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Alejandro Magno: del mito al hombre

Actualizado: 15 de dic de 2019



Dicen de Alejandro Magno que era capaz de llorar escuchando a un poeta y arrasar una ciudad sin derramar una lágrima. Sus detractores afirman que fue un cruel megalómano, pero también hay quienes ven en su figura a un altruista incomprendido.

Son muchas las controversias generadas en torno a este personaje histórico pero, ¿qué es lo que realmente sabemos de él? Más allá del mito, ¿qué hay del hombre?

En este artículo nos acercaremos a la figura de Alejandro, no como héroe de la Antigüedad o semidiós, sino como una persona de carne y hueso con sus luces y sus sombras.


Alejandro Magno representado como Helios, siglos 3-2 a.C., copia romana del busto original helenístico, Museos Capitolinos, Roma, Italia (22 de junio de 2019): https://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_Magno#/media/Archivo:0_Alexander-Helios_Capitolini_(1).JPG

Alejandro nació en el año 356 a.C. en Pella, capital de Macedonia.

Hijo de Filipo II “el Tuerto” y de Olimpia de Epiro, desde muy pequeño fue testigo de las tensas relaciones entre sus progenitores. Filipo nunca fue una figura paterna atenta y parece responder al estereotipo de cabeza de familia autoritario. Padre e hijo mantendrían una tortuosa relación de amor-odio a lo largo de los años en la que podemos destacar algunos hitos.


El primero tuvo lugar contando Alejandro con apenas 13 años, cuando el joven príncipe logró domar al que sería su caballo, el fogoso Bucéfalo. Se cuenta que Filipo, emocionado por el logro de su hijo, le dijo que habría de buscarse un reino lo bastante grande para él; Macedonia se le quedaba pequeña. [1] Pasó el tiempo, y en el año 338 a.C. Alejandro volvió a demostrar ser digno del reconocimiento de su padre cuando éste le confió el ala izquierda de su ejército en la Batalla de Queronea. Tras años de campañas Filipo lograba hacerse por fin con el control de Grecia ante la inquietud de Alejandro, que temía que su padre se le adelantase en sus conquistas y no dejase nada para él. Alejandro no quería heredar un reino; quería conquistarlo él mismo. [2]


La Batalla de Queronea pudo haber consolidado las buenas relaciones entre padre e hijo, si bien los acontecimientos posteriores descartaron tal posibilidad.

Ese mismo año Filipo volvía a casarse, siendo su nueva esposa la joven Eurídice.

La poligamia habría sido algo habitual en la familia real macedonia, [3] y es probable que desde pequeño Alejandro hubiese convivido con las demás esposas de su padre. [4] Sin embargo, ya fuera por la amenaza que suponía para los derechos sucesorios de su hijo, ya fuera por celos, desde el primer momento Olimpia se mostró hostil hacia Eurídice. [5]


Las fuentes antiguas coinciden en retratar a la epirota como una mujer celosa y de carácter difícil, aunque en su defensa Quinto Curcio afirma que era “la más dulce de las madres”. [6] Ciertamente Olimpia fue un contrapeso a la figura de Filipo al asumir el rol de madre atenta y sobreprotectora, lo cual no le impidió ser una progenitora en exceso exigente que alimentó en su hijo un obsesivo afán de superación.


Las ambiciones de Olimpia se plasmaron en las del propio Alejandro, cuyas tensiones con su padre estallaron la noche de su boda. Durante el banquete nupcial Átalo, tío de la novia, hizo un brindis en el que reconocía al futuro hijo de Filipo y Eurídice como legítimo heredero, lo cual enfureció a Alejandro e inició una acalorada trifulca.


Aquel incidente supuso el exilio del joven macedonio, que no obstante sería llamado de vuelta por su padre al poco tiempo. Fue entonces cuando, en un giro inesperado de los acontecimientos, Filipo fue asesinado. Aunque sabemos que el autor material del crimen fue Pausanias, miembro de la guardia real, no cabe duda de que los mayores beneficiados por la muerte de Filipo eran Olimpia y su hijo. El hecho de que fueran los amigos de Alejandro quienes acabaran con Pausanias hace sospechar al historiador Peter Green de su participación en el regicidio, [7] mientras que para A.B. Bosworth su inocencia quedó probada en el mismo instante en que ordenó ejecutar a varios sospechosos durante el funeral de Filipo, ya que de haber querido librarse de sus cómplices no lo habría hecho en público exponiéndose a ser delatado. [8]

En cuanto a Olimpia, su implicación en el asesinato de su esposo nunca pudo ser demostrada, y aunque es posible que Alejandro jamás llegase a estar seguro de su culpabilidad, el caso es que tras su coronación ambos se fueron distanciando. [9] Poco después Alejandro partía hacia Oriente dejando a Olimpia en Macedonia, si bien la asidua correspondencia que mantuvo con ella permite pensar que a pesar de todo nunca dejó de quererla. [10]


Pero no adelantemos acontecimientos. Filipo y Olimpia no fueron las únicas personas que contribuyeron a forjar la personalidad del joven Alejandro.

A la edad de 13 años, y como parte de su educación, el príncipe macedonio fue enviado junto con los hijos de la nobleza a Mieza. Allí conoció al célebre Aristóteles, quien se esforzó por refrenar su apasionado carácter y orientar su ímpetu hacia ideales heroicos. [11]


Para ello el filósofo regaló a su joven pupilo un ejemplar comentado de la Ilíada de Homero, [12] el cual Alejandro conservó con gran cariño durante toda su vida. El futuro conquistador, cuya familia materna hacía remontar su linaje hasta Aquiles, halló en el héroe homérico un referente y un modelo a seguir, viendo en su romance con su amigo Hefestión una encarnación del amor entre Aquiles y Patroclo.

Muy posiblemente Hefestión fue la única persona en la que Alejandro llegó a confiar de verdad, y la única que compartió, o al menos respetó, su sueño de unir Oriente y Occidente.


Sin duda Aristóteles contribuyó a imprimir en el príncipe macedonio un notable interés por las ciencias y el saber, pues sabemos que Alejandro se hizo acompañar en sus expediciones de todo un ejército de geógrafos, botánicos, zoólogos y otros sabios y demás expertos y no dejó de enviar a su antiguo maestro descripciones y muestras procedentes de los territorios conquistados. [13] Por contra, el pensamiento político de Aristóteles, quien recomendaba a su pupilo tratar a los griegos como iguales y a los “bárbaros” como esclavos [14], no tuvo calado alguno en el joven príncipe.


Alejandro no solo fue tolerante hacia sus súbditos persas, sino que además desarrolló un gran interés por su cultura y adoptó muchas de sus costumbres.

Muy criticado sería por sus generales por introducir la proskynesis (la obligación de arrodillarse en ante el rey), a pesar de que para los persas no constituía un acto de adoración divina como creían los macedonios y se trataba simplemente una muestra de sumisión al monarca. [15]


Tras sofocar las revueltas de las polis griegas que se sublevaron a la muerte de Filipo, el nuevo rey de Macedonia puso en práctica el plan diseñado por su padre para invadir Persia y derrotar al gran rey Darío III.


Pronto las ansias de grandeza de Alejandro convirtieron lo que en principio no pretendía ser más que una expedición de saqueo y castigo en una campaña que se prolongó varios años.


Alejandro sentía la obligación de ser siempre el primero en el campo de batalla y dar así ejemplo a sus hombres, lo que constituía un golpe de efecto propio de su gran sentido de la teatralidad pero lo exponía a acciones muy temerarias. [16] A pesar de ello la fortuna no dejó de acompañarlo en su aventura, y encadenando una victoria tras otra derrotó a los persas en Gránico primero (334 a.C.) e Issos después (333 a.C.).


Fue en esta última donde infligió una de sus mayores humillaciones a Darío, al capturar a su madre Sisigambis junto con su esposa y sus dos hijas. Alejandro no sólo fue respetuoso con ellas sino que además les permitió conservar todos sus títulos y privilegios, siendo elogiado por ello por los historiadores de su tiempo. [17]


Más allá de ciertos formalismos, lo cierto es que Alejandro no tenía obligación de mostrarse tan solícito hacia Sisigambis, pudiendo ser que sus atenciones hacia ella no fueran interesadas y la considerase una segunda madre ante la ausencia de la que había dejado en Macedonia. [18]


Así, la gran generosidad que Alejandro manifestó continuamente, y que por supuesto satisfacía también intereses políticos, pudo deberse más que otra cosa a una desesperada necesidad de sentirse amado, [19] pues a pesar de que casi toda su vida trascurrió en un ambiente militar el joven conquistador se distinguió siempre por su gran sensibilidad y delicadeza. [20]

Mosaico de Issos (detalle), s. I a.C., mosaico romano copia de la pintura original helenística, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, Italia (22 de junio de 2019): https://es.wikipedia.org/wiki/Mosaico_de_Issos#/media/Archivo:Alexander_(Battle_of_Issus)_Mosaic.jpg

Una vez controlados los territorios al oeste del Éufrates Alejandro puso rumbo a Egipto, donde fue recibido como un auténtico libertador. Su llegada puso fin al dominio persa y trajo consigo la restauración de los cultos tradicionales, ganándose así el favor de los egipcios y propiciando su coronación como faraón en el 332 a.C. [21] Tras fundar Alejandría, una de las muchas ciudades que llevarían su nombre, lo más lógico hubiera sido marchar sobre Darío antes de que éste pudiera reorganizarse, por lo que debemos suponer que su viaje al oráculo de Siwa debió de responder a motivos muy poderosos. Estos, sin embargo, no están del todo claros. [22] José Mª Blázquez Martínez nos habla de Alejandro como una persona en extremo supersticiosa, [23] mientras que Cristina García García se decanta por motivos de carácter propagandístico. [24] Sea como fuere, la visita de Alejandro a Siwa se saldó con su proclamación como hijo de Zeus-Amón, pero a pesar de las acusaciones que recibió de renegar de su padre mortal Alejandro nunca llegó a desvincularse de él y siguió honrando siempre a Filipo. [25]


Alejandro Magno (dcha.) ante Amón-Ra (izq.), período ptolemaico, relieve hundido, Templo de Luxor, Egipto (22 de junio de 2019): https://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_Magno#/media/Archivo:Louxor_Amon_Ra_Alexandre.jpg

Tras este episodio Alejandro prosiguió su camino hacia Persia buscando la batalla definitiva contra Darío, la cual llegaría en el año 331 a.C. en Gaugamela. A pesar del triunfo de la táctica macedonia, gracias a la cual poco más de 45.000 helenos lograron vencer a un ejército de unos 100.000 persas, la victoria dejó a Alejandro un sabor agridulce al no poder capturar a Darío, por lo que pronto abandonó la comodidad de la recién tomada Babilonia para perseguirlo.


No obstante, cuando la expedición macedonia logró dar con él ya estaba muerto, pues había sido traicionado y sucedido como gran rey por el sátrapa Bessos.


Decidido a vengar la muerte de Darío y acabar con cualquiera que osara usurpar su título, Alejandro persiguió a Bessos hasta darle caza. Sus generales pudieron pensar entonces que el conquistador daría ya por concluida la campaña de Asia, si bien este no tenía ninguna intención de regresar a Macedonia.


Desarrollo de la Batalla de Gaugamela con las tropas y movimientos de Alejandro Magno en azul y de Darío III en rojo (22 de junio de 2019): https://www.correodelmaestro.com/publico/html5072017/capitulo3/la_batalla_de_gaugamela.html

Pero, ¿qué buscaba en Oriente? ¿Acaso huía de algo? Alejandro anhelaba la gloria a toda costa, pero parece difícil sostener que en sus campañas no había otras motivaciones.

A pesar de algunas muestras de represión Alejandro jamás expolió los territorios ocupados y preservó sus usos y costumbres, adelantándose a su tiempo al concebir un imperio universal cuyo mantenimiento no dependiese de la imposición militar o cultural de los conquistadores. [26] Esta política quedó bien escenificada en las Bodas de Susa que en el 324 a.C. Alejandro organizó entre sus oficiales y las mujeres de la nobleza persa y en la que él mismo desposó a una de las hijas de Darío, Estatira, habiéndose casado 3 años antes con la hija de un noble bactriano llamada Roxana.


No obstante, este trato favorable hacia los “bárbaros” no era del agrado de sus oficiales, que cansados de su larga marcha por Asia tan sólo deseaban regresar a Macedonia con el botín obtenido.


Muestra de este descontento fue la traición Filotas, amigo suyo de la infancia y miembro de los hetairoi (cuerpo de élite al servicio del rey). A ello se sumaron poco después las ofensas de Clito, antiguo general de su padre al que Alejandro mató en un arrebato de ira, lo que terminó por sumir al conquistador en un agudo episodio de depresión.


La situación llegó a un punto insostenible cuando el ejército macedonio se amotinó en el Río Hífasis, en la India, ante lo cual Alejandro hubo de anunciar el fin de la expedición. Antes de abandonar la India, sin embargo, ordenó erigir 12 altares con los que quiso dejar constancia de haber superado a su mítico antepasado Heracles al llegar más lejos que él en su travesía por Asia. [27]


Alejandro debió de ver su vuelta a Babilonia más como una retirada humillante que como un regreso triunfal.

En estas circunstancias la muerte de Hefestión en el 324 a.C. debió de ser un golpe brutal para su ya trastocado ánimo. El historiador antiguo Arriano nos habla de las intensas muestras de dolor del rey, que estuvo 3 días seguidos sin comer llorando desconsoladamente. [28]


Finalmente, tan sólo un año después de la pérdida de su amante, Alejandro murió envenenado en Babilonia a la edad de 33 años. La autoría de su asesinato así como la cuestión de su sucesión continúan siendo un misterio para los historiadores. Algunos sostienen que con sus últimas palabras el rey nombró sucesor al general Crátero, mientras que otros consideran que designó, tal vez delirando, “al más fuerte”, ya que la pronunciación de esta última frase –krat’eroi-, apenas difería de la pronunciación de “a Crátero” –Krater’oi. Sin un heredero claro, y con su hijo aún en el vientre de Roxana, la muerte de Alejandro supuso el fin de su imperio y su división entre sus principales generales, los llamados diádocos.

Máxima expansión del imperio de Alejandro Magno con la ruta que siguió (22 de junio de 2019): https://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_Magno#/media/Archivo:Imperio_de_Alejandro_Magno_con_ruta.svg
La historia de Alejandro es la de un idealista cuyo sueño no fue comprendido por sus contemporáneos.

La soledad fue su compañera de viaje a lo largo de los más de 25.000 km que recorrió, forjando un imperio que a su muerte se extendía desde el Danubio hasta el Indo. A pesar de haber tenido que interrumpir su viaje en la India su objetivo de conquistar Arabia, sus planes de invadir Sicilia y la Península Itálica o su proyecto de cruzar las Columnas de Heracles nos dan buena cuenta de ese ímpetu inquebrantable que definía a Alejandro y lo hizo magno a ojos de la Historia.


Álvar Muratel Mendoza


REFERENCIAS:


  1. The True Story of Alexander the Great. Jim Lindsey (dir.), Nueva York: The History Channel, 2004.

  2. Ibid.

  3. Noguera Borel, Alejandro: “Alejandro Magno y las mujeres: las «madres» de Alejandro”, Actas del primer seminario de estudios sobre la mujer en la Antigüedad (24-25 de abril, 1997) (Valencia, Sema, 1998), p. 74.

  4. Noguera Borel, Alejandro, p. 79.

  5. Noguera Borel, Alejandro, p. 75.

  6. Ibid.

  7. The True Story of Alexander the Great.

  8. Bosworth, A.B.: Alejandro Magno, Madrid, Ediciones Akal, 2005, pp. 28-29.

  9. Noguera Borel, Alejandro, p. 76.

  10. Ibid.

  11. García Gual, Carlos: “El discípulo y su maestro. Alejandro y Aristóteles”, Historia National Geographic, 10 (2004), p. 61.

  12. García Gual, Carlos, p. 58.

  13. Ibid.

  14. García Gual, Carlos, p. 61.

  15. De Olaguer-Feliú y Alonso, Fernando: Alejandro Magno y el arte. Aproximación a la personalidad de Alejandro Magno y a su influencia en el arte, Madrid, Ediciones Encuentro, 2000, p. 53.

  16. De Olaguer-Feliú y Alonso, Fernando, p. 55.

  17. Noguera Borel, Alejandro, p. 81.

  18. Noguera Borel, Alejandro, p. 83.

  19. De Olaguer-Feliú y Alonso, Fernando, p. 55.

  20. De Olaguer-Feliú y Alonso, Fernando, p. 58.

  21. García García, Cristina: “La divinización de Alejandro Magno, Revista Estudios, 35 (2017), pp. 10-11.

  22. García García, Cristina, p. 12.

  23. Blázquez Martínez, José María: “Alejandro Magno, «homo religius»”, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (2008 [13 de junio de 2019]): http://www.cervantesvirtual.com/obra/alejandro-magno-homo-religiosus-0/, p. 12.

  24. García García, Cristina, p. 12.

  25. García García, Cristina, p. 15.

  26. De Olaguer-Feliú y Alonso, Fernando, p. 57.

  27. De Olaguer-Feliú y Alonso, Fernando, p. 69.

  28. Blázquez Martínez, José María, p. 17.

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