quizás, este óleo sobre lienzo de esos años pintado por el padre y titulado El Palomar sea suficientemente expresivo de las temáticas sobre las que se instruirá Pablo y que en ocasiones (como es el caso de El Palomar que pinta en 1895 y presentamos junto al anterior) permanecerán como referente a lo largo de toda su producción.

En 1894, el joven Pablo realiza un retrato sorprendente de su hermana Lola, probablemente, un anuncio de la enorme producción pictórica del año siguiente, 1895, en el que con trece años, firma sus dos primeras exposiciones en febrero y marzo en dos establecimientos de la Calle Real.

Comparamos el retrato de su hermana con dos de las obras de estas dos muestras coruñesas en los tres óleos sobre lienzo, Retrato de Lola, Estudio para Cabeza y Hombre con Gorra.


Si el propio Picasso llegó a considerar que sus obras en esta etapa tenían mejor ejecución que parte de su posterior trabajo en Barcelona, incluyendo la producción en sus etapas azul y rosa (de lo que nos informa su biógrafo John Richardson), estos tres retratos, con la sobriedad del perfil de su hermana cuyo pañuelo blanco crea una interesante transición entre el amarillo pálido del vestido y el marrón de los fondos, con la visión frontal del anciano de inquisitiva mirada y las espléndidas manos del mendigo en posición de tres cuartos, dan fe de lo que, artísticamente hablando, está todavía por llegar.


Los retratos que presentó en sus exposiciones son posteriores al gran golpe que sufrirá la familia Picasso y que pudo ser trascendental en la obra de nuestro pintor: la muerte con siete años, el 10 de enero de 1895, de Conchita, la hermana pequeña. A pesar de los desvelos del doctor Pérez Costales y de la promesa del joven Pablo de no volver a pintar si se recuperaba la pequeña, el desenlace fatal fue inevitable. La dolorosa relación con la muerte del pintor, incluso su compleja relación con las mujeres en momentos posteriores, tienen aquí su punto de partida.

Según parece, Responso por la muerte de Conchita, el óleo sobre tabla que presentamos a continuación, lo pintó al regresar del entierro. Una obra torpe en el dibujo porque debió de ejecutarla de noche y embargado por la tristeza y la emoción. Durante los meses siguientes Pablo se refugia en la pintura y de esos momentos son sus obras más significativas.


El retrato (recordando cómo a Velázquez le consideraron despectivamente al llegar a la corte en Madrid “un pintor de cabezas”), abunda en su producción. Destacamos tres de ellos, considerados por la crítica juveniles obras maestras.

Se trata de tres óleos, La Niña de los pies descalzos, El Hombre de la manta y El Retrato del doctor Pérez Costales. De nuevo, frontal, perfil y tres cuartos. La niña, ejecutada con una soltura impropia de la edad, con una penetración sicológica intensa, anticipa formas y personajes de su etapa barcelonesa y azul. Todo lo que configura al hombre embozado por la manta pero mostrando una sobria cabeza, es propio de un pintor que acaba las obras con gran precisión, mientras que el filántropo, activista, benefactor y mecenas de Picasso, el doctor Pérez Costales, amigo de la familia, nos aparece destacado sobre el fondo, con un tratamiento abocetado para el abrigo y buscando concentrar en la expresión el gran respeto por este médico que, a pesar de sus desvelos, no pudo salvar a su hermana y que le proporcionó la posibilidad de realizar las dos exposiciones coruñesas.


Picasso tuvo como maestros directos en Bellas Artes, al escultor Isidoro Brocos y a su propio padre. José Ruiz pintaba marinas y escenas costumbristas y cedió a su hijo una gran tela para que abordase el tema de paisaje. Pablo había pintado pequeñas obras en la costa coruñesa, pero cuando su padre vio esta despedida realizada por su hijo, consideró que ya pintaba mejor que él.

Veamos esas primeras obras y comparemos con la que, con más de un metro y medio de alto, se convierte en la de mayor tamaño pintada en A Coruña: la tela adherida sobre tabla, Playa de Orzán y el óleo sobre tabla, La Torre de Hércules, muestran el interés por captar el instante, el batir de las olas en las rocas, la sensación de lejanía, estudiando el efecto que las nubes introducen en el color de las cosas. Todo parece espontáneo, incluso con actitud impresionista en el intento de captar el ambiente; sin embargo, en La Alternativa, el óleo y el gran lienzo se ponen al servicio de un interés globalizador.

Es como si el joven Pablo se estuviera examinando para obtener el título de Maestro en épocas pretéritas. La entonación es propia de la necesidad de poner en contacto el tema con la atmósfera emocional en la que la mujer y el niño despiden a quien se pierde en la lejanía del mar. La relación de espacios es correcta: el final del muelle, el mar picado y el cielo con nubes amenazadoras. Una obra para que el padre pintor ceda el testigo al prometedor hijo.


Son muchos los apuntes y dibujos que se conservan de la estancia coruñesa. El llamado “álbum de La Coruña” da fe de ello. En él apreciamos la evolución del aprendizaje, sus bocetos costumbristas y sus estudios (en forma de caricatura a veces) de cabezas que explican la maestría con la que traza los retratos.

Así podemos verlo en estas últimas muestras: Retrato de anciano barbudo (mendigo), Perfil (de su padre), y Retrato de árabe (Modesto Castilla vestido de moro). Cualquier mirada atenta deberá reconocer que Picasso ha completado su formación académica cuando aún no ha cumplido los catorce años. Tal y como comenzábamos, La Primera Comunión y Ciencia y Caridad, nos han servido para simplificar las etapas en la producción picassiana. Se irá en 1895 de A Coruña, un pintor ya formado, que se aburrirá en las Escuelas de Bellas Artes en Barcelona y Madrid y buscará nuevos estímulos y objetivos.

Siendo tan prolija la producción del joven Picasso en la ciudad gallega y tan fundamental para entender la obra posterior, deberían las correspondiente Instituciones de la Xunta de Galicia esforzarse para incorporar obra original de este período e insistir en el proyecto de compra del inmueble en el que se sitúa la Casa Museo para habilitar espacios acordes a la calidad de los fondos.

Si Barcelona y Málaga tienen sus museos sin poder presumir de lo que podría presumir A Coruña, valdría la pena el esfuerzo conjunto para que el vértice gallego de la producción picassiana se valore como merece.

Heraclio Gautier



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