• Trinchera Cultural

Él veía ángeles. Balthus

Actualizado: 25 de feb de 2019



Heraclio Gautier, nuestro coordinador de Trinchera con Arte, visita la exposición monográfica sobre Balthus.


¡No os la perdáis!


EXPOSICIÓN:

Balthus

UBICACIÓN

Museo Nacional Thyssen Bornemisza

DISPONIBILIDAD:

Hasta el 26 de mayo de 2019.

Él veía ángeles. Balthus


Deseaba que llegara la inauguración de la muestra retrospectiva sobre Balthus que presenta el Museo Nacional Thyssen Bornemisza en Madrid.


Acudí al día siguiente meditando antes el recorrido urbano que merecía el evento. Por ello dejé el metro en Sol para descender por la Carrera de San Jerónimo hasta el Paseo de Recoletos. La mañana volvía a ser de las que hacen afición, con su temperatura templada y el sol filtrándose en cuanto se abrían los espacios.

Pagué dos euros y veinte céntimos por un descafeinado en la barra del Market café, precio de cogollo turístico.


Siempre he defendido que una ciudad se pasea mirando hacia arriba. En este caso, las balaustradas de piedra de los balcones se alternaban con preciosas rejas. Una lástima las obras de la Plaza de Canalejas que hacían incómodo el tránsito pero no impedían mirar las espléndidas fachadas cóncavas de edificios con historia (magnífico el eclecticismo que Eduardo Adaro supo dar al antiguo Banco Hispano Americano).


Bajando hacia el Congreso de los Diputados y tras alborotar los jugos gástricos en los escaparates de Lhardy, Casa Mira, La Rollerie y la Violeta (que me recordó a mi madre), dejé a la derecha el Hotel Urban cuyo precio cinco estrellas encajaba con los 90 euros del menú que ofrecía el restaurante Cebo sito en sus bajos.


Entrando en la Plaza de las Cortes, flanqueada por el edificio del Congreso y los adquiridos para su ampliación (magníficos el del antiguo Banco Exterior y el de Crédito Industrial), me detuve en la estatua de Cervantes que parecía custodiar el arranque del Barrio de las Letras. Pasé junto al Museo en la parte que da a esta Plaza y ya con cierta impaciencia giré a la izquierda para comenzar la visita.


Museo Nacional Thyssen Bornemisza en Madrid

La exposición se ordena cronológicamente y eso facilita mucho el deseo de relacionar vida y obra.


Cuando Balthus cumplió 13 años su mentor y amigo de la familia, Rainer María Rilke, le escribió una felicitación en la que decía que al anochecer, justo en el momento en el que el día acaba y sobreviene la noche, aparece un resquicio; si lo encontramos y nos colamos, nos situamos fuera del tiempo.


Voy a comenzar intentando abordar la tradicional polémica sobre la presencia en la obra del pintor de niñas adolescentes mostrando provocadoramente su desnudez o en poses con clara insinuación sexual. Efectivamente, viendo las obras de Balthus, parece que ha elegido la adolescencia para colarse en ella y presentarnos un mundo de ensoñación, misterio, afán de aventura, autodescubrimiento, inseguridad y juego, en el que el tiempo queda suspendido.

Con 20 años y a un año del crack del 29, Balthus aparece en el mundo del Arte como un pintor ajeno a su tiempo, fuera de él. Sus primeros paisajes urbanos del entorno parisino nos muestran un artista de pincelada suelta al estilo postimpresionista, atento a representar efectos atmosféricos naturales pero con una construcción muy clásica (Tormenta en los jardines de Luxemburgo, 1928).



En esas fechas, París empezaba a ser el reino de los surrealistas de Breton y de los artistas Dadá, mientras que Picasso, Matisse y Mondrian continuaban explorando caminos alejados de las formas tradicionales de representación.


Pero hablamos de un pintor apoyado por Picasso porque, según el malagueño, era el único que no quería pintar como él. Ni como él ni como los representantes de las tendencias no figurativas o excesivamente ligadas a las asociaciones de imágenes del subconsciente o que jugaban con la distorsión de las formas.


En los años 30, comienza a conocérsele como buen retratista y en 1933 pinta una de sus más celebradas obras: La Calle.



Una construcción que recuerda a los quattrocentistas florentinos; con personajes en posiciones contrapuestas, de espaldas, de frente y de perfil, con una línea clara de dibujo aislando áreas de color de aspecto plano. Los edificios del fondo rompen la línea diagonal quebrada de la acera y tienden a comprimir el espacio; no hay relación entre los personajes salvo por el joven cuya acción sugiere una agresión sexual sobre una adolescente, que tuvo que dulcificar el pintor.


En un mundo en el que surrealistas y dadaístas habían convertido la provocación en un principio estético, Balthus nos incorpora una aportación al debate sobre sexualidad y violencia, poniendo ante el puritanismo burgués un espejo en el que se refleje la represión moral y la hipocresía de aquellos tiempos.


Entre 1935 y 1939, nuestro pintor utiliza como modelos a sus vecinos, los hermanos Hubert y Thérèse Blanchard, sobre todo a la segunda. Ahí comienza su obsesión con la adolescencia, en particular, la femenina.


Soy de la opinión de que estos primeros cuadros con Thérèse como protagonista carecieron de intención provocadora. El pintor se refirió a “la obsesión genital de los seres autómatas de su tiempo”. Si miramos obras de distintos momentos en las que aparecen sus llamadas “lolitas”, intentando evitar esa primera impresión de una mirada sucia, descubriremos un claro interés por investigar los misteriosos tópicos de la transición de niña a mujer.

Cierto que existe un afán de voyeur, pero no como el de Degas. No busca sorprender a las modelos en su intimidad convirtiendo en imagen instantes que nunca deben presuponer un público. Balthus refleja la adolescencia como momento fuera del tiempo mucho antes que pintar niñas adolescentes sexualizadas con ese morbo que él dijo que “había que buscar en otro sitio”.


Este primer cuadro titulado Thérèse, de 1938, nos recuerda a Miguel Ángel y a Cézanne en una composición meditada en su equilibrio. Mira hacia nosotros pero no ve más que su propia insatisfacción con el mundo. Ese mundo del que querría escapar, igual que Alicia hacia el país de las maravillas.



El mismo año pintó a Thérèse soñando. Concedamos al pintor, convertido en gato como guardián del otro mundo, el privilegio de compartir la habitación y los sueños de Thérèse cuando la expone en una posición que hubiesen firmado Ingres, Courbet o Renoir; con una iluminación angulada para la joven y frontal para el gato y una atención a la textura de las telas propia de los primitivos flamencos. De acuerdo que la mirada nos acaba llevando a la exhibición de la ropa interior, pero si valoramos la atmósfera de lo que pinta, las intenciones simbólicas se imponen al pretendido impudor.



Tras una corta participación en el frente de la segunda guerra mundial, buscó la tranquilidad de la zona rural de Savoie antes de marchar a Suiza, mientras el norte de Francia era ocupado por los nazis.

Nos dejó de dicha estancia este Gran Paisaje con Árboles (1941-45) en el que se aprecia la influencia permanente de los grandes maestros de la antigüedad. Una joven aparece tendida en primer plano disfrutando de un sol de atardecer a los pies de un paisaje de luces doradas y suaves contrastes, alternando sombras y claros en una organización de elementos que recuerda las vistas de la campiña romana de Poussin, con sus fondos de luz.



No abandona en la década de los 40 sus temas sobre adolescentes. Acaba de finalizar la relación con su primera esposa, Antoinette, y recupera sus reflexiones sobre la autocomplacencia de la edad, en obras como Los Buenos Tiempos (1944-46). Una niña se mira indolente en un espejo con el cuerpo desmadejado sobre un sillón largo detrás del que se sitúa el foco de luz. La posición vuelve a recordarnos obras clásicas y la expresión vuelve a sugerirnos una ensoñación fuera de este mundo. No obstante, la figura masculina de torso desnudo parece invitarnos a mantener encendida la llama de la pasión y del deseo.



También de este periodo son dos obras controvertidas. El Desnudo Reclinado de 1945, es claramente provocador y provocativo, recordándonos obras similares de Bonnard.



En El Aseo de Georgette de 1948, una niña se atusa el pelo mientras se observa en un espejo. Ignoramos lo que pasa por su cabeza mientras se mira pero no parece molestarle lo que ve. Una vieja criada aparece al fondo como contrapunto. Para Balthus, el cuerpo desnudo y el erotismo nos hablan del refugio espiritual que le queda al ser humano en un mundo sonambulizado; la carnalidad de Georgette, su piel tersa, su desnudo firme, se oponen a la podredumbre de la vida materialista que le rodea.



Si algunas obras literarias fueron de gran influencia en nuestro pintor (Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll), en los años 50 se aprecia su constante colaboración con el mundo del teatro diseñando decorados y figurines.


La obra Las Tres Hermanas de 1955, planteada a modo de friso, como si las figuras ocuparan el escenario de un teatro, presenta un predominio de los tonos pastel, en un momento en el que Balthus incorporaba la caseína a su paleta para conseguir ambientes y atmósferas especiales. Con una volumetría poderosa gracias al uso del color simulando una luz que suaviza las sombras, las tres muchachas se concentran en sus tareas sin mantener relación entre ellas; tres misterios con los que especular: el contenido del pequeño baúl, el reflejo del espejo y las fantasías del libro.



Cada vez que pudo, Balthus volvió a pintar paisajes.


En 1969, nos dejó imágenes desde el castillo de Chassy en la Borgoña francesa. En este Patio de una Granja de Chassy, sitúa un horizonte alto que le permite trazar con precisión las líneas de composición en profundidad aprovechando los límites de las parcelas. Sigue habiendo algo que recuerda a Cézanne, pero también a las sensaciones lumínicas de los neoimpresionistas, aunque se mantiene su manera de entender el color que aparecía en La Calle.



En 1977 se retiró a Rossinière, en Suiza, después de haberse casado con la que será su última gran musa, Setsuko Ideta. En aquel paisaje encontrará la tranquilidad para desarrollar sus obras de madurez, en las que el desnudo de adolescentes, en lo que parece el estudio del pintor, volvió a cobrar protagonismo.


De todas ellas, resulta especialmente inquietante su Gran Composición con Cuervo de 1983. Una niña cuya cara recuerda la de algunas muñecas, con un cuerpo desmadejado y en posición vulgar, levanta un brazo hacia un cuervo situado en una pequeña estantería alta. A sus pies, duerme acurrucado un gato junto a un taburete y una mesita toscas. El cuervo, depositario de misterios y sabidurías, de ocultamiento y de todo aquello que está más allá de este mundo, se impone al gato que en este caso, como guardián del tiempo (o como trasunto del propio pintor), está dormido. Esta escena es contemplada por un joven desnudo con una mesa bajo el brazo, con una escala muy inferior al resto de los elementos. ¿Pretende encaramarse para disfrutar del cuerpo de la joven? ¿Cuál es la demanda que la adolescente parece hacerle al cuervo?



Quizás Balthus siga intentando restaurar el mundo espiritual a través del amor al que incitan los cuerpos desnudos. No olvidemos que el pintor, dejó para la posteridad frases como estas: “…Mis niñas sobrepasan la condición mortal, exaltan la vida con la tensión de su carne, con la luz que las rodea…” “…Las niñas son para mí, sencillamente ángeles y en tal sentido su inocente impudor…” “…Son las únicas criaturas que todavía pueden pasar por pequeños seres puros y sin edad”.


Por mucho que se empeñe nuestra mirada en ver otras cosas, Balthus veía ángeles.

Heraclio Gautier

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