• Trinchera Cultural

Buceo en la fragilidad del alma (reseña de JM.Ariño)


Una cita de Hellen Keller, escritora sordociega estadounidense –“Las cosas más bellas y mejores en el mundo no pueden verse ni tocarse, pero se sienten en el corazón”– y otra del poeta y novelista francés Víctor Hugo– “La incurable sordera es la de la muerte”– anticipan Poemas sordos, segunda aventura poética de la escritora María J. Mena. Después del éxito de Poemas ciegos, la autora madrileña profundiza en la relación entre el mundo y el ser humano y se adentra con lucidez y sensibilidad en el ámbito de la mente y en el intrincado mundo del corazón.


“Las cosas más bellas y mejores en el mundo no pueden verse ni tocarse, pero se sienten en el corazón”

El libro está estructurado en cuatro partes, conectadas entre sí mediante el hilo sutil de las reflexiones sobre la vida, el amor, la ausencia, el recuerdo y el miedo irremediable a la muerte. Cada una de ellas mantiene un equilibrio e invita al lector a sumergirse en los laberintos más profundos del ser, lejos del estrépito y de la superficialidad. Después del excelente prólogo de José Antonio Olmedo López-Amor, aparece el poema “Fábulas sordas”, que sirve de pórtico al resto de composiciones y desvela en un acróstico libre el título de la obra. Una obra que inicia su andadura con un viaje hacia la vida, hacia la belleza y hacia la fragilidad de lo cotidiano. Son los “Ecos” que, cual “melodías vacilantes”, diseñan un camino bañado por la caricia del agua –“Ese amor de agua, hiedra y delirio”–, aliviado por una suave brisa y arropado por las sombras oscuras de la noche: “Le hablas a la noche, / pero ella engreída y sorda / no contesta”. Todo confluye en una reflexión existencialista en “El eco de la ausencia”, con una exaltación de las cosas sencillas que tejen el hilo de lo cotidiano.



Este mismo esquema agrupa las “Melodías onduladas”, que presentan un abanico de vaivenes que oscilan entre las tinieblas y los sueños en busca de paraísos virtuales. A la fragilidad de la niña –“Mi pequeña de agua y miedo” – se suma la desorientación y el naufragio “en la hora de un ocaso / solitario y tuerto”. Es la sensación de pérdida la que invade un camino surcado a destiempo en el que la poeta –“Protegida por la coartada seductora de las sombras, / desnudé por igual la piel y el alma”– afronta la paradójica belleza del hambre. Con un denso y reflexivo poema –“Melodías de un blues”–, la autora aglutina unos monólogos en los que se desdobla en un yo atenazado por la nostalgia y en un tú que se convierte en hechizo salvador de las amenazas del ocaso: “me dejo acunar por la ternura de tu aliento, / que nos protege y guarda de los ocasos sordos”.


Los “Versos melódecos” –curioso y acertado neologismo– anticipan una tercera parte en la que el amor se convierte en un mantra repetitivo y la muerte en un temido desenlace: “No me pidas, por favor, / que sea la irremediable muerte”. Una muerte oculta detrás de “el amable sonido de otra lluvia” y simbolizada metafóricamente en el poema “El terapeuta”, inspirado en el famoso cuadro de Magritte. En cada una de las estrofas se manifiesta un aliento de extrañeza y desconcierto ante las grietas que atenazan el alma del ser disfrazado de “toneladas de asfixia y de sordera”.


Dos citas de Abraham Maslow y de Siri Hustvedt sirven de pórtico a “Madurez”, la parte que cierra el poemario y que condensa todas las inquietudes anteriores. El soneto “Ser o quizás estar”, que nos recuerda al mejor Rubén Darío, anticipa unos poemas inquietantes como “Verdugos sordos” –“La muerte que espera derrotada / en el quicio del mañana / viene esta noche a acompañar tu alba”–, en el que la muerte es de nuevo la protagonista que se manifiesta en la herida del leño calcinado, o en un mensajero inesperado “A la vuelta de la esquina”. Solo la locura desgarrada del amor –en el poema “El amante”– se convierte en coartada para huir de los embates del mar y buscar una inmersión en lo más profundo del alma. En el poema “Sentido” la poeta se transforma en náufraga de luz y amaneceres: “Descender hacia las fosas en las que duermen / las palabras clandestinas, / las narraciones de otros, / los amores de agua, / los deleites”. Todo ello como un aliento de esperanza para aspirar a la plenitud y llegar a un insospechado rincón de la Tierra sin puertas ni fronteras: “Y al final eludimos el peso de lo quebrado…/ descubriendo así / que habíamos fondeado una isla inhabitada, / a la que siempre anhelamos regresar”.

Cada estrofa, cada verso de los poemas de María J. Mena hechiza al lector y le transporta a un mundo de sensaciones que van más allá de la realidad. El cuidado de la forma y la hondura del contenido invitan a una lectura sosegada y reflexiva.

José María Ariño Colás

Doctor en Filología Hispánica



Sobre la autora

María J. Mena (Madrid) es titulada en Trabajo Social y en Ciencias del Trabajo por la Universidad Complutense de Madrid y experta en mediación y resolución de conflictos y en cooperación internacional.

La experiencia profesional y humana acumulada en esos ámbitos nutre, al menos en parte, su obra poética y narrativa: Poemas ciegos (Olé Libros, 2019) y Relatos monocromáticos (Olé Libros, 2020), además de la antología La flor en que amaneces. Volumen I (Azalea, 2020), en la que se han incluido algunos de sus versos.

Ha publicado también reseñas, entrevistas y artículos literarios en medios especializados como las revistas Moon Magazine, Pasar Página y Quimera, así como en el blog La Piedra de Sísifo.

Publica con Olé Libros Poemas Ciegos (2019) y Relatos Monocromáticos (2020).







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