• Trinchera Cultural

Boldini y los costumbristas españoles de finales del XIX

EXPOSICIÓN:

El espíritu de una época. Boldini y la pintura española a finales del siglo XIX.

UBICACIÓN:

Sala de exposiciones Recoletos. Paseo de Recoletos 23, 28004 Madrid. Fundación MAPFRE.

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 12 de enero de 2020.

La corriente del Realismo en pintura arranca en Francia tras la crisis de la Revolución de 1848. Las visiones subjetivas de los pintores románticos, sus ensoñaciones, su refugio en el exotismo, dieron paso a una pintura dispuesta a hacer patente la realidad presente utilizando temáticas que pudieran observarse directamente por el artista. Esta actitud, apareció desde diferentes ópticas: desde el lirismo embellecedor de Millet; desde la visión descarnada y cruda del socialismo de Courbet; desde la sátira caricaturesca de Daumier; desde el relato costumbrista de Meissonier, incluso, desde la pura visualidad que defenderán los posteriormente llamados pintores impresionistas.

Giovanni Boldini (Ferrara, 1842- París, 1931), presente en París desde 1871, coincidió en sus planteamientos estéticos con pintores españoles afincados en la Ciudad de la Luz aunque ya la hubieran abandonado tras la Comuna.

La muestra de la Fundación MAPFRE, valora esas correspondencias desde diferentes géneros (una variadísima gama de escena costumbrista, paisaje y sobre todo, retrato).

Nuestro pintor llega como un renovador en el género del retrato tras haber participado de los afanes de recuperar la inmediatez y el trazo ágil de los macchiaioli.


Su retrato de Mary Donegani (1869), con su refinada elegancia, la atención al rostro y el juego atrevido de diagonales en una estancia tratada con el detalle preciosista de la obra de Fortuny (que tanto admiró), encaja con las intenciones de retratistas españoles como Madrazo, que en Aline Masson con mantilla blanca (c.1875), nos ofrece una espléndida diagonal para concentrarnos en la riqueza de color y luz de ese rostro entre ingenuo y coqueto realzado por el preciosismo del atuendo. El interés de Boldini por lo español, ya se había puesto de manifiesto en el retrato magnífico, inmediato y de trazo ágil que en 1867 había hecho a Esteban José Andrés de Saravalle de Assereto, con el título de El General Español, que recogía la tradición velazqueña y la de la retratística holandesa del XVII.

Es de sobra conocido, que triunfar en los medios burgueses y aristocráticos exigía contar con un galerista que arriesgara exhibiendo y un coleccionista que lo hiciera comprando. Goupil y William H. Stewart cumplieron esos cometidos.

Los europeos que viajaban en el XIX por España iban buscando lo que los tópicos alentados por el espíritu romántico pretendían reflejar de nuestro país: mujeres de negro con mantilla, bandoleros con machete, hombres con turbante guiando asnos cargados, toreros y gitanos guitarristas.

Pertenecíamos al mundo de lo exótico y a la burguesía francesa le gustaba colgar en sus salones cuadros que reflejaran esos ambientes aunque se refirieran a las escenas goyescas del siglo anterior.


Cuando Boldini pinta Paje jugando con un lebrel (c. 1869), nos recuerda las a veces criticadas “pinturas de casacón” de los costumbristas españoles, homenajeando un pasado idealizado a través del preciosismo detallista; otras veces la referencia a lo hispano es más directa, como ocurre en su óleo de 1872, Indolencia, en el que la indumentaria de las jóvenes y la guitarra remiten a escenas tópicas de nuestro país; pero resulta muy llamativa la relación en el uso del color y la pincelada rápida con obras de Fortuny como La elección de la modelo (1868-74); ambos pintores utilizan la tabla como soporte y en este caso, el pintor de Reus rinde tributo a los grandes pintores de la tradición española al tiempo que vuelve la mirada al siglo XVIII (como en La vicaría) reflejando aquí la misma sensualidad cromática que aparece en la obra del pintor italiano.

El paisaje, como marco en el que se desarrolla la vida cotidiana, tanto en las urbes de los ensanches del siglo XIX, en las playas o en los jardines, fue temática principal en la etapa finisecular.

No solo desde la captación instantánea de la luz de los impresionistas, sino desde intenciones más descriptivas pero con preocupaciones y técnicas similares. A veces se busca la escena cotidiana en el medio natural, a veces la ciudad es el marco de la anécdota o de la fotografía de un momento fugaz.

Así se nos muestra en estas obras: en la primera de ellas, Fortuny, que pasará en Italia los últimos años de su vida, nos deja un soberbio paisaje en Playa de Portici (1874), de sobria estructura donde el color unifica las formas naturales y envuelve a las mujeres y a los elementos inorgánicos; en otro registro, pero con un sentido de lo nocturno envidiable, Madrazo había pintado este realista óleo en 1867, Salida del baile de máscaras.

Un trozo de vida de la burguesía acomodada, una anécdota, al gusto de las obras que se colgaban en el Salón; se trata de instantáneas con la recuperación de “lo banal” que también practicaban los impresionistas, pero con una construcción clásica y una precisa atención al detalle aunque el pincel suelto diluya las formas; eso es lo que Boldini presenta en la Place Clichy de 1874.

A comienzo de los 80 París es la meca del glamour, de las elegantes fiestas burguesas, de cabarets y salas de baile, de cafés y teatros. Los pintores allí afincados eligieron el retrato elegante y la escena frívola para dejar constancia de ese mundo. Boldini entra en la madurez de su pintura y se lo rifan como retratista.

No prescinde del marco concreto de la escena ni del rescate de momentos triviales aunque con un estilo que evoluciona de la descripción detallada de la clase social de sus protagonistas como ocurre en Conversación en el café un óleo sobre tabla de 1878, a la pincelada fugaz, casi impresionista del Bar del Folies Bergére de 1885.


En esta década estuvieron activos en París pintores españoles como Romá Ribera y Joaquín Sorolla. Ambos practican un tipo de retrato directo y atento a la psicología de la retratada, sin obviar las referencias a la clase social y a la elegancia que se supone de quien encarga este tipo de obras.

Boldini coincide con ellos en estos intereses estéticos y podemos verlo comparando su retrato a La señorita Concha de Ossa, (con técnica al pastel sobre lienzo de 1888) elegante y delicada, combinando la diagonal del sofá y el abanico con la que forma la propia figura adornada con gesto de dulce seducción, con el de Clotilde García del Castillo de 1890 y el de Mujer en traje de noche de 1893 de Joaquín Sorolla y Romá Ribera respectivamente.

La disolución de la línea en beneficio del color, la elegancia de la pose, la riqueza de los atuendos, la precisión de los rostros, apuntan a preocupaciones estéticas similares.

Las obras de los años noventa y las primeras fechas del siglo XX, denotan los cambios que la independencia de la forma, la línea y el color operarán sobre la posición del artista ante la Naturaleza.

Boldini nos deja obras cumbre en su trayectoria como retratista tal y como se aprecia en los dos que ejecuta en 1897, el de James Abbott McNeill Whistler, y el de Madame Veil-Picard, obras gemelas en su concepción, que recuerdan los mejores retratos de Goya, Gainsborough o Reynolds, pero con una cercanía psicológica y una composición novedosas.



Los nuevos planteamientos en el retrato pueden apreciarse en esta muestra en la única obra que se presenta de Ramón Casas, La Parisiense, de 1900.

Piernas cruzadas en posición de perfil, con iluminación frontal para valorar la planitud de la superficie. Boldini acentuó la sensualidad de las mujeres que retrató en esta época, tanto en las poses elegidas como en la vaporosidad de sus vestidos. Fue algo voluntario y podemos verlo al comparar dos retratos a la misma persona, del pintor italiano y del español Manuel Benedito. Se trata de Cleó de Merode.


Mientras el pintor español se preocupa por resaltar los elementos que acentúen la elegancia de esta bailarina musa de artistas, mediante la delicadeza de la pose en ligero tres cuartos, la entonación de azules sobre fondo neutro y el armiño marrón que siluetea la figura, el pintor de Ferrara, entonando de forma valiente en la gama de grises, elige una pose en la que la diagonal del brazo se comunica con la decoración del fondo mientras la luz cae sensualmente sobre hombro, cuello y pecho encajando con la picardía del gesto.

La sensualidad y la fluidez acabará triunfando en 1910 en alguno de sus desnudos, como este Desnudo de joven tumbada.

Ya encontramos la distorsión de la línea en la angulosidad del rostro, al estilo del Expresionismo alemán. Pero no hay angustia sino recreo para la mirada, al tiempo que se aboceta lo que no interviene en la idea que se pretende transmitir.

Son muchas las obras que podrían haber sustituido a las elegidas para esta breve reseña.

Quiero resaltar la excelente selección de Francesca Dini y Leyre Bozal para esta muestra, que permite recorrer la historia de la belleza en una época dominada en la historiografía por impresionistas, neoimpresionistas y simbolistas.


También quiero agradecer a la Fundación MAPFRE su apuesta por artistas no muy conocidos por el gran público a los que podemos conocer o recuperar a precios mucho más que asequibles.


Heraclio Gautier

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