• Trinchera Cultural

Carta a la juventud confinada

Actualizado: abr 12

De entrada, este año bisiesto se ha estrenado robándonos (por ahora) marzo, igual que a Sabina el mes de abril.


Se trata de un profesor que se declara "atrincherado" desde antes, inclusive, de nacer esta revista. Y un mensaje que, esperamos escuchen (lean) algunos jóvenes. Y reflexionen al respecto.

En un asunto Heraclio y yo siempre estamos de acuerdo: la Educación (con mayúsculas) no puede ir al margen de los Valores y de la Crítica (también mayúsculas)

Buenos días, jóvenes.


Supongo que estaréis organizando vuestra jornada confinada de hoy: unos, con los trabajos que vuestros profesores os van enviando; otros, pensando qué hacer al haber perdido el empleo como consecuencia del estado de alarma y algunos también, preparándose para salir a trabajar en alguna de esas actividades que se consideran esenciales o trabajando desde casa.


Esta carta tiene la finalidad de haceros reflexionar sobre algunas cosas que no debemos dejar pasar y que tienen que ver con lo que el futuro espera de vosotros.

Es cierto que me gustaría teneros delante, ver vuestras caras e interactuar mediante la proximidad, con el gesto y el ademán y también para contestar algunas preguntas que surgirán y que podrían dar lugar a un rico debate.

Lo primero que quiero recordaros es que sois jóvenes y eso es envidiable para los que ya no lo somos, pero que la edad no os exime de la reflexión sobre lo que está ocurriendo. No es fácil hacerlo ante el bombardeo informativo que estaréis recibiendo a través de los medios tradicionales (prensa, radio y televisión) y modernos (redes sociales). El exceso de información se convierte en ruido y este es enemigo de la clarividencia que exige un juicio sosegado sobre la actual situación.

Creo que esta crisis hay que entenderla (como parece que hacen los chinos) como una oportunidad para sentar las bases de un futuro diferente. Un futuro del que vais a ser protagonistas.

A través de las redes sociales circulan imágenes de animales ocupando espacios hasta hace poco saturados de personas: ciervos corriendo por la playa, pájaros cantando en los árboles de las ciudades, pavos reales de paseo por la calle, jabalíes rondando en familiar manada por las rotondas urbanas, etc.


De entrada, este año bisiesto se ha estrenado robándonos (por ahora) marzo, igual que a Sabina el mes de abril. La pandemia del COVID19 nos ha confinado en casa. Se ha decretado el estado de alarma y hemos pasado de las aglomeraciones diarias en los medios de transporte, en las carreteras, en los lugares de ocio los fines de semana, al casi absoluto vacío de nuestras ciudades.

Cientos de pequeñas empresas han cerrado; otras, sobreviven mediante el teletrabajo. Miles de trabajadores se han quedado en un paro forzado y comienzan a tener dificultades para pagar sus hipotecas, sus alquileres y los bienes adquiridos mediante financiación a medio plazo. El país entero se ha paralizado, suspendiéndose eventos nacionales e internacionales a la espera de una evolución positiva en las cifras de contagio.

Más de 190 países presentan casos diagnosticados.

Todos seguimos el desarrollo de la pandemia a través de los medios de comunicación y de las redes sociales que saturan nuestros dispositivos tecnológicos con miles de imágenes, montajes, reflexiones, opiniones, chistes, textos, etc.


El bombardeo informativo nos mantiene en un estado de excitación permanente, tanto, que necesitamos desconectar de vez en cuando y sumergirnos en la lectura, en las múltiples ofertas de ocio que muestran las televisiones e internet, en tareas culinarias, de limpieza o bricolaje, en la música, etc.

Además, los que podemos hacerlo, nos incorporamos a los distintos procedimientos de teletrabajo.

Quiero que penséis que esto está siendo un revolcón histórico

Pero, como en otros sucesos similares, la propia ola nos envuelve y nos empuja al terreno de la supervivencia emocional organizando rutinas que nos eviten pensar en lo que este monumental tsunami del coronavirus está provocando y va a provocar: centros de salud colapsados, sistemas sanitarios en situación crítica por desbordamiento, carrera desenfrenada sea para anticipar una vacuna, un tratamiento eficaz para los casos más graves o un sistema de protección anticontagio.


Los gobiernos parecen superados por la responsabilidad y caminan a ciegas con errores y aciertos ante los atentos ojos de la oposición, demasiado pendiente, a veces, de rentabilizar la situación de desgaste.


La duda se cuela en nuestra cabeza en el transcurso de los días: ¿Nos estarán contando la verdad sobre la peligrosidad del virus? ¿Son reales las cifras de contagiados y fallecidos? ¿Ha sido casual el origen? Después de más de tres semanas de reclusión domiciliaria conviene alejarse del torbellino e intentar reflexionar sobre este momento como si ya tuviéramos perspectiva sobre él.

Veamos este decálogo para su consideración.
1. Esta crisis ha de ser el aldabonazo definitivo a la utilidad de las nuevas tecnología de la información y la comunicación.

No hay que invertir para conseguir móviles más pequeños o desarrollos de videojuegos más atractivos antes que hacerlo en la extensión de redes y procedimientos de actividad a distancia. En el futuro, la red sanitaria debería implementar actuaciones para el diagnóstico eficaz sin necesidad de trasladarse a los centros hospitalarios. Quizás, estamos confundiendo (o nos están haciendo confundir) la virulencia real de la enfermedad (no olvidemos la proporción 80/15/5) con el colapso del sistema sanitario.

¿Se habrían podido evitar muertes o evoluciones hacia estados críticos con una red de atención online que evitara el traslado al hospital de casos leves?

¿No tiene la tecnología mucho que resolver en el ámbito de la salud y de la prevención? ¿Qué porcentaje del PIB se invierte en ello?

Es cierto que el colapso siempre puede aparecer porque la “enfermedad” como concepto, es incontrolable. Igual que podemos colapsar el sistema bancario si decidimos colectivamente retirar nuestros fondos en un mismo día, el sistema de salud puede desbordarse. Pero igual que tenemos banca online y cajeros automáticos, la salud debería disponer ya de aplicaciones similares (que existen, pero siguen en pañales). Es posible que haya que plantearse el absurdo de que en nuestra sociedad, hasta hoy, sea más importante tener el dinero a buen recaudo, que la salud.

2. Tendremos que reconocer que el envejecimiento de la población es inexorable y es preciso formar profesionales para atender las necesidades de la gente mayor.

Muchos de nuestros mayores viven solos y necesitan cauces para acentuar sus relaciones sociales y para sentirse socialmente útiles.

3. Ninguna pandemia debe privarnos (pasado el confinamiento) de nuestro derecho a la proximidad física y al contacto.

Nos negaremos a conceder crédito a todos aquellos que aprovechen las condiciones actuales de contagio para promocionar futuras costumbres de asepsia radical en las que tocarse, abrazarse y sentir el beneficio de la cercanía personal sean consideradas conductas de riesgo.

4. El coronavirus ha demostrado la enorme fragilidad del proyecto europeo.

Hemos pagado la escasa atención prestada a la “cuestión social”, siempre relegada ante las urgencias de la construcción de un espacio económico que eliminara las trabas al aumento de los beneficios del gran capital (al que no le conviene la inversión en servicios sociales que no determinen rentabilidad a corto plazo).

No estamos construyendo la Europa de los pueblos, sino la Europa de los mercaderes.

5. Solo el tiempo podrá determinar si el confinamiento es la única forma de paralizar un virus

Paralizar cientos de países mediante el confinamiento de la población, no puede ser la única manera de luchar contra los contagios masivos. No pretendamos ponerle puertas al campo, porque llegará el día en el que otro virus haga inútil el encierro domiciliario.

La Ciencia y la inversión en I + D + i han de poner en el mercado vacunas y tratamientos en periodos de tiempo más cortos que los 12 meses que ahora se plantean.

Habrá que anteponer al derecho de las grandes farmacéuticas a beneficiarse de sus patentes, el derecho a la salud.

6. La pandemia nos demuestra también que el ser humano es el único elemento del ecosistema planetario capaz de deteriorar y destruir el resto de los elementos que lo integran.

Nuestra pasión depredadora nos ha llevado a invadir ámbitos de la vida animal y a explotar la zoosfera hasta provocar el tránsito sencillo de complejos patógenos entre las especies.

Hemos de recuperar el respeto por las otras formas de vida, por el hábitat natural de los animales y las plantas con las que necesitamos vivir en equilibrio.


La crisis del coronavirus no deja de ser un problema medioambiental más, otro toque de atención que el Planeta nos da por si los devastadores incendios en Australia a primeros de año y los continuos desastres producidos por inundaciones y agresiones al medio, no hubieran sido suficientes.

7. Han bastado dos semanas de confinamiento para recuperar una atmósfera limpia y respirable en nuestras ciudades.

Las imágenes de concurridas avenidas y calles, ahora vacías, producen cierta tristeza pero lo que les devolverá la alegría será la presencia de los ciudadanos, no la de sus vehículos privados.

Cuando esta reclusión forzada pase, apostemos por el confinamiento del coche y exijamos a los poderes locales la implantación de transporte público limpio y de formas sostenibles para los desplazamientos privados.

8. Este virus está demostrando su peligrosidad a base de poner en jaque sistemas sanitarios de países del mundo desarrollado, con sus preparados profesionales, sus infraestructuras hospitalarias modernas y eficaces y con sistemas de salud primaria bien asentados.

Países en los que se puede confinar a la población porque la distribución de alimentos no peligra y porque las viviendas disfrutan de agua, gas y electricidad para su mantenimiento básico.

Pero ¿Qué ocurrirá cuando la pandemia se extienda a África donde buena parte de la población tiene que salir diariamente para llevar agua y comida a casa, donde la sanidad no es universal sino fragmentaria, donde las sólidas redes familiares de los medios rurales se transforman en desestructura social en las atestadas urbes, donde la tuberculosis es la enfermedad más letal y donde la desnutrición y la deficiente alimentación lesionan el sistema inmunitario?


Quizás debiéramos pensar (puesto que hemos sentido una sacudida enorme en nuestro primer mundo) que la malaria, el ébola, el sida, producen impactos terribles en el tercer mundo y que tienen carácter endémico. Ellos conviven con la enfermedad y la muerte a diario mientras nosotros solo lo percibimos como una lejana maldición que se nos ofrece en imágenes desde los medios de comunicación. Cuando África reciba el impacto de la enfermedad volverá a hacerse visible la brecha creciente entre seres humanos de primera y segunda categoría. No perdamos pues, la oportunidad de recolocar nuestra escala de valores.

9. En el pasado mes de diciembre la información se centraba en el "encaje" político del país y en las negociaciones para la investidura.

Había una “enorme preocupación” ante la fragilidad de nuestro sistema de partidos y desde algunos foros se anunciaba un futuro políticamente desolador.

Al llegar las navidades nos preocupó si era o no peligroso chupar las cabezas de las gambas mientras discutíamos sobre el veto parental y, entrado ya 2020, sobre si prosperaría o no el impeachment a Trump y sobre el impacto en los españoles del brexit. Todo esto requería urgentes soluciones.

Hasta que llegó el coronavirus y nos fue enseñando poco a poco la diferencia entre lo urgente y lo importante; entre disputar para alcanzar ridículas cuotas de poder (aun a costa de desunir lo que no funcionaba mal estando unido) y disputar por conseguir la mejor atención hospitalaria de nuestros enfermos dejando a un lado intereses particulares.

10. Ya en el siglo XIX la Geografía Anarquista defendía (frente a los postulados del darwinismo social) que los pueblos progresan desarrollando mecanismos de cooperación y no de competencia.

Está siendo aleccionador ver la movilización voluntaria de solidaridad que recorre el Planeta: médicos cubanos y chinos trasladándose a países con necesidades de personal sanitario, empresas que reorientan su producción para fabricar equipos de protección individual y respiradores para hospitales, ciudadanos comunes que aportan soluciones ingeniosas al respecto, jóvenes que se ofrecen para hacer la compra a los mayores, personajes de la vida pública que donan dinero, músicos y poetas que ofrecen conciertos confinados, taxistas que no cobran las carreras, personal sanitario jubilado que solicita reingreso voluntario, profesores que derrochan esfuerzo, tiempo, improvisación e intuición, para suplir las carencias de las plataformas para la enseñanza online...

En fin, un reguero de solidaridad, de cooperación, de empatía, de agradecimiento, que sería lamentable perder cuando todo esto pase.


Nuestro potencial está en nuestra generosidad y cualquier crisis económica que nos pueda llegar ahora, nos encontrará con los lazos de la solidaridad bien firmes. No desaprovechemos esta oportunidad para compartir lo mucho que tenemos aunque nada nos sobre.


Que en los próximos meses salgamos al balcón a las ocho para aplaudirnos unos a otros.

Heraclio Gautier, 3 de abril de 2020.

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